Bataille, Georges – Sobre Nietzsche. Voluntad de suerte. Nada, trascendencia, inmanencia

Bataille, Georges –  Sobre Nietzsche. Voluntad de suerte.

Nada, trascendencia, inmanencia

 

V NADA, TRASCENDENCIA, INMANENCIA Mi método tiene por consecuencia un desorden intolerable a la larga (¡en particular para mí!). Lo remediaré si puedo… Pero quiero desde ahora precisar el sentido de las palabras. La nada es para mí el límite de un ser. Más allá de los límites definidos —en el tiempo, en el espacio— un ser ya no es. Este no-ser está para mí lleno de sentido: sé que me pueden aniquilar. El ser limitado no es más que un ser particular, pero ¿existe la totalidad del ser (entendida como una suma de seres)? La trascendencia del ser es fundamentalmente esa nada. Es apareciendo en el más allá de la nada, en un cierto sentido como un dato de la nada, como un objeto nos trasciende. En la medida, por el contrario, en que capto en él la extensión de la existencia que se me ha revelado en mí en primer lugar, el objeto me llega a ser inmanente. Por otra parte, un objeto puede ser activo. Un ser (irreal o no, un hombre, un dios, un Estado) amenazando a los otros de muerte acusa en sí mismo el carácter de la trascendencia. Su esencia se me da en la nada que define mis límites. Su misma actividad define esos límites. Es lo que se expresa en términos de la nada; la figura en que se hace sensible es la de la superioridad. Si quiero reírme de él, debo reírme de la nada. Pero, como contrapartida, me río de él, si me río de la nada. La risa está del lado de la inmanencia, al ser la nada el objeto de la risa; pero es así objeto de una destrucción. La moral es trascendencia en la medida en que apela al bien del ser edificado sobre la nada del nuestro (la humanidad tomada como sagrada, los dioses o Dios, el Estado). Una moral de la cumbre, si tal cosa fuera posible, exigiría lo contrario: que me ría de la nada. Pero sin hacerlo en nombre de una superioridad: si me hago matar por mi país, me dirijo hacia la cumbre, pero no la alcanzo: sirvo al bien de mi país que está más allá de mi nada. Una moral inmanente exigiría, si fuera posible, que yo muriese sin razón, pero en nombre de qué exigirlo: ¡en nombre de nada, de la que debo reír? Pero me río: ¡ya no más exigencia! Si se debiese morir de risa, esta moral seria el movimiento de una irresistible risa.

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