Foucault, Michel – Prefacio a la transgresión

Michel Foucault.

PREFACIO A LA TRANSGRESIÓN1

 

Se cree de buen grado que, en la experiencia contemporánea, la sexualidad ha encontrado una verdad de naturaleza que había aguardado durante largo tiempo en la sombra, y bajo diversos disfraces, que únicamente nuestra perspicacia positiva nos permite descifrar hoy, antes de tener el derecho a acceder finalmente a la plena luz del lenguaje. Sin embargo, la sexualidad nunca ha tenido un sentido más inmediatamente natural y no ha conocido sin duda una “felicidad de expresión” tan grande como en el mundo cristiano de los cuerpos caídos y el pecado. Toda una mística, toda una espiritualidad lo prueban, que no sabían separar las formas continuas del deseo, de la embriaguez, de la penetración, del éxtasis, del desahogo que desmaya; sentían que todos estos movimientos se proseguían, sin interrupción ni límite, hasta el corazón de un amor divino del que eran la última expansión y la fuente misma también. Lo que caracteriza a la sexualidad moderna no es haber encontrado, de Sade a Freud, el lenguaje de su razón o de su naturaleza, sino el haber sido, y mediante la violencia de sus discursos, “desnaturalizada” – arrojada a un espacio vacío en el que no encuentra sino la forma delgada del límite, y donde no tiene más allá ni prolongamiento sino en el frenesí que la rompe. No hemos liberado la sexualidad, sino que la hemos llevado, exactamente, hasta el límite: límite de nuestra conciencia, ya que ella dicta finalmente la única lectura posible, para nuestra conciencia, de nuestra inconsciencia; límite de la ley, ya que aparece como el único contenido absolutamente universal de lo prohibido; límite de nuestro lenguaje: designa la línea de espuma de lo que se puede alcanzar apenas sobre la arena del silencio. No es pues mediante ella como nos comunicamos con el mundo ordenado y felizmente profano de los animales; más bien se trata de una hendidura [scissure]: no alrededor nuestro, para aislarnos o designarnos, sino para trazar el límite en nosotros y dibujarnos a nosotros mismos como límite.

Podría decirse tal vez que reconstruye, en un mundo en el que ya no hay objetos ni seres ni espacios a profanar, la única partición que todavía es posible. No porque ofrezca nuevos contenidos para gestos milenarios, sino porque autoriza una profanación sin objeto, una profanación vacía y replegada sobre sí, cuyos instrumentos no se dirigen a ninguna otra cosa sino a sí mismos. Ahora bien, una profanación en un mundo que ya no reconoce ningún sentido positivo a lo sagrado, ¿acaso no es lo que aproximadamente podría llamarse la transgresión? Ésta, en el espacio que nuestra cultura da a nuestros gestos y a nuestro lenguaje, prescribe no la única manera de encontrar lo sagrado en su contenido inmediato, sino de recomponerlo en su forma vacía, en su ausencia convertida por ello mismo en resplandeciente. Lo que a partir de la sexualidad puede decir un lenguaje si es riguroso, no es el secreto natural del hombre, no es su tranquila verdad antropológica, es que está sin Dios; la palabra que hemos dado a la sexualidad es contemporánea por el tiempo y la estructura de aquella por la cual nos anunciamos a nosotros mismos que Dios había muerto. El lenguaje de la sexualidad, al cual Sade, desde que pronunció sus primeras palabras, hizo recorrer en un solo discurso todo el espacio del que se iba convirtiendo de repente en soberano, nos ha izado hasta una noche en la que Dios está ausente y en la que todos nuestros gestos se dirigen a esta ausencia con una profanación que a la vez la designa, la conjura, se agota en ella, y se encuentra conducida por ella a su vacía pureza de transgresión.

Está claro que existe una sexualidad moderna: es la que, manteniendo sobre sí misma y en superficie el discurso de una animalidad natural y sólida, se dirige oscuramente a la Ausencia, a ese lugar elevado en el que Bataille dispuso, para una noche que está lejos de acabarse, los personajes de Éponine: “En esta calma tensa, a través de los vapores de mi embriaguez, me pareció que el viento amainaba; un largo silencio emanaba de la inmensidad del cielo. El cura se arrodilló suavemente… Cantó de un modo aterrado, lentamente como a una muerte: Miserere mei Deus, secondum, misericordiam magnam tuam. El gemido de esta melodía voluptuosa resultaba bien equívoco. Confesaba curiosamente la angustia ante las delicias de la desnudez. El cura debía vencernos negándose y el mismo esfuerzo de su intento por sustraerse lo afirmaba aún más; la belleza de su canto en el silencio del cielo le encerraba en la soledad de una delectación morosa… Me sentía elevado de este modo en mi calma, por una feliz aclamación, infinita, pero próxima ya al olvido. En el momento en que ella vio al cura, saliendo visiblemente del sueño en el que permanecía aturdida, Éponine se puso a reír y tan rápido que la risa la zarandeó; se giró y, apoyada en la balaustrada, apareció agitada como un niño. Reía con la cabeza en las manos y el cura, que había interrumpido un cloqueo mal ahogado, no levantó la cabeza, con los brazos en alto, sino ante un trasero desnudo: el viento había levantado el abrigo que en el momento en que la risa la había vencido ella no había conseguido mantener cerradoa.”

Tal vez la importancia de la sexualidad en nuestra cultura, el hecho de que desde Sade haya estado tan frecuentemente ligada a las decisiones más profundas de nuestro lenguaje, tenga que ver precisamente con este vínculo que la liga a la muerte de Dios. Muerte que no hay que entender en absoluto como el fin de su reinado histórico, ni como la constatación finalmente liberada de su inexistencia, sino como el espacio desde ahora constante de nuestra experiencia. La muerte de Dios, quitándole a nuestra existencia el límite de lo Ilimitado, la conduce a una experiencia en la que nada puede anunciar ya la exterioridad del ser, a una experiencia por consiguiente interior y soberana. Pero una experiencia tal, en la que la muerte de Dios estalla, descubre como su secreto y su luz, su propia finitud, el reino ilimitado del Límite, el vacío de ese umbral donde desfallece y falta. En este sentido, la experiencia interior es enteramente la experiencia de lo imposible (siendo lo imposible aquello de lo que se hace experiencia y lo que la constituye). La muerte de Dios no ha sido sólo el “acontecimiento” que suscitó la experiencia contemporánea bajo la forma que conocemos: dibuja indefinidamente su gran nervadura esquelética.

Bataille sabía qué posibilidades de pensamiento podía abrir esta muerte; y también con qué imposibilidad comprometía al pensamiento. En efecto, ¿qué quiere decir la muerte de Dios sino una extraña solidaridad entre su existencia que estalla y el gesto que la mata? Pero, ¿qué quiere decir matar a Dios si no existe, matar a Dios que no existe? Quizá a la vez matar a Dios porque no existe y para que no exista: y es la risa. Matar a Dios para liberar a la existencia de esa existencia que la limita, pero también para conducirla a los límites que borra esa existencia ilimitada (el sacrificio). Matar a Dios para conducirlo a esa nada que es y para manifestar su existencia en corazón de una luz que la hace flamear como una presencia (es el éxtasis). Matar a Dios para perder el lenguaje en una noche ensordecedora, porque esta herida debe hacerle sangrar hasta que brote un “inmenso aleluya perdido en el silencio sin fin” (es la comunicación). La muerte de Dios no nos restituye a un mundo limitado y positivo, sino a un mundo que se despliega en la experiencia del límite, que se hace y se deshace en el exceso que lo transgrede.

Sin duda, es el exceso el que descubre, ligadas en una misma experiencia, la sexualidad y la muerte de Dios; o incluso, el que nos muestra, como en “el más incongruente de todos los libros”, que “Dios es una mujer pública”. Y en esta medida el pensamiento de Dios y el pensamiento de la sexualidad, a partir de Sade sin duda, pero nunca hoy con tanta insistencia y dificultad como en Bataille, se encuentran ligados en una forma común. Y si hubiera que dar, por oposición a la sexualidad, un sentido preciso al erotismo, sería sin duda éste: una experiencia de la sexualidad que liga por sí misma la superación del límite con la muerte de Dios. “Lo que el misticismo no pudo decir (en el momento de decirlo, desfallecía), el erotismo lo dice: Dios no es nada si no es la superación de Dios en todos los sentidos del ser vulgar, en el del horror y la impureza; finalmente en el sentido de nada… b

De este modo, en el fondo de la sexualidad, de su movimiento que nunca nada limita (porque es, desde su origen y en su totalidad, encuentro constante con el límite), y de ese discurso sobre Dios que Occidente ha mantenido durante largo tiempo – sin darse cuenta claramente que “no podemos añadir al lenguaje impunemente una palabra que supera todas las palabras” y que estamos colocados por ella en el límite de todo lenguaje posible -, una experiencia singular se dibuja: la de la transgresión. Tal vez un día se presentará como tan decisiva para nuestra cultura, tan hundida en su suelo como lo fue antaño, para el pensamiento dialéctico, la experiencia de la contradicción. Pero a pesar de tantos signos dispersos, está casi enteramente por nacer el lenguaje en el que la transgresión encontrará su espacio y su ser iluminado.

De un lenguaje tal, es posible, sin duda, encontrar en Bataille, los leños calcinados, la ceniza prometedora.

 

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La transgresión es un gesto que concierne al límite; ahí es donde, en la delgadez de esa línea, se manifiesta el resplandor de su paso, y tal vez también su trayectoria en su totalidad, su origen mismo. El trazo que cruza muy bien podría ser todo su espacio. El juego de los límites y de la transgresión parece estar regido por una obstinación simple: la transgresión franquea y no deja de volver a franquear una línea que, a su espalda, enseguida se cierra en una ola de poca memoria, retrocediendo de este modo otra vez hasta el horizonte de lo infranqueable. Pero este juego pone en juego algo más que estos elementos; los sitúa en una incertidumbre, en unas certidumbres inmediatamente invertidas donde el pensamiento se traba rápidamente al quererlas captar.

El límite y la transgresión se deben uno a otra la densidad de su ser: inexistencia de un límite que no pudiera ser franqueado en absoluto; vanidad a su vez de una transgresión que no franqueara más que un límite de ilusión o de sombra. Pero, ¿tiene el límite una existencia verdadera fuera del gesto que gloriosamente lo atraviesa y lo niega? ¿Qué sería, después, y que podía ser antes? ¿Acaso la transgresión no agota todo lo que es en el instante en que franquea el límite, no existiendo en ningún otro lugar sino en ese punto del tiempo? Ahora bien, ese punto, ese extraño cruce de seres que no existen fuera de él, sino que intercambian en él totalmente lo que son, ¿no es también todo lo que, por todos lados, lo desborda? Actúa como una glorificación de lo que excluye; el límite se abre violentamente sobre lo ilimitado, se encuentra repentinamente arrastrado por el contenido de lo que niega, y consumado por esa plenitud extraña que le invade hasta el corazón. La transgresión lleva el límite hasta el límite de su ser; lo lleva a despertarse en su desaparición inminente, a encontrarse en lo que excluye (más exactamente tal vez a reconocerse allí por vez primera), a experimentar su verdad positiva en el movimiento de su pérdida. Y sin embargo, en este movimiento de pura violencia, ¿hacia qué se desencadena la transgresión sino hacia lo que la encadena, hacia el límite y lo que dentro de él se encuentra clausurado? ¿Contra qué dirige su fractura y a qué vacío debe la libre plenitud de su ser sino a aquello mismo que atraviesa con su gesto violento y que se destina a tachar con el trazo que borra?

La transgresión no es pues al límite como lo negro es a lo blanco, lo prohibido a lo permitido, lo exterior a lo interior, lo excluido al espacio protegido de la morada. Más bien está ligada a él según una relación en espiral con la que ninguna fractura simple puede acabar. Algo tal vez como el rayo en la noche que, desde el fondo del tiempo, da un ser denso y negro a lo que niega, lo ilumina desde el interior y de arriba a abajo, aunque le debe su viva claridad, su singularidad desgarradora y erguida, se pierde en este espacio que firma con su soberanía y finalmente calla, después de haberle dado un nombre a lo oscuro.

Para tratar de pensar esta existencia tan pura y tan enmarañada, de pensar a partir de ella y en el espacio que ella dibuja, hay que liberarla de sus equívocos parentescos con la ética. Liberarla de lo escandaloso o lo subversivo, es decir de lo que está animado por la potencia de lo negativo. La transgresión no se opone a nada, no se burla de nada, no busca sacudir la solidez de los fundamentos; no hace resplandecer el otro lado del espejo más allá de la línea invisible e infranqueable. Porque, precisamente, no es violencia en un mundo dividido (en un mundo ético) ni triunfo sobre los límites que borra (en un mundo dialéctico o revolucionario), en el corazón del límite, ella toma la medida desmesurada de la distancia en la que se abre y dibuja el trazo fulgurante que le da nacimiento. No hay nada negativo en la transgresión. Afirma el ser limitado, afirma ese ilimitado en el que salta abriéndolo por vez primera a la existencia. Puede decirse sin embargo que esta afirmación no tiene nada de positivo: ningun contenido puede vincularla, ya que por definición, ningún límite puede retenerla. Tal vez no es otra cosa sino la afirmación de la partición [partage]. Y aún habría que aligerar a esta palabra de todo lo que pueda recordar el gesto del corte, o el establecimiento de una separación o la medida de una distancia, y dejarle solamente lo que en él puede designar el ser de la diferencia.

Tal vez la filosofía contemporánea ha inaugurado, descubriendo la posibilidad de una afirmación no positiva, un desfase cuyo único equivalente se encontraría en la distinción hecha por Kant entre el nihil negativum y el nihil privativum – distinción que, como se sabe, abrió el camino del pensamiento crítico. Esta filosofía de la afirmación no positiva, es decir de la prueba del límite, es la que, según creo, Blanchot definió como principio de la contestación [contestation]. No se trata de una negación generalizada, sino de una afirmación que no afirma nada: en plena ruptura de transitividad. La contestación no es el esfuerzo del pensamiento por negar unas existencias o unos valores, es el gesto que reconduce a cada uno de ellos a sus límites, y por ello al Límite en el que se cumple la decisión ontológica: contestar es ir hasta el corazón vacío donde el ser alcanza su límite y donde el límite define el ser. Ahí, en el límite transgredido, resuena el sí de la contestación, que deja sin eco al I-A del asno nietzscheano.

De este modo se dibuja una experiencia que Bataille, con todos los rodeos y retornos de su obra, ha querido recorrer, experiencia que tiene el poder “de ponerlo todo en causa (en cuestión), sin reposo admisible” y señalar allí donde se encuentra, en su máxima proximidad, el “ser sin dilación” [être sans délai]. Nada le es más ajeno que la figura de lo demoníaco precisamente porque “lo niega todo”. La transgresión se abre a un mundo brillante y siempre afirmado, un mundo sin sombra, sin crepúsculo, sin esa intromisión del no que muerde los frutos y hunde en su corazón la autocontradicción. Es lo inverso solar de la negación satánica; está de acuerdo con lo divino, o mejor, abre, a partir de ese límite que indica lo sagrado, el espacio en el que se juega lo divino. Que una filosofía que se interroga por el ser del límite encuentre una categoría como ésta, es evidentemente uno de los innumerables signos de que nuestro camino es una vía de retorno y de que cada día nos volvemos más griegos. Pero este camino no debe entenderse como la promesa de una tierra de origen, un suelo primero donde nacerían, es decir donde se resolverían para nosotros, todas las oposiciones. Volviendo a colocar la experiencia de lo divino en el corazón del pensamiento, la filosofía desde Nietzsche sabe bien, o debería saber bien, que interroga un origen sin positividad y una apertura que ignora las paciencias de lo negativo. Ningún movimiento dialéctico, ningún análisis de las constituciones y de su suelo trascendental puede servir de ayuda para pensar una experiencia tal, ni siquiera para acceder a esta experiencia. El juego instantáneo del límite y de la transgresión, ¿podría ser hoy la prueba esencial de un pensamiento del origen al que Nietzsche nos consagró desde el principio de su obra – un pensamiento que sería, de modo absoluto y en un solo movimiento, una Crítica y una Ontología, un pensamiento que pensaría la finitud y el ser?

Este pensamiento del que hasta hoy todo nos ha desencaminado, pero como para encaminarnos mejor hasta su retorno, ¿de qué posibilidad nos llega, en qué imposibilidad sostiene para nosotros su insistencia? Sin duda puede decirse que nos llega de la apertura practicada por Kant en la filosofía occidental, el día en que articuló, de un modo aún bien enigmático, el discurso metafísico y la reflexión sobre los límites de nuestra razón. El mismo Kant acabó por cerrar esa apertura con la pregunta antropológica a la que remitió, en definitiva, toda la interrogación crítica; y sin duda se entendió así en adelante como una prórroga concedida indefinidamente a la metafísica, porque la dialéctica sustituyó el cuestionamiento del ser y del límite por el juego de la contradicción y de la totalidad. Para despertarnos del sueño mixto de la dialéctica y la antropología fueron precisas las figuras nietzscheanas de lo trágico y de Dionisos, de la muerte de Dios, del martillo del filósofo, del superhombre que se acerca con paso de paloma, y del Retorno. Pero, ¿por qué el lenguaje discursivo se encuentra hoy tan desarmado cuando se trata de mantener presentes estas figuras y de mantenerse en ellas? ¿Por qué se ve ante ellas reducido, o casi, al silencio, y como obligado, para que continúen encontrando sus palabras, a ceder la palabra a esas formas extremas de lenguaje que Bataille, Blanchot, Klossowski han convertido, por el momento, en morada y cima del pensamiento?

Seguramente un día será preciso reconocer la soberanía de estas experiencias y tratar de acogerlas: no porque se trate de liberar su verdad – pretensión irrisoria ante estas palabras que son límites para nosotros – sino para liberar finalmente a partir de ellas nuestro lenguaje. Por hoy basta con preguntarnos cuál es ese lenguaje no discursivo que se obstina y se rompe desde hace casi dos siglos en nuestra cultura, de dónde viene este lenguaje que no está acabado ni es sin duda dueño de sí, aunque para nosotros sea soberano y nos domine desde lo alto, inmovilizándose a veces en escenas a las que se suele llamar “eróticas” y volatilizándose repetidamente en una turbulencia filosófica en la que parece perder hasta su suelo.

La distribución del discurso filosófico y del cuadro en la obra de Sade obedece sin duda a unas leyes de arquitectura compleja. Es bien probable que las reglas simples de la alternancia, de la continuidad o del contraste temáticos sean insuficientes para definir el espacio de lenguaje donde se articulan lo que se muestra y lo que se demuestra, donde se encadenan el orden de las razones y el orden de los placeres, donde se sitúan sobre todo los sujetos en el movimiento de los discursos y en la constelación de los cuerpos. Digamos tan sólo que este espacio está enteramente cubierto por un lenguaje discursivo (incluso cuando se trata de un relato), explícito (incluso en el momento en que no nombra), continuo (especialmente cuando el hilo pasa de un personaje a otro), lenguaje que sin embargo no tiene sujeto absoluto, nunca descubre a aquel que habla en última instancia y no deja de mantener la palabra desde que se anuncia “el triunfo de la filosofía” con la primera aventura de Justine, hasta el paso a la eternidad de Juliette en una desaparición sin despojos. En cambio, el lenguaje de Bataille se hunde sin cesar en el corazón de su propio espacio, dejando al desnudo, en la inercia del éxtasis, al sujeto insistente y visible que ha intentado retenerlo con todas sus fuerzas, y se encuentra como rechazado por él, extenuado sobre la arena de todo lo que no puede decir.

Bajo todas estas diferentes figuras, ¿cómo es posible pues ese pensamiento que altivamente se designa como “filosofía del erotismo”, pero en el que debería reconocerse (lo cual es menos y mucho mas) una experiencia esencial de nuestra cultura desde Kant y Sade – una experiencia de la finitud y del ser, del límite y de la transgresión? ¿Cuál es el espacio propio de este pensamiento y qué lenguaje puede darse? Sin duda no tiene su modelo, su fundamento, el tesoro mismo de su vocabulario en ninguna forma de reflexión definida hasta el presente, en ningún discurso ya pronunciado. ¿Sería de gran ayuda decir, por analogía, que habría que encontrar para lo transgresivo un lenguaje que fuera lo que la dialéctica ha sido para la contradicción? Sin duda es mejor tratar de hablar de esta experiencia y de hacerla hablar en el vacío mismo del desfallecimiento de su lenguaje, precisamente allí donde las palabras le faltan, donde el sujeto que habla acaba por desvanecerse, donde el espectáculo oscila ante el ojo en blanco. Allí donde la muerte de Bataille acaba de colocar su lenguaje. Ahora que esta muerte nos remite a la pura transgresión de sus textos, que estos protegen toda tentativa por encontrar un lenguaje para el pensamiento del límite. Que sirven de morada para este proyecto en ruinas, tal vez, ya.

 

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La posibilidad de un pensamiento tal, ¿acaso no nos llega en un lenguaje que nos la sustrae precisamente como pensamiento y la lleva hasta la imposibilidad misma del lenguaje, hasta ese límite en el que el ser del lenguaje es puesto en tela de juicio? El lenguaje de la filosofía está ligado más allá de toda memoria, o casi, a la dialéctica; ésta no se convirtió desde Kant en la forma y el movimiento interior de la filosofía sino gracias a una duplicación del espacio milenario en el que no había dejado de hablar. Es bien sabido: la remisión a Kant no ha dejado de dirigirnos obstinadamente a lo que hay de más matinal en el pensamiento griego. No para encontrar allí una experiencia perdida, sino para acercarnos a las posibilidades de un lenguaje no dialéctico. La edad de los comentarios a la que pertenecemos, esa duplicación histórica de la que parece que no podemos escapar, no indica la velocidad de nuestro lenguaje en un campo que ya no tiene objeto filosófico nuevo, y que sin cesar hay que repasar con una mirada olvidadiza y siempre rejuvenecida, sino más bien el apuro, el mutismo profundo de un lenguaje filosófico al que la novedad de su dominio ha expulsado de su elemento natural, de su dialéctica originaria. No es por haber perdido su objeto propio o la frescura de su experiencia, sino por haber sido desposeído repentinamente de un lenguaje que le es históricamente “natural” por lo que la filosofía de nuestros días se experimenta como un desierto múltiple: no se trata del fin de la filosofía, sino de que la filosofía no puede recobrar la palabra, y recobrarse en ella sino es sobre los bordes de sus límites: en un metalenguaje purificado o en el espesor de palabras encerradas en su noche, en su verdad ciega. Esta distancia prodigiosa donde se manifiesta nuestra dispersión filosófica da la medida, más que de un desconcierto, de una profunda coherencia: esta desviación, esta incompatibilidad real es la distancia desde el fondo de la cual la filosofía nos habla. Es en ella donde hay que depositar nuestra atención.

Pero de una ausencia como ésta, ¿qué lenguaje puede nacer? Y sobre todo, ¿cuál es entonces ese filósofo que toma la palabra? “¿Qué es de nosotros, cuando, desintoxicados, nos enteramos de lo que somos? Perdidos entre charlatanes, en una noche, donde no podemos sino odiar la apariencia de luz que viene de las charlatanerías c.” En un lenguaje desdialectizado, en el corazón de lo que dice, pero también en la raíz de su posibilidad, el filósofo sabe que “no lo somos todo”; pero aprende que el filósofo mismo no habita la totalidad de su lenguaje, como un dios secreto y omniparlante; descubre que hay, junto a él, un lenguaje que habla y del que no es dueño; un lenguaje que se esfuerza, que fracasa y se calla y al que ya no puede mover; un lenguaje que él mismo habló antaño y que ahora se ha separado de él y gravita en un espacio cada vez más silencioso. Y sobre todo descubre que en el momento mismo de hablar no está siempre instalado en el interior del lenguaje del mismo modo; y que en el lugar del sujeto hablante de la filosofía – cuya identidad evidente y charlatana nadie había puesto en tela de juicio, desde Platón hasta Nietzsche – se ha abierto un vacío en el que se ligan y se desanudan, se combinan y se excluyen una multiplicidad de sujetos hablantes. Desde las lecciones sobre Homero hasta los gritos del loco en las calles de Turín, ¿quién ha hablado pues este lenguaje continuo, tan obstinadamente el mismo? ¿El Viajero o su sombra? ¿El filósofo o el primero de los no-filósofos? ¿Zaratustra, su simio o ya el superhombre? ¿Dionisos, Cristo, sus figuras reconciliadas o finalmente este hombre de aquí? El hundimiento de la subjetividad filosófica, su dispersión en el interior de un lenguaje que la desposee, pero que la multiplica en el espacio de su vacío, es probablemente una de las estructuras fundamentales del pensamiento contemporáneo. De nuevo, no se trata de un fin de la filosofía. Sino más bien del fin del filósofo como forma soberana y primera del lenguaje filosófico. Y tal vez, a todos los que se esfuerzan por mantener ante todo la unidad de la función gramatical del filósofo – al precio de la coherencia, de la existencia misma del lenguaje filosófico – se les podría oponer la empresa ejemplar de Bataille que no ha dejado de romper en sí mismo, con obstinación, la soberanía del sujeto filosofante. En esa medida, su lenguaje y su experiencia fueron su suplicio. Descuartizamiento primero y reflexivo de lo que habla en el lenguaje filosófico. Dispersión de estrellas que contornean una noche mediana para dar nacimiento en ella a unas palabras sin voz. “Como un rebaño expulsado por un pastor infinito, el cabrilleo balante que somos huiría, huiría sin fin del horror de una reducción del ser a la totalidad d.”

Esta fractura del sujeto filosófico no sólo se ha hecho evidente por la yuxtaposición de obras novelescas y textos de reflexión en el lenguaje de nuestro pensamiento. La obra de Bataille la muestra de mucho más cerca, en un perpetuo tránsito a diferentes niveles de habla, mediante un desprendimiento sistemático respecto del Yo que acaba de tomar la palabra, presto a desplegarla y a instalarse en ella: desprendimiento en el tiempo (“escribía esto”, o también “volviendo hacia atrás, si rehago este camino”), desprendimientos en la distancia entre la palabra y aquel que habla (diario, carnés, poemas, relatos, meditaciones, discursos demostrativos) desprendimientos interiores a la soberanía que piensa y escribe (libros, textos anónimos, prefacio a sus propios libros, notas añadidas). Y es en el corazón de esta desaparición del sujeto filosófico donde el lenguaje filosófico avanza como en un laberinto, no para encontrarse con él, sino para experimentar (y mediante el lenguaje mismo) su perdida hasta el límite, es decir hasta esa abertura en la que surgió su ser, pero ya perdido, enteramente extendido fuera de sí mismo, vaciado de sí hasta el vacío absoluto – abertura que es la comunicación: “En este momento la elaboración ya no es necesaria; inmediatamente y a partir del mismo arrobo entro de nuevo en la noche del niño perdido, en la angustia para volver luego al arrobo y de este modo sin otro fin más que el agotamiento sin otra posibilidad de detención más que el desfallecimiento. Es la alegría supliciante e.”

Es la inversa exacta del movimiento que ha sostenido, desde Sócrates sin duda, la sabiduría occidental: a esta sabiduría el lenguaje filosófico le prometía la unidad serena de una subjetividad que en él triunfaría, habiéndose constituido enteramente por él y a través de él. Pero si el lenguaje filosófico es aquello que repite incansablemente el suplicio del filósofo y donde encuentra arrojada al viento su subjetividad, entonces no sólo la sabiduría no puede valer ya como figura de la composición y la recompensa; sino que además una posibilidad se abre fatalmente, con el vencimiento del lenguaje filosófico (aquello sobre lo que cae – la cara del dado; y aquello en lo que cae: el vacío en el que el dado es arrojado): la posibilidad del filósofo loco. Es decir, el descubrimiento, no en el exterior de su lenguaje (por un accidente venido de afuera, o por un ejercicio imaginario), sino en él, en el nudo de sus posibilidades, de la transgresión de su ser de filósofo. Lenguaje no dialéctico del límite que no se despliega sino en la transgresión de aquel que lo habla. El juego de la transgresión y del ser es constitutivo del lenguaje filosófico que lo reproduce y sin duda lo produce.

 

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Así, este lenguaje de peñascos, este lenguaje inesquivable al cual ruptura, declive, perfil desgarrado le son esenciales es un lenguaje circular que remite a sí mismo y se repliega en una interrogación de sus límites – como si no fuera otra cosa sino un pequeño globo de noche del que brota una extraña luz, que designa el vacío de donde viene y a la que dirige fatalmente todo lo que ilumina y toca. Tal vez es esta configuración extraña la que da al Ojo el prestigio obstinado que le reconoció Bataille. De un extremo a otro de su obra (desde la primera novela hasta las Larmes d´Éros f), ha servido como figura de la experiencia interior: “Cuando suavemente solicito, en el corazón mismo de la angustia, un absurdo extraño, un ojo se abre en la cima, en medio de mi cráneo g.” Y es que el ojo, pequeño globo blanco cerrado sobre su noche, dibuja el círculo de un límite que sólo franquea la irrupción de la mirada. Y su oscuridad interior, su núcleo sombrío se derrama sobre el mundo en una fuente que ve, es decir que ilumina; pero podría decirse también que recoge toda la luz del mundo en la pequeña mancha negra de la pupila y que, allí, la transforma en la noche clara de una imagen. Es espejo y lámpara; vierte su luz alrededor de él, y, mediante un movimiento que tal vez no sea contradictorio, precipita esa misma luz en la transparencia de su pozo. Su globo tiene la expansión de un germen maravilloso – como la de un huevo, que estallara dentro de sí mismo hacia ese centro de noche y de luz extrema que es y que acaba de dejar de ser. Es la figura del ser que no es sino la transgresión de su propio límite.

En una filosofía de la reflexión, el ojo sostiene en su facultad de mirar el poder de volverse cada vez más interior a sí mismo. Detrás de todo ojo que ve, hay un ojo más tenue, tan discreto, pero tan ágil que a decir verdad su mirada omnipotente corroe el globo blanco de su carne; y detrás de éste, hay otro, y otros más, cada vez más sutiles y que pronto no tienen otra sustancia más que la pura transparencia de una mirada. El ojo gana un centro de inmaterialidad en el que nacen y se anudan las formas no tangibles de lo verdadero: ese corazón de las cosas que es su sujeto soberano. El movimiento es inverso en Bataille: la mirada, franqueando el límite globular del ojo lo constituye en su ser instantáneo; lo arrastra en esa arroyada luminosa (fuente que se derrama, lagrimas que corren, pronto sangre) lo arroja fuera de sí mismo, lo lleva al límite, allí donde brilla en la fulguración pronto abolida de su ser y ya no deja entre las manos otra cosa sino la pequeña bola blanca veteada de sangre de un ojo exorbitado cuya masa globular ha apagado toda mirada. Y en el lugar en el que se tramaba esa mirada, no queda sino la cavidad del cráneo, un globo de noche ante el que el ojo, arrancado, acaba de cerrar su esfera, privándolo de la mirada y ofreciendo sin embargo a esta ausencia el espectáculo del núcleo callado que aprisiona ahora la mirada muerta. En esta distancia de violencia y avulsión, el ojo es absolutamente visto, pero fuera de toda mirada: el sujeto filosófico ha sido arrojado fuera de sí mismo, perseguido hasta sus confines, y la soberanía del lenguaje filosófico, es la que habla desde el fondo de esta distancia, en el vacío sin medida que deja el sujeto exorbitado.

Pero tal vez sea cuando es arrancado de cuajo, cuando es cegado por un movimiento que lo gira hacia el interior nocturno y estrellado del cráneo, mostrando al interior su reverso ciego y blanco, cuando el ojo cumple lo que hay de más esencial en su juego: se cierra al día en el movimiento que manifiesta su propia blancura (ésta es seguramente la imagen de la claridad, su reflejo de superficies, pero, por ello mismo, no puede comunicar con ella ni comunicarla); y dirige la noche circular de la pupila a la oscuridad central que ilumina con un relámpago, manifestándola como noche. El globo en blanco es a la vez lo más cerrado y lo más abierto: haciendo pivotar su esfera, por consiguiente permaneciendo el mismo y en el mismo lugar, desquicia el día y la noche, franquea su límite, pero para volverlo a encontrar sobre la misma línea y al revés; y la semiesfera blanca que aparece un momento allí donde se abría la pupila es como el ser del ojo cuando franquea el límite de su propia mirada – cuando transgrede esta apertura al día por la que se definía la transgresión de toda mirada. “Si el hombre no cerrara soberanamente los ojos, acabaría por no ver lo que merece la pena de ser mirado h.”

Pero lo que merece ser mirado no es ningún secreto interior, ningún otro mundo más nocturno. Arrancado al lugar de su mirada, girado hacia su órbita, el ojo ya no derrama ahora su luz sino hacia la caverna del hueso. La evulsión de su globo no revela tanto la “pequeña muerte” cuanto la muerte a secas, cuya experiencia lleva a cabo allí mismo donde está, en ese manar inmóvil que le hace caer. La muerte no es para el ojo la línea siempre alta del horizonte, sino en su mismo emplazamiento, en el hueco de todas sus miradas posibles, el límite que no deja de transgredir, haciéndolo surgir como límite absoluto en el movimiento de éxtasis que le permite saltar al otro lado. El ojo en blanco descubre el vínculo del lenguaje con la muerte en el momento en que representa el juego del límite y el ser. Tal vez la razón de su prestigio estribe precisamente en que funda la posibilidad de dar un lenguaje a este juego. Las grandes escenas en las que se detienen los relatos de Bataille, ¿qué son sino el espectáculo de esas muertes eróticas donde ojos en blanco alumbran sus blancos límites y caen hacia órbitas gigantescas y vacías? Este movimiento está dibujado con una singular precisión en Le Bleu du ciel: uno de los primeros días de noviembre, cuando las velas y las lucernas constelan la tierra de los cementerios alemanes, el narrador está acostado sobre las baldosas con Dorothée; haciendo el amor en medio de los muertos, ve alrededor de él la tierra como un cielo de noche clara. Y el cielo por encima de él forma una gran órbita vacía, una calavera en la que reconoce su vencimiento, por una revolución de su mirada en el momento en el que el placer agita los cuatro globos de carne: “La tierra bajo el cuerpo de Dorothée estaba abierta como una tumba, su vientre se me abría como una tumba fresca. Estábamos heridos por el estupor, haciendo el amor sobre un cementerio estrellado. Cada una de sus luces anunciaba un esqueleto en una tumba; formaban un cielo vacilante tan confuso como nuestros cuerpos enmarañados… Desabroché a Dorothée, manché su ropa y sus pechos con la tierra fresca que se había pegado a mis dedos. Nuestros cuerpos temblaban como castañetean dos hileras de dientes una contra otra i.”

