Bifo – Biopolítica y Mutación Conectiva (2005)

Biopolítica y Mutación Conectiva

Franco Berardi (Bifo), 2005

Traducción: grupomartes

Es gracias a Michel Foucault que el tema de la subjetividad ha sido definitivamente liberado de su legado Hegeliano e historicista, y pensado de vuelta en un nuevo contexto: el de la disciplina biopolítica. El sujeto no preexiste a la historia, ni al proceso social. Tampoco precede a las formaciones de poder o a las subjetivaciones políticas que encuentran autonomía. No hay sujeto, sino subjetivación, y la historia de los procesos subjetivantes es reconstruída a través del análisis de los dispositivos epistémicos, imaginarios, libidinales y sociales  que modelan la materia prima de lo vivo. Biopolítica es la modelación del cuerpo biológico y del cuerpo social por aquello que Foucault define como dispositivos disciplinarios. Historicamente, las sociedades disciplinarias descriptas por Foucault son aquellas que toman forma en la era clásica, entre los siglos XVII y XVIII. Estas sociedades alcanzaron su punto máximo en el comienzo del siglo XX.

El análisis Foucaultiano planteó el problema de la genealogía en términos no Hegelianos, pero todavía estaba atado a las formas mecanicistas de la disciplina industrial y no tomó en cuenta las nuevas tecnologías del control. El concepto de biopolítica, sin embargo, implica una evolución que va mas allá de la forma clásica de disciplina mecánica de la era industrial. El concepto de biopoder designa lo que da vida y los mecanicismos dentro del dominio del cálculo. En otras palabras, lo que hace del conocimiento un agente de la transformacion técnica de la vida humana.  Deleuze propone el concepto de “sociedad de control” como un modo de desarrollar completamente esta idea. Deleuze era un gran lector de William Burroughs y este anticipaba imaginativamente el pasaje hacia la era totalmente biopolítica, era en la cual sus dispostivos ya no presentan un carácter molar (escuela, cárcel, fábrica, asilo, etc.) sino esencialmente molecular, intrínsecos a la génesis misma del organismo conciente. Nos movemos aquí desde una fase de disciplina industrial hacia otra de mutación del organismo, que tiene lugar a través de la inoculación de principios mutagénicos y el cableado de los circuitos psíquicos, cognitivos, genéticos y relacionales. Podríamos reemplazar la palabra control por “cableado”. Cableado biogenético. Cableado tecno-linguístico del circuito impreso del cerebro humano, cableado de los cerebros humanos en conexión. Por el concepto de dispositivo, Foucault designa a las concatenaciones maquínicas que son capaces de predisponer desde afuera las estructuras linguísticas, psíquicas y relacionales de los organismos concientes en la era moderna. Por cableado nos referimos a una inserción de los dispositivos dentro de las rutas de formación biológicas, genéticas y cognitivas en la era que viene después del fin de la modernidad. El proceso de mutación que tiene lugar durante la formación de la primera generación video-electrónica puede ser descripta como el cableado de las subjetividades emergentes efectuado por los automatismos tecno-biológicos y tecno-cognitivos.

Este proceso de cableado se está dando en múltiples niveles: la biotecnología, sistematizada a través del desarollo del Proyecto Genoma Humano, trabaja para identificar los códigos sobre los cuales uno puede modelar la vida del organismo humano. Por lo tanto, trabaja trazando las condiciones técnicas para el moldeado del organismo, empezando por la codificación. Sin embargo, otro nivel operacional actualmente ampliamente difundido y experimentado, es el de un moldeado cognitivo que tiene lugar en diversos planos: el de la creación de medios de producción tecno-linguísticos, psicofarmacología, producción mediática y producción del imaginario.

