Palabra libre – 2012

Ser grupos es estar, necesariamente, implicados con el pensamiento. Estamos implicados con sus potencias para organizar, para construir, para problematizar. Estamos implicados incluso, y sobre todo, en tanto que nos desborda. Pero justamente, estamos implicados con el pensamiento en tanto grupos, es decir, en su existencia exterior, abierta, desplegada, casi impersonal o si se quiere pre-personal. Podríamos resumirlo: nadie piensa solo. Todos pensamos desde otros, por otros, para otros, entre otros.

Sin embargo, es extremadamente difícil pensar con otros, pensar juntos. Desde, por, para, entre, no es con otros, no es juntos. Incluso cuando charlamos, cuando preguntamos, cuando respondemos, no es seguro que estemos pensando juntos. Y si se consigue, se consigue momentáneamente, por ahora, en tanto, hasta que, ya que nuestro pensar con otros siempre está a punto de deshacerse, e incluso cuando no se deshace hay que hacerlo de nuevo, una y otra vez.

Mucho tienen que ver las palabras en esto. Nuestro pensar se anuda, se extravía, se vuelve extraño y común en su vínculo con las palabras. Si bien es claro que el pensamiento y la palabra no son lo mismo (pensar no es ordenar, jerarquizar, aclarar palabras), la relación es ineludible: el destino, los destinos de nuestro pensar juntos están totalmente emparentados con los avatares de las palabras. Y ahí nos encontramos, y de esto deberíamos hablar.

No podemos garantizar mucho, pero podemos intentar garantizar ese irreductible deseo de Spinoza: una palabra libre, un decir libre. No es posible legislar el pensamiento con leyes. El pensamiento, en su ámbito privado (o mejor, silencioso), no puede ser sometido. Un decir capaz de entrar en relación con el pensamiento, capaz de llevarlo hacia un pensar juntos, debe ser a la vez un decir que no esté sometido: la libertad de poder decir todo aquello que se piense, de poder decirlo sin cuidarse, de poder decirlo dejando que ese decir se aleje de uno hacia un pensar que es de muchos, poder decir más allá de la moral.

El decir nunca es sólo un decir, es también un escuchar, y en tanto escuchar, requiere también ser libre, lograr separa lo dicho de quien lo dice, aunque sea importante pensar quien lo dice. Quién habla no es el responsable de sus palabras, no tiene por qué responder por ellas. Sus palabras se volverán públicas, impersonales, pre-personales. Pero también, en cada uno, es necesario volverlas propias, propias para discutirlas (y así, entonces, discutir con uno mismo… y quizás, si no hay nada que discutir con uno mismo, no hay nada que discutir).

Nuestro intento de decir libre, un escuchar libre, tiene también aquello que lo asedia. Desde arriba y desde el pasado, desde eso que va desapareciendo pero insiste, la libertad de palabra es asediada por los dogmas, por los criterios de verdad, por todos los saberes que se legitiman trascendentemente, como las verdades académicas, religiosas, militantes, las verdades ligadas a autores (porque lo dice x es verdad), a especialistas, a revelaciones.

También desde el pasado, pero desde abajo, lo asedian subjetivaciones tristes, amistades impolíticas: el chisme, el cuchicheo, todo aquello que no se puede decir de frente y entonces se dice de espaldas, todo aquello que no se atreve a alzar la voz y entonces habla por lo bajo, se pliega, agrupa lo débil.

La palabra del dogma y la palabra del cuchicheo comparten una propiedad: ambas ocultan su producción, la restringen, ya sea porque sólo unos pocos son validados para producir la verdad del dogma, ya sea porque los juicios débiles del cuchicheo carecen de potencia para decirse abiertamente.

El otro asedio viene desde el presente, también desde arriba y abajo. El asedio del presente tiene a su favor la sorpresa de la novedad, la flexibilidad de lo que  aún se encuentra en desarrollo. Desde arriba, el asedio se desarrolla desde los medios, desde la infósfera de Bifo, que satura con imágenes nuestras capacidades cognitivas y afectivas. Desde abajo, la amenaza de la locura que se presenta bajo la forma de pequeñas opiniones que se constituyen sólo a partir de la búsqueda de visibilidad, que existen solo en las miradas de otros, que existen solo por las miradas de otros.

Finalmente, otra vez desde arriba y abajo, el asedio desde el futuro, o quizás desde una eternidad, una atemporalidad que se repite. La libertad de la palabra se ve asediada por la voz indeterminada (siempre a punto de determinarse, siempre prometida) de los derechos humanos, de las abstracciones genéricas, de la paz mundial, la ecología, la niñez o cualquier comodín que permita construir nuevos trascendentales. Desde abajo, estos nuevos trascendentales se actualizan en nuevas posiciones argumentales: victimizaciones tan extremas que llegan a no reconocer ninguna capacidad, ninguna afirmación en la victima; nuevas morales que se encuentran al acecho, esperando la oportunidad de encontrar su enunciación, su juicio. Nuevos modos de escandalizarse, de hacer callar al otro, de volverse juez.

Los asedios llegan desde todos los espacios y los tiempos. Pero el decir libre debe insistir: producir sus valoraciones a la vista de todos, entre todos; permitir que un argumento se imponga por su propia potencia (su capacidad de afectarnos, su capacidad de abrirnos caminos). Todo debe ser barajado de nuevo, una y otra vez. En esta repetición sólo quedará lo que puede volver, aquello que efectivamente existe, insiste.

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