Pero, ¿qué puede significar, en el corazón de un pensamiento, la presencia de una figura como ésta? ¿Qué quiere decir este ojo insistente en el que parece recogerse lo que Bataille ha designado sucesivamente como experiencia interior, extremo de lo posible, operación cómica o simplemente meditación? Sin duda no se trata de una metáfora, como tampoco es metafórica en Descartes la percepción clara de la mirada o esa punta aguda del espíritu a la que llama acies mentis. A decir verdad, el ojo en blanco, en Bataille, no significa nada en su lenguaje, por la sencilla razón de que marca su límite. Indica el momento en el que el lenguaje llegado a sus confines irrumpe fuera de sí mismo, explota y se contesta radicalmente en la risa, en las lágrimas, los ojos transidos del éxtasis, en el horror mudo y exorbitado del sacrificio, y permanece así en el límite de este vacío, hablando de sí mismo en un lenguaje segundo en el que la ausencia de sujeto soberano dibuja su vacío esencial y fractura sin tregua la unidad del discurso. El ojo enucleado o invertido es el espacio del lenguaje filosófico de Bataille, el vacío en el que se derrama y se pierde pero sin dejar de hablar – un poco como el ojo interior, diáfano e iluminado de los místicos o de los religiosos señala el punto en el que el lenguaje secreto de la oración se fija y se ahoga en una comunicación maravillosa que le hace callar. Igualmente, pero de modo inverso, el ojo de Bataille dibuja el espacio de pertenencia del lenguaje y de la muerte, allí donde el lenguaje descubre su ser en el franqueamiento de sus límites: la forma de un lenguaje no dialéctico de la filosofía.

En este ojo, figura fundamental del lugar desde donde habla Bataille, y donde su lenguaje roto encuentra su morada ininterrumpida, la muerte de Dios (sol que cae y gran párpado que se cierra sobre el mundo), la prueba de la finitud (desprendimiento en la muerte, torsión de la luz que se apaga descubriendo que el interior es el cráneo vacío, la ausencia central), y el regreso sobre sí mismo del lenguaje en el momento del desfallecimiento encuentran una forma de vínculo anterior a todo discurso, que sin duda no tiene más equivalente que el vínculo, familiar a otros filósofos, entre la mirada y la verdad o la contemplación y lo absoluto. Lo que se desvela a este ojo que al pivotar se vela para siempre es el ser del límite: “No olvidaré jamás lo que hay de violento y de maravilloso en abrir los ojos, en ver de cara lo que hay, lo que ocurre.”

Tal vez la experiencia de la transgresión, en el movimiento que la arrastra hacia toda noche, alumbra esta relación de la finitud con el ser, este momento del límite que el pensamiento antropológico, desde Kant, sólo designaba desde lejos y del exterior, con el lenguaje de la dialéctica.

 

*

 

El siglo XX ha descubierto sin duda las categorías emparentadas del gasto, el exceso, el límite, la transgresión: la forma extraña e irreducible de estos gestos sin retorno que consumen y consuman. En un pensamiento del hombre que trabaja y del hombre productor – que fue el de la cultura europea desde finales del siglo XVIII -, el consumo se definía sólo por la necesidad, y la necesidad se medía sólo según el modelo del hambre. Prolongada ésta en la búsqueda del beneficio (apetito de aquel que ya no tiene hambre) introducía al hombre en una dialéctica de la producción donde se leía una antropología sencilla: el hombre perdía la verdad de sus necesidades inmediatas con los gestos de su trabajo y los objetos que creaba con sus manos, pero era ahí también donde podía reencontrar su esencia y la satisfacción indefinida de sus necesidades. Pero sin duda no hay que comprender el hambre como ese mínimo antropológico indispensable para definir el trabajo, la producción y el beneficio; sin duda la necesidad tiene un estatuto muy diferente o por lo menos obedece a un régimen cuyas leyes son irreductibles a una dialéctica de la producción. El descubrimiento de la sexualidad, el cielo de irrealidad indefinida en el que Sade, de entrada, la colocó, las formas sistemáticas de lo prohibido donde ahora sabemos que está presa, la transgresión cuyo objeto e instrumento es en todas las culturas, indican de un modo bastante terminante la imposibilidad de imponerle a la experiencia mayor que constituye para nosotros un lenguaje milenario como el de la dialéctica.

Tal vez la emergencia de la sexualidad en nuestra cultura es una acontecimiento de valor múltiple: está vinculada con la muerte de Dios y con ese vacío ontológico que ésta ha dejado en los límites de nuestro pensamiento; está vinculada también con la aparición aún sorda y vacilante de una forma de pensamiento en el que la interrogación sobre el límite sustituye a la búsqueda de la totalidad y donde el gesto de la transgresión reemplaza al movimiento de las contradicciones. Finalmente está vinculada a una puesta en tela de juicio del lenguaje mismo en una circularidad que la violencia “escandalosa” de la literatura erótica, lejos de romper, manifiesta a partir del primer uso que hace de las palabras. La sexualidad no es decisiva para nuestra cultura más que hablada y en la medida en que es hablada. No es nuestro lenguaje el que ha sido, desde hace casi dos siglos, erotizado: es nuestra sexualidad la que desde Sade y la muerte de Dios ha sido absorbida en el universo del lenguaje, desnaturalizada por él, colocada por él en este vacío donde establece su soberanía y donde sin cesar pone, como Ley, unos límites que transgrede. En este sentido, la aparición de la sexualidad como problema fundamental señala el desplazamiento de una filosofía del hombre que trabaja a una filosofía del ser hablante, y al igual como la filosofía durante largo tiempo ha sido segunda respecto del saber y del trabajo, hay que admitir, no en tanto que crisis sino como estructura esencial, que ahora es segunda respecto del lenguaje. Segunda no quiere decir necesariamente que esté consagrada a la repetición o al comentario, sino que hace la experiencia de sí misma y de sus límites en el lenguaje y en esta transgresión del lenguaje que la conduce, como condujo a Bataille, al desfallecimiento del sujeto hablante. Desde el día en que nuestra sexualidad se puso a hablar y a ser hablada, el lenguaje dejó de ser el momento del desvelamiento de lo infinito; es en su espesor donde en adelante hacemos la experiencia de la finitud y del ser. Es en su morada oscura donde encontramos la ausencia de Dios y nuestra muerte, los límites y su transgresión. Pero quiza ella se ilumina para aquellos que finalmente han liberado su pensamiento de todo lenguaje dialéctico como se iluminó, y más de una vez, para Bataille, en el momento en que experimentó, en el corazón de la noche, la pérdida de su lenguaje. “Lo que llamo la noche difiere de la oscuridad del pensamiento; la noche tiene la violencia de la luz. La noche es en sí misma la juventud y la embriaguez del pensamiento j.”

Este “apuro de habla” [embarrras de parole] en el que se encuentra presa nuestra filosofía y del que Bataille recorrió todas las dimensiones, tal vez no sea esa perdida del lenguaje que el fin de la dialéctica parecía indicar: es más bien el hundimiento mismo de la experiencia filosófica en el lenguaje y el descubrimiento de que es en él y en el movimiento por el que dice lo que no puede ser dicho donde se cumple una experiencia del límite que la filosofía, ahora, está obligada a pensar.

Tal vez define el espacio de una experiencia en la que el sujeto que habla, en lugar de expresarse, se expone, va al encuentro de su propia finitud y bajo cada palabra se ve remitido a su propia muerte. Un espacio que haría de toda obra uno de esos gestos de “tauromaquia” de los que hablaba Leiris, pensando en sí mismo, pero sin duda también en Bataille k. En todo caso, es en la página en blanco de la arena (ojo gigantesco) donde Bataille hizo esta experiencia, esencial para él y característica de todo su lenguaje, de que la muerte comunicaba con la comunicación y que el ojo arrancado, esfera blanca y muda, podía convertirse en un germen violento en la noche del cuerpo, y volver presente esa ausencia de la que la sexualidad no ha dejado de hablar, y a partir de la cual ella no ha dejado de hablar. En el momento en que el cuerno del toro (cuchillo resplandeciente que trae la noche en un movimiento exactamente contrario a la luz que sale de la noche del ojo) se hunde en la órbita del torero al que ciega y mata, Simone hace ese gesto que ya conocemos y traga un germen pálido y desollado, restituyendo a su noche originaria la gran virilidad luminosa con la que ha acabado su asesinato. El ojo es devuelto a su noche, el globo de la arena se vuelve blanco y cae; pero es precisamente el momento en que el ser aparece sin dilación y donde el gesto que franquea los límites toca la ausencia misma: “Dos globos del mismo color y consistencia se habían animado con movimientos contrarios y simultáneos. Un testículo blanco de toro había penetrado la carne negra y rosa de Simone; un ojo había salido de la cabeza de un joven. Esta coincidencia, vinculada hasta la muerte con una especie de licuefacción urinaria del cielo, me devolvió, por un momento, a Marcelle. Me pareció, en ese inasible instante, que la tocaba l.”

 

1 “Préface à la transgression”, Critique, nº 195-196: Hommage à G.Bataille, agosto-septiembre de 1963, págs. 751-769. Traducción Miguel Morey.

aNotas

 

  1. Bataille (G.), L´Abbé C, 2ª parte: Récit de Charles C. (París, Ed. Minuit, 1950), en Oeuvres Complètes, París, Gallimard, “Collection blanche”, t. III, 1971, págs. 263-264.
  2. b. Bataille (G.), L´Érotisme, 2ª parte: Études diverses, VII: Préface de “Madame Edwarda” (París, Ed. Minuit), en Oeuvres Complètes, op. cit. t. X, 1987, págs. 262-263.
  3. c. Bataille (G.), Somme athéologique, I: L´Éxperience intérieure (1943), París, Gallimard, “Collection blanche”, 6ª edición, 1954, Avant-Propos, pág. 10.
  4. d. Bataille (G.), Ibid., 2ª parte: Le Supplice, París, Gallimard, “Collection blanche”, 6º edición, 1954, pág. 51.
  5. e. Ibid., pág. 74.
  6. f. Bataille (G.), Les Larmes d´Éros (Jean-Jacques Pauvert, 1961), en Oeuvres Complètes, op. cit., t. X, 1987, págs. 573-627.
  7. g. Bataille (G.), Le Bleu du ciel, en L´Éxpérience intérieure, Tercera parte: “Antécédents du supplice ou la comédie”, cit., pág. 101.
  8. h. Bataille (G.), La Littérature et le Mal. Baudelaire (1957), en Oeuvres Complètes, op. cit., t. X, 1979, pág. 193.
  9. i. Bataille (G.), Le Bleu du ciel (París, Jean-Jacques Pauvert, 1957), en Oeuvres Complètes, cit., t. III, 1971, págs 481-482.
  10. j. Bataille (G.), Le Coupable. La Divinité du rire. III: Rire et Tremblement, en Oeuvres complètes, cit., t. V, 1973, pág. 354.
  11. k. Leiris (M.), De la littérature considerée comme une tauromachie, París, Gallimard, “Collection blanche”, 1946.
  12. l. Bataille (G.), Histoire de l´oeil: sous le soleil de Séville (nueva versión), en Oeuvres complètes, op. cit., t. I, 1970, Apendice, pág. 598.

 

Hadot, Pierre – El yo y el mundo

El yo y el mundo

 

 

Reflexiones sobre el concepto «cultivo del yo»[i]

 

 

  1. Foucault recordaba en el prefacio a L’Usage des plaisirs y en uno de los capítulos de Souci de soi [SS] mi artículo «Ejercicios espirituales», aparecido en el Annuaire delaVSection de l’Ecolepratique des hautes études de los años 1975-1976 y reproducido en mi libro Ejercicios espirituales y filosofía antigua, el cual, publicado en 1981, acaba de reeditarse en 1987. El análisis que allí realizaba sobre la filosofía antigua entendida como forma de vida, y la tarea que me había propuesto también en ese estudio, intentaba explicar la razón por la que la filosofía moderna había olvidado esta tradición para convertirse casi exclusivamente en discurso teórico. La idea que esbocé entonces y que más tarde desarrollaría en mi libro Ejercicios espirituales, idea según la cual el cristianismo se apropió de ciertas técnicas y ejercicios practicados en la Antigüedad, fue la que a mi juicio llamó la atención de M. Foucault.

Al margen de otros puntos en común, quisiera exponer ahora algunas observaciones destinadas a precisar las diferencias interpretativas y, finalmente, filosóficas, que nos separaban y que habrían propiciado un diálogo que por desgracia la prematura muerte de Foucault ha dejado interrumpido.

Foucault analiza con claridad en Le Souci de soi eso que denomina las «prácticas del yo» preconizadas por los filósofos estoicos de la Antigüedad: el cultivo del yo, que sólo puede realizarse bajo la guía de algún director espiritual, la atención al cuerpo y al alma que implica este cultivo del yo, las prácticas de abstinencia, el examen de consciencia, el filtrado de representaciones y finalmente la conversión del yo, el dominio de uno mismo. Foucault concibe tales prácticas como «artes de la existencia», «técnicas del yo». Y desde luego no deja de ser cierto que en la Antigüedad se hablaba en relación con ellas de un «arte de vivir». Pero me parece que el análisis de Foucault sobre eso que, por mi parte, he denominado «ejercicios espirituales» y a lo que él prefiere llamar «técnicas del yo» está en exceso centrado en el «yo» o, al menos, en cierta concepción del yo.

En especial, Foucault presenta la ética del mundo grecolatino como si se tratara de una ética del placer que bastara por sí misma (SS, pág. 83): «Para este tipo de placeres violentos, inciertos y fugaces, el acceso al yo es susceptible de constituir una forma de placer que, de manera serena y duradera, se basta a sí mismo». Y a fin de ilustrar esta idea cita la carta XXIII de Séneca, que trata de la alegría que podemos encontrar en nosotros mismos, para ser más exactos en lo mejor de nosotros mismos. Pero debo decir que, en realidad, esta exposición del asunto tiene bastante de inexacta. En la carta XXIII Séneca opone en efecto, con la mayor claridad, voluptas y gaudium, placer y alegría, por lo que no puede entonces hablarse, como hace Foucault (pág. 83) en relación con la alegría, de «otra forma de placer». No estamos sólo ante un problema terminológico, por más que los estoicos concedieran la mayor importancia al tema y diferenciaran de manera rotunda entre hedone y eupatheia, precisamente entre placer y alegría (puede encontrarse tal separación tanto en Plotino como en Bergson, relacionando éste alegría con creación). No, no se trata sólo de una cuestión de vocabulario: si el estoicismo maneja habitualmente la palabra gaudium, «alegría», es porque no desean introducir precisamente el principio de placer en la moral. Según ellos la felicidad no reside en el placer sino en la propia virtud, que constituye por sí misma la única recompensa. Mucho antes que Kant los estoicos salvaguardan celosamente la pureza de intención propia de la consciencia moral.

En segundo lugar y en especial, los estoicos no encuentran su alegría en el «yo», sino, como dice Séneca, «en la mejor parte de uno mismo», en «el bien verdadero» (Séneca, Carta XXIII, 6), es decir (XXIII, 7), «en la consciencia dirigida hacia el bien, en las intenciones que no tienen otro objeto que la virtud y la acción justa», esto es, en eso que Séneca denomina (CXXIV, 23) razón perfecta, es decir, finalmente en la razón divina (XCII, 27), puesto que para él la razón humana es perfectible. La «mejor parte» de uno mismo es, pues, finalmente, el yo trascendente. Séneca no encuentra su alegría en «Séneca», sino en el trascender de Séneca, descubriendo en sí mismo una razón que forma parte de la Razón universal y que yace tanto en el interior de los seres humanos como del propio cosmos.

El ejercicio estoico tiene de hecho como objetivo sobrepasar el yo, pensar y actuar en armonía con la Razón universal. Los tres ejercicios descritos por Marco Aurelio (vil, 54; IX, 6; VIH, 7), y más tarde por Epicteto, resultan a este respecto altamente significativos: juzgar de una manera objetiva de acuerdo con la razón interior, actuar de acuerdo con esa razón común a todos los hombres y aceptar el destino que nos ha sido impuesto por la razón cósmica. Según los estoicos no existe más que una única razón, y es ella la que conforma el verdadero yo de los hombres.

Comprendo el motivo por el que Foucault eludió estos aspectos, que por lo demás no ignoraba. Su análisis de las prácticas del yo (como, por otra parte, mi análisis de los ejercicios espirituales) no constituye sólo un estudio histórico, ya que pretende implícitamente proponer al hombre contemporáneo cierto modelo de vida (al que Foucault llama «estética de la existencia»). Y es que según una tendencia hasta cierto punto generalizada del pensamiento moderno, tendencia quizá más inconsciente que reflexiva, conceptos como «Razón universal» o «naturaleza universal» han perdido bastante de su sentido. Resultaba por tanto útil dejarlos entre paréntesis.

De momento podemos decir, pues, que desde un punto de vista histórico parece difícil admitir que la práctica filosófica de estoicos y platónicos no haya supuesto más que una forma de relación con el yo, un cultivo del yo, una forma de placer suficiente por sí mismo. El significado psicológico de estos ejercicios parece de distinto cariz al señalado. El sentimiento de pertenencia al Todo resulta ser a su juicio un elemento fundamental: pertenencia a la totalidad de la comunidad humana, pertenencia a la totalidad cósmica. Séneca resume esto en cuatro palabras (Carta LXVI, 6): «Toti se inserens mundo» («todo está integrado en el mundo»). Groethuysen, en su admirable Anthropologie philosophique (pág. 80), ha sabido reconocer este rasgo esencial. Sin embargo, tal perspectiva cósmica altera de modo radical la percepción que uno puede tener de sí mismo.

Curiosamente, Foucault se refiere en pocas ocasiones al epicureísmo. Resulta un tanto incomprensible por cuanto, en cierto sentido, la ética epicúrea es una ética sin normas, una ética autónoma producto del azar que no puede fundarse en la Naturaleza, una ética que parecería por lo tanto coincidir a la perfección con la mentalidad moderna. La razón de este silenciamiento cabría buscarlo quizá en el hecho de que resulta bastante difícil integrar el hedonismo epicúreo en la estructura general de disfrute del placer propuesto por Foucault. Sea como fuere, existen también otras prácticas espirituales en el epicureísmo, como por ejemplo el examen de consciencia. Pero como hemos dicho estas prácticas no se fundamentan en las normas de la Naturaleza y de la Razón universal, puesto que según los epicúreos la creación del mundo no es más que mero resultado del azar. Y no obstante, también en este punto, esta práctica espiritual no puede definirse solamente como cultivo del yo, de una simple relación entre un yo y otro, como un placer dispensado por el propio yo. Los epicúreos no se avergüenzan de confesar que necesitan algo ajeno a sí mismos con tal de satisfacer sus deseos y disfrutar del placer: necesitan el alimento corporal y el placer que brinda el amor, pero también y al mismo tiempo una teoría física del universo con la que eliminar cualquier temor a la muerte y a las divinidades. A menudo los diversos miembros de la escuela epicúrea se reúnen porque les gusta sentir esa felicidad que sólo proporciona el mutuo afecto. Por último necesitan también dedicarse a la contemplación, en virtud de la imaginación, de la infinidad de universos que laten en el vacío infinito con tal de sentir eso que Lucrecio denomina divina voluptas et horror. Vemos expresada esta inmersión de los sabios epicúreos en el cosmos por un discípulo de Epicuro, Metrodoro: «Recuerda que, pese a haber nacido mortal y que tu vida es limitada, has conseguido elevarte hasta la eternidad e infinitud de las cosas gracias a pensar en la naturaleza, pudiendo así ver cuanto ha sido y cuanto será». En el epicureísmo se produce un extraordinario cambio de perspectiva: puesto que la existencia se le aparece al epicúreo como puro azar, inexorablemente único, puede justamente entender la vida como una especie de milagro, como un don gratuito e inesperado de la Naturaleza, considerando entonces la vida como una fiesta maravillosa.

Me serviré ahora de otro ejemplo para ilustrar nuestras diferencias interpretativas sobre el «cultivo del yo». Foucault escribió un interesante artículo titulado «Escritura del yo», que toma por lo demás como punto de partida un excelente texto relativo al valor terapéutico de la escritura, que yo mismo analicé en Ejercicios espirituales (pág. 69), y según el cual el célebre monje Antonio habría aconsejado a sus discípulos que anotaran por escrito las acciones y movimientos del alma, como si tuvieran que darlos a conocer a otros: «La escritura debe adoptar el papel de los ojos de los demás», decía Antonio. Esta anécdota lleva a Foucault a reflexionar sobre las formas adoptadas por eso que denomina la «escritura del yo» en la Antigüedad y en especial por el género literario de los hypomnemata, lo que podría traducirse como «libretas de notas» espirituales, donde se consignaban los pensamientos de otros susceptibles de utilizarse para la edificación de quien los transcribiera. Foucault define del siguiente modo su función (pág. 8): se trata de «recoger lo ya dicho», de «reunir aquello que se ha podido escuchar o leer para una importante finalidad, nada menos que la constitución del yo». Pasa entonces a preguntarse: «¿Cómo ponerse en presencia del propio yo con ayuda de antiguos discursos recogidos de aquí y de allá?». Y se responde: «Este ejercicio puede entenderse como cierto retorno al pasado: la contribución de los hipomnemata es uno de los medios por los que el alma se despoja de toda preocupación por el futuro concentrándose en la meditación sobre el pasado». Cree así descubrir, tanto en la moral epicúrea como en la moral estoica, el rechazo de cierta actitud orientada al pasado y la tendencia a conceder valor positivo a la posesión de un pasado del que uno puede gozar sin ningún temor. Me parece que nos encontramos aquí ante un error de interpretación. Es cierto que los epicúreos, pero sólo ellos, consideraban una de las principales fuentes de placer la rememoración de los momentos agradables del pasado, cosa que por otra parte nada tiene que ver con la meditación de lo «ya-dicho» practicada en los hipomnemata. Pero no es menos cierto que, tal como he demostrado en mi artículo aparecido en Diogéneen 1986 (n.° 133), estoicos y epicúreos coinciden en una actitud consistente tanto en despreocuparse del futuro como de la carga del pasado para concentrarse en el momento presente, ya sea para gozar de él o para actuar en consecuencia. Y desde este punto de vista ni los estoicos ni siquiera los epicúreos atribuyeron valor positivo al pasado: la actitud filosófica fundamental consiste en vivir el presente, en hacer suyo el presente y no el pasado. Otra cosa es que, por otra parte, concedieran gran importancia a los pensamientos formulados por sus predecesores. Pero si bien los hipomnemata giran sobre lo ya-dicho, la verdad es que no tratan de cualquier ya-dicho cuyo único mérito sería simplemente provenir del pasado, pues lo que se reconoce en lo ya-dicho (en general, los dogmas de los fundadores de la escuela) es lo que la propia razón dice en el presente, a los dogmas de Epicuro o Crisipo se les reconoce un valor siempre presente puesto que son, justamente, expresión misma de la razón. Dicho de otro modo, la escritura, la anotación, no sirve para apropiarse de pensamientos ajenos, sino que ayudan a movilizar fórmulas que se consideran lo suficientemente buenas como para ser actualizadas, vivificadas, y que han sido ya interiorizadas por la razón de aquel que las transcribe.

Según Foucault, este ejercicio tendría un carácter decididamente ecléctico e implicaría, pues, una elección personal, lo que explicaría también esa «construcción del yo». «La escritura como ejercicio personal efectuado en sí y para sí supone un arte de verdades inconexas o, dicho con mayor exactitud, una forma reflexiva de combinar la autoridad tradicional de la cosa ya dicha con la singularidad de la verdad que se está afirmando y las particulares circunstancias que determinan su uso». Pero en realidad, al menos en el caso de estoicos y epicúreos, la elección personal no es una cuestión de eclecticismo. Se recurre al eclecticismo únicamente cuando se trata de convertir a principiantes. En esas circunstancias cualquier medio es bueno. De esta manera Foucault encuentra ejemplos de eclecticismo en las Cartas a Lucilio, en las que el estoico Séneca cita sentencias de Epicuro. Pero de lo que se trata en este caso es de convertir a Lucilio, de persuadirle a llevar a la práctica una vida moral. Este recurso a Epicuro no aparece en las primeras cartas y termina pronto. De hecho, la elección personal tiene más que ver, por el contrario, con la adhesión en exclusiva a determinada forma de vida, ya sea ésta estoica o epicúrea, considerada conforme a la razón. Será sólo a partir de la época de la nueva Academia, con Cicerón por ejemplo, que la elección personal dependerá de lo que la razón considere adecuado en cada momento concreto.

No se trata pues, como piensa Foucault (págs. 11-13), de que gracias a escribir o releer pensamientos inconexos el individuo se forje una identidad espiritual. En primer lugar, como hemos visto, tales pensamientos no tienen nada de inconexos, sino que han sido elegidos por su coherencia. En segundo lugar y en especial, no se trata de forjarse una identidad espiritual por medio de la escritura, sino de liberarse de la propia individualidad para elevarse a la universalidad. Resulta por lo tanto inexacto hablar de una «escritura del yo»; no sólo no escribe uno mismo, sino que la escritura no constituye su yo: al igual que el resto de ejercicios espirituales, sirve para hacer cambiar el yo de nivel, universalizándolo. Lo milagroso de tal ejercicio, practicado en soledad, es que permite acceder a la universalidad de la razón en el tiempo y en el espacio. Según el monje Antonio, el valor terapéutico de la escritura reside precisamente en esta capacidad universalizadora. La escritura, dice, adopta el lugar de los ojos de los demás. Aquel que escribe se siente de algún modo observado, acompañado, pues forma parte de la comunidad humana, que le asiste en silencio. Mediante la formulación por escrito de sus actos personales está entrando en los engranajes de la razón, de la lógica, de la universalidad. De esta forma se objetiva lo que antes era confuso y subjetivo.

Resumamos. Eso que Foucault denomina las «prácticas del yo» de los estoicos y también de los platónicos corresponde ciertamente a un proceso de conversión del yo: uno se despoja de toda exterioridad, del apego pasional a los objetos exteriores y a los placeres que éstos pueden proporcionar, se observa a sí mismo para ver si está progresando en este ejercicio, intenta ser dueño y señor de sí mismo, poseerse a sí mismo, encontrar la felicidad en la libertad e independencia interior. Estoy de acuerdo con todos estos puntos.

Pero pienso que tal proceso de interiorización está inseparablemente unido a otro proceso gracias al cual uno se eleva a un nivel psíquico superior en el que encuentra otro tipo de exteriorización, otro tipo de relación con el exterior, una nueva manera de ser-en-el-mundo consistente en la toma de consciencia de uno mismo como parte de la Naturaleza, como parte de la Razón universal. Deja entonces de vivir en el mundo humano convencional y habitual para hacerlo en el mundo de la Naturaleza. Como ya dije anteriormente, se practica entonces la «física» como si consistiera en un ejercicio espiritual.

Se identifica de este modo a un «otro», la Naturaleza, la Razón universal, presente en todos los individuos. Se produce una transformación radical de puntos de vista, una dimensión universalista y cósmica de la cual, a mi juicio, no se ha ocupado demasiado Foucault: la interiorización implica la superación del yo y la universalización.

Todas estas observaciones que acabo de realizar no se sitúan sólo en el marco del análisis histórico de la filosofía antigua, sino que afectan igualmente a la definición del modelo ético que el hombre moderno puede llegar a descubrir en la Antigüedad. Y precisamente, creo que al centrar exclusivamente su interpretación sobre el cultivo del yo, sobre la conversión del yo y, en general, al definir su modelo ético como una estética de la existencia, Foucault no está proponiendo un cultivo del yo de carácter puramente estético, es decir, temo que está proponiendo una nueva forma de dandismo versión finales del siglo XX. Pero esto debería analizarse con más atención de la que ahora puedo dedicarle. Por mi parte creo firmemente, quizá con cierta ingenuidad, en la posibilidad de que el hombre moderno haga suya no la sabiduría (la mayoría de pensadores antiguos no creían que ello fuera posible), sino la práctica, siempre en precario, de la sabiduría, según ese triple modelo definido por Marco Aurelio, como vimos antes: intentar desarrollar la objetividad de juicio, intentar vivir de manera justa y al servicio de la comunidad humana e intentar conscienciarnos de nuestro papel como parte del universo (ejercitándonos a partir de la experiencia propia de sujetos concretos, viviendo y percibiendo). Tal ejercicio de sabiduría supone, pues, un intento de apertura a lo universal.

Para decirlo de modo más preciso, creo que al hombre moderno puede serle útil practicar los ejercicios filosóficos de la Antigüedad, despojándolos del discurso filosófico o mítico que los acompañaba. Y es que, en efecto, puede justificarse el mismo ejercicio espiritual mediante discursos filosóficos extremadamente diferentes, que no suponen sino torpes intentos de descripción y justificación de algunas experiencias interiores cuya densidad existencial escapa finalmente a cualquier tentativa de teorización o sistematización. Por ejemplo, estoicos y epicúreos invitaban a sus discípulos, por razones del todo distintas, a concentrar su atención sobre el presente, liberándose de cualquier preocupación respecto al futuro y a la carga del pasado. Pero quien practique este ejercicio verá el universo con una nueva mirada, como si lo contemplara por primera vez, descubriendo en el puro goce del presente el misterio y el resplandor de la existencia; y, como afirmara Nietzsche, digamos sí «no sólo a nosotros mismos, sino a todos los seres vivos». No se precisa por tanto creer en la Naturaleza o en la Razón universal de los estoicos para practicar estos ejercicios, pues al practicarlos se está viviendo de manera concreta según la razón («aunque todo dependa del azar, no dependas tú de él», señalaba Marco Aurelio [X, 28, 3]), accediéndose también de manera concreta a esa universalidad propia de la perspectiva cósmica, a la maravillosa y misteriosa presencia del universo.

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

Bergson, H., LÉnergie spirituelle, PUF, 14 ed., París 1930, pág. 24 (en relación con el placer y la alegría). [La energía espiritual, Espasa- Calpe, Madrid 1982.]

Foucault, M., «L’écriture de soi», Corps écrit, n.° 5, 1983, págs. 3-23.

-Histoire de la sexualité, t. II, L’Usage des plaisirs’, t. III, Le Souci de soi, Gallimard, Paris 1984. [Historia de la sexualidad, trad. Ulises Guiñazú, Tomás Segovia y Martí Soler, Siglo XXI, Madrid 1980-1995.] [Herme-néutica del sujeto, trad. Femando Alvarez y Julia Varela, Endymion, Madrid 1994.]

Groethuysen, B., Anthropologie philosophique, Gallimard, Paris 1952.

Hadot, I., «Epicure et l’enseignement philosophique hellénistique et romain», en Actes du VIII Congrès de l Association Guillaume Bu- dé, Les Belles Lettres, Paris 1970, pág. 35 (sobre el carácter provisional y terapéutico de las citas de Epicuro por Séneca).

—Seneca und die griechisch-römische Tradition der Seelenleitung, Berlin 1969.

Hadot, P., Ejercicios espirituales y filosofia antigua, Institut d’Etudes augustiniennes, 2.a ed., París 1987.

-«Le présent seul est notre bonheur. La valeur de l’instant présent chez Goethe et dans la philosophie antique», Diogène, n.° 133, Paris 1986, págs. 58-81 (cita de Nietzsche, pág. 80).

Schmid, W., Die Geburt der Philosophie im Garten der Lüste, Athenäum, Fráncfort del Meno 1987.

[i] Aparecido originalmente en Michel Foucault philosophe. Rencontre intemationale, París, 9, 10, 11 janvier 1988, Seuil, «Des Travaux», París 1989, págs. 261-270.

Foucault, Michel – La escritura de sí

LA ESCRITURA DE SÍ

«L’écriture de soi», Corps écrit, n° 5: L’Autoportrait, febrero de 1983, págs. 3-23. La «serie de estudios» de la que habla Foucault había sido inicialmente concebida como una introducción a El uso de los placeres con el título El cuidado de sí. Esta denominación se reservó para una nueva distribución de los elementos del volumen segundo de la Historia de la sexualidad y acabaría siendo el título del volumen tercero. Mientras tanto, se había programado en ediciones du Seuil una serie de estudios más generales sobre la gubernamentalidad, con el título de El gobierno de sí y de los otros.

Estas páginas forman parte de una serie de estudios sobre las «artes de sí mismo», es decir, sobre la estética de la existencia y el gobierno de sí y de los otros en la cultura grecorromana, en los dos primeros siglos del imperio.

La Vita Antonii de Atanasio presenta la notación escrita de las acciones y de los pensamientos como elemento indispensable de la vida ascética: «Tengamos también esta precaución para estar seguros de no pecar: que cada uno anote y escriba sus actos e impulsos del alma, como si tuviera que revelárselos a otros. Y estad seguros de que, por la vergüenza de que éstos sean conocidos, dejaremos de pecar y de tener en el corazón pensamientos malvados. Pues, ¿quién, desea ser visto mientras peca? ¿Quién, después de haber pecado, no miente para ocultarse? Del mismo modo que viéndonos unos a otros no fornicamos, así, si escribimos nuestros pensamientos como si debiéramos revelárnoslos los unos a los otros, nos guardaremos con fuerza de los pensamientos impuros por la vergüenza de que otros los conozcan. Que lo que escribimos sea para nosotros como los ojos de nuestros compañeros en la ascesis, para que enrojeciéndonos de escribir lo mismo que de ser vistos, no tengamos más pensamientos malvados. Educándonos así, podremos esclavizar el cuerpo y pisar las insidias del Enemigo» .
La escritura de sí aparece claramente aquí en su relación de complementariedad con la anacoresis: mitiga los peligros de la soledad y ofrece a una mirada posible lo que se ha hecho o pensado. El hecho de obligarse a escribir desempeña las veces de un compañero, suscitando el respeto humano y la vergüenza; cabe, por tanto, plantear una primera analogía: lo que los otros son para el asceta en una comunidad, lo será el cuaderno de notas para el solitario. Pero, simultáneamente, se plantea una segunda analogía, la que se refiere a la práctica de la ascesis como trabajo, no solamente sobre los actos, sino, más precisamente sobre el pensamiento: el apremio que la presencia de otro ejerce en el orden de la conducta, lo ejercerá la escritura en el orden de los movimientos interiores del alma; en este sentido, desempeña un papel muy próximo al de la confesión al director espiritual de la que Casiano dirá, en la línea de la espiritualidad evagriana, que debe revelar, sin excepción, todos los movimientos del alma (omnes cogiationes). Por último, la escritura de los movimientos interiores aparece también, según el texto de Atanasio, como un arma en el combate espiritual: mientras que el demonio es una potencia que engaña y que hace que uno se engañe a sí mismo (nada menos que la mitad de la Vita Antonii está consagrada a estos ardides), la escritura constituye una prueba y es una especie de piedra de toque: sacando a la luz los movimientos del pensamiento, disipa la sombra interior en la que se urden las tramas del enemigo. Este texto —uno de los más antiguos que nos ha dejado la literatura cristiana sobre el tema de la escritura espiritual— está lejos de agotar todas las significaciones y formas que ésta adoptaría más adelante. Pero cabe retener varios rasgos que permiten analizar retrospectivamente el papel de la escritura en la cultura filosófica de sí, precisamente, en los albores del cristianismo: su estrecho vínculo con el compañerismo, su punto de aplicación a los movimientos del pensamiento y su papel de prueba de verdad. Estos diversos elementos se encuentran ya en Séneca, Plutarco y Marco Aurelio, pero con valores sumamente diferentes y de acuerdo con procedimientos bien distintos.
Ninguna técnica y ninguna habilidad profesional pueden adquirirse sin ejercicio; tampoco se puede aprender el arte de vivir, la téchne tou bíou, sin una áskesis que hay que considerar como un entrenamiento de sí por sí mismo: éste era uno de los principios tradicionales a los que, desde mucho tiempo antes, los pitagóricos, los socráticos y los cínicos le habían concedido una gran importancia. Más bien parece que entre todas las formas adoptadas por este entrenamiento (que suponía abstinencias, memorizaciones, exámenes de conciencia, meditaciones, silencio y escucha del otro), la escritura —el hecho de escribir para sí mismo y para algún otro (autrui)— hubiera empezado a desempeñar bastante más tarde un papel considerable. En todo caso, los textos de la época imperial que se refieren a las prácticas de sí otorgan a la escritura un amplio espacio. Hace falta leer, decía Séneca, pero también escribir . Asimismo Epicteto, a pesar de impartir sólo una enseñanza oral, insiste en varias ocasiones en el papel de la escritura como ejercicio personal: se debe «meditar» (meletán), escribir (gráphein) y entrenarse (gymnázein); «¡Ojalá me sorprenda la muerte teniendo esto en el ánimo, escribiendo esto, leyendo esto!» . O incluso: «Ten esto a mano de día y de noche: esto has de escribir, esto has de leer, sobre esto has de dialogar contigo mismo; decirle a otro (…). Y luego, si sucede alguna cosa de las que llaman indeseables, lo primero que te alivie al punto será que no era imprevisto» . En estos textos de Epicteto, la escritura aparece regularmente asociada a la «meditación», a ese ejercicio del pensamiento sobre sí mismo que reactiva lo que sabe, vuelve a hacer presentes para sí un principio, una regla o un ejemplo, reflexiona sobre ellos, los asimila y se prepara para afrontar lo real. Pero vemos también que la escritura está asociada de dos modos diferentes al ejercicio de pensamiento. Uno adopta la forma de una serie «lineal»; va de la meditación a la actividad de la escritura y de ésta al gymnázein, es decir al entrenamiento en situación real y a la prueba: trabajo de pensamiento, trabajo mediante la escritura, trabajo en realidad. El otro es circular: la meditación precede a las notas que permiten la relectura que, a su vez, relanza la meditación. En cualquier caso, sea cual sea el ciclo de ejercicio en el que se sitúa, la escritura constituye una etapa esencial en el proceso al que tiende toda áskesis: a saber, la elaboración de discursos recibidos y reconocidos como verdaderos en principios racionales de acción. La escritura como elemento del entrenamiento de sí, tiene, para utilizar una expresión que se encuentra en Plutarco, una función ethopoiética: es un operador de la transformación de la verdad en éthos.
Esta escritura ethopoiética, tal como se muestra a través de los documentos de los siglos I y II, parece haberse alojado en el exterior de dos formas ya conocidas y utilizadas con otros fines: los hypom-némata y la correspondencia.