La filosofía que subyace al Proyecto del Genoma Humano está basada en una hipótesis sustancialmente determinista incluso aunque la utopía de la determinación genética lineal no tiene en cuenta la interacción entre el nivel info-genético y el nivel ambiental, y por tanto tampoco la impredecibilidad de los desarrollos dentro de un ambiente psicológico específico. Pero cuando miramos mas allá de los límites de la biogenética y nos orientamos hacia el análisis del moldeado biológico y psíquico, nos damos cuenta de que este proceso no puede ser determinista. Los procesos de mutación son en general altamente volátiles. Durante la mutación, la relación entre un organismo y su ambiente está alterada, redefinida como azarosa, frágil y probabílistica. Esta indeterminación es particularmente visible cuando miramos al nivel cognitivo y psíquico del moldeado biopolítico.

Mi “punto de observación” es este: las patologías del organismo en la era mutagénica, la naturaleza indeterminada y azarosa del proceso morfogenético mediante el cual el organismo está buscando un nuevo equilibrio. Particularmente, mi interés está centrado en los procesos de cableado cognitivo inducido por las tecnologías comunicativas y por dispositivos tecno-linguísticos y tecno-perceptuales. Este último produce una patología psicológica de características endémicas. Trabajando sobre esta indeterminación, y sobre las psicopatologías que se derivan de ella, y siguiendo el método esquizoanalítico guattariano, es posible repensar radicalmente nuestra noción de política. Lo “político” debería ser reconceptualizado como el arte de la interferencia en la relación entre, por un lado, el universo tecno-mediático (dominado por agencias específicas que actuan sobre la producción del imaginario y sobre la producción de conocimiento, y se pueden identificar en las corporaciones capitalistas globales) y, por el otro, la ecología de la mente.

Elephant

1977 es el año del suicidio masivo de la juventud en Japón: El número oficial es 784. Lo que causa el estallido es la rápida sucesión, al final de las vacaciones de verano de ese año, de los suicidios de niños: trece, para ser exactos, todos entre estudiantes de la escuela primaria. Lo que es desconcertante aquí no es tanto el número como la gratuidad y la incomprensibilidad del gesto: en todos estos casos, no hay motivaciones o razones para el acto. Hay una impactante falta de palabras, una incapacidad de parte de los adultos que vivieron con el niño para predecir, entender o explicar lo que ocurrió.

En 1983, un grupo de estudiantes en una escuela secundaria japonesa asesinó a un grupo de ancianos vagabundos en un parque de Yokohama. Cuando se los interrogó, los jóvenes no dieron otra explicación más que los vagabundos que mataron eran obutsu, cosas sucias e impuras. Como en los comics manga, que alcanzaron una lectura masiva precisamente en la segunda mitad de los setentas, el enemigo no es malo, sino sucio. La limpieza, el liberar al mundo de los “desechos”, de los indefinidos, los confundidos, los peludos o sucios, prepara el camino para lo digital, para las superficies lisas sin asperezas. La seducción erótica es progresivamente desconectada del contacto sexual hasta que se vuelve una mera simulación estética. Es en Japón que los primeros síntomas pueden ser descubiertos. El año es 1977.

En Japón, como en Europa y los Estados Unidos, 1977 es el año del pasaje más allá de la modernidad. Pero mientras que en Europa este pasaje es señalado por la filosofía de autores como Baudrillard, Virilio, Guattari, Deleuze, y por la conciencia política de los movimientos masivos tales como la autonomía creativa italiana o el punk londinense, y mientras que en norteamérica toma la forma de una explosión cultural, de un movimiento de transformaciones urbanas que se expresa en el “no wave” artístico y musical, en Japón el pasaje ya aparecía sin mediación, como una monstruosidad inexplicable que rápidamente se instala como la normalidad cotidiana, la forma predominante de la existencia colectiva.

