Proyecto escritura

Aquí va un nuevo proyecto, hasta ahora solo hay borradores y una madrina: Flor.

3 Responses to Proyecto escritura

  1. anonimo (no miren mi mail!!) says:

    Ayer en el grupo discutimos un fragmento de Nietzsche que me dio a pensar y transcribo:
    SIEMPRE EN NUESTRA ESFERA. “Todo lo que me es semejante en la naturaleza y en la sociedad me habla, me alaba, me impulsa hacia adelante, me consuela: lo demás no lo escucho o procuro olvidarlo. Vivimos siempre en la sociedad que nos corresponde”
    Lo que dijimos al respecto es que la afección es una relación de uno con uno mismo… en otras palabras, que estamos hechos de aquello que nos afecta. Que por ejemplo, sentimos el calor porque estamos hechos de calor, o la envidia cuando estamos hechos de envidia.
    La idea de una sociedad que nos corresponde nos da la idea de semejanza, de aquello que es mutuo o que se espeja. Como refiere el título, la sociedad de cada uno como una “esfera” de espejos, que a uno corresponde, espeja, habla, alaba, consuela, o lastima. Porque incluso el vinculo con el dolor es de uno con uno mismo.
    También hay elementos con los que no nos relacionamos, con los que no entramos en vinculo, cierta incompatibilidad, porque en teoría “no podemos comprender aquello de lo que no estamos hechos”, es decir, yo no vería envidia en todos lados si no la portase yo misma. Esto significa que en el desvincularse hay desencuentro con uno mismo.
    Ante esto último me pregunto: ¿No hay un atractivo obvio hacia eso que uno no comprende, o cree comprender erróneamente, un “intentó” de comprensión a lo incomprensible? ¿No es erróneo pensar que nuestra esfera nos refleja, siendo tan obvio que uno suele buscar aquello que desconoce casi de un modo magnético? ¿O es que siempre hay un conocer en eso desconocido?
    La realidad es que estamos envueltos en una red, nacemos envueltos en una red (yo no le llamaría esfera) con la que a veces sentimos discordia o inconformidad. Podemos pensar que no pertenecemos al medio en el que nacemos, y a lo mejor ir más lejos y decir que uno no se corresponde, porque no está armado del mismo material que su entorno. La paradoja es que a pesar de este desencuentro, uno está forjado por el entorno, y por ende, hecho de él, o colmado del mismo.
    Esta red puede pensarse como un “exterior” o mundo externo, lleno de acontecimientos que uno no controla y que le afecta (y que son la vida misma), con el cual estamos obligados a vincularnos.
    Ahora entran los vínculos: el juego de roles. El nacer como hijo, con todas sus implicancias, y tener o no tener una madre (o alguien/algo que ejerza su función), tener o no tener un padre, un hermano, tener o no tener una educación, docentes, abuelos, lo que fuera. Cada individuo marcado por el rol que ejerce. ¿Le condiciona? En algún punto. El rol puede cumplirse o no cumplirse. Siempre hay líneas de fugas así como líneas estrictas. Implicancia: uno tiene que vincularse diariamente de mil maneras distintas, con mil personas distintas que juegan mil roles distintos. ¿Hay cierta verdad natural que explique la función que un padre debiera de tener para con un hijo, o fue todo forjado por un inconsciente colectivo? Fuera por lo que fuera, un individuo padecería el dolor de no haber conocido a un padre. ¿Por qué? ¿Cómo sabe lo que significa un padre, lo que debería de proveer y como debería ser?
    Se puede pensar que es una idea que uno mismo tiene, y que le lastima. Nuevamente, es un vínculo de uno con uno mismo: forjado por otros. Afectado por otros.
    Lo que quiero decir, es que hay una violencia externa en el acontecimiento, en lo inconsciente, en el juego de roles; hay padecimiento por lo externo. Los roles obligan a dos elementos que a lo mejor no tendieran porque vincularse, que hasta resulta insano y destructivo que lo hagan, a vincularse. Hay una esfera, o una red predeterminada que a uno se le atribuye, forjada puramente por lo externo. ¿Y decir que a uno le espejan? ¿Qué a uno le duele la violencia de un padre porque está cargado de violencia? ¿O la desilusión de una madre ausente? ¿O que comprende que el otro es un idiota, porque el mismo es un idiota que se espeja en una esfera de idiotez? No, es una esfera llena de exterioridad, acontecimientos, elementos ajenos y vínculos forzosos que le determinan. Es hasta injusto pensar que uno es lo mismo (suponiendo que la justicia existe).
    ¡Adios!