LOS HYPOMNÉMATA

Los hypomnémata, en sentido técnico, podían ser libros de cuentas, registros públicos, cuadernos individuales que servían de ayuda-memoria. Su uso como libro de vida, como guía de conducta parece haber llegado a ser algo habitual en todo un público cultivado. En ellos se consignaban citas, fragmentos de obras, ejemplos y acciones de los que se había sido testigo o cuyo relato se había leído, reflexiones o razonamientos que se habían oído o que provenían del propio espíritu. Constituían una memoria material de las cosas leídas, oídas o pensadas, y ofrecían tales cosas, como un tesoro acumulado, a la relectura y a la meditación ulteriores. Formaban también una materia prima para la redacción de tratados más sistemáticos, en los que se ofrecían los argumentos y medios para luchar contra un defecto concreto (como la cólera, la envidia, la charlatanería, la adulación) o para sobreponerse a determinada circunstancia difícil (un duelo, un exilio, la ruina, la desgracia). Así que, cuando Fundano solicita consejos para luchar contra las agitaciones del alma, y Plutarco en ese momento apenas dispone de tiempo para componer un tratado en la buena y debida forma, le envía sin mayores pretensiones los hypomnémata que él mismo ha redactado sobre el tema de la tranquilidad del alma: al menos así es como presenta el texto del Perì euthymías . ¿Modestia fingida? Sin duda se trata de una manera de justificar el carácter algo deslavazado del texto; pero hay que ver también en ello una indicación de lo que eran estos cuadernos de notas — así como del uso que debía procurarse al propio tratado que conservaba algo de su forma original.
Estos hypomnémata no se deberían considerar como un simple apoyo para la memoria, que se podrían consultar de vez en cuando, si se presentara la ocasión. No están destinados a suplantar eventual-mente el recuerdo que flaquea. Constituyen más bien un material y un marco para ejercicios que hay que efectuar con frecuencia: leer, releer, meditar, conversar consigo mismo y con otros, etc. Y eso con el fin de tenerlos, como dice una expresión que se repite a menudo, prócheiron, ad manum, in promptu. «A mano», por tanto, y no simplemente en el sentido de que cabría recordárselos a la conciencia, sino en el de que se deben poder utilizar, tan pronto como sea preciso, en la acción. Se trata de constituirse un lógos bioéthicos, un bagaje de discursos capaces de socorrer, susceptibles —como dice Plutarco— de alzar por sí mismos la voz y de acallar las pasiones como un amo que con una sola palabra aplaca el gruñido de los perros . Para eso hace falta que no se limiten a estar simplemente colocados como en un armario de recuerdos, sino profundamente implantados en el alma, «clavados en ella» dice Séneca, y que así formen parte de nosotros mismos. En resumen, que el alma los haga no solamente suyos, sino que los haga sí misma. La escritura de los hypomnémata es una importante estación de enlace en esta subjetivación del discurso.
Sin embargo, por muy personales que sean, estos hypomnémata no deben ser considerados como diarios íntimos, o como esos relatos de experiencia espiritual (tentaciones, luchas, caídas y victo- rias) que encontraremos en la literatura cristiana ulterior. No constituyen un «relato de sí mismo», no tienen como objetivo hacer surgir a la luz del día los arcana conscientiae cuya confesión —oral o escrita— tiene valor purificador. El movimiento que pretenden efectuar es inverso a éste: se trata, no de perseguir lo indecible, no de revelar lo oculto, no de decir lo no dicho, sino, por el contrario, de captar lo ya dicho; reunir lo que se ha podido oír o leer, y con un fin, que es nada menos que la constitución de sí.
Los hypomnémata han de situarse de nuevo en el contexto de una tensión muy sensible en la época: en el interior de una cultura fuertemente marcada por lo tradicional, por el valor reconocido a lo ya dicho, por la recurrencia del discurso; mediante la práctica del citar bajo el sello de la antigüedad y de la autoridad se desarrollaba una ética muy explícitamente orientada por el cuidado de sí hacia objetivos bien definidos, tales como retirarse en sí, alcanzarse a sí mismo, vivir consigo mismo, bastarse a sí mismo, beneficiarse y gozar de sí. Tal es, sin duda, el objetivo de los hypomnémata: hacer de la recolección del lógos fragmentario y transmitido por la enseñanza, por la escucha o por la lectura, un medio para el establecimiento de una relación de uno consigo mismo lo más adecuada y acabada posible. Ahí radica, para nosotros, algo paradójico: ¿cómo situarse en presencia de sí mismo mediante el auxilio de discursos intemporales y recibidos un poco de todas partes? De hecho, si la redacción de los hypomnémata puede contribuir a la formación de sí a través de estos lógoi dispersos, eso obedece a tres razones principales: a los efectos de limitación debidos a la ligazón de la escritura con la lectura, a la práctica regulada de la disparidad que determina las elecciones y a la apropiación que ésta efectúa.

1. Séneca insiste al respecto: la práctica de sí implica la lectura, pues nadie sería capaz de saber extraer todo cuanto hay en su propio fondo, ni de dotarse por sí mismo de los principios de razón que son indispensables para conducirse: como guía o como ejemplo, el auxilio de los otros es necesario. Pero es necesario no disociar lectura y escritura; se debe recurrir «una tras otra» a estas dos ocupaciones y «templar la una mediante la otra». Si escribir demasiado agota (Séneca está pensando aquí en el trabajo del estilo), el exceso de lectura dispersa: «Disipa la multitud de libros» . Si uno pasa sin cesar de libro en libro, sin detenerse jamás, sin retornar de cuando en cuando a la colmena con su provisión de néctar, y, por tanto, sin tomar notas ni constituirse por escrito un tesoro de lectura, se expone a no retener nada, a dispersarse a través de pensamientos diferentes y a olvidarse de sí mismo. La escritura como manera de recoger la lectura hecha y de recogerse en ella es un ejercicio de razón que se opone al gran defecto de la stultitia que la lectura infinita corre el riesgo de favorecer. La stultitia se define por la agitación del espíritu, la inestabilidad de la atención, el cambio de las opiniones y de las voluntades y, por consiguiente, por la fragilidad ante cuantos acontecimientos se puedan producir; se caracteriza también por el hecho de que vuelve el espíritu hacia el porvenir, lo torna curioso de novedades y le impide darse un punto fijo en la posesión de una verdad adquirida . La escritura de los hypomnémata se opone a esta dispersión estableciendo elementos adquiridos y constituyendo en cierto modo «un pasado» hacia el que siempre es posible volver a retirarse. Esta práctica cabe religarla con un tema muy general de la época que, en cualquier caso, es común a la moral de los estoicos y de los epicúreos: el rechazo de una actitud de espíritu vuelta hacia el porvenir (que, debido a su incertidumbre, suscita la inquietud y la agitación del alma) y el valor positivo concedido a la posesión de un pasado del que cabe gozar soberanamente y sin turbación. La contribución de los hypomnémata es uno de los medios por los que se desliga el alma de la preocupación por el futuro para reorientarla hacia la meditación del pasado.

2. Sin embargo, si bien permite contrarrestar la dispersión de la stultitia, la escritura de los hypomnémata es también (y debe continuar siéndolo) una práctica regulada y voluntaria de la disparidad. Es una elección de elementos heterogéneos. En esto se opone al trabajo del gramático, que busca conocer todas y cada una de las obras de un autor; se opone también a la enseñanza de los filósofos de profesión, que reivindican la unidad doctrinal de una escuela. «Poco importa, dice Epicteto, que se haya o no leído todo Zenón o Crisipo; poco importa que se haya captado exactamente lo que han querido decir, y que se sea capaz de reconstituir el conjunto de su argumentación.» . El cuaderno de notas se rige por dos principios, que se podrían denominar «la verdad local de la sentencia» y «su valor circunstancial de uso». Séneca elige lo que anota para sí mismo y para sus comunicantes de entre alguno de los filósofos de su propia secta, aunque también de Demócrito o de Epicuro . Lo esencial es que se pueda considerar la frase retenida como una sentencia verdadera en lo que afirma, conveniente en lo que prescribe, útil según las circunstancias en las que se encuentre. La escritura como ejercicio personal hecho por sí y para sí es un arte de la verdad inconexa o, más precisamente, una manera reflexiva de combinar la autoridad tradicional de la cosa ya dicha con la singularidad de la verdad que en ella se afirma y la particularidad de las circunstancias que al respecto determinan su uso. «Así pues, lee siempre autores reconocidos y, si en alguna ocasión te agradare recurrir a otros, vuelve luego a los primeros. Procúrate cada día algún remedio frente a la pobreza, alguno frente a la muerte, no menos que frente a las restantes calamidades, y cuando hubieres examinado muchos escoge uno para meditarlo aquel día. Esto es lo que yo mismo hago también; de los muchos pasajes que he leído me apropio alguno. El de hoy es éste que he descubierto en Epicuro (pues acostumbro a pasar al campamento enemigo no como tránsfuga, sino como explorador [tamquam explorator])» .

3) Dicha deliberada disparidad no excluye la unificación. Pero ésta no se efectúa en el arte de componer un conjunto: se debe establecer en el propio escritor como resultado de los hypomnémata, de su constitución (y, por tanto, en el gesto mismo de escribir), de su consulta (y, por lo tanto, en su lectura y relectura). Cabe distinguir dos procesos. Por una parte, se trata de unificar estos fragmentos heterogéneos mediante su subjetivación en el ejercicio de la escritura personal. Séneca compara esta unificación, de acuerdo con metáforas muy tradicionales, bien sea a la libación de la abeja, o bien a la digestión de alimentos, o también a la adición de las cifras que forman una suma: «Procuremos otro tanto con los alimentos que nutren el espíritu, no permitamos que queden intactos cuantos hayamos ingerido, para que no nos resulten extraños. Asimilémoslos; de otro modo, irán al acervo de la memoria, no al de la inteligencia. Prestémosles fiel asentimiento y apropiémonos de ellos para que resulte una cierta unidad de muchos elementos, igual que de números sueltos formamos uno solo, cuando una sola cuenta abarca sumas menores y diferentes entre sí» . El papel de la escritura es constituir, con todo lo que la lectura ha constituido, un «cuerpo» (quicquid lectione collectum est, stilus redigat in corpus). Y dicho cuerpo ha de comprenderse no como un cuerpo de doctrina, sino —de acuerdo con la metáfora tan frecuentemente evocada de la digestión— como el propio cuerpo de quien, al transcribir sus lecturas, se las apropia y hace suya su verdad: la escritura transforma la cosa vista u oída «en fuerzas y en sangre» (in vires, in sanguinem). Viene a ser en el propio escritor un principio de acción racional.
Pero, a la inversa, el escritor constituye su propia identidad a través de esta recolección de cosas dichas. En esta misma carta 84 —que constituye una especie de breve tratado de las relaciones en- tre lectura y escritura— Séneca se detiene un momento en el problema ético de la semejanza, la fidelidad y la originalidad. No se debe —explica— elaborar lo que se recuerda de un autor, de modo que éste pueda ser reconocido; no se trata de constituir, en las notas que se toman y en la manera en que se restituye por escrito lo que se ha leído, una serie de «retratos» reconocibles pero «muertos» (Séneca piensa aquí en esas galerías de retratos mediante las cuales alguien atestiguaba su nacimiento, hacía valer su estatuto y acentuaba su propia identidad por referencia a otros). Lo que es preciso constituir en lo que uno escribe es su propia alma; pero como un hombre lleva sobre su rostro la semejanza natural de sus antepasados, del mismo modo es bueno que quepa percibir en lo que escribe la filiación de los pensamientos que se han grabado en su alma. Mediante el juego de las lecturas escogidas y de la escritura asimilativa, debe poder formarse una identidad a través de la cual se lea toda una genealogía espiritual. En un coro hay voces altas, bajas y medias, timbres de hombres y de mujeres: «Ahí ninguna voz individual puede distinguirse; únicamente el conjunto se impone al oído (…). Otro tanto quiero que ocurra en nuestra alma, que disponga de una buena provisión de conocimientos, de preceptos, de ejemplos tomados de varias épocas, pero que converjan en una unidad».

LA CORRESPONDENCIA

Los cuadernos de notas, que en sí mismos constituyen ejercicios de escritura personal, pueden servir de materia prima para textos que se envían a otros. En cambio, la misiva, texto por definición destinado a algún otro (autrui), da lugar también al ejercicio personal. Esto es lo que sucede, y Séneca lo recuerda, cuando se escribe, pues se lee lo que se escribe, del mismo modo que, al decir algo, uno oye que se le dice . La carta que se envía actúa, mediante el gesto mismo de la escritura, sobre quien la remite, así como también, mediante la lectura y la relectura, sobre aquél que la recibe. En esta doble función, la correspondencia se halla totalmente próxima a los hypomnémata, y con frecuencia es muy similar. La literatura epicúrea proporciona varios ejemplos al respecto. El texto conocido como «carta a Pitoclo» comienza por el acuse de recibo de una carta en la que el discípulo testimonia su amistad para con el maestro y se esfuerza en «recordar los razonamientos» epicúreos que permiten alcanzar la felicidad: el autor de la respuesta otorga su aval: la tentativa no era mala; y manda de vuelta un texto —resumen del Perì phýseos de Epicuro— que debe servir a Pitoclo de material para memorizar y de soporte para su meditación .
Las cartas de Séneca muestran una labor de dirección ejercida, por un hombre de edad y ya retirado, sobre otro que desempeña aún importantes funciones públicas. Pero en sus cartas Séneca no se limita a informarse sobre Lucilio y sus progresos; no se contenta con darle consejos y comentar para él algunos grandes principios de conducta. Mediante estas lecciones escritas, Séneca continúa ejercitándose sobre sí mismo, en función de los principios que invoca con frecuencia: que es necesario entrenarse durante toda la vida y que siempre se tiene necesidad de la ayuda de algún otro (autrui) en la elaboración del alma sobre sí misma. El consejo que da en la carta 7 constituye una descripción de sus propias relaciones con Lucilio; en ella caracteriza adecuadamente la manera en la que ocupa su retiro mediante el doble trabajo que efectúa simultá-neamente sobre aquel con quien se cartea y sobre sí mismo: retirarse en sí tanto como sea posible; vincularse a quienes son capaces de producir sobre uno un efecto benéfico; abrir la puerta a quienes cabe esperar que uno los vuelva mejores; son «oficios recíprocos. Quien enseña se instruye» .
La carta que se envía para ayudar a su comunicante —aconsejarlo, exhortarlo, amonestarlo, consolarlo— constituye para quien escribe un modo de entrenamiento: más o menos como los soldados en tiempo de paz se ejercitan en el manejo de las armas, los avisos que se dan a los otros en la urgencia de su situación son una manera de prepararse a sí mismo para una eventualidad semejante. Así ocurre en la carta 99 a Lucilio: es la copia de otra misiva que Séneca había enviado a Marullo, cuyo hijo había muerto poco tiempo antes . El texto corresponde al género de la «consolación»; ofrece al comunicante las armas «lógicas» con las que luchar contra la pena. La intervención es tardía, ya que Marullo, «aturdido por el golpe», tuvo un momento de debilidad y se «alejó de sí mismo»; en esto, la carta cumple un papel de amonestación. Pero, para Lucilio, a quien también le es enviada, para Séneca, que la escribe, la carta desempeña un papel de principio de reactivación: reactivación de cuantas razones permiten superar el duelo, persuadirse de que la muerte no es una desgracia (ni la de los otros, ni la de uno mismo). Y gracias a esto, que es lectura para uno y escritura para el otro, Lucilio y Séneca habrán reforzado así su preparación para el caso de que un acontecimiento de esta índole les sobrevenga. La consolatio que debe ayudar y corregir a Marullo es, al mismo tiempo, una praemeditatio útil para Lucilio y Séneca. La escritura que ayuda al destinatario pertrecha al escritor —y eventualmente a terceros que la lean.
Pero también puede ocurrir que el servicio del alma prestado por el escritor a su comunicante le sea restituido en forma de «consejo respuesta»; a medida que quien es dirigido progresa, llega a ser más capaz de dar a su vez consejo, exhortación, consuelo a quien se ha propuesto ayudarlo: la dirección no se mantiene durante mucho tiempo en un único sentido: sirve de marco de intercambios que la ayudan a tornarse más igualitaria. La carta 34 señala ya este movimiento a partir de una situación en la que Séneca, sin embargo, podría decir a su destinatario: «Te reclamo para mí: eres mi obra»; «yo te exhorté, te infundí entusiasmo y no permití que avanzaras lentamente, antes bien, te estimulé sin cesar. Y ahora hago lo propio, pero estimulando a uno que ya va lanzado y que me estimula a su vez» . Y a partir de la carta siguiente evoca la recompensa de la amistad perfecta, en la que cada uno de los dos será para el otro el auxilio permanente, la ayuda inagotable de la que se ocupa en la carta 109: «A los expertos en la lucha los prepara el ejercicio, al músico lo estimula quien ha aprendido su misma arte. El sabio tiene necesidad de pacificar sus virtudes; como él se estimula a sí mismo, es asimismo estimulado por otro sabio» .
Sin embargo, y a pesar de todos estos puntos comunes, la correspondencia no debe ser
considerada como la simple prolongación de la práctica de los hypomnémata. Es algo más que un entrenamiento de sí mismo mediante la escritura, a través de los consejos y de las opiniones que se dan al otro: constituye también una manera de manifestarse a sí mismo y a los otros. La carta hace «presente» al escritor ante aquel a quien se dirige. Y presente, no simplemente por las informaciones que le da sobre su vida, sus actividades, sus éxitos, sus fracasos, sus venturas o sus desgracias; presente con una especie de presencia inmediata y casi física. «Te agradezco que me escribas con frecuencia, pues de la única forma que puedes te me das a conocer [te mihi ostendis]. Jamás recibo tu carta sin que estemos al momento juntos. Si los retratos de los amigos ausentes nos resultan gratos (…), ¡cuánto más gratas nos resultan las epístolas, que nos procuran las huellas auténticas del amigo ausente, sus auténticos rasgos! Porque la mano del amigo impresa en la epístola brinda lo que sabe muy dulce en su presencia: el reconocerlo.»
Escribir es, por tanto, «mostrarse», hacerse ver, hacer aparecer el propio rostro ante el otro. Y por ello hay que entender que la carta es a la vez una mirada que se dirige al destinatario (por la misiva que recibe, se siente mirado) y una manera de entregarse a su mirada por lo que se le dice de uno mismo. La carta habilita, en cierto modo, un cara a cara. Y por otra parte Demetrio, al exponer en De elocutione lo que debe ser el estilo epistolar, señalaba que no podía ser sino un estilo «simple», libre en la composición, sobrio en la elección de palabras, dado que cada cual ha de revelar en él su alma. La reciprocidad que la correspondencia establece no es simplemente la del consejo y la ayuda; es la de la mirada y el examen. La carta que, en tanto que ejercicio, trabaja en la subjetivación del discurso verdadero, en su asimilación y en su elaboración como «bien propio», constituye también, a su vez, una objetivación del alma. Es notable que Séneca, al comenzar una carta en la que debe exponer a Lucilio su vida cotidiana, recuerda la máxima moral de que «hemos de vivir como si estuviéramos a la vista de todos» y el principio filosófico de que nada de nosotros mismos queda oculto a Dios, que está permanentemente presente en nuestras almas . Con la misiva, uno se abre a la mirada de los otros y se sitúa al comunicante en el lugar del dios interior. Es una manera de entregarnos a esa mirada de la que cabe decir que está sumergiéndose en el fondo de nuestro corazón (in pectus intimum introspicere) en el momento en que pensarnos.
El trabajo que la carta opera sobre el destinatario, pero que también se efectúa sobre el escritor por la carta misma que éste envía, implica una «introspección»; sin embargo, esto se ha de comprender no tanto como un desciframiento de sí por sí mismo, cuanto como una apertura de sí que se da al otro. Esto no impide que nos encontremos ante un fenómeno que puede parecer un poco sorprendente, pero que está cargado de sentido para quien quiera hacer la historia del cultivo de sí. Los primeros desarrollos históricos del relato de sí no se han de buscar del lado de los «cuadernos personales», de los hypomnémata, cuyo papel es permitir la constitución de sí a partir de la acogida del discurso de los otros; más bien se pueden encontrar del lado de la correspondencia con algún otro (autrui) y del intercambio del servicio del alma. Y lo que sucede es que, en las correspondencias de Séneca con Lucilio y de Marco Aurelio con Frontón y en algunas cartas de Plinio, se observa el desarrollo de un relato de sí muy diferente del que se podía encontrar en general en las cartas de Cicerón a sus familiares: en éstas se trataba del relato de sí mismo como sujeto de acción (o de deliberación para una acción posible) en relación con los amigos y los enemigos, y con los sucesos dichosos y desgraciados. En Séneca o Marco Aurelio, y también a veces en Plinio, el relato de sí es el relato de la relación consigo mismo; y en ellos vemos desprenderse con claridad dos elementos, dos puntos estratégicos que llegarán a ser más adelante los objetos privilegiados de lo que se podría llamar la escritura de la relación consigo mismo: las interferencias del alma y del cuerpo (más las impresiones que las acciones) y las actividades del ocio (más que los acontecimientos exteriores): el cuerpo y los días.

1. Las noticias de la salud forman tradicionalmente parte de la correspondencia. Sin embargo, poco a poco alcanzan la amplitud de una descripción detallada de las sensaciones corporales, de las impresiones de malestar, de los diversos trastornos que se han podido experimentar. En ocasiones, no se busca más que introducir consejos de régimen que se consideran útiles para un comunicante. A veces también se trata de recordar los efectos del cuerpo sobre el alma y la correspondiente acción de ésta sobre aquél, o la curación del primero por los cuidados otorgados a la segunda. Así sucede en la extensa e importante carta 78 a Lucilio, que en su mayor parte está consagrada al problema del «buen uso» de las enfermedades y del sufrimiento, aunque se abre con el recuerdo de una grave enfermedad de juventud que Séneca había padecido y que se vio acompañada de una crisis moral. Cuenta Séneca que el «catarro» y las «febrículas» de los que se queja Lucilio él también los había experimentado bastantes años antes: «En sus comienzos no hice caso; mi juventud todavía podía resistir sus acometidas y comportarse con denuedo frente a las enfermedades. Luego sucumbí y llegué a tal extremo que mi persona se consumía con la fluxión llegando a una delgadez extrema. A menudo sentí el impulso de arrancarme la vida: fue la ancianidad de mi benignísimo padre la que me contuvo». Y fueron los remedios del alma los que procuraron la curación: entre ellos, resultaron importantes «los amigos, cuyas exhortaciones, vigilancia y conversación me animaban» . También puede ocurrir que las cartas reproduzcan el movimiento que conduce de una impresión subjetiva a un ejercicio de pensamiento. Sirva como testimonio este paseo-meditación relatado por Séneca: «Tenía necesidad de sacudir los huesos, ora para expulsar la bilis que se había alojado en mi garganta, ora para que el balanceo, que experimenté que me había sido útil, aligerase la misma respiración que me resultaba, no sé por qué motivo, demasiado pesada. Por ello, continué más tiempo mi paseo en litera, al cual me invitaba la propia costa, que forma un arco entre Cumas y la quinta de Servilio Vacia y que, cual estrecho sendero, la rodea de un lado el mar y de otro el lago. De hecho, una reciente tempestad le había dado consistencia (…). Sin embargo, según mi costumbre, comencé a mirar en derredor por si descubría allí alguna cosa que me pudiera ser de provecho, y orienté la vista hacia la quinta que en otro tiempo perteneció a Vacia»: y Séneca cuenta a Luci-lio lo que constituye su meditación sobre el retiro, la soledad y la amistad .

2. La carta es, asimismo, una manera de presentarse a su destinatario en el desarrollo de la vida cotidiana. Relatar su jornada —en modo alguno por la importancia de los acontecimientos que hubieran podido marcarla, sino precisamente cuando se reduce a ser semejante a todos los demás días, atestiguando así no la importancia de una actividad, sino la cualidad de un modo de ser— forma parte de la práctica epistolar: Lucilio encuentra natural solicitarle a Séneca que le cuente cada una de sus jornadas y hora por hora; y Séneca acepta esa obligación con tanto más agrado cuanto que le compromete a vivir bajo la mirada de algún otro (autrui), sin tener nada que ocultar. «Así pues, satisfaré tu petición, y gustoso te hablaré de mi actividad y del orden con que procedo. Sin más, pondré la atención en mí y, cosa que resulta muy provechosa, revisaré mi jornada.» En efecto, Séneca evoca esta jornada concreta que acaba de transcurrir y que, a su vez, es la más común de todas. Su valor radica precisamente en que no ha pasado nada que no pudiera haberla apartado de lo único que para él es importante: ocuparse de sí mismo: «La de hoy es una jornada plena, nadie me ha sustraído parte alguna de ella». Un poco de entrenamiento físico, una carrera con un joven esclavo, un baño en un agua apenas tibia, una sencilla colación de pan, una siesta muy breve. Pero lo esencial del día —y eso es lo que ocupa gran parte de la carta— ha estado consagrado a la meditación de un tema sugerido por un silogismo sofístico de Zenón relativo a la embriaguez .

Cuando la misiva viene a ser el relato de una jornada ordinaria, de una jornada para sí mismo, se ve que toca de cerca una práctica a la que, por otra parte, Séneca hace discreta alusión al comienzo de la carta 83. Allí evoca la costumbre tan útil de «pasar revista a su jornada»: se trata del examen de conciencia cuya forma había descrito en un pasaje del De ira . Dicha práctica —familiar en diferentes corrientes filosóficas: pitagórica, epicúrea, estoica— más bien parece haber sido sobre todo un ejercicio mental ligado a la memorización: se trataba de constituirse como «inspector de sí mismo», y, por tanto, de calibrar las faltas comunes y, a la par, de reactivar las reglas de comportamiento que es preciso tener siempre presentes en el espíritu. Nada indica que esta «revista de la jornada» haya adoptado la forma de un texto escrito. Más bien parece que en la relación epistolar —y, por consiguiente, a fin de situarse a sí mismo bajo la mirada del otro— es donde el examen de conciencia se formuló como un relato escrito de sí mismo: relato de la banalidad cotidiana, relato de las acciones correctas o no, del régimen observado, de los ejercicios físicos o mentales a los que se ha entregado. Encontramos un ejemplo notable de esta conjunción de la práctica epistolar con el examen de sí en una carta de Marco Aurelio a Frontón. Fue escrita en el transcurso de una de esas temporadas en el campo que eran muy recomendadas como momentos de despreocupación de las actividades públicas, como curas de salud y como ocasiones de ocuparse de sí mismo. Se hallan reunidos en este texto los dos temas, el de la vida campesina, sana en tanto que natural, y el de la vida ociosa, dedicada a la conversación, a la lectura y a la meditación. Al mismo tiempo, todo un conjunto de delicadas anotaciones sobre el cuerpo, la salud, las sensaciones físicas, el régimen o los sentimientos muestran la extrema vigilancia de una atención que está intensamente centrada sobre sí mismo. «Nos encontramos bien. Yo he dormido poco debido a un pequeño escalo- frío que, sin embargo, parece ya calmado. He pasado el tiempo, desde las primeras horas de la noche hasta la tercera del día, en parte leyendo la Agricultura de Catón y, en parte, escribiendo felizmente, si bien, en verdad, menos que ayer. Después, tras saludar a mi padre, me enjuagué con agua melada y arrojándola me suavicé la garganta, aunque no la “gargaricé”; y puedo emplear esa palabra según Novio y otros. Una vez restablecida mi garganta, me volví donde se encontraba mi padre y asistía a su sacrificio. A continuación, fuimos a comer. ¿Con qué piensas que almorcé? Con un poco de pan, mientras que veía a los otros devorar ostras, cebollas y sardinas bien grasas. Luego nos pusimos a recoger uvas; lo que pudimos sudar y gritar (…). A la hora sexta volvimos a casa. Estudié un poco, aunque sin fruto; después charlé un buen rato con mi madre, que estaba sentada en la cama (…). Mientras estábamos así charlando y disputándonos quién de los dos quería más al otro (…) sonó el disco y se anunció que mi padre se había introducido en el baño. De modo que cenamos después de bañarnos, en el lagar; no de bañarnos en el lagar, sino que, después de bañarnos, cenamos y oímos con placer las alegres charlas de los lugareños. De vuelta a mi casa, antes de girarme sobre el costado para dormir, despliego mi labor (meum pensum explico); rindo cuenta de mi jornada a mi dulcísimo maestro (diei rationem meo suavissimo magistro reddo) a quien quisiera— por cierto, debería perder peso— desear más todavía…» .
Las últimas líneas de la carta muestran con claridad cómo ésta se articula de acuerdo con la práctica del examen de conciencia: la jornada se termina, justo antes del sueño, con una especie de lectura del día transcurrido; se despliega entonces mentalmente el rollo donde están inscritas las actividades del día, y este libro imaginario de la memoria se reproduce al día siguiente en la carta dirigida a quien es a la vez tanto el maestro como el amigo. La carta a Frontón transcribe, en cierto modo, el examen efectuado la víspera por la noche por la lectura del libro mental de la conciencia.

Queda claro que aún estamos muy lejos de ese libro de combate espiritual al que Atanasio, en la Vida de Antonio, hace alusión casi dos siglos más tarde. Pero se puede medir también cómo este procedimiento del relato de sí en la cotidianidad de la vida, con una meticulosísima atención a lo que ocurre en el cuerpo y en el alma, es asimismo tan diferente de la correspondencia ciceroniana como de la práctica de los hypomnémata, recopilación de cosas leídas y entendidas, y soporte de los ejercicios de pensamiento. En este caso —el de los hypomnémata—, se trataba de constituirse a sí mismo como sujeto de acción racional mediante la apropiación, la unificación y la subjetivación de un «ya-dicho» fragmentario y escogido; en el caso de la anotación monástica de las experiencias espirituales, se tratará de hacer brotar del interior del alma los movimientos más ocultos, de tal manera que sea posible liberarse de ellos. En el caso del relato epistolar de sí mismo, se trata de hacer llegar a coincidir la mirada del otro y la que uno dirige sobre sí cuando mide sus acciones cotidianas de acuerdo con las reglas de una técnica de vida.

Sartre, Jean Paul – La trascendencia del Ego

  1. P. S a r t r e

 

 

La  Trascendencia del Ego

 

Traducción de Oscar Masotta

 

 

 

 

 

Ediciones – Calden

 

 

 

 

Indice

 

 

INTRODUCCION    3

LA TRASCENDENCIA DEL EGO          5

CONSTITUCIÓN DEL EGO   25

CONCLUSIÓN         44

 

 

INTRODUCCION

por silvie le bon

 

 

El ensayo sobre La trascendencia del Ego es la primer obra de Sartre. Las dos únicas publicaciones que la precedieron no pueden, en efecto, ser consideradas como investigacio­nes filosóficas propiamente dichas. Una es un artículo sobre la teoría realista del derecho de Duguit, aparecida en 1927; la otra, titulada La légende de la vérité, donde Sartre exponía sus ideas bajo la forma de un cuento, apareció en 1931 en la revista Bifur.

Con este ensayo Sartre inaugura el trabajo de exploración que culminará en El Ser y la Nada. Por otra parte la cronología confirma la innegable unidad de sus preocupaciones fi­losóficas de esta época: puede decirse que to­das sus obras de ese entonces fueron, si no re­dactadas, por lo menos concebidas al mismo tiempo. El ensayo sobre La trascendencia del Ego fue escrito en 1934, en parte durante la permanencia de Sartre en Berlín, mientras estudiaba la fenomenología de Husserl. En 1935-1936 escribió a la vez La imaginación y Lo imaginario (publicadas respectivamente en 1936 y 1940), después, en 1937-1938, La Psyché de la cual tenía ya la idea en 1934. De La Psy­ché separa lo que deviene el Esbozo de una teoría de las emociones y que fue publicado en 1939. Recordemos, por último, que El Ser y la Nada continúa inmediatamente y que apare­ció en 1934. En esta última obra conserva ex­plícitamente sus conclusiones del ensayo La trascendencia del Ego, completando y profun­dizando sin embargo la refutación del solipsis-mo que consideraba insuficiente.

Sartre renegará de este ensayo de juventud solamente en un punto, el cuál se encuentra por otra parte muy poco desarrollado: se trata del referido al psicoanálisis. Ha revisado total­mente su antigua concepción su rechazodel inconsciente y de la comprensión psico-analítica, y ya no defenderá sus pasadas pre­venciones en este dominio.

Pero la teoría de la estructura de la concien­cia , lo mismo que la idea fundamental del Ego como objeto psíquico trascendente, son siem­pre suyas.