Desde 1977, el colapso de la mente occidental ha tomado una trayectoria sigilosa, subterránea y episódica, pero en el umbral del milenio toma el ritmo de un precipicio, de una catástrofe que ya no se puede contener. Lo que la conciencia de 1977 había señalado como un peligro y una posibilidad implícita en la aceleración de los ritmos productivos y existenciales, se vuelve noticia de cada día. Ciertos eventos señalaron este pasaje, transformándose en virus, transportando información que reproduce, prolifera, infecta el organismo social entero. El evento excepcional de la caída de las Torres Gemelas en una nube de polvo, siguiendo al suicidio de diecinueve jóvenes musulmanes, es ciertamente el más impresionante, es el evento-imagen que inaugura espectacularmente los nuevos tiempos. Pero la masacre en la escuela de Columbine, que tuvo lugar algunos años antes, podría haber traído un mensaje más incómodo, porque habló de la vida cotidiana, de la normalidad americana, de la normalidad de una humanidad que ha perdido toda relación con lo que solía ser humano y que va tropezando en la búsqueda de algún reaseguro imposible, en la búsqueda de un sustituto para emociones que ya no conocerá más.

Michael Moore ha dedicado un apasionado film de documentación social sobre este evento (Bowling for Columbine, 2002), donde relata lo que cualquiera puede ver: la venta de armas de fuego y la agresividad que alimenta el miedo. Pero en su film Elephant(2003), Gus Van Sant analiza el mismo episodio desde un punto de vista más profundo, más impalpable, y por lo tanto menos familiar. ¿Qué ha pasado y qué está pasando en la mente de esa generación que llega a la mayoría de edad sobre el fin del milenio? ¿Qué significa y dónde puede alcanzarnos su fragilidad física, dotada como está de un poder tecnológico y destructivo terroríficos? El Hiper Poder Tecnológico y la fragilidad física son la mezcla que define la primera generación videoelectrónica, especialmente en su variante norteamericana.

Las disciplinas de la ciencia natural y la psiquiatría subestiman los efectos de la mutación psico-cognitiva que atraviesan a la primera generación video-electrónica. La política los ignora o los elimina por completo, pero si queremos entender algo acerca de lo que está ocurriendo en la sociedad del nuevo milenio, necesitamos mover nuestra perspectiva en esta dirección, hacia la psicósfera. Es en la psicósfera dónde se manifiestan los efectos de veinte años de info-invasión, sobrecarga nerviosa, psicofarmacología masiva, sedantes, estimulantes y sustancias eufóricas, de fractalización del tiempo de trabajo y existencial, de inseguridad social que se traduce en miedo, soledad y terror. Las bombas de tiempo psíquicas están explotando en la mente global interconectada. El efecto es impredecible.

En las últimas décadas, el organismo ha sido expuesto a una creciente masa de estímulos neuromovilizadores. La aceleración e intensificación de los estimulantes nerviosos en el organismo conciente parece haber vuelto más delgada la película cognitiva que podríamos llamar sensibilidad. El organismo conciente necesita acelerar su reactividad cognitiva, gestual, cinética. El tiempo disponible para responder a los estímulos nerviosos ha sido dramáticamente reducido. Tal vez sea por esto que nos parece estar observando una reducción en la capacidad de empatía. El intercambio simbólico entre seres humanos es elaborado sin empatía, porque se vuelve cada vez más difícil percibir la existencia del cuerpo del otro a tiempo. Para experimentar al otro como un cuerpo sensorial, se requiere tiempo, tiempo para acariciar y oler. El tiempo para la empatía falta, porque la estimulación se ha vuelto demasiado intensa.

¿Cómo ocurrió esto? ¿Cuál es la causa de estos disturbios en la empatía, cuyas señales son tan evidentes en la vida diaria y en los eventos amplificados por los medios de comunicación? ¿Podemos hipotetizar una relación directa entre la expansión de la Infósfera (aceleración de estímulos y solicitudes nerviosas, de los ritmos y la respuesta cognitiva) y el adelgazamiento de la película sensitiva que permite a los seres humanos entender aquello que no puede ser verbalizado, que no puede ser reducido a signos codificados?

Los reductores de la complejidad tales como el dinero, la información, los estereotipos o las interfaces de red digital han simplificado la relación con el otro, pero cuando el otro aparece en carne y sangre, no podemos tolerar su presencia, porque nos lastima nuestra (in)sensibilidad. La generación video-electrónica no tolera axilas o vello púbico. Uno necesita una compatibilidad perfecta para interconectar superficies corporales. La generación suave. La conjunción encuentra su camino a través de los pelos y de las imperfecciones del intercambio. Es capaz de una lectura analógica, y los cuerpos heterogéneos pueden entenderse entre sí incluso si no poseen una interfaz lingüística.