    • anonimo says:

      “¿No hay un atractivo obvio hacia eso que uno no comprende, o cree comprender erróneamente, un “intento” de comprensión a lo incomprensible? ¿No es erróneo pensar que nuestra esfera nos refleja, siendo tan obvio que uno suele buscar aquello que desconoce casi de un modo magnético? ¿O es que siempre hay un conocer en eso desconocido?”
      Por ahí puedo entrar por acá a seguir pensando en esto.
      Pregunta: ¿Cómo se podría buscar aquello que se desconoce? Supongamos que recibimos la instrucción: “Busquen aquello que desconocen” ¿Qué buscaríamos? ¿Dónde buscaríamos? ¿Con qué herramientas buscaríamos? Es como abrir la ventana y decir simplemente “miren”. Lo primero nos que preguntamos es: ¿Qué cosa?
      Hace poco hablamos algo parecido, que sólo podemos hacernos preguntas para las que ya tenemos condiciones para responder. O algo así. Me pregunto a qué nos referimos exactamente con la idea de “respuesta”.
      Aún en un supuesto “vínculo con lo desconocido” puramente pasivo, como espectadores nomás, no podríamos sino poner en marcha las facultades de percepción, selección, registro, valoración, etc, que ya tenemos. Sólo a partir de esto nos podemos vincular con otra cosa, porque el vínculo con lo nuevo o con lo desconocido no puede preexistir a su encuentro (¿no sería absurdo?), sino que hay que construirlo, y siempre se construye con las herramientas que se tienen. Entonces vincularse con lo desconocido es poner a laburar las herramientas que se tienen. Y todavía más: ¿no podríamos pensar que esa atracción por lo nuevo responde más bien a un intento de expandir, de utilizar, de modificar, de aumentar esas potencias de conocimiento y experimentación que tenemos, que somos?
      Esta supuesta atracción por lo desconocido, por otro lado, no parece ser una naturaleza humana ni una constante en la vida. ¿No pasa que a veces hay fuerzas para vincularnos con lo desconocido, con algo que nos sorprende y nos obliga a poner en marcha nuestras potencias, y otras veces estamos cansados y queremos algo bien conocido, repetido, que sea previsible y nos deje pasar el rato nomás?
      Yo no sé qué gusto tiene la bosta de caballo. Ni qué gusto tiene un kilo de silicio. Ni un litro de tinta de la impresora, un balde de lava volcánica, la peluca de Silvio Soldán o los escalones de la estación Carranza. Pero sé, intuitivamente si se quiere, que tengo la capacidad de sentir gusto, el sentido del gusto, y que todas esas cosas pueden poner a funcionar mi gusto. Vincularme con ellas puede producir una diferencia en mi gusto, y a partir de ahí puedo planear esos vínculos.
      No creo que sea una supuesta facultad libre de la imaginación, acá en esta silla frente a la pc, lo que me puede llevar a mordisquear los escalones de Carranza. Dios no lo permita, pero si eso ocurre más vale que sea por el desarrollo de un plan de experimentación para ese sentido del gusto que poseo, que encontrará eso “desconocido” siguiendo el camino de aumentar su propia potencia. De hecho, me parece que eso desconocido no estaba ahí esperándome, seguramente fue más bien un invento del propio plan. Me temo que no hay nada que nos esté esperando… en ninguna parte…
      No habría manera, o al menos no puedo pensar una, de vincularse con eso “desconocido” si no es por una expansión, por la problematización de alguna potencia efectiva que somos. Está bueno lo de la red: esa red de la cual nacemos, de la cual somos una diferencia, nos da muchas potencias. De las potencias que se desarrollen en nosotros, de ahí saldrán nuestras sociedades “espejadas”, que nos impulsarán hacia adelante; y de las que nos bloqueen este impulso saldrán las cosas que activamente tratamos de evitar, que querremos mantener lejos, y que en último caso intentaremos olvidar lo más rápido posible.
      Eso, claro, si logramos armarnos una ética. Porque es cierto también lo de los roles, es cierto que hay mecanismos y dispositivos que imponen una valoración trascendente de la experiencia, que imponen esas ideas que nos autolastiman, que desdoblan el dolor puramente físico de un puño paterno, tal vez equivalente al de una caída, en un dolor adicional y “subjetivo”, que ya nada tiene que ver con una caída. ¿Pero no se trata en realidad de dolores diferentes, de violencias diferentes? No me parece que se produzcan ambas en un único y mismo acto. ¿No hace falta, para llegar de una a la otra, incorporar varias cosas más en el camino?
      Vuelve la idea, entonces, de que para experimentar algo, para ser afectado por algo, primero hay que in-corporar algo de ese algo, hay que transformarse en alguna medida en ese algo.
      Pensemos en aprender chino y aprender inglés. ¿Alguien duda de que hoy estamos mucho más hechos del inglés que del chino? Aunque podamos aprender chino formalmente, gramaticalmente (si es que tienen gramática, o lo que sea, ni idea), estamos mucho más lejos de poder vincularnos, por decir algo, con el humor, con emociones, con expresiones, con el sentido (con el doble sentido por ejemplo), con conceptos, con todo eso con lo que nos vinculamos habitualmente en inglés. ¿No tendríamos que incorporar esas cosas para poder llegar a sentir, a experimentar, algo mínimamente “chino”? Sin eso, o bien el vínculo es imposible, o bien es un vínculo formal, falso.
      Y la pregunta inevitable: ¿cómo ocurre que se puso de moda aprender chino y no aprender, por ejemplo, a callarse, que le haría tanto bien al universo?
      Por ahí no alcanza con culpar a “la sociedad” exterior que nos determina trascendente y violentamente con sus roles, que nos forja y nos obliga a entrar en vínculos destructivos que nos pueden llevar a padecer. Por ahí no hay nadie afuera, ni adentro, a quien culpar. Por ahí no existe en absoluto ninguna sociedad exterior como marco de referencia. ¿Se puede pensar esto? ¿Se puede pensar así? ¿Qué pasaría si fuera así? ¿No conservaríamos siempre un margen de acción, de creación? ¿No estaríamos “obligados” a armar una ética, un plan para los vínculos, para llegar a tener una y muchas sociedades que “nos correspondan”?