La mejor presentación de este denso, aun­que corto ensayo, ha sido hecha por Simone de Beauvoir, y lo mejor es reproducirla aquí. El ensayo sobre La trascendencia del Ego, es­cribe ella, “Describía una perspectiva husserliana, pero en oposición con algunas de las teo­rías más recientes de Husserl, la relación del Yo con la conciencia; entre la conciencia y la psiquis establecía una distinción que mantu­vo siempre; mientras la conciencia es una inmediata y evidente presencia de uno, la psi­quis es un conjunto de objetos que no se apre­henden por una operación reflexiva y que, co­mo los objetos de la percepción, sólo se dan por perfiles: el odio, por ejemplo, es una tras­cendencia que se aprehende a través de las erlebnissen y cuya existencia es solamente pro­bable. Mi Ego es en sí mismo un ser de otro mundo, así como el Ego ajeno. Así Sartre fun­daba una de sus creencias más antiguas y más tercas: hay una autonomía de la conciencia irreflexiva; la relación al Yo, que, según La Rochefoucauld y la tradición psicológica fran­cesa, pervertiría nuestros movimientos más es­pontáneos, sólo aparece en ciertas circunstan­cias particulares. Lo que más le importaba era que esta teoría, y ella sola, a su entender, per­mitía escapar al solipsismo, lo psíquico, el Ego, existiendo para el prójimo y para mí de la misma manera objetiva. Aboliendo el solipsis­mo, se evitaba las trampas del idealismo y Sartre, en su conclusión, insistía sobre el al­cance práctico (moral y político) de su tesis”.[1]

 

 

 

 

 

LA TRASCENDENCIA DEL EGO

 

Bosquejo de una descripción fenomenológica

 

Para la mayor parte de los filósofos el Ego es un “habitante” de la conciencia. Algunos afir­man su presencia formal en el seno de las “Erlebnisse”, como un principio vacío de uni­ficación. Otros psicólogos en su mayor par­tepiensan descubrir su presencia material, como centro de los deseos y los actos, en cada momento de nuestra vida psíquica. Quisiéra­mos mostrar aquí que el Ego no está ni formal­mente ni materialmente en la conciencia: está afuera, en el mundo; es un ser del mundo, co­mo el Ego del otro.

 

 

LA TRASCENDENCIA DEL EGO

 

el Yo y  el Yo (Moi)

 

 

A) Teoría de la presencia formal del Yo.

 

Es necesario conceder a Kant que “el Yo Pienso debe poder acompañar todas nuestras representaciones”.[2] Pero es necesario concluir de ahí que un Yo, de hecho, habita todos nues­tros estados de conciencia y opera realmente la síntesis suprema de nuestra experiencia? Pa­rece que sería forzar el pensamiento de Kant. El problema de la crítica es un problema de derecho, Kant no afirma nada sobre la exis­tencia de hecho del Yo pienso. Por el contrario, parece que ha visto perfectamente que hay momentos de la conciencia sin “Yo”, puesto que dice: “Debe poder acompañar”. Se trata, en efecto, de determinar las condiciones de posibilidad de la experiencia. Una de esas con­diciones es que yo pueda considerar siempre mi percepción o mi pensamiento como míos: eso es todo. Pero hay una tendencia peligrosa de la filosofía contemporánea —cuyas huellas se encuentran en el neo-kantismo, el empirio­criticismo, y en un intelectualismo como el de Brochard— que consiste en realizar las condiciones de posibilidad determinadas por la crítica.[3] Es ésta la tendencia que lleva a cier­tos autores, por ejemplo, a preguntarse qué puede ser la “conciencia trascendental”. Si se plantea la cuestión en estos términos, se es­tá naturalmente obligado a concebir esta con­ciencia —que constituye nuestra conciencia empírica— como un inconsciente. Pero Bout-roux, en sus lecciones sobre la filosofía de Kant[4] ya hacía justicia a esas interpretacio­nes. Kant no se preocupó nunca por determi­nar la manera en que se constituye de hecho la conciencia empírica; no la dedujo, al modo de un proceso neoplatónico, de una conciencia superior, de una hiperconciencia constituyen­te. La conciencia trascendental para él es so­lamente el conjunto de condiciones necesarias para la existencia de una conciencia empírica. En consecuencia, realizar el Yo trascendental, hacer de él el compañero inseparable de cada una de nuestras “conciencias”[5], es juzgar sobre el hecho y no sobre el derecho, es colo­carse en un punto de vista radicalmente dife-rente al de Kant. Y si a pesar de ello se pre­tende apelar a las consideraciones kantianas sobre la unidad necesaria de la experiencia, se comete el mismo error que aquellos que hacen de la conciencia trascendental un inconscien­te preempírico.

 

Si se concede entonces a Kant la cuestión de derecho, la cuestión de hecho no queda por eso decidida. Conviene, pues, plantearla aquí con nitidez: el Yo Pienso debe poder acompañar to­das nuestras representaciones, ¿pero las acom­paña de hecho? Supongamos, por otra parte, que una cierta representación A pase, de un cierto estado en que el Yo Pienso no la acom­paña, a un estado donde el Yo Pienso la acompaña. ¿El pasaje le entrañaría un cam­bio de estructura o la representación permane­cería incambiada en su fondo? Esta segunda cuestión nos conduce a plantear una tercera: el Yo Pienso debe poder acompañar todas nuestras representaciones; ¿pero es necesario entender por eso que la unidad de nuestras representaciones, directa o indirectamente, es­tá realizada por el Yo Pienso —o bien se debe comprender que las representaciones de una conciencia deben estar unidas y articuladas de tal suerte que un “Yo Pienso” de comprobación sea siempre posible a propósito de ellas? Esta tercera cuestión se plantea, parece, sobre el plano de derecho, y sobre ese plano, abando­naría la ortodoxia kantiana. Pero se trata, en realidad, de una cuestión de hecho que se for­mularía así: el Yo que encontramos en nues­tra conciencia, ¿es posible por la unidad sin­tética de nuestras representaciones, o bien es el que unifica de hecho las representaciones entre ellas?

 

Si abandonamos todas las interpretaciones más o menos forzadas que los poskantianos han dado del Yo Pienso, y si quisiéramos aún resolver el problema de la existencia de hecho del Yo de la conciencia, nos encontraremos con la fenomenología de Husserl.[6] La fenomenolo­gía es un estudio científico y no crítico de la conciencia.[7] Su procedimiento esencial es la intuición. La intuición, según Husserl, nos po­ne en presencia de la cosa.[8] Es necesario en­tonces entender que la fenomenología es una ciencia de hecho y que los problemas que po­ne son problemas de hecho [9], como, por otra parte, se lo puede comprender si se considera que Husserl la llama una ciencia descriptiva.[10] Los problemas de la relación del Yo a la con­ciencia son, pues, problemas existenciales. Hus­serl encuentra y apresa la conciencia tras­cendental de Kant por intermedio de la epoje.[11] Pero esta conciencia no es ya un conjunto de condiciones lógicas, es un hecho absoluto. No es tampoco una hipóstasis de derecho, un inconsciente flotando entre lo ideal y lo real. Es una conciencia real accesible a cada uno de nosotros desde que operamos la “reducción”. Pero es exactamente ella la que constituye nuestra conciencia empírica, esta conciencia “en el mundo”, esta conciencia con su “yo” (moi) psíquico y psicofísico. Creemos, por nuestra parte, en la existencia de una concien­cia constituyente. Seguimos a Husserl en cada una de las admirables descripciones[12] en las que ha mostrado a la conciencia trascenden­tal constituyendo el mundo y aprisionándose en la conciencia empírica; estamos persua­didos, como él, de que nuestro yo psíquico y psicofísico es un objeto trascendente que debe caer bajo el golpe de la epoje.[13] Pero nos plan­teamos la cuestión siguiente: ¿no es suficiente con el yo psíquico y el yo psicofísico? ¿Es ne­cesario que se lo duplique en un Yo trascen­dental, estructura de la conciencia absoluta? [14] Se ve la consecuencia de la respuesta. Si ella es negativa, resulta:

 

1°) Que el campo trascendental se hace im­personal, o, si se lo prefiere, “prepersonal”, sin Yo.

 

2°) Que el yo no aparece más que al nivel de la humanidad y que no es más que una fase del Yo (Moi), la fase activa.[15]

 

3°) Que el Yo Pienso puede acompañar nuestras representaciones porque aparece so­bre un fondo de unidad que no ha contri­buido a crear y que es esta unidad previa, la que, al contrario, lo hace posible.

 

4°) Que sería lícito preguntarse si la perso­nalidad (aun la personalidad abstracta de un Yo) es un acompañamiento necesario de una conciencia y si se puede concebir conciencias absolutamente impersonales.[16]

 

Husserl ha respondido a la cuestión. Des­pués de haber considerado que el Yo (Moi) era una producción sintética y trascendente de la conciencia (en las L. U. (Investigaciones Ló­gicas))[17] ha retornado en Ideen,[18] a la tesis clásica de un Yo trascendental que estaría como por detrás de cada conciencia, que sería una estructura necesaria de esas conciencias, cuyas radiaciones (Ichstrahl) recaería sobre cada fenómeno que se presentara en el campo de la atención. Así, la conciencia trascenden­tal deviene rigurosamente personal. ¿Era ne­cesaria esta concepción? ¿Es compatible con la definición que Husserl da de la conciencia? Se cree ordinariamente que la existencia de un Yo trascendental se justifica por la nece­sidad de unidad y de individualidad de la con­ciencia. Como todas las percepciones y todos mis pensamientos se relacionan a ese núcleo permanente, mi conciencia queda unificada; porque yo puedo decir mi conciencia y porque Pedro y Pablo pueden también hablar de su conciencia, es que esas conciencias se distin­guen entre ellas. El Yo es productor de interio­ridad. Pues bien, es seguro que la fenomenolo­gía no tiene necesidad de recurrir a ese yo unificador e individualizante. En efecto, la con­ciencia se define por la intencionalidad.[19] Por la intencionalidad ella se trasciende a sí mis­ma, se unifica escapándose.[20] La unidad de las mil conciencias activas por las cuales he agregado, agrego y agregaré dos a dos para hacer cuatro, es el objeto trascendente “dos y dos son cuatro”. Sin la permanencia de esta verdad eterna sería imposible concebir una unidad real, y habría tantas operaciones irre­ductibles como conciencias operatorias. Es po­sible que aquellos que creen que “dos y dos son cuatro” es el contenido de mi representa­ción, se vean obligados a recurrir a un princi­pio trascendental y subjetivo de unificación, que sería entonces el Yo. Pero, precisamente, Husserl no tiene necesidad. El objeto es tras­cendente a las conciencias que lo apresan y es en él que se encuentra su unidad. Se dirá que, sin embargo, es necesario un principio de uni­dad en la duración para que el flujo continuo de las conciencias sea susceptible de poner ob­jetos trascendentes fuera de él. Es necesario que las conciencias sean síntesis perpetuas de las conciencias pasadas y de la conciencia presente. Lo cual es exacto. Pero es significati­vo que Husserl, quien ha estudiado en La con­ciencia interna del tiempo esta unificación subjetiva de las conciencias, no haya recurrido jamás a un poder sintético del Yo. Es la con­ciencia la que se unifica a sí misma y concre­tamente por un juego de intencionalidades “transversales” que son retenciones concretas y reales de las conciencias pasadas. Así, la conciencia reenvía perpetuamente a sí misma; decir “una conciencia” es decir toda la con­ciencia, y esta propiedad singular pertenece a la conciencia misma cualesquiera que sean, por otra parte, sus relaciones con el Yo.[21] Pa­rece que Husserl, en las Meditaciones Carte­sianas, ha quedado enteramente fiel a esta con­cepción de las conciencias que se unifican en el tiempo.[22] Por otra parte, la individualidad de la conciencia proviene, evidentemente, de la naturaleza de la conciencia. La conciencia no puede estar limitada (como la sustancia de Spinoza)[23] mas que por ella misma. Ella cons­tituye, pues, una totalidad sintética e indivi­dual enteramente aislada de las otras totali­dades del mismo tipo, y el Yo no puede ser, evidentemente, más que una expresión (y no una condición) de esa incomunicabilidad y de esa interioridad de las conciencias. Nosotros podemos, pues, responder sin vacilar: la con­cepción fenomenológica de la conciencia con­vierte al rol unificante e individualizante del Yo, en algo totalmente inútil. Es la conciencia, por el contrario, la que hace posible la unidad y la personalidad de mi Yo. El Yo trascenden­tal no tiene, pues, razón de ser.

 

Pero, por otra parte, ese Yo superfluo es per­judicial. Si existiera arrancaría a la concien­cia de sí misma, la dividiría, se deslizaría en cada conciencia como una lámina opaca. El Yo trascendental es la muerte de la conciencia. En efecto, la existencia de la conciencia es un absoluto, porque la conciencia es conciencia de sí misma. Es decir, que el tipo de existen­cia de la conciencia es ser conciencia de sí.[24] Y toma conciencia de sí en tanto que es con­ciencia de un objeto trascendente.[25] Todo es entonces claro y lúcido en la conciencia: el ob­jeto está frente a ella con su opacidad carac­terística, pero ella, ella es pura y simplemente conciencia de ser conciencia de ese objeto, tal la ley de su existencia. Es necesario agregar que esta conciencia de conciencia —fuera de los casos de conciencia reflexiva en los que in­sistiremos en su momento— no es posicional, es decir, que la conciencia no es ella misma su objeto.[26] Su objeto está por naturaleza fuera de ella, y es por eso que, por un mismo acto, lo pone y lo toma. Ella misma no se conoce a sí misma, sino como interioridad absoluta. A una semejante conciencia la llamaremos: con­ciencia de primer grado o irreflexiva. Nos pre­guntamos: ¿hay lugar para un Yo en seme­jante conciencia? La respuesta es clara: evi­dentemente, no. En efecto, ese Yo no es ni un objeto (puesto que es interior por hipóte­sis) ni tampoco de la conciencia, puesto que es alguna cosa para la conciencia, no una cua­lidad traslúcida de la conciencia, sino, de al­guna manera, un habitante. En efecto, el Yo con su personalidad, por más abstracto y for­mal que se lo piense, es como un centro de opacidad. Es al yo (moi) concreto y psicofísico lo que el punto es a las tres dimensiones: es un Yo (Moi) infinitamente contractado. Si, pues, se introduce esta opacidad en la concien­cia, se destruye esa definición tan fecunda que dimos de ella, se la oscurece, ella no es más una espontaneidad, y lleva en ella misma un germen de opacidad. Pero, y al mismo tiem­po, sería preciso abandonar ese punto de vis­ta profundo y original que hace de la concien­cia un absoluto no sustancial. Una conciencia pura es un absoluto simplemente porque es conciencia de sí misma. Permanece siendo, pues, un “fenómeno” en el sentido muy parti­cular en que “aparecer” y “ser” no hacen más que uno.[27] Una conciencia es toda ligereza, to­da traslucidez. Y es en esto que el Cogito de Husserl es tan diferente del Cogito cartesiano. Pero si el Yo es una estructura necesaria de la conciencia, ese Yo opaco queda elevado al mis­mo tiempo al rango de absoluto. Y he aquí que estaríamos en presencia de una mónada. Tal es, desgraciadamente, la orientación del nuevo pensamiento de Husserl (ver las M. C.)[28] La conciencia se ha vuelto más pesada, ha perdido ese carácter que hacía de ella el exis­tente absoluto a fuerza de inexistencia. Es pesada y ponderable. Todos los resultados de la fenomenología entonces quedarían arruinados si el Yo no es, al mismo título que el mundo, un existente relativo, es decir, un objeto para la conciencia.[29]

 

 

B) El Cogito como conciencia reflexiva.

 

El “Yo Pienso” kantiano es una condición de posibilidad. El Cogito de Descartes y de Husserl es una comprobación de hecho. Se ha hablado de la “necesidad de hecho” del Cogito, expresión que me parece justa. Porque no se puede negar que el Cogito es personal. En el “Yo pienso” hay un Yo que piensa. Alcanzamos aquí al Yo en su pureza, y si se quiere cons­truir una “Egología” se debe partir del Cogito. El hecho de que puede servir de partida es éste: cada vez que apresamos nuestro pensa­miento, sea por una intuición inmediata, sea por una intuición apoyada en la memoria, apresamos un Yo que es el Yo del pensamien­to apresado y que se da, por otra parte, como trascendiendo este pensamiento y todos los otros pensamientos posibles. Si por ejemplo quiero recordar tal paisaje percibido en el tren, ayer, me es posible hacer volver el recuerdo de ese paisaje en tanto que tal, pero también puedo recordar que yo veía ese paisaje. Esto es lo que Husserl, en La conciencia interna del tiempo, llama la posibilidad de reflexionar en el recuerdo.[30] Dicho de otro modo, puedo siem­pre operar una rememoración cualquiera sobre el modo personal y el Yo aparece en seguida. Tal es la garantía de hecho de la afirmación de derecho kantiana. Así se da que no hay una de mis conciencias que yo no aprese como pro­vista de un yo.

 

Pero es preciso recordar que todos los au­tores que han descripto al Cogito lo han dado como una operación reflexiva, es decir, como una operación de segundo grado. Este Cogito es operado por una conciencia dirigida sobre la conciencia, que toma la conciencia como objeto. Entendámonos: la certidumbre del Co­gito es absoluta, pues, como lo dice Husserl,[31] hay una unidad indisoluble de la conciencia reflexionante y de la conciencia reflexionada (al punto que la conciencia reflexionante no sabría existir sin la conciencia reflexionada). Con todo, sin embargo, nosotros estamos frente a una síntesis de dos conciencias, de las cuales la una es la conciencia de la otra. Así, el principio esencial de la fenomenología, “to­da conciencia es conciencia de algo”, perma­nece salvaguardado. Ahora bien, mi concien­cia reflexionante no se toma ella misma por objeto cuando yo realizo el Cogito. Lo que ella afirma concierne a la conciencia reflexionada. En tanto que mi conciencia reflexionante es conciencia de sí misma, es conciencia no-posi-cional. No deviene posicional más que apun­tando a la conciencia reflexionada que, ella misma, no era conciencia posicional de sí an­tes de ser reflexionada. Así, la conciencia que dice “Yo pienso” no es precisamente aquella que piensa. O más bien: no es su pensamiento que pone por este acto tético. Hay entonces cierto fundamento para hacernos esta pre­gunta : si el Yo que piensa es común a las dos conciencias superpuestas, o si él no es más bien el de la conciencia reflexionada. Toda con­ciencia reflexionante es, en efecto, ella misma irreflexiva, y es necesario un acto nuevo y de tercer grado para ponerla. No hay aquí, por otra parte, reenvío al infinito, puesto que una conciencia de ningún modo tiene necesidad de una conciencia reflexionante para ser con­ciencia de ella misma. Simplemente que ella no se pone a sí misma como su objeto.[32]

 

¿Pero no sería precisamente el acto reflexi­vo que haría nacer al Yo (Moi) en la concien­cia reflexionada? Se explicaría así que todo pensamiento aprehendido en la intuición posee un Yo, sin caer en las dificultades señala­das en el capítulo precedente. Husserl[33] es el primero en reconocer que un pensamiento irreflexivo soporta una modificación radical al convertirse en reflexivo. ¿Pero es necesario li­mitar esta modificación a una pérdida de “in­genuidad”? ¿Lo esencial del cambio no será la aparición del yo? Es necesario evidentemen­te recurrir a la experiencia concreta, y esta puede parecer imposible, puesto que, por defi­nición, una experiencia de ese género es re­flexiva, es decir, provista de un Yo. Pero toda conciencia irreflexiva, siendo conciencia no-tética de sí misma, deja un recuerdo no-tético que se puede consultar.[34] Para eso basta con tratar de reconstituir el momento completo en que aparece esta conciencia irreflexiva (lo cual, por definición, es siempre posible). Por ejemplo, hace un momento yo estaba total­mente absorto en mi lectura. Voy a tratar de recordar las circunstancias de mi lectura, mi actitud, las líneas que leía. Voy de ese modo a resucitar no solamente esos detalles exteriores sino un cierto espesor de conciencia irreflexi­va, puesto que los objetos no han podido ser percibidos más que por esta conciencia y que ellos le permanecen relativos. No es necesario poner a esta conciencia como objeto de refle­xión, es necesario que yo dirija mi atención sobre los objetos resucitados, pero sin perder­la de vista, guardando con ella una suerte de complicidad e inventariando su contenido de manera no-posicional. El resultado no es dudoso: mientras leía tenía conciencia del libro, de los héroes de la novela, pero el Yo no habi­taba esa conciencia, ella era solamente con­ciencia del objeto y conciencia no-posicional de sí misma. Puedo hacer ahora de esos resul­tados, tomados atéticamente, el objeto de una tesis y declarar: no había Yo en la conciencia irreflexiva. No es necesario considerar esta operación como artificial y concebida por las necesidades de la causa: es evidente que gra­cias a ella Titchner[35] pudo decir en su Tex-book of Psychology que a menudo el Yo (Moi) estaba ausente de su conciencia. No iría más lejos sin embargo y no trataría de clasificar los estados de conciencia sin Yo.

 

Se me querrá objetar que esta operación, es­ta toma no-reflexiva de una conciencia por otra conciencia, no puede evidentemente ope­rarse más que por el recuerdo y que en ella no hay beneficio para la certidumbre absoluta in­herente al acto reflexivo. Nos encontraremos entonces en presencia: por una parte, de un acto cierto que me permite afirmar la presen­cia del Yo en la conciencia reflexionada; y por otra parte de un recuerdo dudoso que ten­dería a hacer creer que el Yo está ausente de la conciencia irreflexiva. Parece que no tene­mos derecho de oponer esto a aquello. Pero invito a que se considere que el recuerdo de la conciencia irreflexiva no se opone a los datos de la conciencia reflexiva. Nadie pretende ne­gar que el Yo aparece en una conciencia re­flexiva. Se trata simplemente de oponer el recuerdo reflexivo de mi lectura (“yo leía”), que es, él también, de naturaleza dudosa, a un re­cuerdo no-reflexivo. El derecho de la reflexión presente, en efecto, no se extiende más allá de la conciencia captada presentemente. Y el recuerdo reflexivo, al que nos vemos obligados a recurrir para restituir las conciencias trans­curridas, aparte del carácter de dudoso que debe a su naturaleza de recuerdo, permanece suspecto en la medida que, según lo confiesa el mismo Husserl, la reflexión modifica la con­ciencia espontánea. Puesto que todos los re­cuerdos no-reflexivos de conciencia irreflexiva me muestran una conciencia sin Yo, puesto que por otra parte las consideraciones teóricas basadas en la intuición de esencia de la con­ciencia nos han obligado a reconocer que el Yo no podía formar parte de la estructura inter­na de las “Erlebnisse”, debemos concluir: no hay Yo sobre el plano irreflexivo. Cuando co­rro para tomar un tranvía, cuando miro la ho­ra, cuando me absorbo en la contemplación de un retrato, no hay Yo. Hay conciencia de tranvía-debiendo-ser-alcanzado, etc., y con­ciencia no-posicional de la conciencia. En efec­to, entonces yo estoy sumergido en el mundo de los objetos, son ellos que constituyen la uni­dad de mis conciencias, que se presentan pro­vistos de valores, de cualidades atractivas y repulsivas, pero yo (moi) he desaparecido, me he anihilado (anéanti). No hay lugar para a este nivel, y esto no proviene del azar, de una falta de atención momentánea, sino de la es­tructura misma de la conciencia.

 

Todo esto sería mejor comprendido por no­sotros si efectuáramos una descripción del Cogito. ¿Se puede decir que el acto reflexivo aprehende a un mismo grado y de la misma manera al Yo y a la conciencia pensante? Hus-serl insiste sobre el hecho de que la certidum­bre del acto reflexivo proviene de que en él se alcanza la conciencia sin facetas, sin perfiles, entera (sin “abschattungen”).[36] Es evidente. Por el contrario, el objeto espacio temporal se entrega siempre a través de una infinidad de aspectos y en el fondo él no es más que la uni­dad ideal de esa infinitud. En cuanto a las sig­nificaciones, a las verdades eternas, ellas afir­man su trascendencia en la medida en que se dan, desde que aparecen, como independientes del tiempo, en tanto que la conciencia que los aprehende, está, al contrario, rigurosamente individualizada en la duración. Ahora bien, no­sotros nos preguntamos: cuando una concien­cia reflexiva aprehende al Yo Pienso ¿aprehen­de acaso una conciencia plena y concreta re­cogida (ramassée) en un momento real de la duración concreta? La respuesta es clara: el Yo no se da como un momento concreto,[37] co­mo una estructura perecedera de mi conciencia actual; afirma por el contrario su permanen­cia más allá de esta conciencia y de todas las conciencias y si bien no se parece a una verdad matemática —su tipo de existencia se acerca al de las verdades eternas más que al de la conciencia. Es evidente que por haber creído que el Yo y el pienso están sobre el mismo pla­no, Descartes ha pasado desde el Cogito a la idea de sustancia pensante. Hemos visto que Husserl, si bien más sutilmente, cae en el fon­do en lo mismo. Entiendo que reconoce al Yo una trascendencia especial que no es aquella del objeto y que podría llamarse una trascen­dencia “por encima”. ¿Pero, con qué derecho? ¿Y cómo explicar ese tratamiento privilegiado del Yo sin sumirse en preocupaciones de orden metafísico o crítico que nada tienen que ver con la fenomenología? Seamos más radicales y afirmemos sin temor que toda trascendencia debe caer bajo la epoje,[38] lo que nos evitará tal vez el escribir capítulos tan embarazosos como el parágrafo 61 de las Ideen. Puesto que el Yo se afirma a sí mismo como trascendente en el “Yo Pienso”, no es de la misma naturaleza que la conciencia trascendental.

 

Señalemos por otra parte que no aparece a la reflexión como la conciencia reflexionada; se da a través de la conciencia reflexionada. Ciertamente que es apresado por la reflexión y que es objeto de una evidencia. Pero se co­noce el beneficio introducido por Husserl, quien reconoce varios tipos de evidencia.[39] Y bien: el Yo del Yo Pienso no es objeto de una eviden­cia ni apodíctica ni adecuada. No es apodícti-ca puesto que, al decir Yo, afirmamos mucho más de lo que sabemos. No es adecuada puesto que el yo se presenta como una realidad opaca cuyos contenidos sería preciso desarrollar. Es cierto que se presenta como la fuente de la conciencia, pero eso mismo debería hacernos reflexionar: en efecto, por ello aparece como velado, difícil de distinguir a través de la con­ciencia, como un cántaro en el fondo del agua, —por eso mismo, engaña en lo inmediato; y no debiéramos dejarnos engañar puesto que sabemos que nada, salvo la conciencia, puede ser la fuente de la conciencia. Por otro lado, si el Yo pertenece a la conciencia, habría en­tonces dos Yo: el Yo de la conciencia reflexi­va y el Yo de la conciencia reflexionada. Fink,[40] el discípulo de Husserl, conoce inclusive hasta un tercero, el Yo de la conciencia trascenden­tal, liberado por la epojé. De ahí el problema de los tres Yo, cuyas dificultades menciona no sin alguna complacencia. Para nosotros ese problema es simplemente insoluble, pues­to que no es admisible que una comunicación se establezca entre el Yo reflexivo y el Yo re­flejo, si son elementos reales de la conciencia, ni sobre todo que se identifiquen finalmente en un Yo único.

 

Como conclusión de este análisis me parece que se pueden hacer las siguientes comproba­ciones:

 

1ro.: El Yo es un existente. Hay un tipo de existencia concreta, diferente sin duda del de las verdades matemáticas, de las significacio­nes o de los seres espacio-temporales, pero no menos real. Se da él mismo como trascenden­te.

 

2do.: Se entrega a una intuición de tipo es­pecial que lo apresa por detrás de la concien­cia reflexionada, de una manera siempre ina­decuada.

 

3ro.: No aparece más que en ocasión de un acto reflexivo. En ese caso la estructura com­pleja de la conciencia es la siguiente: hay un acto irreflexivo de reflexión, sin Yo, que se dirije sobre una conciencia reflexionada. Esta se convierte en objeto de la conciencia refle­xionante, sin dejar en cambio de afirmar su objeto propio (una silla, una verdad matemá­tica, etc.). Al mismo tiempo aparece un objeto nuevo, ocasión de una afirmación de la con­ciencia reflexiva y que no está, por consecuen­cia, ni en el mismo plano que la conciencia irreflexiva (porque ésta es un absoluto que no tiene necesidad de la conciencia reflexiva para existir), ni en el mismo plano que el objeto de la conciencia irreflexiva (silla, etc.). Este objeto trascendente del acto reflexivo es el Yo.

 

4to.: El Yo trascendente debe caer bajo el golpe de la reducción fenomenológica. El Co­gito afirma demasiado. El contenido cierto del pseudo “Cogito” no es “yo tengo conciencia de esta silla”, sino “hay conciencia de esta silla”. Ese contenido es suficiente para constituir un campo infinito y absoluto para las búsquedas de la fenomenología.

 

 

C)  Teoría de la presencia material del Yo (Moi)

 

Para Kant y para Husserl el Yo es una es­tructura formal de la conciencia. Hemos tra­tado de mostrar que un Yo no es nunca pura­mente formal, que es siempre, aun abstracta­mente concebido, una contracción infinita del Yo (Moi) material. Pero es imprescindible, antes de seguir adelante, que nos desembara­cemos de una teoría puramente psicológica en todas nuestras conciencias. Es la teoría de los moralistas del “amor propio”. Según ellos el amor de sí —y por consecuencia el Yo (Moi)— estaría disimulado, de mil maneras diferentes, por debajo de todos los sentimien­tos. De una manera muy general, el Yo (Moi), en función de este amor que él se rinde, desea­ría para sí-mismo todos los objetos que desea. La estructura esencial de cada uno de mis actos sería una remisión a mí mismo. El “re­torno a mí” sería consecutivo de toda mi con­ciencia.

 

Objetar a esta tesis de que este retorno a mí no aparece de ningún modo corno presente a la conciencia —por ejemplo cuando tengo sed, veo un vaso de agua y me aparece como desea­ble— no es sacudirla demasiado: se nos con­cedería esto sin dificultad. La Rochefoucauld es uno de los primeros que ha hecho uso, sin nombrarlo, del inconsciente: para él el amor propio se disimula bajo las formas más di­versas. Es necesario despistarlo antes de apresarlo.[41] De una manera general se ha admitido que el Yo (Moi), si no está presente a la con­ciencia, está escondido detrás de ella y que es el polo de atracción de todas nuestras repre­sentaciones y de todos nuestros deseos. El Yo (Moi) busca procurarse entonces el ob­jeto para satisfacer su deseo. Dicho de otro modo: es el deseo (o si se lo prefiere el Yo [Moi], deseante) el que se da como fin, y el objeto deseado como medio.

 

Esta tesis interesa en la medida que pone de relieve un error muy frecuente en los psi­cólogos : la confusión de la estructura esencial de los actos reflexivos con la de los actos irre­flexivos.[42] Se ignora que hay siempre dos for­mas posibles de existencia para una concien­cia; y cada vez que las conciencias observadas se dan como irreflexivas se les superpone una estructura reflexiva, la que se pretende, atur­didamente, que permanece inconsciente.

 

Yo tengo piedad de Pedro y lo socorro. Para mi conciencia una sola cosa existe en ese momento: Pedro-debiendo-ser-socorrido. Esta cualidad de “debiendo-ser-socorrido” se en­cuentra en Pedro. Actúa sobre mí como una fuerza. Aristóteles lo había dicho: es lo de­seable que mueve a lo deseante. A este nivel el deseo [43] es dado a la conciencia como cen­trífugo (se trasciende a sí-mismo, es concien­cia tética de “debiendo-ser” y conciencia no-tética de sí mismo); es, también, impersonal (no hay Yo [Moi]:, estoy frente al dolor de Pedro como frente al color de este tintero. Hay un mundo objetivo de cosas y de acciones, he­chas o a hacer, y las acciones vienen a aplicar­se como cualidades sobre las cosas que las re­claman). Luego, este primer momento del deseo —suponiendo que no haya escapado totalmente a los teóricos del amor-propio— no es considerado por ellos como un momento completo y autónomo. Han imaginado, por detrás de él, otro estado que permanece en la penumbra: por ejemplo, si socorro a Pedro es para hacer cesar el estado desagradable en que me ha sumido la vista de sus sufrimientos. Pero este estado desagradable no puede ser conocido como tal y no se puede tra­tar de suprimirlo sino mediante un acto de reflexión. En efecto, un desagregamiento sobre el plano irreflexivo se trasciende de la misma manera que la conciencia irreflexiva de pie­dad. Es la toma intuitiva de una cualidad de­sagradable del objeto. Y en la medida en que puede ir acompañado de un deseo, desea no suprimirse a sí mismo sino suprimir el objeto desagradable.[44] No sirve para nada entonces el poner detrás de la conciencia irreflexiva de piedad un estado desagradable del que se hará la causa profunda del acto piadoso: si esta conciencia de desagregamiento no se vuelve sobre ella misma para ponerse por sí como es­tado desagradable, permaneceremos entonces en lo impersonal y lo irreflexivo. Así pues, sin aún darse cuenta, los teóricos del amor-propio suponen que lo reflexivo es primero, original y que está disimulado en el inconsciente. Apenas hay necesidad de recalcar lo absurdo de tal hipótesis. Aun si el inconsciente existiera,[45] ¿a quién se haría creer que oculta espontanei­dades de forma reflexiva? ¿Lo irreflexivo no se define como debiendo ser puesto por una conciencia? Pero, por otra parte, ¿cómo admi­tir que lo reflexivo es primero con respecto a lo irreflexivo? Sin duda que se puede admitir que una conciencia aparezca inmediatamente como reflexiva, en ciertos casos. Pero aún en­tonces lo irreflexivo tiene prioridad ontológica sobre lo reflexivo, puesto que no hay de nin­guna manera necesidad del ser reflexivo para existir y que la reflexión supone la interven­ción de una conciencia de segundo grado.