La destrucción de la película sensorial inter-humana tiene algo que ver con el universo tecnoinformacional, pero también con el disciplinamiento capitalístico de la corporalidad. En la fase final de la modernización capitalista, la emancipación de la mujer y su inserción en la producción ha provocado un efecto de rarefacción en el contacto corporal e intelectual con los niños. La madre ha desaparecido o ha reducido su presencia en la esfera de la experiencia de la primera generación video-electrónica. El efecto combinado de la llamada emancipación de la mujer (que en realidad ha sido la subjetivación de la mujer hacia el circuito de producción capitalista), y la difusión del socializador televisual han tenido mucho que ver con la catástrofe psico-política contemporánea.

Otro trastorno se está preparando en la próxima generación. En muchos lugares, está teniendo lugar un proceso que podría traer consecuencias significativas en el futuro. Millones de mujeres en países pobres son forzadas a abandonar a sus hijos para trasladarse a Occidente a cuidar a los hijos de otras madres, que no pueden cuidarlos porque están demasiado ocupadas con el trabajo. ¿Qué fantasmas de frustración y violencia crecerán en las mentes de los chicos abandonados? Un tipo de niños hiper-armados ha invadido la escena mundial. Está destinado a ser gravemente herido, como en Vietnam. Pero desafortunadamente nos hiere a nosotros también. Hemos visto esto en las fotos tomadas en Abu Grahib y en otras prisiones de la infamia americana.

Gus Van Sant nos ha mostrado con una ternura glacial el balbuceo neurótico, los histerismos anoréxicos y la incompetencia relacional de la generación Columbine (estoy pensando en el diálogo espléndido y bestial entre las tres chicas en el bufet cuando deciden ir de shopping luego de haber discutido horrendamente sobre la amistad y sus deberes y el porcentaje de tiempo que uno debería hacerse aparte para sus amigos más queridos, en una cuantificación en minutos del afecto). Él nos muestra brillantes espacios en espera, pasillos luminosos atravesados por psychos. Cuerpos que han perdido contacto con su alma y por lo tanto ya no conocen nada acerca de su corporalidad. De repente todo ocurre, mientras el cielo se mueve rápidamente, como siempre en los films de Gus Van Sant. En la luz suspendida de un día común, ahí aparecen los homicidios suicidas. Todo pasa en unos pocos dilatados minutos, grabados por circuito cerrado de cámaras de TV: adolescentes escondiéndose debajo de las mesas, tratando de evadir las balas. No hay tragedia, no hay estallido, las ambulancias todavía no están ahí. El cielo enorme cambia de color. Disparos secos, dispersos. No las muchedumbres aterradoras que vimos alrededor de Wall Street mientras las torres se caían. Una masacre silenciosa, periférica – reproducible, replicable, contagiosa.

Mutación conectiva

Elephant habla de una generación emocionalmente perturbada, que es incapaz de conectar el pensamiento y la acción. Habla de una mutación cognitiva que se está develando en el contexto de una transformación comunicativa: el pasaje de la conjunción a la conexión. Las formas de la conjunción son infinitas, y la conexión es una de ellas. Pero dentro del concepto de “conectar” hay una especificidad implícita: conexión implica la funcionalidad de los materiales que se conectan, un modelo funcional que los predispone a entrecruzarse. Mientras que la conjunción es un otro en devenir, en la conexión cada elemento permanece distinto, incluso si funcionalmente son interactivos.

La conjunción es el encuentro y la fusión de formas irregulares y redondas que se infiltran de una manera imprecisa, irrepetible, imperfecta, continua. La conexión es la interacción puntual y repetible de funciones algorítmicas, de líneas rectas y puntos que pueden ser perfectamente superpuestos entre sí, insertándose y desligándose de acuerdo a las modalidades específicas de la interacción. Modalidades que establecen una compatibilidad entre las diversas partes de acuerdo a estándares predeterminados. La digitalización de los procesos produce una suerte de desensitivación sobre la curva, hacia procesos continuos de lenta transformación, y una correspondiente sensitivación del código, cambios repentinos en el estado y la sucesión de signos específicos.