  2. flor says:

    Recién escribía algo que hablamos y pensamos el viernes pasado en el grupo Nietzsche y como viene al caso se me ocurrió pegarlo acá.

    Hablamos sobre crear una imaginación colectiva, me preguntaba como algo que en principio pertenece a una única perspectiva, como es la imaginación, podía volverse colectivo, puesto que la imaginación necesariamente forma parte de “cada cabeza” y no puede formar una nube por fuera de todas ellas a la que todas ellas puedan acceder. Sin embargo lo que sí se puede es abrir la imaginación de uno a los demás formando parte esa imaginación de las otras imaginaciones (por supuesto aceptando que esa imaginación necesariamente va a transformarse en el proceso de pasar de una cabeza a la otra) y alterándose a la vez la imaginación de uno por la imaginación de otros.

    esto de las imaginaciones compartidas las ligué a la expresión artística. se puede pensar la expresión artística mismo como el armado de una “imaginación colectiva”, en la que lo expresado se permite alterar y dialoga, en lugar de ser la expresión artística una mera arma de visibilidad (me estuve planteando si hoy en día podía expresarse algo y más allá de lo espectacular, sin buscar visibilidad. Me preguntaba, ¿porque motivo buscaría alguien expresar algo, compartirlo o lo que fuera, si no es por el mero hecho de que le reconozcan, o le aplaudan, o le paguen?)

    Esto es lo escrito:

    ¿Cuál es la diferencia entre buscar visibilidad y animarse a armar una imaginación colectiva abriendo a otros la imaginación de uno para que pase esta a formar parte (de una manera necesariamente distinta, transformada e impropia) de la imaginación de otros?
    Buscar visibilidad es buscar valor en un cuantum numérico. Buscar visibilidad es espectacularizarse.
    En cambio, formar parte de un proceso colectivo si bien implica exposición, porque implica compartir, es en forma de diálogo con la diferencia, y permitiendo la modificación de eso que en un principio le es a uno “propio”, ya que vive solamente en uno, cediéndolo a lo “impropio”, a la imaginación colectiva, que rompe con lo uno y lo trasciende.

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