 

Llegamos entonces a la siguiente conclusión: la conciencia irreflexiva debe ser considerada como autónoma.[46] Es una totalidad que no tiene necesidad de ser completada, y debemos reconocer sin temor que la cualidad del deseo irreflexivo es la de trascenderse, apresando so­bre el objeto, la cualidad de deseable. Todo ocurre como si viviéramos en un mundo en que los objetos al mismo tiempo que sus cua­lidades de calor, olor, forma, etc., tuvie­sen las de rechazante, atrayente, encantador, útil, etc., y como si esas cualidades fue­ran fuerzas que ejercen sobre nosotros ciertas acciones. En el caso de la reflexión, y en ese caso solamente, la afectividad es puesta por ella misma como deseo, temor, etc. Solamente en el caso de la reflexión puedo pensar “Yo odio a Pedro” “Yo tengo piedad de Pablo”, etcétera. Contrariamente a lo que se ha sosteni­do, es entonces sobre este plano que se coloca la vida egoísta y en el plano irreflexivo que se sitúa la vida impersonal (lo que no quiere de­cir que toda vida reflexiva es forzosamente egoísta y toda vida irreflexiva forzosamente al­truista). La reflexión “envenena” el deseo.[47] Sobre el plano irreflexivo socorro a Pedro por­que Pedro es “debiendo-ser-socorrido”. Pero si mi estado se transforma repentinamente en estado reflexivo, he aquí que estoy en tren de mirarme actuar en el sentido en que se dice de alguien que se escucha hablar. No es más Pedro quien me atrae, es mi conciencia cari­tativa que se me aparece como debiendo ser perpetuada. Aun si pienso solamente que de­bo proseguir mi acción porque “eso está bien”, el bien cualifica mi conducta, mi piedad, etc. La psicología de La Rochefoucauld reencuen­tra su lugar. Y sin embargo no es verdadera: no es por mi culpa que mi vida reflexiva enve­nena “por esencia” a mi vida espontánea, y por otra parte la vida reflexiva supone en ge­neral la vida espontánea. Antes de ser “enve­nenados” mis deseos han sido puros; es el pun­to de vista que he tomado sobre ellos que los ha envenenado. La psicología de La Rochefou­cauld no es verdadera más que para los sen­timientos particulares que extraen su origen de la vida reflexiva, es decir que se dan prime­ro como mis sentimientos, en lugar de tras­cenderse primero hacia un objeto. De este modo el examen puramente psicológico de la conciencia “intramundana” nos lleva a las mismas conclusiones que nuestro estudio fenomenológico: el Yo (Moi) no debe ser buscado en los estados irreflexivos de con­ciencia ni detrás de ellos. El Yo (Moi) no apa­rece más que con el acto reflexivo y como correlato noemático[48] de una intención re­flexiva. Comenzamos a entrever que el Yo y el Yo (Moi) no hacen más que uno. Intentaremos mostrar que ese Ego, del cual el Yo y el Yo (Moi) no son más que dos fases, constituye la unidad ideal (noemática) e indirecta de la se­rie infinita de nuestras conciencias reflexivas. El Yo es el Ego como unidad de las acciones. El Yo (Moi) es el Ego como unidad de los Es­tados y de las cualidades. La distinción que se establece entre esos dos aspectos de una mis­ma realidad nos parece simplemente funcio­nal, por no decir gramatical.

 

 

 

 

CONSTITUCIÓN DEL EGO

 

El Ego no es directamente la unidad de las conciencias reflexivas. Existe una unidad in­manente de esas conciencias, que es el flujo de la Conciencia que se constituye él mismo como unidad de sí mismo[49] —y una unidad trascendente: los estados y las acciones. El Ego es la unidad de los estados y de las accio­nes— facultativamente de las cualidades. Es unidad de unidades trascendentes y trascen­dente él mismo. Es un polo trascendente de una unidad sintética, como el polo-objeto de la actitud irreflexiva. Solamente que ese polo no aparece más que en el mundo de la refle­xión. Trataremos de examinar sucesivamente la constitución de los estados, de las acciones y de las cualidades, y la aparición del Yo (Moi) como polo de esas trascendencias.[50]

 

 

A) Los estados como unidades trascendentes de las conciencias.

 

El estado aparece a la conciencia reflexiva. Se da a ella y constituye el objeto de una intuición concreta. Sí odio a Pedro, mi odio de Pedro es un estado que puedo apresar por la reflexión. Este estado está presente ante la mirada de la conciencia reflexiva, es real. ¿Es preciso concluir por eso que es inmanente y cierto? Efectivamente no. No debemos hacer de la reflexión un poder misterioso e infalible, ni creer que todo lo que la reflexión alcanza es indubitable porque es alcanzado por la re­flexión. La reflexión tiene límites de de­recho y de hecho. Es una conciencia que pone a una conciencia. Todo lo que afirma sobre esa conciencia es cierto y adecuado. Pero si otros objetos le aparecen a través de esta conciencia, no hay razón para que esos objetos participen de los caracteres de la conciencia. Consideremos una experien­cia reflexiva de odio.[51] Veo a Pedro, siento co­mo un sacudimiento profundo de repulsión y de cólera por su presencia (estoy ya sobre el plano reflexivo): la perturbación es concien­cia. No puedo engañarme cuando digo: siento en este momento una violenta repulsión por Pedro. Pero el odio, ¿es esta experiencia de re­pulsión? Evidentemente no. Por otra parte, no se da como tal. En efecto, odio a Pedro desde hace tiempo y pienso que lo odiaré siempre. Mi odio, entonces, no podría ser una conciencia instantánea de repulsión. Si aún la limitara a lo que es, una instantaneidad, no podría tam­poco hablar de odio. Diría: “Tengo repulsión por Pedro en este momento” y de tal manera, no comprometería el porvenir. Pero, precisamente, por este rechazo de comprometer el porvenir, cesaría de odiar.

 

Ahora bien, mi odio se me aparece al mismo tiempo que mi experiencia de repulsión. Pero aparece a través de esa experiencia. Se da pre­cisamente como no limitándose a esa experien­cia. Se da en y por cada movimiento de dis­gusto, de repulsión y de cólera, pero al mismo tiempo no es ninguno de ellos; se les escapa afirmando su permanencia. Afirma que ya aparecía ayer cuando pensé, con tanto furor, en Pedro, y que aparecerá mañana. Por otra parte, opera por sí mismo una distinción en­tre ser y aparecer, puesto que se da como que sigue siendo aun cuando yo esté absorto en otras preocupaciones y que ninguna concien­cia lo revele. Lo que parece suficiente para afirmar que el odio no es de la conciencia. Desborda la instantaneidad de la conciencia y no se pliega a la ley absoluta de la concien­cia para la cual no hay distinción posible entre la apariencia y el ser. El odio es pues un objeto trascendente. Cada “Erlebnis”[52] lo revela todo entero, pero al mismo tiempo no es más que un perfil, una proyección de él (una “Abs-chattung”). El odio es una creencia para un infinidad de conciencias coléricas o repugna­das, en el pasado y en el porvenir. Es la uni­dad trascendente de esta infinidad de concien­cias. De este modo, decir “yo odio” o “yo amo” en ocasión de una conciencia singular de atrac­ción o de repulsión, es operar un verdadero pasaje al infinito bastante análogo al que se opera cuando percibimos un tintero o el azul del secante.

 

No es necesario más para que los derechos de la reflexión queden singularmente limita­dos: es cierto que Pedro me repugna, pero es y quedará siempre dudoso que lo odie.[53] Esta afirmación desborda infinitamente, en efecto, el poder de la reflexión. No hay que extraer de aquí la conclusión de que el odio sea una simple hipótesis, un concepto vacío: es un ob­jeto real que alcanzo a través de la “Erlebnis”, pero este objeto está fuera de la conciencia y la naturaleza misma de su existencia implica su dubitabilidad. La reflexión entonces, po­see un dominio de certeza y otro de du­bitabilidad, una esfera de evidencias ade­cuadas y una esfera de evidencias inadecuadas. La reflexión pura (que no es forzosamente la reflexión fenomenológica) se atiene a lo dado sin levantar pretensiones hacia el porvenir. Esto se puede comprender cuando alguien, después de haber dicho durante el estado co­lérico: “Yo lo detesto”, se retoma y dice: “No es verdad, no lo detesto, dije eso durante la có­lera”. Se ven aquí dos reflexiones: una impu­ra y cómplice, que opera un pasaje al infinito sobre el campo y que constituye bruscamente el odio a través de la “Erlebnis” como su ob­jeto trascendente, —la otra, pura, simplemente descriptiva, que desarma a la conciencia irre­flexiva devolviéndole su instantaneidad. Esas dos reflexiones han aprehendido los mismos datos ciertos, pero una afirma más de lo que sabe y se dirige a través de la conciencia re­flexiva sobre un objeto situado fuera de la con­ciencia.

 

Desde que se deja el dominio de la reflexión pura o impura y se medita sobre sus resulta­dos, existe la tentación de confundir el sentido trascendente de la “Erlebnis” con su matiz inmanente. Esta confusión conduce al psicó­logo a dos tipos de errores. Como ocurre a me­nudo que me engañe con respecto a mis senti­mientos , si por ejemplo creo amar y en verdad odio, se extrae la siguiente couclusión: que la introspección es engañosa. En este caso se separa definitivamente mi estado de sus apa­riciones; se estima que es necesario una inter­pretación simbólica de todas las apariciones (consideradas como símbolos) para determi­nar el sentido y se supone una relación de causalidad entre el sentimiento y sus aparicio­nes: he aquí entonces que el inconsciente rea­parece. Por otro lado, como yo sé, por el con­trario, que mi introspección es justa, que no puedo dudar de mi conciencia de repulsión en tanto que la he tenido, se transporta entonces esta certidumbre sobre el sentimiento: se con­cluye que el odio puede ser encerrado en la in­manencia y en la adecuación de una concien­cia instantánea.

 

El odio es un estado. Y por ese término he tratado de expresar el carácter de pasividad que le es constitutivo. Sin duda se dirá que el odio es una fuerza, una impulsión irresisti­ble, etc. Pero la corriente eléctrica o la caída del agua son también fuerzas temibles; ¿acaso quita algo a la pasividad y a la inercia de la naturaleza? ¿Dejan por tanto de recibir su energía desde afuera? La pasividad de una cosa espacio-temporal se constituye a partir de su relatividad existencial. Una existencia relativa no puede ser más que pasiva puesto que la menor actividad la liberaría de lo relati­vo y lo constituiría en absoluto. Lo mismo el odio: existencia relativa a la conciencia refle­xiva, es inerte. Y naturalmete que hablando de la inercia del odio no queremos decir sino que aparece como tal a la conciencia. ¿No se dice en efecto “Mi odio fue despertado”. “Su odio era combatido por el violento deseo de…”, etc.? Las luchas del odio contra la mo­ral, la censura, etc., ¿no han sido figuradas como conflictos de fuerzas físicas, hasta el punto que Balzac y la mayor parte de los no­velistas (a veces Proust mismo) aplican a los estados el principio de la independencia de las fuerzas? Toda la psicología de los estados (y la psicología no-fenomenológica en general) es una psicología de lo inerte.

 

El estado se da de algún modo como interme­diario entre el cuerpo (la “cosa” inmediata) y la “Erlebnis”. Solamente que no se da como actuando de la misma manera del lado del cuerpo que del lado de la conciencia. Del lado del cuerpo su acción es francamente causal. Es causa de mi mímica, causa de mis gestos: “¿Por qué has sido tan desagradable con Pe­dro?” “Porque lo detesto”. Pero no es lo mismo (salvo en las teorías construidas a priori y en conceptos vacíos, como el freudismo) del lado de la conciencia. En ningún caso, en efec­to, la reflexión puede engañarse sobre la es­pontaneidad de la conciencia refleja: es el dominio de la certidumbre reflexiva. Además la relación entre el odio y la conciencia instan­tánea de disgusto está construida de tal ma­nera para preparar a la vez las exigencias del odio (ser primero, ser origen) y los datos cier­tos de la reflexión (espontaneidad): la con­ciencia de disgusto aparece a la reflexión co­mo una emanación espontánea del odio. Nos encontramos aquí, por primera vez, con esta noción de emanación, de especial impor­tancia cuando se quiere unir a los estados psí­quicos inertes a las espontaneidades de la con­ciencia. La repulsión se da, de alguna manera, como produciéndose a sí mismo en ocasión del odio y a costa del odio. El odio aparece a tra­vés de ella como aquello de lo cual emana. Re­conocemos con gusto que la relación del odio a la “Erlebnis” particular de repulsión, no es lógico. Es un lazo mágico, seguramente.[54] Pe­ro solamente hemos querido describir; e inme­diatamente, en cambio, se verá que es necesa­rio hablar de las relaciones del yo a la concien­cia en términos exclusivamente mágicos.

 

 

B) Constitución de las acciones.

 

No trataremos de establecer una distinción entre la conciencia activa y la conciencia sim­plemente espontánea. Lo que nos parece, por otra parte, constituir uno de los problemas más difíciles de la fenomenología. Desearía­mos señalar solamente que la acción concer­tada es, ante todo (de cualquier naturaleza que sea la conciencia activa) un trascendente. Esto es evidente para acciones, por ejemplo, como “tocar el piano”, “conducir un automó­vil”, “escribir”, porque esas acciones son “to­madas” en el mundo de las cosas. Pero las ac­ciones puramente psíquicas como dudar, razo­nar, meditar, hacer una hipótesis, deben ser concebidas también ellas como trascendencias. Lo que podría engañar es que la acción no es solamente la unidad noemática de una co­rriente de conciencias: es también una reali­zación concreta. Pero es preciso no olvidar que la acción necesita tiempo para cumplirse. Tie­ne articulaciones, momentos. A esos momentos corresponden las conciencias concretas activas y la reflexión que se dirige sobre las concien­cias aprehende la acción total en una intui­ción que la entrega como la unidad trascen­dente de las conciencias activas. En ese sentido se puede decir que la duda espontánea que me invade cuando entreveo un objeto en la penumbra, es una conciencia, pero la duda metódica de Descartes es una acción, es decir, un objeto trascendente de la conciencia reflexiva. Se ve aquí el peligro: cuando Descartes dice: “Dudo, luego, soy”, ¿se trata de la duda espontánea que la conciencia re­flexiva toma en su instantaneidad—, o bien se trata justamente de la empresa de dudar?

 

Esta ambigüedad, lo hemos visto, puede ser la fuente de graves errores.

 

 

C) Las cualidades como unidades facultativas de los estados.

 

El Ego es, directamente, lo veremos, la uni­dad trascendente de los estados y de las accio­nes. Sin embargo, puede existir un interme­diario entre unos y otras: la cualidad. Cuando hemos sentido varias veces odio frente a dife­rentes personas, o rencores tenaces o largas cóleras, unificamos esas distintas manifesta­ciones intencionando una disposición psíquica de producirlas. Esta disposición psíquica (yo soy muy rencoroso, soy capaz de odiar violen­tamente, soy colérico) naturalmente es algo más y otra cosa que un simple medio. Es un objeto trascendente. Representan el sustrato de los estados como los estados representan el sustrato de las “Erlebnis”. Pero su relación con los sentimientos no es una relación de emanación. La emanación no une sino las conciencias a las pasividades psíquicas. La re­lación de la cualidad al estado (o a la acción) es una realización de actualización. La cuali­dad se da como potencialidad, como una vir­tualidad que, sin influencia de otros factores, puede pasar a la actualidad. Su actualidad es precisamente el estado (o la acción). Se ve la diferencia esencial entre cualidad y estado. El estado es una unidad noemática de espon­taneidades, la cualidad es unidad de pasividades objetivas. En ausencia de toda conciencia de odio el odio se da como existente en acto. Al contrario, en ausencia de todo sentimiento de rencor la cualidad correspondiente continúa siendo una potencialidad. La potencialidad no es la simple posibilidad:[55] se presenta como algo que existe realmente, pero el modo de su existencia es de ser en potencia. De este tipo son naturalmente las faltas, las virtudes, los gustos, los talentos, las tendencias, los instin­tos, etc. Esas unificaciones son siempre posi­bles. La influencia de las ideas preconcebidas y de los factores sociales es aquí preponderan­te. Al contrario, no son jamás indispensables, en la medida en que los estados y las acciones pueden encontrar directamente en el Ego la unidad que reclaman.

 

 

 

D) Constitución del Ego como polo de las acciones, de los estados y de las cualidades.

 

Hemos aprendido entonces a distinguir lo “psíquico” de la conciencia. Lo psíquico es el objeto trascendente de la conciencia reflexi­va[56], es también el objeto de la ciencia lla­mada psicología. El Ego aparece a la reflexión como un objeto trascendente que realiza la síntesis permanente de lo psíquico. El Ego está del lado de lo psíquico.[57] Señalaremos aquí que el Ego que estamos considerando es psíquico y no psicofísico. Y no es por abstracción que separamos esos dos aspectos del Ego. El Yo (Moi) psicofísico es un enriquecimiento sinté­tico del Ego psíquico, que puede (sin reduc­ción de ninguna especie) existir al estado li­bre. Es cierto, por ejemplo, que cuando se dice “Yo soy un indeciso”, uno apunta direc­tamente al Yo (Moi) psicofísico.

 

Sería tentador constituir al Ego en “polo-sujeto” como ese “polo-objeto” que Husserl coloca en el centro del núcleo noemático. Ese polo objeto es una X que soporta las determi­naciones.

 

“Los predicados son predicados de «alguna cosa», esa «alguna cosa» pertenece también al núcleo en cuestión y resulta patente que no puede separarse de él; es el punto de unidad central del que hemos hablado más ariba. Es el punto de ligazón de los predicados, su sopor­te; pero de ningún modo es una unidad de predicados, en el sentido de un complejo cual­quiera, de una ligazón cualquiera de los predi­cados. Debe ser necesariamente distinguido de ellos, aunque no se pueda ponerlo de lado ni separarlo de ellos. Son entonces sus predica­dos: impensables sin él y que hay que distin­guir de él”.[58]

 

De ese modo Husserl entiende señalar que considera las cosas como síntesis, que son, al menos, idealmente analizables. Sin duda, este árbol, esta mesa, son complejos sintéticos, y cada una de las cualidades que lo forman está ligada a las otras. Pero está ligada en tanto que pertenece al mismo objeto X. Lo que ló­gicamente es primero son las relaciones uni­laterales según las cuales cada cualidad per­tenece (directa o indirectamente) a esa X como un predicado a un sujeto. De lo que re­sulta que un análisis es siempre posible. Con­cepción que es bastante discutible.[59] Pero no es aquí el lugar de examinarla. Lo que nos importa es que es una totalidad sintética in­disoluble, y que se soportaría a sí misma, no tendría ninguna necesidad de una X soporte, a condición naturalmente que sea real y con­cretamente inanalizable. Es inútil, por ejem­plo, si se considera una melodía, suponer una X que serviría de soporte a las diferente no­tas.[60] La unidad surge aquí de la indisolubili­dad absoluta de los elementos que no pueden ser concebidos como separados, salvo por abs­tracción. El sujeto del predicado será aquí la totalidad concreta, y el predicado será una cua­lidad abstractamente separada de la totalidad y que no toma todo su sentido si no se lo une a la totalidad.

 

Por esas mismas razones nosotros nos nega­remos a ver en el Ego una suerte de polo X que sería el soporte de los fenómenos psíqui­cos. Una tal X sería, por definición, indiferen­te a las cualidades psíquicas de las cuales sería soporte. Pero el Ego, como lo veremos, no es indiferente jamás a estos estados, permanece “comprometido” por ellos. Puesto que, precisa­mente, un soporte no puede estar así compro­metido por lo que soporta, sino en el caso don­de es una totalidad concreta que contiene y soporta sus propias cualidades. El Ego no es nada fuera de la totalidad concreta de los es­tados y de las acciones que soporta. Sin duda es trascendente a todos los estados que unifi­ca, pero no como una X abstracta cuya misión es solamente la de unificar: más bien es la totalidad infinita de los estados y de las accio­nes que no se deja jamás reducir a un estado o a una acción. Si buscásemos un análogo para la conciencia irreflexiva de aquello que es el Ego para la conciencia de segundo grado, en­tendemos que habría que pensar en el Mundo, concebido como la totalidad sintética infinita de todas las cosas. De este modo, en efecto, al­canzamos el Mundo más allá de nuestro con­torno inmediato como una vasta existencia concreta. En tal caso las cosas que nos rodean aparecen como el extremo punto de ese Mun­do que las sobrepasa y las engloba. El Ego es a los objetos psíquicos lo que el Mundo es a las cosas. Solamente que la aparición del Mun­do en el horizonte de las cosas es bastante raro; se necesitarían circunstancias especiales (bastante bien descriptas por Heidegger en Sein una Zeit) para que se “devele”.[61] El Ego en cambio aparece siempre en el horizonte de los estados. Cada estado, cada acción se da co­mo no pudiendo ser, sin abstracción, separa­da del Ego. Y si el juicio separa al Yo de su estado (como en la frase: Yo estoy enamora­do), no puede hacerlo sino para ligarlo inme­diatamente; el movimiento de separación con­duciría a una significación vacía y falsa si no se diera a sí mismo como incompleto y si no se completara por un movimiento de síntesis.

 

Esta totalidad trascendente participa del carácter dudoso de toda trascendencia; es decir, que todo lo que nuestras intuiciones del Ego nos entregan, puede ser contradicho por intuiciones ulteriores y se da como tal. Por ejemplo, puedo ver con evidencia que estoy colérico, celoso, etc., y sin embargo puedo en­gañarme. Dicho de otro modo: puedo engañar­me pensando que tengo un tal Yo (Moi). El error no se comete, por otra parte, al nivel del juicio, sino ya al nivel de la evidencia pre-judicativa. Este carácter dudoso de mi Ego, —o también el error intuitivo que cometo— no significa que tenga un verdadero Yo (Moi) que ignore, sino solamente que el Ego inten­cionado, lleva en sí mismo el carácter de la du-bitabilidad (en ciertos casos, el de la falsedad). La hipótesis metafísica según la cual mi Ego no se compondría de elementos que han existi-do en realidad (hace diez años o hace un se­gundo), no queda excluida, pero estaría solamente constituida de falsos recuerdos. Este poder del “Genio Maligno” se extiende hasta ahí.

 

Sin embargo, si pertenece a la naturaleza del Ego el ser un objeto dudoso, de ello no se desprende que sea hipotético. En efecto, el Ego es la unificación trascendente espontánea de nuestros estados y de nuestras acciones. De este modo, no es una hipótesis. Yo no me digo “Tal vez yo tengo un Ego”, como puedo decír me “Tal vez odio a Pedro”. No busco aquí un sentido unificador de mis estados. Cuando uni­fico mis conciencias bajo la rúbrica “Odio”, les agrego un cierto sentido, las cualifico. Pero cuando incorporo mis estados a la totalidad concreta Yo (Moi), no les agrego nada. En efecto, es que la relación del Ego a las cuali­dades, estados y acciones, no es ni una rela­ción de emanación (como la relación de la conciencia al sentimiento), ni una relación de actualización (como la realización de la cualidad al estado). Es una relación de pro­ducción poética (en el sentido de poiein) o si se prefiere, de creación.

 

Remitiéndose a los resultados de su intui­ción, cualquiera puede comprobar que el Ego se da como produciendo esos estados. Empren­deremos aquí una descripción de ese Ego tras­cendente tal como se revela a la intuición. Partimos pues de este hecho innegable: cada nuevo estado está ligado directamente (o in-derectamente por la cualidad) al Ego como a su origen. Ese modo de creación es efectivamente una creación ex-nihilo en el sentido que el estado no se da como habiendo sido, antes, en el Yo  (Moi). Aun si el odio se da como la actualización de una cierta potencia de rencor o de odio, permanece como alguna cosa nueva en relación a la potencia que ac­tualiza. Así el acto unificador de la reflexión liga cada estado nuevo, de una manera muy especial, a la totalidad concreta   Yo  (Moi). No se limita a tomarlo como uniéndose a a esa totalidad, como fundiéndose con ella: intenciona   una   relación   que   atraviesa   el tiempo al enverso y que da al Yo (Moi) como la fuente del estado. Ocurre lo mismo natural­mente para las acciones en relación al Yo. En cuanto a las cualidades, si bien es cierto que cualifican al Yo (Moi), no se dan como algo por lo que él existiría (como es el caso, por ejemplo, para un agregado: cada piedra, cada ladrillo existe por sí mismo y su agregado existe por ca­da uno de ellos). Sino, por el contrario, el Ego mantiene sus cualidades por una verdadera creación continua. Sin embargo, no apresa­mos al Ego como si fuera finalmente una fuen­te creadora pura más acá de las cualidades. No nos parece que podríamos encontrar un polo esquelético si quitáramos una después de otra todas las cualidades. Si el Ego aparece como más allá de cada cualidad o aún de to­das, es porque es opaco como un objeto: sería preciso proceder a un desnudamiento infinito para quitarle todas sus potencias. Y al final de ese desnudamiento, no quedaría más nada, el Ego se habría desvanecido. El Ego es creador de sus estados y sostiene sus cualidades en la existencia por una suerte de espontaneidad conservadora. No habría que confundir esta espontaneidad creadora o conservadora con la Responsabilidad, que es un caso especial de producción creadora a partir del Ego. Sería interesante estudiar los diversos tipos de pro­cesión del Ego a sus estados. Se trata, las más de las veces de una procesión mágica. Otras veces puede ser racional (en el caso de la vo­luntad reflexiva). Pero siempre con un fondo de ininteligibilidad del cual trataremos, en su momento, de investigar la razón. Con las di­ferentes conciencias (prelógica, infantiles, es­quizofrénicas, lógicas, etc.) varía el matiz de creación, pero se trata siempre de una pro­ducción poética. Un caso muy particular pero de un interés considerable es el de la psicosis de influencia. ¿Qué quiere decir el enfermo con estas palabras: “se me hace tener malos pen­samientos”? Trataremos de estudiarlo en otra obra.[62] Señalemos sin embargo aquí que la espontaneidad del Ego no queda negada: de algún modo permanece hechizada,[63] pero per­manece.

 

Pero no debe confundirse esta espontanei­dad con la de la conciencia. En efecto, el Ego, en tanto que objeto es pasivo. Se trata enton­ces de una pseudo-espontaneidad que encon­traría los símbolos convenientes en la emer­gencia de una fuente, de un geiser, etc. Es decir que no se trata más que de una apariencia. La verdadera espontaneidad debe ser perfec­tamente clara: es lo que ella produce y no puede ser ninguna otra cosa. Ligada sintética­mente a alguna cosa distinta de sí misma, en­volvería en efecto alguna oscuridad y aun has­ta cierta pasividad en la transformación. Sería preciso en efecto admitir un pasaje de sí mismo a otra cosa, lo que supondría que la esponta­neidad se escapa a sí misma. La espontaneidad del Ego se escapa a sí misma puesto que el odio del Ego, bien que no pudiendo existir por sí solo, posee a pesar de todo una cierta inde­pendencia en relación al Ego, de tal suerte que el Ego se encuentra siempre sobrepasado por lo que produce, a pesar de que, desde otro punto de vista sea lo que produce. De ahí esos asombros clásicos: “¿He podido Yo hacer es­to?” “¿He podido Yo odiar a mi padre?”, etc., Aquí evidentemente, el conjunto concreto del Yo (Moi) intuicionado hasta ese día, re­carga a ese Yo productor y lo retiene un poco atrás de lo que acaba de producir. El lazo del Ego a sus estados permanece siendo pues una espontaneidad ininteligible.[64] Esta espontanei­dad ha sido descripta por Bergson en los Da­tos inmediatos de la conciencia, es a ella a quien toma por la libertad, sin darse cuenta que describe un objeto y no una conciencia y que la ligazón que establece es perfectamente irracional porque el productor es pasivo en relación a la cosa creada. Por más irracional que sea, esta ligazón es la que comprobamos en la intuición del Ego. Y apresamos su sentido: el Ego es un objeto aprehendido, pero tam­bién, constituido por la conciencia reflexiva. Es un foco virtual de unidad, y la conciencia lo constituye en sentido inverso del que se si­gue en la producción real: lo que es primero, realmente, son las conciencias a través de las cuales se constituyen los estados, y después, a través de éstos el Ego. Pero como el orden que­da invertido por una conciencia que se aprisio­na en el mundo para huirse, las conciencias se dan como emanando de los estados y los esta­dos como producidos por el Ego.[65] De lo que se sigue que la conciencia proyecta su propia es­pontaneidad en el objeto Ego para conferirle el poder creador que le es absolutamente necesa­rio. Solamente que esta espontanídad, repre­sentada e hipostasiada en un objeto, deviene una espontaneidad bastarda y degradada, que conserva mágicamente su potencia creadora al mismo tiempo que se hace pasiva. De ahí la irracionalidad profunda de la noción de Ego. Conocemos otros aspectos degradados de la espontaneidad consciente. No citaré más que uno: una mímica expresiva [66] y fina puede en­tregarnos ia “Erlebnis” de nuestro interlocutor con todo su sentido, todos sus matices, toda su frescura. Pero nos la entrega degradada, es decir, pasiva. Estamos de este modo rodeados de objetos mágicos que guardan como un re­cuerdo de la espontaneidad de la conciencia, aun siendo objetos del mundo. He ahí la causa por la cual el hombre es siempre un brujo para el hombre. En efecto, esta ligazón poética de dos pasividades, de las que una crea es­pontáneamente a la otra, es el fondo mismo de la brujería, es el sentido profundo de la “par­ticipación”. Y he ahí la causa por la que no­sotros somos brujos para nosotros mismos ca­da vez que consideramos nuestro Yo (Moi).

 

En virtud de esta pasividad el Ego es su-ceptible de ser afectado. Nada puede actuar sobre la conciencia, porque ella es causa de sí. Pero al contrario, el Ego productor soporta el choque de vuelta de lo que se produce. Está “comprometido”[67] por lo que se produce. Hay aquí una inversión de la relación: la acción o el estado se vuelve sobre el Ego para cuali­ficarlo. Esto nos lleva nuevamente a la rela­ción de participación. Todo nuevo estado pro­ducido por el Ego tiñe y matiza al Ego en el momento en que el Ego lo produce. De alguna manera el Ego es embrujado por esta acción, participa de ella. No es el crimen cometido por Raskolnikoff el que se incorpora a su Ego. O mejor, para ser exacto, es el crimen, pero bajo la forma condensada de magulladura (meurtrissure). Así, todo lo que produce impre­siona al Ego; y es necesario agregar y solamen­te lo que él produce. Se podría objetar que el Yo (Moi) puede ser transformado por aconteci­mientos exteriores ( ruina, lutos, decepciones, cambio de medio social, etc.). Pero sólo en tanto que son para él ocasiones de estados o acciones. Todo ocurre como si el Ego estuviera impedido, por su espontaneidad fantasmal, de todo contacto directo con el exterior, como si no pudiese comunicarse con el mundo más que por intermedio de los estados y las acciones. Se ve la razón de este aislamiento: es simple­mente porque el Ego es un objeto que no apa­rece más que a la reflexión y que, por este hecho, está radicalmente separado del mundo. No vive sobre el mismo plano.

 

Al mismo tiempo que el Ego es síntesis irra­cional de actividad y de pasividad, es síntesis de interioridad y trascendencia. Es, en un sentido, más “interior” a la conciencia que los estados. Exactamente, es la interioridad de la conciencia refleja contemplada por la con­ciencia reflexiva. Pero resulta fácil compren­der que la reflexión, contemplando la interio­ridad, hace de ella un objeto puesto delante de sí. En efecto, ¿qué entendemos por interio­ridad? Simplemente esto: que para la concien­cia ser y conocerse son una y la misma cosa. Lo que puede ser expresado de distin­tas maneras: puedo decir, por ejemplo, que para la conciencia la apariencia es lo absoluto en tanto ella es apariencia, o también que la conciencia es un ser cuya esencia implica la existencia.[68] Estas diferentes fórmulas nos permiten concluir que se vive la interioridad (que se “existe interior­mente”) , pero que no se la contempla, puesto que por condición está más allá de la contem­plación. Sería inútil objetar que la reflexión pone a la conciencia refleja, y por ahí, su interioridad. El caso es especial: reflexión y re­flejo no hacen más que uno, como lo ha de­mostrado Husserl,[69] y la interioridad de la una se funde con el de la otra. Pero poner delante de sí la interioridad es darle peso y hacerla objeto. Es como si ella se encerrara sobre sí y no nos ofreciera más que su exterior, como si hubiese que “darla vuelta” para comprenderla. Y es así que el Ego se entrega a la reflexión: como una interioridad cerrada sobre sí mis­ma. Es interior para él, no para la conciencia. Naturalmente, se trata todavía de un complejo contradictorio: en efecto, una interioridad absoluta no tiene jamás exterioridad. No pue­de ser concebida más que por sí misma y es por esto por lo que no podemos apresar las conciencias de los otros (por eso solamente y no porque los cuerpos se separen). En reali­dad, esta interioridad degradada e irracional se deja analizar en dos estructuras muy par­ticulares: la intimidad y la indistinción. En relación a la conciencia, el Ego se da como ín­timo. Todo ocurre como si el Ego fuese de la conciencia, con esta sola y radical diferencia, que es opaco a la conciencia. Y esta opacidad es tomada como indistinción. La indistinción, de la que se hace, bajo diferentes formas, fre­cuente uso en filosofía, es la interioridad vis­ta desde afuera, o si se prefiere, la proyección degradada de la interioridad. Es esta la indis­tinción que se reencontraría por ejemplo en la famosa “multiplicidad de interpretación” de Bergson. Es también esta indistinción, anterior a las especificaciones de la naturaleza naturada, que se encuentra en el Dios de nu­merosos místicos. Se la puede comprender tanto como una indiferenciación primitiva de todas las cualidades, tanto como una forma pura del ser, anterior a toda cualificación. Esas dos formas de indistinción pertenecen al Ego, según la manera en que se lo considere. En la espera, por ejemplo ( o cuando Marcel Arland explica que es necesario un aconteci­miento extraordinario para revelar el Yo ver­dadero) [70] el Ego se entrega como una potencia desnuda que se fijará y se precisará al contacto de las acontecimientos.[71]   [72]Por el con­trario, después de la acción parece que el Ego reabsorbe el acto hecho en una multiplicidad de interpenetración. En los dos casos se trata siempre de totalidad concreta, pero la síntesis totalitaria se opera con intenciones diferentes. Tal vez se podría llegar a decir que el Ego, en relación al pasado, es multiplicidad de inter­penetración, y por relación al porvenir, poten­cia desnuda. Pero es necesario desconfiar aquí de una esquematización excesiva.

 

El Yo (Moi) permanece entonces desconoci­do para nosotros. Y esto puede comprenderse con facilidad: él se da como un objeto. El solo método para conocerlo es la aproximación, la espera, la observación, la experiencia. Pero esos procedimientos, que convienen perfecta­mente a todo trascendente no-íntimo, no son útiles aquí, por el hecho mismo de la intimi­da del Yo (Moi). Permanece demasiado pre­sente para que se pueda tomar sobre él un punto de vista exterior. Si uno retrocede para tomar distancia, nos acompaña en el retroce­so. Permanece infinitamente próximo y no puedo rodearlo. ¿Soy perezoso o trabajador? Me decidiría sin duda si pregunto a quienes me conocen y les pido su parecer. O bien, pue­do coleccionar los hechos que me conciernen y tratar de interpretarlos tan objetivamente como si concernieran a otro. Pero sería en va­no el dirigirme al Yo (Moi) directamente y tratar de aprovechar su intimidad para cono­cerlo. Puesto que es ella, al contrario, que nos intercede el camino. Así, “conocerse bien”, es fatalmente tomar sobre sí el punto de vista del otro, es decir, forzosamente un punto de vista falso.[73] Y todos aquellos que han tratado de conocerse lo aceptarán: esta tentativa de introspección se presenta desde el origen como un esfuerzo para reconstituir con piezas se­paradas, con fragmentos aislados, lo que se da originariamente de golpe, de una vez. De este modo la intuición del Ego es un mirage perpe­tuamente decepcionante, pues a la vez, entre­ga todo y no entrega nada. Cómo podría ser de otro modo, por otra parte, puesto que el Ego no es la totalidad real de las conciencias (esta totalidad sería contradictoria como todo infinito en acto), sino la unidad ideal de todos los estados y de todas las acciones. Siendo ideal, esta unidad puede naturalmente abrazar una infinidad de estados. Pero se entiende bien que lo que se entrega a la intuición concreta y ple­na es solamente esta unidad en tanto que ella se incorpora al estado presente. A partir de este núcleo concreto, una cantidad más o me­nos grande de intenciones vacías (de derecho una infinidad) se dirigen hacia el pasado y hacia el porvenir y apuntan los estados y las acciones que no se dan como presentes. Quie­nes conozcan algo de fenomenología compren­derán sin dificultad que el Ego sea a la vez una unidad ideal de estados, ausentes en su mayoría, y una totalidad concreta dándose enteramente a la intuición: eso significa sim­plemente que el Ego es una unidad noemática y no noemática. Un árbol o una silla no existen de otro modo. Naturalmente, las intenciones vacías pueden llenarse siempre y cualquier es­tado o cualquier acción puede siempre reapa­recer a la conciencia como siendo o habiendo sido producida por el Ego.