La primera generación videoelectrónica está experimentando una mutación, y el futuro social, político y técnico depende de los efectos de esta mutación. Pero en la tradición de las ciencias cognitivas, la noción de mutación no es aceptable, porque los fundamentos epistemológicos de esas ciencias permanecen anclados a premisas de naturaleza estructuralista. En efecto, el cognitivismo considera que la mente humana es un dispositivo que funciona de acuerdo a reglas innatas e inmodificables. El cognitivismo no puede ver cómo el ambiente actúa sobre los modos concretos y particulares del funcionamiento de la mente. Por esta razón, la noción de una interacción dinámica entre la actividad mental y el ambiente en el que las mentes entran en comunicación es inadmisible. Para las ciencias cognitivas, la complejidad técnica de la comunicación es incapaz de modificar las modalidades de la cognición, incluso si ciertos cognitivistas parten de este principio fundador. En Cognición y Realidad, por ejemplo, Ulric Neisser habla de una ecología cognitiva y reconoce la posibilidad de una interacción dinámica entre el ambiente en el que la mente se desenvuelve y sus modos de funcionamiento (Neisser, 1976).

Aceleración, lenguaje, identidad

La aceleración en la circulación de la información, la masa de información que recibimos, decodificamos, digerimos, y ante la cual debemos responder para mantener el ritmo de los intercambios económicos, afectivos y existenciales, trae consigo una crisis de la facultad de verbalización que se manifiesta de diversas formas: el autismo y la escalada tambaleante de la dislexia en las generaciones más jóvenes, particularmente en las clases sociales y profesionales que están más involucradas con las nuevas tecnologías de comunicación.

La digitalización parece abrir un doble movimiento de re-formateado.

El lenguaje verbal está siendo reemplazado por formas de la comunicación que son más rápidas, más sintéticas y más ágiles a la hora de realizar diferentes tareas simultáneamente, de acuerdo con el método multitarea. Pero la aceleración de los impulsos provoca stress en el organismo físico y demanda un re-formateo psicotrópico de la percepción y de la interacción cognitiva, a través del uso de drogas psicofarmacológicas o de la pura y simple desactivación de la empatía (lo que vuelve más lento el ritmo cognitivo) y la atenuación de ciertos niveles sensoriales como el olfato y el tacto, que ya habían sido reformateados por la aceleración de la escritura.

En general, podemos decir que la expansión de una función cognitiva específica redefine la cognición por completo. La exposición del organismo consciente a la videoelectrónica amplifica las capacidades de tipo configuracional, tales como la habilidad para decodificar complejos ensamblados visuales o para desarrollar múltiples procesos de interacción simultánea. Pero al mismo tiempo reformatea otras capacidades, como la habilidad para reaccionar emocionalmente a los estímulos que se extienden en el tiempo o la capacidad para percibir la profundidad temporal.

Las modalidades de la memorización dependen de la capacidad de la mente para almacenar informaciones que han dejado una impresión profunda, que han estado activas por un largo período de tiempo de manera repetitiva. La memorización modifica al organismo consciente y da forma a su identidad, dado que la identidad puede ser definida como una acumulación dinámica de la memoria de lugares y relaciones que forman la continuidad de la experiencia.

¿Pero qué ocurre con la memoria cuando el flujo de información explota, se expande enormemente, asedia la percepción, ocupa por completo el tiempo mental disponible, acelera y reduce el tiempo mental de exposición a una única impresión informacional? Lo que ocurre aquí es que la memoria del pasado se reduce y la masa de información presente tiende a ocupar el espacio total de la atención. Cuanto mayor es la densidad de la infósfera, más escaso es el tiempo disponible para la memorización. Cuanto más breve es el lapso mental de exposición a una única pieza de información, más tenue será el trazo dejado por esta información. En este sentido, la actividad mental tiende a ser comprimida en el presente, la profundidad de la memoria se reduce y por lo tanto la percepción del pasado histórico, e incluso de la diacronía existencial, tienden a desaparecer.