 

En fin, lo que impide radicalmente adquirir conocimientos reales sobre el Ego, es su mane­ra muy especial de darse a la conciencia re­flexiva. En efecto, el Ego no aparece más que cuando no se lo mira. Es necesario que la mi­rada reflexiva se fije sobre la “Erlebnis”, en tanto que ella emana del estado. Entonces, detrás de los estados, en el horizonte, el Ego aparece. Nunca es jamás visto más que de “reojo”. Desde que vuelvo mi mirada hacia él y pre­tendo alcanzarlo sin pasar por la “Erlebnis” y el estado, se desvanece. Es que, en efecto, tratando de apresar al Ego por sí mismo y como objeto directo de mi conciencia, recaigo sobre el plano irreflexivo y el Ego desaparece con el acto reflexivo. De ahí esa impresión de incertidumbre irritante, que traducen mu­chos filósofos al poner al yo más acá del estado de conciencia y al afirmar que la conciencia debe volverse sobre ella misma para apercibir al Yo que está detrás de ella. La causa no es esa: es que, por naturaleza el Ego es huyente. Es cierto sin embargo que el Yo aparece so­bre el plano irreflexivo. Si se me pregunta “¿Qué estás haciendo?”, y respondo mientras estoy ocupado “Yo trato de colgar este cua­dro”, o “Yo reparo el neumático trasero”, es­tas frases nos transportan sobre el plano de la reflexión; las pronuncio sin cesar de trabajar, sin cesar de apuntar únicamente las acciones en tanto que son hechas o a hacer, no en tan­to que yo las hago. Pero este “Yo” del cual se trata aquí no es sin embargo una simple for­ma sintáctica. Tiene un sentido; es simplemen­te un concepto vacío y destinado a permanecer vacío. Lo mismo que puedo pensar una silla en ausencia de toda silla y por un simple con­cepto, lo mismo puedo pensar al Yo en su au­sencia. Es lo que hace evidente la consi­deración de frases tales como “¿Qué haces después de mediodía?”, “Yo voy a la oficina” o “Yo me encuentro con mi amigo Pedro”, “Es necesario que yo le escriba”, etc. Pero el Yo, al caer del plano reflexivo al ireflexivo no se vacía simplemente. Se degra­da : pierde su intimidad. El concepto no podría jamás ser llenado por los datos de la intuición puesto que ahora apunta a otra cosa que a ellos. El Yo que encontramos aquí es de alguna manera el soporte de las acciones que (yo) hago o debo hacer en el mundo en tanto que ellas con cualidades del mundo y no unidades de conciencias. Por ejemplo: la madera debe ser cortada en pequeños trozos para que el fuego prenda. Lo debe: es una cualidad de la madera y una relación objetiva de la madera al fuego que debe ser encendido. En el presen­te yo corto la madera, es decir, que la acción se realiza en el mundo y el sostén objetivo y vacío de esta acción es el yo-concepto. He ahí por qué el cuerpo y las imágenes del cuerpo pueden consumar la degradación total del Yo concreto de la reflexión al Yo concepto al ser­vir a aquél de cumplimiento (remplissement) ilusorio.[74] Yo digo “Yo” corto la madera, y veo y siento el objeto “cuerpo” en tren de cortar la madera. El cuerpo sirve entonces de símbolo visible y tangible para el yo. Se ve pues la se­rie de refracciones y degradaciones de las que una “egología” debería ocuparse.

 

 

 

Plano reflexivo Conciencia   reflexionada, inmanencia,   interiori­dad. Ego intuitivo, trascenden­cia, intimidad, (dominio de lo psíquico)
Plano irreflexivo Yo-concepto     (facultati­vo), vacío trascenden­tal, sin “intimidad”. Cuerpo    como    cumpli­miento ilusorio del Yo-concepto. (dominio de lo psico-físico)

 

 

E) El Yo y la conciencia en el Cogito.

 

Se podría preguntar por qué el Yo aparece en ocasión del Cogito, puesto que el Cogito, si se opera correctamente, es aprehensión de una conciencia pura sin constitución de estado ni de acción. Para decir la verdad, el Yo no es necesario aquí, puesto que jamás es unidad directa de conciencias. Se puede aun suponer una conciencia que operase un acto reflexivo puro que la libraría a sí misma como esponta­neidad no-personal. Solamente es necesario atender a que la reducción fenomenológica no es jamás perfecta. Aquí intervienen una can­tidad de motivaciones psicológicas. Cuando Descartes efectúa el Cogito lo hace en ligazón con la duda metódica, con la ambición de “hacer avanzar la ciencia”, etc., esto es, con acciones y estados. De este modo el método cartesiano, la duda, etc., se dan por naturale­za como las empresas de un Yo. Es natural que el Cogito, que aparece al término de esas empresas y que se da como lógicamente ligado a la duda metódica, vea aparecer un Yo sobre el horizonte. Ese Yo es una forma ideal de li­gazón, un modo de afirmar que el Cogito ha sido apresado tan bien como la duda. En una palabra, el Cogito es impuro, es una conciencia espontánea, sin duda, pero que queda ligada sintéticamente a las conciencias de los esta­dos y de las acciones. La prueba es que el Co­gito se da a la vez como el resultado lógico de la duda y como aquello que le pone fin.[75] Una toma reflexiva de la conciencia espontá­nea como espontaneidad no-personal exigiría cumplirse sin ninguna motivación anterior. Lo cual, de derecho, es siempre posible, pero es bastante improbable, o al menos, extremada­mente raro en nuestra condición de hombres. De todos modos, como lo hemos dicho más arriba, el Yo que aparece en el horizonte del “Yo Pienso” no se da como productor de la es­pontaneidad consciente. La conciencia se pro­duce en frente de él y va hacia él, va a unirse con él. Eso es todo lo que se puede decir.

 

 

 

CONCLUSIÓN

 

Quisiéramos como conclusión presentar las tres indicaciones siguientes:

 

1°) La concepción del Ego que proponemos nos parece realizar la liberación del campo trascendental al mismo tiempo que su puri­ficación.

 

El campo trascendental, purificado de toda estructura egológica, recobra su limpidez pri­mera. En un sentido es una nada puesto que todos los objetos físicos, psico-físicos y psíqui­cos, todas las verdades, todos los valores, están fuera de él, puesto que mi Yo (Moi) ha cesado de formar parte de él. Pero esa nada es todo, puesto que es conciencia de todos esos objetos. No hay más vida interior en el sentido en que Brunschvicg [76] opone “vida interior” y “vida espiritual”, porque no hay nada que sea objeto y que pueda pertenecer al mismo tiempo a la intimidad de la conciencia. Las dudas, los remordimientos, las pretendidas “crisis de con­ciencia”, etc.; brevemente, toda la materia de los diarios íntimos se convierten en simples representaciones. Y tal vez se podría extraer de aquí algunos sanos preceptos de discreción moral. Pero, por otra parte, es necesario notar que, desde este punto de vista, mis sentimien­tos y mis estados, mi Ego mismo, cesan de ser mi propiedad exclusiva. Y para ser más preci­sos : hasta aquí se hacía una distinción radical entre la objetividad de una cosa espacio-tem­poral o de una verdad eterna y la subjetividad de los “estados” psíquicos. Pareciera que el su­jeto tuviese una posición privilegiada con respecto a sus propios estados. Cuando dos hombres, según esta concepción, hablan de una misma silla ellos hablan de una misma cosa, esta silla que el uno toma y levanta es la misma que el otro ve, y no sólo hay simple correspondencia de imágenes, hay un solo ob­jeto. Pero parecería que cuando Pablo trataba de comprender un estado psíquico de Pedro, no podía alcanzar ese estado, cuya aprehensión intuitiva pertenecía solamente a Pedro. No podía más que apuntar un equivalente, crear conceptos vacíos que tratarían vanamente de alcanzar una realidad sustraída por esencia a la intuición. La comprensión psicológica se hacía por analogía. La fenomenología en cam­bio nos ha enseñado que los estados son obje­tos,[77] que un sentimiento en tanto que tal (un amor o un odio) es un objeto trascendente que no podría contractarse en la unidad de inte­rioridad de una “conciencia”. De ahí que, si Pedro y Pablo hablan los dos del amor de Pe­dro, por ejemplo, no es cierto que uno hable en ciego y por analogía sobre lo que el otro apresa plenamente. Los dos hablan de la mis­ma cosa: la alcanzan sin duda por procesos diferentes, pero ambos son igualmente intui­tivos. Y el sentimiento de Pedro no es más cierto para Pedro que para Pablo. Tanto pa­ra uno como para el otro pertenece a la cate­goría de objetos que se puede poner en duda. Pero toda esta concepción profunda y nueva queda comprometida si el Yo (Moi) de Pedro, es Yo (Moi)  que odia o que ama permanece como una estructura esencial de la conciencia. El sentimiento, en efecto, permanece ligado a él. Ese sentimiento “se pegotea” (colle) al Yo (Moi). Si se trae el Yo (Moi) a la conciencia se arrastra al sentimiento con él. Nos ha pare­cido, al contrario, que el Yo (Moi) era un ob­jeto trascendente como el estado y que por lo mismo era accesible a dos tipos de intuición: una toma intuitiva por la conciencia de la cual es el Yo (Moi), una toma intuitiva menos cla­ra pero no menos intuitiva por otras concien­cias. En una palabra, el Yo (Moi) de Pedro es accesible a mi intuición como a la de Pedro y en los dos casos es el objeto de una evidencia inadecuada. Si es así, no queda más nada “de impenetrable” en Pedro, que no sea su con­ciencia misma. Pero ésta lo es radicalmente. Queremos decir que ella, no es solamente re­fractaria a la intuición, sino al pensamiento. No puedo concebir la conciencia de Pedro sin hacer de ella un objeto (puesto que no la con­cibo como siendo mi conciencia). No puedo concebirla porque tendría que pensarla como interioridad pura y trascendencia a la vez, lo que es imposible. Una conciencia no puede concebir a otra conciencia que no sea ella mis­ma. Podemos así distinguir, gracias a nuestra concepción del Yo (Moi), una esfera accesible a la psicología, en la cual, el método de obser­vación externa y el método introspectivo tie­nen los mismos derechos y se prestan una ayuda mutua —y una esfera trascendental pura solamente accesible a la fenomenología. Esta esfera trascendental es una esfera de existencia absoluta, es decir, de espontaneida­des puras, que no son nunca objetos y que se determinan por sí mismas a existir. En tanto que el Yo (Moi) es objeto, resulta evidente que jamás podría decir mi conciencia, es decir, la conciencia de mi Yo (Moi) (salvo en un sentido puramente designativo como por ejem­plo cuando digo: el día de mi bautismo). El Ego no es el propietario de la conciencia, es su objeto. Ciertamente, nosotros constituimos es­pontáneamente nuestros estados y nuestras acciones como producciones del Ego. Pero nuestros estados y acciones son también obje­tos. No tenemos jamás intuición directa de la espontaneidad de una conciencia instantánea como producida por el Ego. Esto sería imposi­ble. Solamente en el plano de las significacio­nes y de las hipótesis psicológicas, podemos concebir semejante producción —y este error no es posible sino porque en ese plano el Ego y la conciencia son apuntadas en el vacío. En este sentido si se comprende el “Yo pienso” de manera de hacer del pensamiento una produc­ción del Yo, es porque se ha constituido ya el pensamiento en pasividad y en estado, es decir, en objeto; se ha dejado el plano de la reflexión pura en el que el Ego aparece sin duda pero en. el horizonte de la espontaneidad. La acti­tud reflexiva está expresada correctamente por esta famosa frase de Rimbaud (en la carta del vidente): “Yo es otro”. El contexto prueba que simplemente ha querido decir que la es­pontaneidad de las conciencias no podría ema­nar del Yo, ella va hacia el Yo, se reúne con él, lo deja entrever bajo su espesor límpido pero ella se da ante todo como espontaneidad individuada e impersonal. La tesis comúnmen­te aceptada, según la cual nuestros pensa­mientos brotarían de un inconsciente imper­sonal y se “personalizarían” haciéndose cons­cientes nos parece una interpretación grosera y materialista de una intuición justa. Ha sido sostenida por los psicólogos[78] que habían comprendido bastante bien que la conciencia no “salía” del Yo, pero que no podían aceptar la idea de una espontaneidad que se produje­ra a sí misma. Esos psicólogos han imaginado ingenuamente que las conciencias espontáneas “salían” del inconsciente, en donde ellas ya existían, sin darse cuenta que no hacían más que hacer retroceder el problema de la exis­tencia, que es preciso terminar de formular; ellos lo habían oscurecido, puesto que la exis­tencia anterior de las espontaneidades en los límites preconscientes sería necesariamente una existencia pasiva.

 

Podemos entonces formular nuestra tesis: la conciencia trascendental es una espontanei­dad impersonal. Se determina en la existencia a cada instante sin que se pueda concebir nada antes de ella. De este modo cada instante de nuestra vida consciente nos revela una crea­ción ex-nihilo. No un arrancamiento nuevo, sino una existencia nueva. Hay algo de angus­tiante para cada uno de nosotros cuando que­remos alcanzar sobre el hecho esta creación inapresable de existencia de la que nosotros no somos los creadores. En este plano el hom­bre tiene la impresión de escaparse incesante­mente, de desbordarse, de sorprenderse en una riqueza siempre inesperada; y una vez más se encarga al inconsciente de dar cuenta de ese sobrepasamiento del Yo (Moi) por la con­ciencia. De hecho el Yo (Moi) no puede nada sobre esta espontaneidad, puesto que la volun­tad es un objeto que se constituye para y por esta espontaneidad. La voluntad se dirige a los estados, a los sentimientos o a las cosas, pe­ro no se vuelve jamás sobre la conciencia. Se comprende esto muy bien en algunos casos en que se ensaya querer una conciencia (yo quie­ro dormirme, no quiero pensar más en eso, etc.). En estos diferentes casos es preciso por esencia que la voluntad sea mantenida y con­servada por la conciencia radicalmente opues­ta a la que ella quería hacer nacer (si yo quie­ro dormirme, permanezco despierto, —si no quiero pensar en tal o cual acontecimiento, pienso precisamente por eso en él). Nos parece que esta espontaneidad monstruosa está en el origen de numerosas psicastenias. La con­ciencia se espanta de su propia espontaneidad porque la siente más allá de la libertad.[79] Esto se puede comprender claramente con un ejem­plo de Janet.[80] Una muchacha casada tenía terror, en cuanto su marido la dejaba sola, de asomarse a la ventana y de interpelar a los transeúntes al modo de las prostitutas. Ni su pasado, ni su carácter, podrían servir de expli­cación a semejante temor. Lo que ocurría sim­plemente, era que una circunstancia sin im­portancia (lectura, conversación, etc.) había determinado en ella lo que podría llamarse un vértigo de la posibilidad. Ella se encontraba monstruosamente libre y esta libertad vertigi­nosa se le aparecía en ocasión de ese gesto que tenía miedo de hacer. Pero este vértigo no es comprensible más que si la conciencia se apa­rece repentinamente a sí misma como desbor­dando infinitamente en sus posibilidades al yo que de ordinario le sirve de unidad.

 

Tal vez en efecto la función esencial del Ego es menos teórica que práctica. Hemos señalado en efecto que no estrecha la unidad de los fenómenos, que se limita a reflejar una unidad ideal, en tanto que la unidad concreta y real ha sido operada con anterioridad. Pero tal vez, su rol esencial sea enmascarar a la conciencia su propia espontaneidad.[81] Una descripción fenomenológica de la espontanei­dad, en efecto, mostraría que ésta hace impo­sible toda distinción entre acción y pasión y toda concepción de una autonomía de la vo­luntad. Estas nociones carecen de significa­ción fuera del plano donde toda actividad se da como emanando de una pasividad que ella trasciende, brevemente, sobre un plano donde el hombre se considere a la vez como sujeto y como objeto. Pero es por necesidad de esencia que no se puede distinguir entre espontaneidad voluntaria y espontaneidad involuntaria.

 

Todo ocurre pues como si la conciencia constituyese al Ego como una falsa represen­tación de sí misma, como si ella, se hipnoti­zara sobre este Ego que ella ha constituido, se absorbiera en él, como si lo convirtiera en su salvaguardia y su ley: es gracias al Ego en efecto, que una distinción podrá efectuarse entre lo posible y lo real, entre la apariencia y el ser, entre lo querido y lo soportado.

 

Pero puede ocurrir que la conciencia se pro­duzca repentinamente a sí misma sobre el pla­no reflexivo puro. No tal vez sin Ego, sino como escapando al Ego por todas partes, como domi­nándolo y sosteniéndolo fuera de ella por una creación continua. Sobre este plano no hay más distinción entre lo posible y lo real puesto que la apariencia es lo absoluto. No hay en­tonces más barreras, ni límites, ni nada que disimule la conciencia a sí misma. Entonces, la conciencia, apercibiendo lo que podría llamar­se la fatalidad de su espontaneidad,[82] se an­gustia de pronto. Es esta angustia absoluta y sin remedio, este miedo de sí, que nos parece constitutivo de la conciencia pura y el que da la clave del trastorno psicasténico del que ha­blábamos. Si el Yo del Yo pienso es estructura primera de la conciencia, esta angustia es im­posible. Por el contrario, si se adopta nuestro punto de vista, no solamente tendremos una explicación coherente de ese trastorno sino también un motivo permanente para efectuar la reducción fenomenológica. Se sabe que Fink, en su artículo de los Kantstudien, confiesa no sin melancolía que mientras se permanezca en la actitud “natural” no hay razón, no hay “motivo” para practicar la epojé. En efecto, esta actitud natural es perfectamente cohe­rente y no se podrá encontrarle esas contra­dicciones que, desde Platón, conducían al fi­lósofo a hacer una conversión filosófica. Así la epojé aparece en la fenomenología de Hus-serl como un milagro. Husserl mismo en las Meditaciones Cartesianas, hace una alusión muy vaga a ciertos motivos psicológicos que conducirían a efectuar la reducción. Pero es­tos motivos no parecen nada suficientes y so­bre todo la reducción no parece poder operarse más que al final de un largo estudio, aparece pues como una operación sabia, lo que le con­fiere una suerte de gratuidad. Por el contra­rio, si “la actitud natural” aparece enteramen­te como un esfuerzo que la conciencia hace para escaparse a sí misma proyectándose en el Yo (Moi) y absorbiéndose en él, y si este esfuerzo no queda nunca completamente re­compensado, si basta un acto simple de reflexión para que la espontaneidad consciente se arranque bruscamente del Yo y se dé como independiente, la epojé no es más un milagro, no es más un método intelectual ni un proce­dimiento del sabio: es una angustia que se impone a nosotros y que nosotros no podemos evitar, es a la vez un acontecimiento puro de origen trascendental y un accidente siempre posible de nuestra vida cotidiana.

 

2°) Esta concepción del Ego nos parece la única refutación posible del solipcismo.[83] La refutación que Husserl presenta en Formale und Traszendentale Logik y en las Meditacio­nes Cartesianas no nos parece dar cuenta de cierto determinado e inteligente solipcismo. En tanto que el Yo permanezca una estructura de la conciencia, podrá ser siempre posible oponer la conciencia con su Yo a todos los otros existentes. Y finalmente soy Yo (Moi) el que produce ese mundo. Poco importa si ciertas capas de ese mundo necesitan por su naturaleza misma de una relación con los otros. Esta relación puede ser una simple cua­lidad del mundo que yo creo y no me obliga de ningún modo a aceptar la existencia real de los otros Yo.

 

Pero si el yo deviene un trascendente, par­ticipa de todas las vicisitudes del mundo. No es un absoluto, él no ha creado el universo, cae como los otros existentes bajo el golpe de la epojé; y desde que el Yo carece de posición privilegiada el solipcismo se hace impensa­ble. En lugar de formularse, en efecto: “Sólo yo existo como absoluto”, debería enunciarse: “Sólo la conciencia absoluta existe como ab­soluto”, lo que evidentemente es un truismo. Mi Yo, en efecto, no constituye una certeza mayor para la conciencia que el Yo de los otros hombres. Es solamente más íntimo.

 

3°) Los teóricos de extrema izquierda a ve­ces han reprochado a la fenomenología el ser un idealismo y de ahogar la realidad en la olea­da de las ideas. Pero si el idealismo es la filoso­fía sin mal de Brunschvicg, si es una filosofía donde el esfuerzo de asimilación espiritual[84] no encuentra jamás resistencias exteriores, donde el sufrimiento, el hambre y la guerra se diluyen en un lento proceso de unificación de las ideas, nada sería más injusto que llamar idealistas a los fenomenólogos. Hace siglos, al contrario, que no se había sentido en la filoso­fía una corriente tan realista. Ellos han reco-locado al hombre en el mundo, le han de­vuelto el peso a todas sus angustias y a sus sufrimientos, a sus rebeliones también. Des­graciadamente, en tanto que el Yo siga sien­do estructura de la conciencia absoluta, se podrá todavía reprochar a la fenomenología el ser una “doctrina-refugio”, el colocar una parcela del hombre fuera del mundo desvian­do así la atención de los verdaderos problemas. Nos parece que este reproche no tendría más razón de ser, si se hace del Yo (Moi) una exis­tente rigurosamente contemporáneo del mun­do y cuya existencia tenga las mismas carac­terísticas esenciales que el mundo. Siempre me ha parecido que una hipótesis de trabajo tan fecunda como el materialismo histórico no exige de ningún modo como fundamento esa absurdidad que es el materialismo metafísico.[85] No es necesario, en efecto, que el objeto preceda al sujeto para que los pseudo-valores espirituales se desvanezcan y para que la mo­ral reencuentre sus bases en la realidad. Basta que el Yo (Moi) sea contemporáneo del Mun­do y que la dualidad sujeto-objeto que es pu­ramente lógica, desaparezca definitivamente de las preocupaciones filosóficas. El Mundo no ha creado al Yo (Moi), el Yo (Moi) no ha creado al Mundo: uno y otro son objetos para la conciencia absoluta, impersonal, y es por ella que ambos se encuentran ligados. Esta conciencia absoluta, desde el momento en que queda purificada del Yo, no tiene más nada que se parezca a un sujeto, tampoco es una recolección de representaciones: es simplemen­te una condición primera y una fuente abso­luta de existencia. Y la relación de interdepen­dencia que establece entre el Yo (Moi) y el Mundo es suficiente para que el Yo (Moi) apa­rezca como en “peligro” delante del Mundo, para que el yo (Moi) (indirectamente y por intermedio de los estados) extraiga del Mundo todo su contenido. No es necesario otra cosa para fundar filosóficamente una moral y una política absolutamente positiva”.[86]

 

 

[1] Simone de Beauvoir, La plenitud de la vida, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1966, p. 200.

[2] Crítica de la razón pura, Analítica trascenden­tal, Libro I, Cap. II, Segunda Sección, parágrafo 16: “De la unidad primitivamente sintética de la aper­cepción”. Ed. Sopeña, Buenos Aires, 1945, p. 132.

[3] El neo-kantismo está representado por Lachelier y Brunschvicg; el empirio-criticismo por Mach; en cuanto a Víctor Brochard (1848-1907), no era solamente historiador de la filosofía antigua, era también autor de una tesis: De l’Erreur (1879)  y de diversos artículos de filosofía o de moral, reco­gidos en la última parte de la obra Etudes de philo-sophie ancienne et de philosophie moderne (Vrin, 1954).

[4] Boutroux, La philosophie de Kant, curso dic­tado en la Sorbona en 1896-1897; París, Vrin, 1926.

[5] Emplearé aquí el término “conciencia” para traducir la palabra alemana “Bewusstein”, que sig­nifica, a la vez, la conciencia total, la mónada y cada momento de esta conciencia. La expresión “es­tado de conciencia” me parece Inexacta a causa de la pasividad que introduce a la conciencia.

[6] En L’lmagination  (P. U. F., 1936), Sartre, a propósito del problema singular de la imagen, ex­trae los rasgos generales de la revolución filosófica que significó la aparición de la fenomenología. Co­mo aquí, él insiste sobre la fecundidad de un méto­do que quiere sea descriptivo, aun cuando los “he­chos” que le ofrece la intuición sean esencias. “La fenomenología es una descripción de las estructuras de la conciencia trascendental fundada en la intui­ción de las esencias  de tales estructuras”:  J. P. Sartre, La Imaginación, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1967, cap. IV, “Husserl”, p. 113.

[7] Husserl desarrolla este proyecto en La filoso­fía como ciencia estricta (1911).

[8] “En los actos de intuición inmediata intuimos un “ello mismo” “. Ideas relativas a una fenomeno­logía pura y una filosofía fenomenología (en ade­lante Ideas I). Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1962, parágrafo 43, p. 98. Husserl dice tam bien que la cosa nos es dada “en carne y hueso”, y también “originalmente”, “en el original”.

[9] Husserl diría: una ciencia de esencias. Pero para el punto de vista en que nos colocamos, quiere decir lo mismo.

[10] “Ciencias de hechos” y “ciencias de esencias” —o aún “ciencia eidética”, estas expresiones se refie­ren aquí a lo mismo. Efectivamente, Sartre no se refiere, por el momento, a la oposición —que es, por otra parte, esencial— entre hecho empírico y esen­cia, sino a aquella —más global— que existe entre problemas de hecho y problemas de derecho. Ahora bien, hecho y esencia aparecen en bloque como algo dado, y lo esencial (aquí) es, precisamente, que la fenomenología sea la ciencia de lo dado (material o ideal, poco importa entonces) frente a la perspec­tiva kantiana que plantea la cuestión de puro dere­cho. Es porque apunta a un dado, a un conjunto de hechos, que la fenomenología es una ciencia des­criptiva. Por otra parte, si bien es verdad que Hus­serl quiso fundar una “ciencia de esencias” o “ei­dética”, es necesario considerar, especialmente aquí, que esas esencias son libradas con certeza, en una visión inmediata, exactamente como lo serían los objetos. Desde este punto de vista son hechos (Idea­les).

“La esencia (eidos) es un objeto de una nueva índole. Así como lo dado en la intuición individual o empírica es un objeto individual, lo dado en la intuición esencial es una esencia pura (…). Tam­bién la intuición esencial es rigurosamente intuición, como el objeto eidético es rigurosamente objeto”, Ideas I, parágrafo 3, p. 21.

[11] La epojé, la reducción fenomenológica, es la puesta entre paréntesis de la actitud natural, que siempre es la marca de un realismo espontáneo; también Sartre designa, después de Husserl, esta conciencia natural con la expresión “conciencia in-tramundana”. Con respecto a la o las reducciones, ver Ideas I, cap. IV de la II sección, parágrafos 56 a 62. Y las Meditaciones Cartesianas, parágrafo 8

[12] Principalmente aquellas de Ideas I

[13] “Para mí, el yo que medita, el yo que encon­trándose y permaneciendo en la epojé se pone a sí mismo exclusivamente como fundamento del valor de todos los fundamentos y valores objetivos, no hay, pues, ni yo psicológico, ni fenómenos psíquicos en el sentido de la psicología, esto es, como partes integrantes de seres psicofísicos humanos”. Medi­taciones Cartesianas, Ed. El Colegio de México, Mé­xico, 1942, parágrafo 11, p. 43-44.

[14] El problema se encuentra planteado por Hus­serl en el parágrafo 11 de las Meditaciones Carte­sianas que ya hemos citado y titulado “El yo psico­lógico y el yo trascendental”. En efecto, al pasaje citado en la nota 10, Husserl agrega inmediatamen­te: “Mediante la epojé fenomenológica, reduzco mi yo humano natural y mi vida psíquica —el reino de mi propia experiencia psicológica — a mi yo feno-menológico-trascendental, al reino de la experiencia fenomenológica trascendental del yo”. Ahora bien, de ese yo trascendental, él afirma que nunca se lo puede reducir.

[15] Sartre designa con el concepto de “Yo” (Je) a la personalidad en su aspecto activo; por “Yo” (Moi) entiende  la totalidad concreta psico-física de  la misma personalidad. Entendiendo bien que el Yo (Je) y el Yo (Moi) no son sino uno, que constituyen el Ego, del cual sólo son dos faces. Cf. nota 52.

El estatus del Ego que aquí se discute está adqui­rido en El Ser y la Nada, Ed. Ibero-Americana, Bue­nos Aires, 1948, Tomo I, p. 232 y sgts.

[16] Las consecuencias enumeradas constituyen el fondo de la tesis que Sartre va a defender en oposi­ción con los últimos trabajos de Husserl.

[17] Investigaciones Lógicas: “El mí puro y el te­ner conciencia”. Ed. Revista de Occidente, Madrid, 1929. La evolución de Husserl se siente hasta en el mismo interior de las Investigaciones Lógicas. En efecto, Husserl escribe: “Debo reconocer, por otra parte, que no puedo absolutamente llegar a des­cubrir ese yo primitivo en tanto que centro de refe­rencia necesario”. A lo cual agregó (desgraciada­mente) en la segunda edición, de 1913, la nota si­guiente: “Desde entonces aprendí a encontrarlo, o más bien aprendí que es necesario dejarse retener, en la aprehensión pura de lo dado, por el miedo a caer en los excesos de la metafísica del yo”.

[18] Cf. Ideas I, parágrafo 80, para la imagen de las radiaciones, y especialmente el parágrafo 57:  “La cuestión de la desconexión del yo”, p. 132. También ver la 4a. de las Meditaciones Cartesianas, relativa a los problemas constitutivos del ego trascendental.

[19] Para Sartre la hipótesis de un Yo trascenden­tal como núcleo personal unificador y fundador de toda conciencia, es  supérflua. Para él solamente hay un campo trascendental pre-personal o imper­sonal. Trascendente y trascendental no son tomados por él en un sentido kantiano, sino más bien en un sentido husserliano, tal como se los define, por ejem plo, en el parágrafo 11 de las Meditaciones Cartesia­nas. Es trascendental el campo que constituyen las conciencias originarias dadoras de sentido. Es nece­sario señalar que Sartre abandonará este término (¿muy kantiano?), el cual ya no se encuentra más en El Ser y la Nada. En éste la conciencia es consi­derada según que sea irreflexiva o reflexiva, posi-cional o no-posicional de sí. No hay más Ego y ni siquiera campo trascendental. Por el contrario, la trascedencia del Ego permanece como una tesis fundamental. Las nociones de trascendencia y de intencionalidad son, en efecto, correlativas. “La tras­cendencia es estructura constitutiva de la concien­cia”, dice en El Ser y la Nada, vale decir que de golpe la conciencia se arranca a sí misma para lle­varse hacia los objetos. Es lo que significa la famosa afirmación “Toda conciencia es conciencia de algo””. Correlativamente son llamados trascendentes a la conciencia el mundo y sus objetos (físicos, cultura­les, etc), en tanto que ellos están, por definición, fuera de la conciencia, y son el Otro absoluto para ella.

[20] Sobre la intencionalidad ver Ideas I,, parágra­fo 84,   “La  intencionalidad,  tema  fenomenológico capital”, p. 198; también el artículo de Sartre apa­recido en: El hombre y las cosas, Ed. Losada, Bue­nos Aires, 1965. titulado “Una idea fundamental de la filosofía de Husserl: la intencionalidad”  p. 25.

[21] Sobre la auto-constitución del tiempo feno­menológico ver la Fenomenología de la conciencia del tiempo inmanente, Ed. Nova, Buenos Aires, 1959, parágrafo 39, “La doble intencionalidad de la reten­ción y la constitución de la corriente conciencia!”, p. 129, donde Husserl explica que “el flujo de la con­ciencia constituye su propia unidad”.

[22] Cf. la 4a. de las Meditaciones Cartesianas, pa­rágrafo 37, “El tiempo como forma universal de toda génesis egológica”, p. 134.

[23] “Por sustancia entiendo lo que es en sí y es concebido por sí, es decir aquello cuyo concepto no tiene necesidad del concepto de otra cosa para ser formado”, Etica, 1a. parte, definición ni.

Sartre dice: “Pero la conciencia es conciencia en todas sus partes. Ella no podría entonces ser limita­da sino por ella misma.” El Ser y la Nada, ler. Tomo, Introducción, p. 24.

[24] “Mas, precisamente porque se trata ahora de un absoluto de existencia y no de conocimiento, es­capa a la famosa objeción según la cual un absolu­to conocido no es ya un absoluto, porque deviene relativo al conocimiento que se tiene de él. De hecho, lo absoluto no es aquí el resultado de una construc­ción lógica sobre el terreno del conocimiento, sino el sujeto de la más concreta ds las experiencias. Y él no es relativo a esta experiencia, puesto que es esta experiencia. También es un absoluto no sustan­cial”, El Ser y la Nada, Tomo I, p. 26.

[25] “La conciencia es conciencia de alguna cosa: esto  significa que la trascendencia es  estructura constitutiva de la conciencia; es decir, que la con­ciencia nace dirigida sobre un ser que no es ella(…) la conciencia implica en su ser, un ser no conscien­te y transfenomenal (…), la conciencia es un ser para el cual se da en su ser la cuestión de su ser en tanto que este ser implique otro ser diferente de él.” El Ser y la Nada, Tomo I, p.32-33.

[26] “…toda conciencia posiclonal  del objeto es al mismo tiempo consciencia posicional de sí misma” El Ser y la Nada, Tomo I, p. 21.

[27]“… no existe en el dominio psíquico ninguna diferencia entre fenómeno y ser (…). estos mismos fenómenos (que el psicólogo por cierto hace depen­der de lo psíquico) no constituyen un ser que apa­recería a su vez por medio de fenómenos…”, Husserl, La filosofía como ciencia estricta, Ed. Nova; Buenos Aires, 1962, p. 35.

“El pensamiento moderno ha realizado un progre­so considerable al reducir la existencia a la serie de apariciones que la manifiestan (…). El dualis­mo del ser y del parecer no podrá en lo sucesivo hallar derecho de ciudadanía en filosofía (…). Porque el ser de algo existente es precisamente su apariencia. Así llegamos nosotros a la idea de fenómeno, tal como puede encontrarse por ejemplo, en la “Fenomenología” de Husserl o de Heidegger, el fenómeno o lo relativo-absoluto (…). El fenómeno no puede ser estudiado y descripto en cuanto tal, porque él es absolutamente indicativo de sí mismo”. El Ser y la Nada, Tomo I, pags. 11 y 12.

[28] Orientación que señalan la 4a. de las Medita­ciones Cartesianas, que trata de “la plenitud con­creta del Yo como Mónada”, y la 5a. Meditación, ti­tulada  “Determinación del  dominio  trascendental como intersubjetividad monadológica”  (en la cita­da publicación en castellano no aparece la 5a. Medi­tación ).

[29] Las dificultades que entrañan la concepción husserliana  de  la  conciencia  trascendental como archi-región han sido recordadas recientemente en un artículo de J. Derrida aparecido en Les études philosophiques   (1963):   “Phánomenologische   Psy-chologie. Vorlesungen Sommersemester 1925, par Ed. Husserl”. J. Derrida escribe: “Mi Yo trascendental es radicalmente diferente, precisa Husserl, de mi Yo natural y humano; y sin embargo no se distingue en nada de él (…). El Yo (trascendental) no es otro. No es, sobre todo, el fantasma metafísico o formal del yo empírico. Lo que conduciría a denunciar la Imagen teorética y la metáfora del Yo espectador absoluto de su propia psique, todo este lenguaje ana­lógico  del  cual a veces debe poder servirse para anunciar la reducción trascendental y para describir ese ‘objeto’ insólito que es el yo psíquico frente al Ego trascendental absoluto”.

[30] Por ejemplo en el Anexo XII: “La conciencia interna y la aprehensión de viviencias”, p. 193.

[31] Con el “Yo soy” aprehendo una evidencia apo-díctica, dice  Husserl  todavía en las Meditaciones Cartesianas.

[32] Para resumir, un análisis fenomenológlco de la conciencia  discernirá tres grados de conciencia:

1°) un primer grado al nivel de la conciencia Irreflexiva, no posicional de sí, porque es conciencia de sí en tanto que conciencia de un objeto trascendente.

Con el cogito:

2°) un segundo grado: la conciencia reflexio­nante es no-posicional de sí misma, pero po­sicional de la conciencia reflexiva.

3°) un tercer grado, que es un acto tético en un segundo grado, por el cual la conciencia re­flexionante deviene posicional de sí.

Dicho de otra manera, al nivel del segundo grado hay actos Irreflexivos de reflexión.

En cuanto a la autonomía de la conciencia Irre­flexiva, ella está firmemente señalada en la Intro­ducción a El Ser y la Nada.

[33] En la introducción a Ideas I, Husserl declara que para la fenomenología “es necesaria una nue­va forma de actitud completamente distinta de las actitudes de la experiencia y el pensamiento natu­rales”, p. 9; y en el parágrafo 31, titulado “Cambio radical de la tesis natural…”, p. 69, explícita esta afirmación.

[34] Husserl recurre a recuerdos no-téticos de con­ciencias no-téticas, en la Fenomenología de la con­ciencia del tiempo inmanente.

[35] Titchener (1867-1927) es un psicólogo anglo­americano. Alumno de Wundt, que se consagra a la psicología experimental, y en especial ejerce influ­encia sobre la psicología anglo-sajona.

Se pueden citar de él: An outline of psychology (1896); Lehrbuch der psychologie (aquí citado) (1910-12); Experimental psychology (1927).

[36] Sartre se refiere aquí a la teoría fenomenoló-gica de la percepción por “cortes” o “esbozos”, en alemán “Abschattungen”, cf. Ideas I, parágrafo 41: “Con necesidad esencial corresponde a la conciencia empírica omnilateral, que se confirma a sí misma en una unidad continuada, de la misma cosa, un complicado sistema de multiplicidades continua de apariencias, matices y escorzos, en las cuales se ma­tizan o escorzan en continuidades bien determina­das todos los factores objetivos que caen dentro del campo de la percepción con el carácter de lo que se da en su propia persona”, p. 93.

Sartre opone pensamiento y percepción, por ejem­plo en Lo Imaginario, Ed. Ibero Americana, Buenos Aires, 1948; “Se trata de fenómenos radicalmente distintos: uno es saber consciente de sí mismo que se coloca de golpe en el centro del objeto; el otro, es unidad sintética de una multiplicidad de apa­riencias, que lentamente realiza su aprendizaje,” p. 19.

[37] Husserl parece  haberlo presentido, pero no se detiene en esta intuición. Sin embargo en el pa­rágrafo 54 de las Ideas I, escribe: “Con seguridad es concebible una conciencia sin cuerpo, y, por paradó­jico que suene, también una conciencia sin alma, no personal, es decir, una corriente de vivencias en que no se constituyen las unidades intencionales de experiencia, cuerpo, alma, sujeto-yo empírico, o en que todos estos conceptos empíricos, y por ende tam­bién el de vivencia en sentido psicológico (vivencia de una persona, de un yo animado) no tengan apoyo alguno, ni en todo caso validez alguna”, p. 128.

[38] Es lo que nunca reconocerá Husserl.

“Entre las peculiaridades esenciales y universa­les del dominio trascendentalmente purificado de las vivencias compete en verdad un primer lugar a la referencia de toda vivencia al yo “puro”. Todo “cogito”, todo acto en un sentido señalado, se ca­racteriza por ser un acto del yo, “procede del yo”, que “vive” en él “actualmente”(…). .. .no hay des­conexión capaz de borrar la forma del cogito y el sujeto “puro” del acto: el ‘estar dirigido a’, ‘estar ocupado con’, ‘tomar posición relativamente a’, ‘ex­perimentar, padecer” algo, encierra necesariamente en su esencia esto: ser, justo, un ‘desde el yo’, o, en un rayo de dirección Inversa, ‘hacia el yo’, y este yo es el puro, al que no puede hacerle nada ninguna re­ducción”, Ideas I, parágrafo 80, p. 189-90.

Igualmente en la 1a. de las Meditaciones Cartesia­nas, parágrafo 8, después de la reducción “me ob­tengo a mi mismo como el ego puro con la corriente de mis cogitaciones”, p. 38.

[39] Los distintos tipos de evidencia son definidos en las Ideas I, parágrafo 3, y la 19 de las Meditacio­nes Cartesianas, parágrafo 6.

[40] Fink, Die phanomenologische Philosophie E Husserl in der gegenwärtigen Kritik, en Kantstudien (1933).

[41] “El amor propio es el amor de sí mismo y de todas las cosas por sí; vuelve a los hombres idóla­tras de sí mismos y si la fortuna les diera los medios los volvería tiranos de los otros; nunca descansa fuera de sí y no se detiene en los sujetos extranje-jeros sino como las abejas en las flores, para ex­traer de ellos aquello que les es propio. Nada más impetuosos que sus deseos, nada más oculto que sus proyectos, nada tan hábil como sus conductas: sus flexibilidades no pueden representarse, sus transformaciones superan las de las metamorfosis y sus refinamientos los de la química. No se puede sondear la profundidad, ni atravesar las tinieblas de sus abismos”, La Rochefoucauld, Máximes, Supple-raents de 1963.

[42] Sobre la doble forma de existencia siempre posible para una conciencia y que garantiza la auto­nomía de lo prereflexivo, cf. El Ser y la Nada, Intro­ducción.

[43] La descripción fenomenológlca del deseo es de­sarrollada en El Ser y la Nada, III Tomo, p. 213 y sgtes.

[44] De la misma manera la emoción es una con­ducta irreflexiva, no inconsciente sino consciente de si misma no-téticamente, y su manera de ser téticamente consciente de sí misma consiste en tras­cenderse y aprehenderse sobre el mundo como una cualidad de las cosas. La emoción es una “transfor­mación del mundo”, según el Esbozo de una teoría de las emociones, Ed. Facultad de Filosofía y Humani­dades, Córdoba, 1959.

[45] Respecto al problema que plantea el incons­ciente freudiano, ver en El Ser y la Nada el capítulo titulado “La mala fe”, Tomo I, capítulo II, p. 100; y la 4a. parte, cap. II, I, Tomo III, p. 187, “El psicoa­nálisis existencia!’. Ver la nota 74.

[46] Sartre siempre insistirá sobre esta autonomía de la conciencia irreflexiva, que encuentra su fun­damento en la intencionalidad esencial de las con­ciencias. Esta concepción de la prioridad ontológica de lo irreflexivo sobre lo reflexivo quedará como algo central en sus obras ulteriores, en particular en La imaginación (la imagen es una evidencia an-ti-predicativa), en la Teoría de las emociones, Lo imaginario y El Ser y la Nada, porque ella constitu­ye el único medio radical de eliminar todo idea­lismo.

[47] De la misma manera el perverso, al sustituir con su deseo como deseable a este-objeto-deseable, de inmediato lo envenena. En todo caso lo hace sufrir una alteración fundamental en la relación al deseo ingenuo.

[48] Los términos “noema” (noemático) y “nóesis” vienen de la fenomenología de Husserl. Ver Ideas I, Sección tercera, cap. III. Sartre da una misma defi­nición voluntariamente simplificada en La imagi­nación, 4, p. 122, “El fenomenólogo, en efecto, ha­biendo puesto al mundo ‘entre paréntesis’, no lo ha perdido por eso. La distinción conciencia-mundo ha perdido su sentido. Ahora el corte se hace de otra manera. Se distingue el conjunto de los elementos reales de la síntesis consciente (la hylé y los dife­rentes actos intencionales que la animan) y, por otra parte, el ‘sentido’ que habita esa conciencia. La realidad psíquica concreta será denominada nóesis y el sentido que viene a habitarla nóema. Por ejem­plo ‘árbol-en-flor-percibido’ es el nóema de la per­cepción que tengo en este momento. Pero este ‘senti­do noemático’ que pertenece a cada conciencia real no es en sí mismo nada real”.

[49] Cf. Zeitbewusstein, passim.

[50] El problema de la relación del Ego con los estados, las acciones y las cualidades, que tematiza esta segunda parte, será retomado brevemente en El Ser y la Nada, en el capítulo “La temporalidad”, Tomo I, p. 178 y sgtes.

[51] Cf. el odio como posibilidad de mi relación con otro. El Ser y la Nada, T. II, p. 233 y sgtes.

[52] Erlebnis: experiencia vivida

vivido intencional

 

Para la significación de éste término Sartre, en una nota de La imaginación, p. 116, envía al pará­grafo 36 de las Ideas I, p. 81, y agrega: “Erlebnis, término intraducibie en francés, viene del verbo erleben. ‘Etwas erleben’ significa ‘vivir alguna cosa’. Erlebnis tendría aproximadamente el sentido de ‘vi­vido’ (vécu) en el sentido que le dan los bergsonia-nos”.

[53] “Lo cierto” y “Lo probable” constituyen las dos grandes partes del estudio sobre Lo Imaginarlo. Sólo son ciertos mis “conciencias-de” en su movi­miento espontáneo de elan hacia las cosas; la para­doja de esas conciencias en primer grado es que ellas se aprehenden simultáneamente como interio­ridades puras y como explosiones hacia las cosas, en el afuera. Fuera de estas, todo objeto, como obje­to para la conciencia, ya sea mi odio o esta mesa, permanecerá siempre dudoso, pues ninguna intui­ción podrá jamás dármelo de una vez para siempre en su totalidad.

[54] Sartre comprueba aquí por primera vez la aparición en la conciencia del proceso mágico. Es­tudiará (en 1939) la conducta mágica singular que es la emoción, huida irreflexiva de una conciencia delante un mundo que la rodea violentamente y que ella querría anonadar.

[55] Lo imposible, cf. El Ser y la Nada: “El para sí y el ser de los posibles”, Tomo I, p. 164; y “Cualidad y cantidad, potencialidad y utensilidad”, ídem, p. 279 y sgtes.

[56] Pero puede ser también apuntado y alcan­zado a través de la percepción de los comportamien­tos. Contamos con poder explicarnos[56] en otro lado sobre la identidad profunda de iodos los métodos psicológicos.

[57] El Ser y la Nada toma explícitamente la con­tinuación de las conclusiones de este ensayo. En el capítulo titulado “El yo y el circuito de la ipseidad”, Tomo I, p. 174 y sgtes., el Ego pasa definitivamente al lado del en-sí, quien deviene la razón de ser de su trascendencia, tal como es establecida aquí. “He­mos tratado de mostrar en un artículo de Recher-ches phüosophiques que el Ego no pertenecía al do­minio del Para-sí. No volveremos sobre la cuestión. Notemos sólo aquí la razón de la trascendencia del Ego: como polo unificador de los “Erlebnisse”, el Ego en-sí, no para-sí. Si formara parte ‘de la con­ciencia’, en efecto, él sería el propio fundamento de sí mismo en la traslucidad de lo inmediato. Pero en­tonces, sería lo que no es y no sería lo que es, lo que no es en modo alguno el modo de ser del yo. En efecto, la conciencia que yo tengo del yo, no lo ago­ta jamás y no es ella tampoco la que lo hace venir a la existencia: el yo se da siempre como habiendo sido antes que ella, y al mismo tiempo como pose­yendo profundidades que deben ser reveladas poco a poco. Así el Ego aparece a la conciencia como un en-sí trascendente, como una existencia del mundo humano, no como de la conciencia’, p. 174.

[58] ideen, § 131, p. 270.

[59] Pues no es del todo cierto que en la percepción de una cosa cada conciencia (de las cualidades de esta cosa) se vincule de golpe a otra cosa que sí. En efecto, esto no sucede porque hay, precisamente, una autonomía de la conciencia irreflexiva.

[60] Husserl toma el ejemplo de la melodía en la Fenomenología de la conciencia del tiempo inmanen­te, parágrafo 14, p. 83.

[61] Para que el mundo aparezca en la lontananza de las cosas, es necesario que exploten nuestras ca­tegorías habituales de aprehensión del mundo. Su aprehensión no nos ofrece, en efecto, sino el mundo espacio-temporal de la ciencia. Pero a veces sucede que surge otro mundo, presencia desnuda, detrás de los Instrumentos quebrados.

[62] Se trata de nuevo de La Psyché. Ver la nota 52.

[63] El deseo es descripto por Sartre en El Ser y la Nada como una “conducta de hechizo”, Tomo II, p. 254.

[64] “Esta ambigüedad es revelada por la teoría de Bergson sobre la conciencia que dura y que es ‘multiplicidad de interpenetración”. Lo que Bergson alcanza aquí, es lo psíquico, no la conciencia conce­bida como Para-sí”. El Ser y la Nada, Tomo I, p. 253.

[65] Es por esta causa que el Ego desempeña un gran papel en el aprisionamiento de la conciencia por sí-misma, vale decir en las conductas de la mala fe. Cf. El Ser y la Nada, Primera parte, cap. II, p. 100 y sgtes.

[66] Sartre analizará en Lo imaginario las impli­caciones de los juegos de la conciencia que proceden de la reificación del sentido. La mímica expresiva, por ejemplo, puede envolver una relación de pose­sión, en un sentido mágico, entre el sentido a ve-hiculizar y la materia en la que él se desliza (ros­tro, carne, cuerpo): “…un imitador es un poseí­do’, p. 52.

[67] Así “…el deseo me compromete;  soy cóm­plice de mi deseo”, El Ser y la Nada, Tomo II, p. 245.

[68] Cf. la “Introducción. A la búsqueda del ser”, Tomo I, p. 11 y sgtes., de El Ser y la Nada.

[69] En la unidad de una cogitatio concreta, según las Ideas I, parágrafo 38.

Pero Husserl asimila la tesis de mi vivido personal a la tesis de mi yo puro, como parejamente necesa­rias e indubitables, para oponerlas juntas a la te­sis contingente del mundo. Es decir que no coloca el Ego en el dominio de lo trascendente psíquico.

[70] En un artículo de la N. R. F., tal vez Sur un nouveau Mal du Siècle, aparecido en 1924 y reprodu­cido en Essais critiques, Gallimard, 1931, p. 14; es un tema familiar a Marcel Arland, en el mismo li­bro ver su ensayo sobre Oscar Wilde, p. 118.

[71] Cf. el análisis del “apasionado” hecho por Si-mone de Beauvoir en Para una moral de la ambi­güedad, Ed. Schapire, Buenos Aires, 1956; y el Ser y la Nada. “La mala fe”, Tomo I, p. 100.

[72] Como en el caso, en que el apasionado, queriendo significar que no sabe hasta dónde será arrastrado por su pasión, dice: “Yo tengo miedo de mi”.

[73] Porque “ese como objeto que yo aparezco a otro”, tal como lo muestra El Ser y la Nada.

[74] Cf. El Ser y la Nada. Tercera parte, Cap. II, “El cuerpo”, Tomo II, p. 129 y sgtes. “La profundidad de ser de mi cuerpo para mí es ese perpetuo ‘ex­terior’ de mi ‘interior’ más íntimo”. Tomo n, p. 196.

[75] Respecto a la empresa de Descartes, remitirse al artículo titulado “La libertad cartesiana”, en El hombre y las cosas, p. 232.

[76] León Brunschvigc, Vie intérieure et Vie spi-rituelle. Comunicación al Congreso Internacional de Filosofía de Napoles (mayo de 1924), reproducido en la Revue de Métaphysique et de Morale, abril-junio de 1925, y después recogido en Ecrits philosophiques, Tomo II, P. U. F., 1954.

[77] Toda Erlebnis es accesible a la reflexión: es­ta afirmación explica la renovación de la psicología a causa del método descriptivo fenomenológico. En efecto, ella funda los estudios reflexivos de lo irre­flexivo, como los de la emoción, de lo imaginarlo o, inclusive, los de El Ser y la Nada. Estos últimos no son, en efecto, sino la puesta en práctica de las con­clusiones del ensayo sobre La trascendencia del Ego. Lo mismo podemos decir de su estudio no publicado sobre La Psyché.

[78] Aquí Sartre hace alusión a los freudianos. 98

[79] Parece que en la época en que Sartre escri­bía el ensayo sobre el Ego (1934) aún no le daba al concepto de libertad la extensión que será la suya en El Ser y la Nada. En caso contrario, ¿cómo comprender una frase como la siguiente?: “La con­ciencia se espanta de su propia espontaneidad por­que ella la siente más allá de la libertad”. La li­bertad, aquí, se comprende por analogía con la res­ponsabilidad y la voluntad, a las cuales ha sido he­cha alusión, vale decir que ella está restringida a la esfera trascendente de la ética. En consecuencia Sartre puede ver en ella, según su expresión en este Ensayo, un “caso especial” en el interior del campo trascendental que constituyen las esponta­neidades inmediatas. La libertad es a la espontanei­dad lo que el Ego y lo psíquico en general son a la conciencia trascendental impersonal.

En El Ser y la Nada, libertad y espontaneidad se vuelven a juntar. La libertad deviene coextensiva a toda la conciencia. Por supuesto, la libertad es tam-bién un concepto ético —inclusive es el concepto fundador de la ética— en tanto que mi acto es su expresión. Pero el acto libre se funda en una libertad más salvaje que es la estructura misma de la con­ciencia en su pura transparencia. Más que un concepto la libertad es “la tela de mi ser”, e¡la me atraviesa de parte a parte.

Cf. El Ser y la Nada, Cuarta parte, cap. I, “Ser y hacer: la libertad”, Tomo III, p. 9 y sgtes.

[80] Este ejemplo está tomado de la obra de P. Janet, Les névroses.

Lo que dice Sartre aquí y lo que dice del incons­ciente en general en su Ensayo sobre el Ego, permi­te medir la distancia que lo separa actualmente de sus posiciones en 1934, en lo que concierne al psi­coanálisis. Es necesario subrayar la importancia de este cambio. La evolución es ya neta cuando publica su ensayo sobre Baudelaire (1947); hoy ha total­mente reconsiderado los problemas que plantean neurosis y psicosis, y no las explicaría de una ma­nera tan simplista como en 1934. En particular es­tima infantil su antigua interpretación de la acti­tud neurótica de la “joven casada” atendida por Janet; ya no diría que “nada en su educación, en su pasado o en su carácter, puede servir de expli­cación”, abandonaría así la noción de explicación por la de comprensión dialéctica que debe necesaria­mente realizarse a partir de ese pasado, esa educa­ción y ese carácter.

Simone de Beauvoir en La plenitud de la vida da las razones que antaño tenía Sartre para rechazar el psicoanálisis, p. 24-25, y 140 y sgtes.

[81] De allí la posibilidad ontológica de esas con­ductas de mala fe.

[82] Cf. El Ser y la Nada, T III, “Libertad y res-ponsabiidad”, p. 181 y sgtes.: “…el hombre, por estar condenado a ser libre, lleva todo el peso del mundo sobre sus espaldas; es responsable del mun­do y de sí mismo en cuanto manera de ser”, p. 181-182.

[83] Cf. El Ser y la Nada, Tomo II, “El escollo del solipsismo”, p. 10, y en particular “Husserl, Hegel, Heidegger”, p. 24, donde Sartre desarrolla y critica los ensayos de refutación del solipsismo expuestos por Husserl en su Lógica formal y lógica trascen­dental y en las Meditaciones Cartesianas. Sartre re­conoce que la solución propuesta en el Ensayo sobre la trascendencia del Ego era insuficiente: “Tiempo atrás creí poder librarme del solipsismo refutando a Husserl la existencia de su ‘Ego’ trascendental. Me parecía entonces que no quedaría nada en mi con­ciencia que fuera  privilegiado con relación a los otros, ya que la vaciaba de su sujeto. Pero, de hecho, aunque    sigo    persuadido    de    que    la    hipótesis de un sujeto trascendental es inútil y nefasta, su abandono no permite avanzar un solo paso en el problema de la existencia del prójimo. Aunque fue­ra del Ego empírico no hubiera ninguna otra cosa que la conciencia de ese Ego —es decir, un campo trascendental sin sujeto— no sería menos cierto que mi afirmación del prójimo postula y reclama la existencia, más allá del mundo, de un campo tras­cendental semejante; y, por consiguiente, la única manera de liberarse del solipsismo sería, también aquí, probar que mi conciencia trascendental, en su ser mismo, se encuentra afectada por la existen­cia extramundana de otras conciencias del mismo tipo.

Así, por haber reducido el ser a una serie de sig­nificaciones, la única relación que Husserl ha podido establecer entre mi ser y el de los demás se encuen­tra en la relación del conocimiento; así pues no pudo liberarse, como tampoco Kant, del solipsismo”, p. 27-28.

Es necesario referirse, para descartar definitiva­mente el solipsismo, a la intuición de Hegel que consiste en “hacerme depender del otro en mi ser”, y radicalizarla. Sartre da sus conclusiones en Tomo II, p. 50 y sgtes.

[84] Es la  “filosofía alimenticia” denunciada en el artículo sobre la intencionalidad.

[85] Sartre hace la crítica de este materialismo absurdo en “Materialismo y revolución”, en La re­pública del silencio, Ed. Losada, 1965, p. 89 y sgtes.

[86] Numerosos artículos de Situations I a IV, los Entretiens sur la politique, y especialmente la Crí­tica de la razón dialéctica, testimonian la continui­dad, en Sartre, de las preocupaciones éticas y po­líticas aquí fundadas fenomenológicamente.

Jullien, Francoise – Del “tiempo”: elementos de una filosofía del vivir (Capítulo 1)

Françoise Jullien – Del “tiempo”: elementos de una filosofía del vivir

 

Capitulo 1

I – DEL ENIGMA A LA RUTINA

 

  1. 1. Mientras hablamos de él, creemos saber Io que decimos, pero si nos detenemos para explicarlo ya no sabemos qué pensamos. Tal es el lugar común, aunque paradójico, formulado de una vez por todas por Agustín y que nos atañe desde entonces, inexorablemente devuelto por este tema infranqueable, la cuestión del «tiempo»[i].

La filosofía es como Sísifo, al pretender remontar ineludiblemente está pendiente. O más bien, lo que nuestras frases ponen a rodar sin cesar y sin que pensemos en ello, la filosofía, por su parte, se toma todas las molestias para remontarlo. El «tiempo», tempus, «tempus et tempus…»: esta palabra que no dejamos de tener en la boca —nos dice Agustín— y que sobrevuela de frase en frase, se nos revela súbitamente muy pesada y nos deja desasidos tan pronto la reflexión intenta sondearla someramente; o dicho de un modo más sencillo: moverla. Se adhiere desde distintos lados y la conllevamos en todo… El «tiempo» es este inamovible y, cuanto más la noción parece ir de suyo, llevada como está por el uso, más se endurece en tanto enigma y se nos hurta desde que sobre ella posamos el pensar.

Por encima de la evidencia y la familiaridad con las que dicha noción nos llega, se nos impone, y no nos imaginamos poder pasar sin ella. Pero no podría disimular tampoco la diversidad de planos que la abren en distintos sentidos: el de la física, en la que el tiempo se utiliza para pensar el movimiento; o el de la metafísica, para la que lo temporal es concebido en oposición a lo eterno; o el de la gramática, en donde el tiempo se entiende a partir de los tiempos de la conjugación; o aún el de lo objetivo y subjetivo: el tiempo del mundo o del alma, el de las «esferas» o del «sujeto», etc. Tiempo vivido y tiempo contado. El tiempo es «cosmo-bio-social» (H. Barrceau[ii]): así, en tantos planos distintos. Estos planos pueden recortarse, cada uno tiene su propia orientación: entre los surcos distintos que traza, la noción de «tiempo» sigue mantenida en suspenso, descuartizada, y hay ya ahí, me parece, una primera razón por la cual la noción de tiempo, expandiéndose sobre estos distintos planos, es tan difícil de mover por el pensar.

Incoherente en su constitución, la noción de tiempo es aporética en cuanto a la existencia misma de lo que ella pretendería designar. Y también ahí la paradoja pronto tomó la rigidez de un lugar común (Aristóteles[iii]), el enigma se paralizó muy pronto: el pasado ya no es y el futuro aún no es. Pues bien, el tiempo, compuesto por estas dos partes, ¿cómo podría existir, dado que el instante presente, que separa el futuro del pasado, no puede ser él mismo una parte del tiempo, no posee las propiedades para medir el todo ni tampoco para componerlo? De este modo, si no podemos afirmar que el tiempo no existe, como lo harán los escépticos, puesto que es un «divisible», su existencia, en cambio, permanece no menos «oscura» ya que las «partes» en las cuales se divide no podrían existir por sí mismas: es un meriston sin meré. A lo que Agustín añadirá la potencia de sus antítesis y, con su retórica, las convertirá en dramáticas: si el pasado ya no es y el futuro aún no es, el presente no «es» tampoco, puesto que para ser tiempo, y no confundirse con lo eterno, deberá «reunirse» lo antes posible con el pasado y sólo podrá «ser» en tanto que «deja de ser»: «tanto que lo que nos autoriza a afirmar que el tiempo es, es que tiende a no ser ya»… Este contra qué viene para contrariar el propósito de una apertura y nos conduce inexorablemente a la cuestión: «¿Qué es, pues, el tiempo? Si alguien no me lo pregunta, lo sé, pero si alguien me lo pregunta y pretendo explicarlo, ya no lo sé…».

Pues bien, si me tomo el cuidado de repasar estos lugares comunes, lo hago para establecer dos cosas, o mejor, para reunirlas: por una parte, lo que todo el mundo sabe —¿pero hasta dónde sabemos de este saber?— que bajo su aparente evidencia y el uso inveterado que lo impone, el «tiempo» no puede ser otra cosa que el lugar enigmático de la filosofía; y por otra, que los discursos que anticipamos al respecto tienden pronto a paralizarse: lo podemos constatar ya en los antiguos, los de la física o de la metafísica, «¿pero no es también el caso en el más reciente de la fenomenología? Estos distintos surcos en los que se desplegó la cuestión del tiempo se revelan como siendo rutinas — los pliegues están ocupados. Ya que ¿cómo se las ha la filosofía para pensar el tiempo? En lugar de sostener continuamente la atención sobre esta noción y calibrándola en relación con la imposibilidad anunciada de pensarla, es forzoso constatar que, dándola por adquirida, porque impuesta por el uso y depositada en el lenguaje, la filosofía sobre todo ha marcado la cuestión. De este modo la ha guardado. La ha guardado en tantos compartimentos que se la vuelve a encontrar de pleno. La «cuestión del tiempo» se halla, desde entonces, desplegada en una multiplicidad de «bolsillos» que nos retrotraen cada vez a un terreno conocido, en todo caso cognoscible o al menos susceptible de exploración: el pensamiento del movimiento, o el estatus del ser y de lo eterno, o la posibilidad de la memoria y de la figura del sujeto, etc. Estos territorios no se comunican entre sí, pero la noción es tomada en cuenta, en cada ocasión, por estas articulaciones situadas. Son ellas las que, desde el interior, como arquitrabes por montajes sucesivos, permiten sostener erguida «la cuestión del tiempo»; son ellas las que visitan ineludiblemente la filosofía; la cuestión del «tiempo» se ha organizado por escalafones, prosigue a lo largo de los mismos caminos. Plotino lo hacía notar, antes incluso que el autor de las Confesiones: del «tiempo» y de la «eternidad», el prototipo mismo del gran acoplamiento organizado, «hablamos siempre y a propósito de todo. En cambio, cuando intentamos hacer un examen atento y abordar el objeto más de cerca, nos hallamos perturbados en nuestras reflexiones y entonces tomamos las opiniones de los antiguos al respecto…»[iv].

Añado que si me interesa la «cuestión del tiempo» es, ante todo, porque me parece reveladora del trabajo de la filosofía: ninguna noción como ésta me parece más implicada en ella y, en efecto, ninguna tampoco me parece llevarla de antemano hasta su límite. Levanta un velo sobre las posibilidades de la filosofía y toma la medida de la pasión y del destino. Más aún que la noción de «ser», con la cual está relacionada, deja ver el riesgo que corre el pensar y qué distintas disposiciones, sucesivamente, se han ingeniado para conjurarlo: entre el enigma y la rutina, un enigma moldeándose en rutina, cuya fortuna no ha dejado de cambiar. Si, por otro lado, me veo obligado a pasar por China y a hacer que entre en juego la exterioridad de su pensamiento es porque necesito salir de la cuestión de sus pliegues para poder sondearla. De sus rutinas, en las que está encerrada la cuestión del tiempo, aunque que le den consistencia, me parece difícil desprenderse sin encontrar fuera un punto de apoyo: sin hacer de un afuera un apoyo, pues bien, ¿dónde hallar un afuera en el pensamiento del tiempo? Y es que, de no ser así, se podrán afinar los análisis, todo lo que se quiera, sin por ello desenredar la cuestión, pues ésta permanecerá adherida a todas esas partes adquiridas, contra las cuales se ha debatido y que le permiten mantenerse erecta –petrificada e imponiéndose a la evidencia— en su rigidez impositora.

De este modo, comenzaría por evocar tres modos de abordar la cuestión del tiempo con las cuales China no está, ni mucho menos, superada.

  1. El primer «bolsillo» en el que se despliega la cuestión del tiempo —el primer compartimento en el que se ha guardado la cuestión— es el abierto por Aristóteles sobre el plano de la «naturaleza»; esta primera entrada en la cuestión es la que organiza la «física», Para pensar la naturaleza, el físico se ve conducido a pensar el movimiento (kinesis), del que es su principio y, para pensar el movimiento, debe pensar después el lugar en el que se produce el desplazamiento y el tiempo que sirve como medida.

Como lo ha analizado, después de tantos otros, Victor Goldschmidt[v], el concepto de tiempo se origina por una depuración progresiva en el seno del pensamiento griego: identificado en primer lugar con la esfera del universo, excesivamente simplista, el tiempo fue pensado posteriormente como separado de esta esfera en cuanto movimiento de aquél; más tarde, separado ya de su soporte cósmico, como un movimiento particular cualquiera; y por fin, despegado de todo soporte sensible, perdiéndose la noción en esta multiplicidad sin fin de los movimientos en tanto «algo» del movimiento, como su «número» eh tanto que «forma»: es el «número del movimiento según el antes y el después». Como tal, esta depuración ha ido de la mano con una abstracción. Desde un punto de vista externo, la cuestión conquista aquí su independencia, aunque permanece relativa; y desde un punto de vista interno, es la que permite conducir a un pensamiento homogéneo del tiempo: a semejanza del movimiento, y cada uno midiendo al otro, el tiempo es una magnitud, continua y divisible: Por ello nos lo representamos con más comodidad en relación con el espacio: según la trayectoria de un móvil que se mueve de un punto a otro, el «transporte local» (phora) que se constituye con todos los movimientos, el principal y el más típico. Para tomar conciencia del tiempo nos bastará con considerar dos puntos sucesivos del movimiento y, en consecuencia, del tiempo que les «acompaña»; imposible en un solo instante, la percepción del tiempo es la de este intervalo.

Primer pliegue. Incluso orientada en un sentido totalmente distinto, el pensamiento de Agustín no puede soslayar un repaso por Aristóteles en lo que respecta a la naturaleza[vi]. El tiempo no sería solamente el movimiento del sol, de la luna o los astros, el giro de la rueda del alfarero «es también tiempo», lo podemos medir entre el punto de partida y el punto de llegada del movimiento efectuado por un cuerpo. Y ya no se abandonará esta analogía que suple la invisibilidad del tiempo con la visibilidad del espacio, el de la línea del tiempo que representa la trayectoria de un móvil. «Representamos el flujo del tiempo por una línea que se prolonga hasta el infinito» (Kant[vii]). Tal es la línea que con la aparición de la irreversibilidad (y la formulación del segundo principio de la termodinámica) se convertirá en la «flecha» del tiempo.

Dado lo comprometidos que estamos, creeríamos no poder hacer nada más que dar vueltas a este tiempo —magnitud figurada por una línea divisible y continua, y codificada por la física, formando parte de las evidencias— hasta el aburrimiento; es el destino de todo pensar que ha sabido evolucionar partiendo de las cosmogonías primitivas y ha entrado, con la medida, en la vía de la ciencia. Podríamos al menos creerlo si China no nos hubiera ofrecido otra vía para pensar la naturaleza y si no nos condujera a sondear, desde fuera y por su distancia, las condiciones de posibilidad —que ya no de necesidad— de esta concepción homogénea de un «tiempo» abstracto. El estudio del movimiento, en efecto, nos dice Joseph Needham[viii], parece haber estado «globalmente ausente del pensamiento físico de los chinos». De ser así, podremos anticipar que, puesto que no pasa por la «naturaleza» bajo el punto de vista del movimiento, como lo hace de entrada Aristóteles, China carecía del alcance necesario para desarrollar el concepto de tiempo. Pero al mismo tiempo, en el plano técnico, y en lo que concierne a los vehículos tanto como a los proyectiles, destaca Needham, la mecánica china estaba adelantada respecto de la europea, al menos hasta el siglo XIV.

La comparación entre estos dos mundos, tomándola más de cerca, es más instructiva aún si cabe puesto que permite, por un lado, confirmar la validez lógica, y en consecuencia, el valor general de esta articulación entre el tiempo y el movimiento; pero por otro, restringe notablemente la esfera de interés: esta lógica que procede de una decisión particular podría, en efecto, haber sido otra. Sabemos, por distintos aspectos, como la escuela de los mohístas tardíos, al final de la Antigüedad china, trabajaron cuestiones bastante parecidas a los desarrollos de la ciencia y del pensamiento de los griegos. Ellos también definieron el punto geométrico, concibieron la noción del movimiento[ix] y, en consecuencia, relacionaron «distancia» y «duración»[x]: «el desplazamiento a distancia exige la duración, la explicación se halla en el antes y el después»; y el comentario que añade: «el desplazamiento implica que antes estemos cerca y que después estemos lejos. Lejos y cerca forman la distancia, antes y después forman la duración. Que alguien se desplace a distancia exige la duración».

Falta decir que la aproximación china a la «naturaleza», globalmente, es otra y que la corriente mohísta, aplicada como lo estaba a la definición, preocupada por la causa tanto como por el infinito, dedicada a pensar el espacio y la geometría —como lo estaba también Aristóteles al comienzo de la Física, antes de tratar el tiempo— no ha podido desarrollarse. La cubre y la contiene otra opción. De un modo general, si China no ha aprehendido la naturaleza en términos de movimiento es porque la concibió a partir de factores de correlación, constituyéndose estos en polos y no en cuerpos individuales condenados al movimiento: son las energías yin y yang, de las que fluye una interacción sin fin (de ahí la atención que dedica a los fenómenos magnéticos, mucho antes que en Occidente). Se desvió de la concepción de los átomos y partículas, de la que sabemos, desde Lucrecio, que tiene relación con las lenguas alfabéticas y con el estatuto de la letra, para interesarse por los fenómenos de influencia y de transformación. Empecemos, al menos, por decirlo así: el yin se condensa mientras que el yang se extiende, aquél «se apoya» sobre este para «abrirse», y este «obtiene» de aquél con qué «materializarse»; y aunque uno crece y el otro decrece, su alternancia está regulada. Pensando el curso ininterrumpido de éstas frases, China estaba avocada a pensar el proceso, no el «tiempo».

  1. Con el tiempo, y por homología con él, el movimiento, se ha posibilitado el que aparezca el carácter homogéneo de magnitud divisible y continua; con el tiempo siempre, pero por contraste con él, la eternidad permitirá revelar aspectos conjuntos de sucesión y de alteración sin fin. El movimiento por un lado y la eternidad por otro son los dos pilares, o mejor, los dos contrafuertes que, haciéndose equivalentes, el uno físico y el otro metafísico, han sostenido desde Grecia la cuestión del «tiempo». Y ello, ya sea que el pensamiento sobre el tiempo se deje indicar por la naturaleza, ya que se vea adherida al pensamiento de Dios. En un caso, el tiempo es pensado por derivación: Aristóteles transporta los atributos de la magnitud al movimiento y del movimiento al tiempo; en el otro, por oposición: bastara al platonismo (al platonismo medio sobre todo) que los atributos eternos sean sistemáticamente invertidos.

Pero sobre el tiempo, en sí mismo ¿aparece alguna esencia Más bien, se hallaría perdida bajo esta clasificación.

¿Podríamos remontarnos al inicio de este pensamiento? Platón atendría a los dos, pero sobre dos vertientes distintas de su pensamiento: al mismo tiempo que se le atribuye, por lo común, la concepción del tiempo como movimiento del universo, regulándose por el número, la que retoma pero para superarla Aristóteles, por otro, el relato de la creación del mundo en el Timeo orienta el pensamiento del tiempo por su relación con la eternidad. Ya que, sea como sea el modo en que haya de leerse la célebre frase[xi],  que dice que «la imagen móvil» de la eternidad se aplica al cielo antes que al tiempo, como lo defiende Rèmi Brague con talento[xii], permanece no menos que una diferencia sistemática de nivel instaurada (la del modelo y la copia, o la de lo inmutable y lo engendrado, o la del ser y el devenir o, dicho de otro modo, la de la inmovilidad eterna y la de la progresión temporal, siendo ésta la imagen de aquélla) qué erija el marco insuperable, aunque bajo la forma de la ruptura, de lo que será la aproximación ontológica del tiempo opuesto a la eternidad[xiii].

Entre estas dos orientaciones rivales, física y metafísica, el desgarro está consumado y la distancia dejada muy abierta desde el momento en que, por una parte, la concepción del tiempo por relación al movimiento se convierte en el objeto de una refutación en toda regla y que, de otro, el tiempo es pensado a partir de la eternidad y ya no sólo por contraste con ella (giro plotiniano). El primer acercamiento ya no parece ser más que una reliquia, racionalizada bajo la forma de ciencia de la especulación cosmológica; mientras que la segunda se utilizará a modo de vía de acceso privilegiado hacia la teología (la que perseguirá Agustín). Bastará entonces, según esta última, con aprehender lo que es la eternidad para comprender qué es el tiempo, y sólo porque ya formamos parte de aquélla podemos efectuar el necesario paso atrás para representarnos a éste. Y ello puesto que lo eterno es lo que, en tanto que modelo, se presta a una definición rigurosa: es aquello a lo que «nada adviene», que «no se inclina hacia nada», hacia otra naturaleza que «no añade nada» a su propia vida, es el Ser por su carácter de identidad, como es Dios por su carácter sagrado. Desde el aion que, en Homero designaba el líquido del cuerpo y que mientras no está agotado asegura la vitalidad[xiv], la filosofía griega culmina en la noción de vida infinita, la que no pierde nada de sí misma sino que «es» siempre (aei on) y, en consecuencia, no conoce ni futuro ni pasado, que no «era» ni «será». Siempre presente a sí misma en su totalidad, no siendo jamás esto y «después» aquello, esta vida es siempre todo a la vez, tal que un punto «en que se unen todas las líneas» sin jamás «desprenderse». El tiempo, por su parte, es pensado como el reverso de este absoluto y, de modo privativo, con lo que ya ni es lo atemporal, lo que está marcado negativamente. El tiempo es lo que no es jamás «idéntico», jamás «fijo», jamás «uno», jamás «todo»; al mismo tiempo permanece como una imagen derivada del Otro, puede guardar sus atributos aunque inflexionados (esta inflexión que hace pasar el Mundo a la Idea): su unidad ya no es indivisible sino continua, lo infinito ya no es su todo sino su término, este todo no está jamás reunido sino siempre diferido, etc.

Ciertamente ya podemos ver de qué posterioridad lógica procede el tiempo frente a lo eterno y cómo lo aclara: ¿cómo puede el tiempo reproducir, bajo el modo de una sucesión y de una alteración sin fin, en el orden del mundo o del alma, la tota simul de lo Inteligible o de Dios? ¿Y cómo pasar de un orden a otro puesto que son inconmensurables y que la eternidad, por principio, es autosuficiente en sí misma? La cuestión del tiempo se ahonda de pronto, la comodidad de las oposiciones se trastruecan en un enigma. ¿por qué y cómo la eternidad acaba produciendo tiempo? O como lo dice de un modo más directo Plotino: ¿desde qué salto ha «caído» el tiempo?

Podemos ver también cómo se elude la dificultad desde el momento que se adopta la puesta en escena de la Creación: en Agustín, para quien Dios crea el tiempo con el mundo, o ya en Platón, en que el demiurgo concibe, en un mismo cálculo, el engendrar el tiempo y el cielo. Entonces ya no hay que preguntarse qué hacía Dios «antes de la creación» del mundo puesto que «no es en el tiempo como Él precede a los tiempos». Si no, habría en efecto que invocar una «caída», como lo hace Plotino[xv]: el tiempo descansaba originalmente en el ser sin que hubiera antes y después, pero una «naturaleza» «deseosa de acción» e inquieta, deseosa de independencia y queriendo más que el presente, se puso en movimiento y el tiempo con ella, y en adelante, «acabando por hacer el tiempo». Para desenrollar el tiempo a partir de la eternidad es forzoso desplegar lo negativo desde el seno mismo del absoluto o, dicho con brevedad, hace falta una falta, la «caída», versión filosófica del pecado original, la de un alma agitada por que está en trance de ser y «queriendo siempre transportar hacia otra cosa lo que ella vio Allá Abajo». Hace falta una disidencia y suponerle una angustia,  (aparece lo subjetivo). Si bien, en un caso como en el otro, y sea cual sea la puesta en escena, plotiniana o agustiniana, no salimos del misterio de un desdoblamiento. Dios «queriendo» crear el mundo o lo que será el tiempo, tomando parte él mismo en el «engendramiento» del tiempo. Y no obstante, ¿qué necesidad tendría el «modelo» eterno y divino de su «copia»? No nos escapamos tampoco del relato, místico o religioso, de la Caída o de la Creación, pero seguimos horadando siempre la argumentación. Ya que para salir del curso del tiempo hay que empezar por deshacerse de la discursividad propia de la palabra; y para eso sirve la fábula —muthos— anunciándola para hacernos comprender mejor que habrá que deshacerse de ella y que no es más que una imagen…

No podremos equivocarnos, en efecto. Este impensado, que toma a su cargo el mito así como la creencia, no es un residuo del que se pueda desprender el pensamiento del tiempo —por contra, señala hacia un impensable que hace cuerpo con esta creencia— y lejos de que permanezca allí la huella de un pensamiento pasado, es este impensado lo que no cesa de fecundarla. Efectivamente, la contradicción es inherente a toda inscripción de lo temporal y, con el enigma de su origen, es la misma extrañeza del tiempo lo que estamos designando en su radicalidad. Que se vuelva a leer, al respecto, a Agustín o a Plotino. Justo cuando ella se atiene a este insostenible, cuando se engancha a este imposible y allí se consume, es cuando sus respectivos pensamientos resultan más intensos, mas aclaradores. Sin este vestigio no sabríamos pensar el tiempo.

  1. Decir «de donde nos viene» el pensamiento del tiempo no es sólo designar en relación con qué este pensar se ha formado el movimiento o su contrario, la fijación de lo eterno; tampoco es sólo denunciar la disyunción de los planos a partir de los que se ha constituido y que, por la alternancia que ellos erigen, deja a este pensar indefinidamente en suspenso: física o metafísica. Más radicalmente, es apuntar hacia ese de dónde insondable, en el que se abisma el pensamiento del tiempo, sin por otra parte dejar de inspirarlo. No deja de inspirarlo como no deja de inspirar a la filosofía europea, llevándola a su límite y en confrontación con lo impensable. Justo lo que convierte en más oportuno el tomar en consideración cómo lejos de ésta, China ha pensado el absoluto, ya sea el «Cielo» de los confucianos o la «Vía» de los taoístas, sin por lo demás pensar lo eterno. Y por ello no inscribió el tiempo, no debió hacerlo. China permaneció cerrada en relación con esta inquietud y esta inspiración.

Hay que comenzar por ajustarse a la cercanía, incluso desde lo más cercano, a lo que «de cerca» resulta parecido en uno y otro pensar, clasificando cuidadosamente en el seno de este «tener lugar», entre uno y otro; sólo así nos ponemos —mínimamente al principio (y con paciencia para el lector)— sobre la vía de esta distancia, puesto que bajo la aproximación se puede disimular justo lo que está orientado de modo completamente distinto. Habrá que distinguir radicalmente, a este respecto, dos nociones: lo «eterno» y lo «constante». Las dos dicen la perennidad, las dos se oponen a la efemérides, pero lo hacen de modo distinto. Lo eterno está separado de lo temporal mientras que lo constante se manifiesta por medio de lo cambiante. Lo constante es lo que no varía en el seno de la variación. Lo eterno es lo que, en tanto que ser, no deviene. Ambos denotan una permanencia pero dispuesta de modo distinto: mientras que la permanencia de lo eterno está adosada al ser y se ofrece a la contemplación (theoría), la de lo constante se refiere a la marcha de las cosas o, como dicen los chinos, a su «funcionamiento» (noción de yong(a)). Lo eterno nos remite a una «identidad» de esencia mientras que lo constante es del orden de la «capacidad» (noción de de(b)) es lo que asegura el proceso de las cosas, transformándose sin cesar, lo que constituye su «viabilidad». Dado que, en lugar de evolucionar de un modo ciego y caótico, la constancia, tal la del curso de «Cielo» o de la «Vía», permite por su parte ser regulada, no debiendo jamás interrumpir su renovación. Dicho con brevedad, mientras que lo eterno está fuera del tiempo, lo constante es lo que no se interrumpe jamás.

Por eso la noción de constancia es esencial al pensamiento chino, dado que va pareja con su pensamiento del proceso. Incluso en la fórmula de apertura del Laozi, invocando un inefable, según su interpretación mas común:

El tao que se puede nombrar no es el tao constante,

la perspectiva adoptada es, no la de dos niveles de ser, de los que uno está en perdida ontológica en relación con la del otro (lo eterno/lo temporal), sino de dos fases o dos momentos (cf. el comentario de Wang Bi, en el siglo III: «antes que» la «actualización» del curso tenga lugar y «una vez que» ésta tiene lugar). Si el aval de este curso es patente, el inicio, en cambio, permanece oscuro, en efecto, y se le considera inefable porque en su fondo es insondable. La «constancia(c)» de la vía es, por decirlo con mis términos, la de un Fondo de inmanencia: es a la vez como fondo, como fuente y como capital de donde todo procede sin que se agote jamás; y es como inmanencia reguladora que hace alternar sin fin el advenimiento y la desaparición, la Individuación que conduce a la existencia y su retorno en la latencia, por reabsorción.

También el Laozi puede decir igualmente, cuando superponemos las formulas: «retornar a las raíces» y, en ese estadio de «reposo», en lo que respecta al «destino» de las existencias, «se denomina la constancia» (§ 16); y «conocer la armonía» regulando el curso, sin gasto y sin resistencia, «se denomina», también «la constancia» (§ 55); ya que «la capacidad constante no desvía» {§ 28). También, el que conoce la constancia está «esclarecido» (§ 55) mientras que el qué la ignora «actúa alocadamente» (§ 16). Dicho de otro modo, la sabiduría consiste en la «práctica de la constancia» (§ 52) y no la contemplación de lo Eterno. De esta diferencia se deduce por qué el absoluto de los chinos, en lugar de constituirse en una entidad, ha sido siempre concebido como un «curso», ya sea el curso del «Cielo», ya el de la «Vía» puesto que si el tao «se levanta solitario sin cambiar» 8§ 25) es porque «no pierde su constancia» —nos dice el comentarista[xvi], cortando inmediatamente con todo recurso a interpretaciones ontoteológicas, hacia las cuales correríamos el riesgo de inclinarnos— a través de «retorno, transformación, fin, comienzo». Dado que no lo han concebido de un modo sustancial, los chinos no han separado el tao del curso de las cosas, lo han convertido en la «vía» sin hipostasiarlo en un Ser, sin conferirle «eternidad».

Habría entonces algo así como una bifurcación en la historial del pensamiento, a partir de la cual se despliega el «tiempo». Partiendo de una concepción cosmogónica, Grecia la superó en la edad de la filosofía por la ontoteología: pensado el Ser o Dios, de ahí el estatuto fundador que le confiere a lo eterno, siendo este el zócalo sobre el cual estabilizó el cosmos que se sustrae al chaos. Mientras que China, desplegando una concepción cosmológica que nunca estuvo acosada por el caos y no concibiendo el «origen» más que como una indiferenciación primitiva, profundizó en el pensamiento del proceso del mundo y su regulación, al que denomina el tao o la «Vía». De ahí la atención que le presta a lo «constante» como principio de una armonía continua, revelando así la coherencia propia de todo lo real (que designará la noción de li(d)), todo lo real está en proceso; la que presta al carácter no teórico de su pensamiento de lo perenne (al mEnos en la China pre-budista, en donde el término yong(e) no tiene sentido aislado). También del tao se dirá que permite solamente acceder a la «duración» (Laozi, § 16), o del «Espíritu del valle» que «no muere» (§ 6)…

Pues bien, profundicemos más en esta clasificación y sigamos más de cerca hasta dónde se produce, en el basamento de estos pensamientos y bajo las aproximaciones aparentes, su demarcación, dado que, comprendida en su radicalidad, tiene capacidad para inquietar nuestro modo de pensar. Considerando el tiempo a partir del movimiento, Aristóteles lo concibió como una eternidad que «no está en el tiempo»[xvii], así ocurre con esos entes inmóviles que son las verdades matemáticas; y por su parte, Heráclito también lo considera, aun cuando piense que todo está comprendido en el flujo del devenir, según se dice en el fragmento más largo de su discurso, que se refiere a lo eterno como lo «desde siempre» (aei on). Pues bien, cuando pretenden definir algo así como un principio válido para todo lugar y todo tiempo, los mohístas oponen a la validez momentánea de toda descripción (la adecuación del nombre a la cosa no dura más que la cosa, (A, 50[xviii]) la «necesidad» lógica que no podría variar (los tipos «mayor y menos en edad» se implican mutuamente, A, 51) y conciben solamente esta relación necesaria como «no cesando». No hay para ellos el «siempre» idéntico: China piensa lo sin fin, no lo eterno. Por eso, porque no disponen de un plano eterno o instauran una identidad tal, estos mohístas, por otro lado tan cercanos a Grecia por la lógica,, no elaboran la noción de adecuación(f) que los griegos habían puesto a punto en el concepto de la «verdad.

Todos estos distinguo podrán parecer aún excesivamente abstractos pero dejan ya aparecer la dificultad, que es también la mía, de dejar lugar a una no-cuestión y que, detrás de la no-cuestión del tiempo, no es otra que no-cuestión del origen. Puesto que, más que preguntarse de donde viene la «Vía» y de pretender fijar el enigma, el Laozi lo trata bajo el modo relajado del «como si»; y la sabiduría, antes que ceder a la tentación de lo especulativo, debería permanecer preservada a este respecto (§ 4):

Abismal como si fuera el ancestro de todos los existentes (…)

No sé de quién es hijo,

Pareciéndose al ancestro de dios(es).

 

En lugar de pavonearse y de imponer al mundo su verticalidad original o destinal, la referencia al dios(es) – señores) no es criticada sino relegada y deviene marginal y secundaria. «Como si», «parece que…», dice el Laozi: la modalidad del «como si» asimila en lugar de condenar lo extraño, aparenta, y esta «filiación» es suficiente puesto que eso hacia donde nos invita a remontarnos, a través del estadio de lo «basto» o de lo simple(g), es precisamente lo indiferenciado. Por ahí armoniza y éste es el fondo «sin fondo» de la vía. Es decir, asistiendo al flujo de los orígenes, el tao disuelve la cuestión en un sin fondo, la confunde. Si el «¿de dónde viene?» surge como la cuestión por excelencia, proponiéndose como la primera para abrir un Afuera a la naturalidad de los procesos, podemos leer aquí cómo el Laozi la considera sin arriesgarse, la atraviesa sin escrutarla, en lugar de ahondarla la reabsorbe, sin enfangarse en ella. «Es una realidad cuya formación es confusa, nació ames que el cielo y la tierra…» (§ 25). O más sencillamente, evocando la antigüedad del tao —«antiguo»— (gu. § 14 21) el término no se aparta de la familiaridad de lo que sería tan sólo un resto del pasado, lo integra y no guarda nada de insólito. Tal como lo desarrolla el otro gran texto del taoísmo antiguo, el Zhuangzi[xix]: «Es su propio fundamento, su propia raíz, (ello) antes que haya cielo y tierra, desde la Antigüedad, de modo que existe intrínsecamente» (gu, sobre un modo inmanente). O aún, «él se remonta más atrás que la más remota Antigüedad pero no por ello es viejo», «nadie conoce su comienzo, nadie conoce su fin». Remontar «más atrás» en la duración. Dicho de otro modo, no nos hace salir de la duración del proceso, y si describe un estado último de la experiencia, que por la superación de los límites de la existencia y confundiéndose con el tao, es «sin pasado ni presente» y en consecuencia «permite acceder a lo que no muere ni nace», vemos abiertamente por qué no disponemos en el seno del pensamiento chino de una noción positiva para tomar a cargo un tal estado y designarlo sobre otro plano: este «sin pasado ni presente» significa que los dos se confunden y se indiferencian, como ocurre a toda disyunción que es llevada naturalmente allí, y no que ellos se replieguen en el seno de una misma simultaneidad (el tota simul) borrando el «tiempo». También, incluso en este estado último de elevación taoísta, este absoluto no puede recibir un estatuto de «eternidad» puesto que no dispone de lo que hace falta en cuanto a condiciones de posibilidad; no está interesado, a decir verdad, ni siquiera lo vislumbra en este sentido.

Estando todo lo real volcado hacia una transformación continua, sin comienzo asignable ni fin descontado, comprenderemos ahora por qué China no ha pensado la «creación» por la cual se separan lo eterno y lo temporal y que sirve como punto de partida al tiempo; ni tampoco conoce un «fin de los tiempos», en que se reabsorbería todo tiempo. Ningún Acontecimiento abre o cierra este transcurrir y los elementos místicos que habrían podido, aquí y allá, servir a modo de puesta en escena (Nüwa) fueron pronto abandonados y ya no asumirán función alguna en el pensar. Si nos impactan, es más bien por su debilitamiento. Pues bien, vayamos, más lejos en la topología de esta distancia, siguiendo esta ausencia o descendamos más abajo en esta geología de la clasificación: sondeando el zócalo. Es evidente que la noción de «ser» es la que, en Grecia, suministra el estatuto a lo eterno oponiéndolo al «devenir» (einai/gignesthai), lo eterno es lo que es siempre o sencillamente «es» (Plotino). De esto eterno, para definirlo, basta con decir que es. Pues bien, sabemos que el chino clásico no conoce verbo ser sino solamente la función de cópula, el «encontrarse en» o el «hay» (ye, cun,you). Así, dado que no tuvo que extraer el devenir del «ser», ni tampoco abstraer identidades de esencias y, en consecuencia, considerar lo «por encima» y lo «más allá» del tiempo, China no concibió una a-temporalidad opuesta al tiempo. No tuvo, consecuentemente, que pensar el «tiempo», por cuanto es cierto que el pensar se «pliega» y se forja solamente en la oposición.

 

  1. El que la lengua disponga o no del verbo ser nos hace señas hacia un tercer pliegue en el cual se halla apresado el pensamiento del tiempo. Este pliegue es el de la lengua, y es con este con el que, sin duda, el pensamiento del tiempo está más implicado puesto que se sitúa al inicio de toda elaboración teórica y la condiciona, o al menos, la predispone. De este modo, sólo porque nuestras lenguas conjugan es por lo que, desde los griegos y los latinos, distinguimos sistemáticamente y los oponemos entre sí, los tiempos del «pasado», del «futuro» y del «presente». Y es por que separamos radicalmente estos tres tiempos por lo que hemos empezado por chocar con esa paradoja que nos revelaba la cuestión del tiempo. Si de las dos partes que componen el tiempo ninguna puede existir, dado que el «futuro» aun no es y que el «pasado» ya no es, se pone de relieve que el mero hecho de conjugar, de decir «era» o «será», bastaría para probar que el tiempo existe (Dios, como dice Plotino[xx], no podría «equivocarse» al expresarse así). En cuanto al tiempo presente, ocurre que por la oposición a los otros dos puede separar lo eterno del orden del tiempo: lo que lo define es lo que «es», no podemos decir de lo eterno que «era» o que «será».

 

 

Pues bien, desacostumbrémonos de nuestras lenguas («nuestras», las indoeuropeas, pero también el árabe y el hebreo). Tomemos en cuenta este hecho elemental, demasiado elemental como para que podamos medir fácilmente su incidencia: el que la lengua china no conjuga. Aquí el hecho es bruto y macizo. No ésta abocada a separar tiempos, como implica la conjugación, y en consecuencia no conduce a pensar el tiempo como, género común nacido de su composición. En lugar de recurrir al presente al pasado o al futuro, y de este modo elegir entre ellos, el chinó —sin desinencias— expresaría, por representarlo en nuestros términos, una especie de «infinitivo»: percibe y tiene conciencia de lo que «está viniendo» o de lo que «está yéndose», según la definición tradicional en China del «pasado-presente», pero lo hace más sobre un modo de continua transición, con carácter procesual, que sobre el de una oposición en que el efecto sería temporalizante. Esta lengua posee también marcadores: «sobre el punto de» o «ya» que definen rigurosamente los mohístás[xxi], pero estas localizaciones se añaden ocasionalmente a la expresión y no son morfológicamente constitutivas. Imaginémonos lo que pueda ser, en efecto, el no con-jugar ya, es decir, no ligar morfológicamente lo temporal a lo verbal y así el ya no tener que elegir, necesariamente y de un modo exclusivo, una modalidad temporal. He dicho imaginémonos porque se trata de deshacerse, en este caso, no de uno sino de todos los modos de decir y pensar. Se trata, en efecto, de lo que sé organiza y se despliega por sí mismo y que hemos aprendido lo más temprana y colectivamente, en suma, nuestro primer modo de articular. Dicho con brevedad, se trata de que sea esta articulación, o mejor, esta inarticulación, la que nos posea y se convierta en natural; que ya no haya gramática de los tiempos. Se me concederá, creo, que la indefinición a la que nos condena no podía dejar de favorecer una falta de explicación del «tiempo».

Recordemos la duda que le asalta a Bergson a este respecto y qué partido saca de ello. Si el pensar es tan inhábil para penetrar en lo «moviente» y en la duración es porque, no solamente por comodidad se representó el tiempo espacial izándolo (la trayectoria del móvil, según Aristóteles), respondiendo la sucesión temporal a una yuxtaposición en el espacio, sino más bien porque el lenguaje que lo expresa es, por naturaleza, estabilizador, y constituye el mundo en «cosa» y el Yo en «sujeto»: la duración se encuentra aquí recubierta y desnaturalizada en tanto que «improvisación» y que «renovación continua». Pues bien, me pregunto si por su parte no se habrá detenido demasiado pronto y si podemos atenernos a un veredicto tan general como es el de que el filósofo, como se limita a concluir Bergson, soporta el problema «tal como es planteado por el lenguaje»[xxii]. Dado que, en relación con el «tiempo», quizá habría que mirar más de cerca, no tanto el lenguaje considerado en su globalidad, sino las lenguas —pensamos en lenguas— en las que las posibilidades y los efectos son estructuralmente diferentes. Y, sin duda, habría que salir del indoeuropeo y convertirse en. «filólogo», como reclamaba Nietzsche, si queremos asomarnos fuera de nuestra visión o codificación del «tiempo»» Consideremos en particular este carácter de sucesión, constitutivo de los «estados», que están solamente yuxtapuestos entre ellos (como las «perlas de un collar» como dice con elegancia Bergson) y ya no «fundidos» juntos y en consecuencia, indivisibles como en el caso de una «melodía»: es eso (como Bergson denuncia) lo que impediría pensar la continuidad no fragmentada de la duración. Pues bien, me parece que eso queda explicitado y corroborado por la disyunción de los tiempos que recortan nuestras lenguas en conjugación.

Me parece que Agustín es el que mejor percibió la inscripción del tiempo en la lengua y, más precisamente, en la conjugación puesto que se pelea con ella. Se fía y desconfía a la vez. Se fía porque no puede hacer de otro modo, porque la inscripción del tiempo en la conjugación es el pliegue mismo de la lengua con la cual aprendemos —nuestra lengua es maternal (o mejor, «paternal»: sermo patrias)— y nos hallamos sin distancia frente a ella: «Quién osará sostener que no hay tres tiempos, como lo hemos aprendido desde niños, el pasado, el presente y el futuro…» La morfología de la lengua se aprende y se transmite con la vida. ¿Pero cómo no ver también que esta tripartición dificulta el pensamiento, al tiempo que lo estructura, y que habría que corregir indefinidamente su uso? Agustín, en efecto, no para de escribir y reescribir, y de tachar. No puedo decir que el tiempo pasado es largo, constata Agustín, puesto que ya no «es» sino que ha sido largo; pero no puedo decir tampoco que «ha sido» largo puesto que, desde el momento que ha pasado, ya no es y entonces diríamos, más bien, que el tiempo presente ha sido largo; pero este no pudo ser «largo» puesto que es sin extensión, etc. Atrapados en la trampa de la conjugación no podemos ya darnos cuenta de lo que, por otra parte, no dejamos de hacer experiencia: el quamdiu de la duración, constituidos en instancias separadas (pasado/presente/futuro) los tiempos no hacen más que oscurecer la percepción del proceso continuo, tal como es.

Agustín va más lejos. Precisamente porque en lugar de entregarse en seguida a la «cuestión del tiempo», tal como se constituyó, y de dejarse atrapar por ella, de darnos de inmediato su versión, de desarrollar su uso, en cambio se detiene temporalmente en el umbral de la cuestión. Empieza por escuchar la extrañeza, permanece abierto lo más que puede a su dimensión enigmática. Constatando que el tiempo solo se entiende en la lengua, que hay una indefectibilidad de la lengua y del tiempo, comienza por echar una mirada, como desde afuera —por encima del muro de la lengua— sobre el condicionamiento lingüístico del pensamiento, del tiempo. Como desde afuera y como a su pesar. Puesto que sólo desde el interior de la lengua, cuando articulamos, es cuando «hablamos» o «nos oímos hablar», de ahí procede nuestra familiaridad frente al «tiempo» y lo que hace que la «inteligencia» que tenemos de él esté fundada en la lengua, a la vez, mantenida y soportada por ella; el «tiempo» no tiene otro sentido más que el mero transcurrir en ella. Volvemos a la paradoja del comienzo: mientras hablemos o que los otros nos hablen, creemos entender lo que decimos, pero cuando queremos explicarlo, los problemas se nos interponen, inextricables. La ocasión era demasiado propicia como para que Wittgenstein no ajustara el paso al de Agustín[xxiii]: en este caso no tenemos que ver con el «fenómeno» mismo —no podemos «ver a través», durchschauen— sino solamente con sus «posibilidades», tal como las expresa su modo de expresión. Tal como las canaliza, en este caso, el prisma difractante de la conjugación.

Lo que nos permite considerarlo igualmente, en sentido inverso. Agustín explora las posibilidades de su lengua para pensar el tiempo y su pensamiento sobre el tiempo adquiere la forma del latín: No creó excederme si afirmo que Agustín piensa el tiempo en latín. Construye su noción de tiempo desplegando la sintaxis. Bastará para ello que nos dirijamos, por ejemplo, al uso de los diferentes casos de la cuestión del lugar, tal como los toma de la gramática: «de dónde» – «por dónde»- – «hacia dónde» (unde, qua, quo). A cada una de estas cuestiones le corresponderá un tiempo. «De dónde viene»: el futuro; «por dónde pasa»: el presente; «a dónde va»: el pasado. Después, Agustín colmará los distintos casos, tantos como compartimentos ha dispuesto la lengua. De ahí su definición del tiempo, que los compone en sistema, en el seno de una frase única que agota la capacidad retórica (y el efecto dramático): «De lo que no es aún, a través de lo que es sin extensión, transcurre hacia lo que ya no es». No obstante queda apartado un caso en el seno de la panoplia sintáctica: el lugar en que estamos (ubi). El lugar estable, que ya no está atravesado por ningún movimiento, en el que podemos permanecer. Agustín lo emplea una vez: «Ahí escucharé la voz de Su lengua y contemplaré Su dicha» — «que no viene ni pasa»[xxiv]. Este compartimento que queda por llenar, separado de los otros, es el que ocupa, separado a su vez de los demás, la eternidad. Desarrollado en el hueco de la sintaxis y moldeado sobre ella, su sistema del «tiempo» ya no guardará nada de la inquietud inicial, acabando por recubrirla[xxv]; dejando jugar su lengua libremente en su poder organizado de asignación, este poder impone razón, cada vez, a lo que por la conjugación no deja de contradecirse.

Presentimos que, al igual que en la conjugación, la lengua china, paratáxica, no dispone de esta panoplia de cuestiones de lugar y, en consecuencia, de esta sintaxis de! tiempo. ¿Cuáles son, pues, sus medios propios para pensar lo que nosotros denominamos el «tiempo»? O, si efectivamente le hacen falta estas tomas de partido, que son las nuestras, ¿podía entonces pensar el tiempo?

[i] 1 – Confesiones,XI,14

[ii] * Me parece digno de destacar, a este respecto, que los estudios que no desarrollan una concepción nueva del tiempo, como solamente lo hacen las grandes filosofías, (y que han resultado realmente grandes filosofías) están condenadas a un inventario disperso de la noción y no salen de esta clasificación encajonada. Distinguiremos de este modo el tiempo «antropológico» (el «tiempo de la acción», del «lenguaje»,  «cosmo-bio-social»), el tiempo «bio-psicológico» y la «constitución racional» del concepto de tiempo (Hervé Barreau) o aun el «tiempo vivido», el «tiempo físico y la duración consciente», «el tiempo histórico», «el tiempo y la vida espiritual» (Jean Pucelle), etc. Pero ¿qué es lo que religa, desde su interior tales clasificaciones?¿Hasta qué punto no habrá una homonimia del «tiempo» como la hay del «ser»?

[iii] 2- Física, IV,10

[iv] 3 – Enéadas,III,7

[v] 4 – Temps physique et temps tragique chez Aristote,Paris, Vrin,1982,cap.1

[vi] 5 – Confesiones,XI,23

[vii] 6 – Crítica de la Razón Pura, Estética trascendental, 6

[viii] 7 – Science and Civilization in China, vol. 4, 1, Physics

[ix] 8 – Canon, A, 49

[x] 9 – Ibid., B, 64

[xi] 10 – Timeo, 37d

[xii] 11 – Du temps chez Platon et Aristote, Paris, PUF, 1982, cap 1.

[xiii]  * Ciertamente, la filosofía del siglo XX ha exhibido desdén por esta noción de eternidad, enviándola al ámbito de la fe, y en el acercamiento ontológico al tiempo que se desprende, tanto de Bergson como de Heidegger, la eternidad aparece solo como un concepto vacío de un ser permanente que, lejos de estar en el origen del tiempo, sería un derivado de nuestra experiencia corriente de la temporalidad. Faltará decir que no podríamos olvidarnos de que también, gracias a la eternidad, hemos podido edificar la noción de tiempo. Desde entonces, y cuales sean las críticas ulteriores a este respecto, nuestro concepto de tiempo conlleva su huella indeleble, aunque sólo sea en su propia posibilidad. La herencia está hasta tal punto bien asimilada que ya no lo percibimos, pero seguimos siempre dependientes de ella.

[xiv] 12 – Cf. Richard Broxton Onians, The Origins of European Thought, About the Body, the Mind, the Soul, the World Time and Fate, Cambridge University Press (trad. Francesa, Seuil, 1999) cap. 6

[xv] 13 – Enéadas, III, 7, § 11

[xvi] 14 – Wang Bi ji xiaoshi, vol. 1, Pequin, Zhonghua shuju, 1980, p. 63

[xvii] 15 – Física, IV, 221 b

[xviii] 16. Cf. El excelente comentario de A.C. Graham,  Later Mohist Logic, Ethics and science, CUP/SOAS, 1978, p. 298.

[xix] 17. Zhuangzi. cap. 6, «Da zong shi»; Guo Qingfan, Xiaozheng Zkuangzi jishi, shijie shuju, Taipei, P. 246, 281.

[xx] 18. Enéadas, III, 7, § 13

[xxi] 19. Canon, A, 33; cf. Graham, op. cit., p. 288

[xxii] 20. La pensé et le mouvantm en Oeuvres (ediciones del centenario), Paris, PUF, p. 1292

[xxiii] 21. Philosophical investigations, § 89·91

[xxiv] 22 Confesiones, XI , 29

[xxv] 23   Cf. Jean-Toussaint Desenti, Reflexions sur le temps, Variations philosophiques I, Conversaciones con Dominique-Antoine Grisoni, Parlis, Grasset, 1992