Y si es cierto que la identidad se encuentra en gran parte conectada a lo que se ha asentado dinámicamente en la memoria personal (lugares, rostros, expectativas, ilusiones), es posible hipotetizar que nos estamos dirigiendo hacia una progresiva desidentificación, donde los organismos registran cada vez más un flujo que se revela en el presente y no deja ninguna impronta profunda, por la rapidez con que aparece ante el ojo y se asienta en la memoria.

El engrosamiento de la corteza infosférica y el incremento en la cantidad e intensidad de la materia informacional entrante producen como efecto una reducción de la esfera de la memoria singular. Las cosas que un individuo recuerda (imágenes, etc) trabajan en la construcción de una memoria impersonal, homogénea, uniformemente asimiladas y débilmente elaboradas porque el tiempo de exposición es tan rápido que no permite una personalización profunda.

Cibertiempo, erotismo, desensitivación

Me parece que la pregunta fundamental ante la mutación actual -mutación que fluye a través de los organismos individuales, de las poblaciones y del planeta entero- puede encontrarse en la intersección entre el ciberespacio electrónico y el ciberespacio orgánico. Las personas jóvenes están naturalmente más expuestas a los efectos de esta mutación, porque el poder invasivo del ciberespacio ha impactado en ellos de lleno, y como consecuencia su potencial de adaptarse cibertemporalmente (esto es, el potencial de su aparato cognitivo, psíquico y psico-físico) está sujeto a una extrema solicitación. El problema esencial es que los ritmos de la mutación tecnológica son mucho más rápidos que los de la mutación mental. Por lo tanto, la expansión del ciberespacio es inconmensurablemente más rápida que la capacidad del cerebro humano para expandirse y adaptarse (cibertiempo). Podemos incrementar la cantidad de tiempo que un organismo está expuesto a la información, pero la experiencia no puede ser intensificada más allá de un cierto límite. La aceleración provoca un empobrecimiento de la experiencia, dado que estamos expuestos a una masa creciente de estímulos que no podemos digerir en los modos intensivos del goce y del conocimiento. Las esferas relacionales y del comportamiento que requieren un período extendido de atención -tales como el afecto, el erotismo y la comprensión profunda- se alteran, son sometidas a una contracción. En estas condiciones de aceleración y sobrecarga de la información, el automatismo tiende a transformarse en la forma predominante de reacción ante los estímulos, en el sentido de que las reacciones automáticas son aquellas que no demandan una reflexión o una reacción consciente y emocional. Son reacciones estándar, implícitas en la cadena preformateada de acciones y reacciones de la infosfera homogeneizada.

La digitalización del medioambiente comunicativo e incluso del medioambiente perceptual actúa, sin lugar a dudas, sobre la sensibilidad de los organismos humanos. ¿Pero cómo abordamos esta problemática? ¿Qué instrumentos de análisis, que criterios de evaluación nos permiten hablar de sensibilidad, de gusto, de goce o sufrimiento, erotismo y sensualidad? No tenemos otro instrumento que nosotros mismos, nuestras antenas, nuestros cuerpos, nuestra reactividad psíquica y erótica. Más aún, el filtro del observador puede tener un efecto distorsionador. Y, con todo, el sentimiento de rarefacción del contacto, de frialdad y contracción están en el núcleo de nuestras patologías contemporáneas, y esto es particularmente evidente en las generaciones más jóvenes. La esfera del erotismo es particularmente propensa a ello.

Después del final de las vanguardias y su infiltración en el circuito de la comunicación social, la estimulación estética -en la forma de la publicidad, la televisión, el diseño, el packaging, el diseño web, etc.- se encuentra crecientemente diseminada, permeable, insistente, indisociable con respecto a la estimulación informacional, de la que se ha vuelto complementaria. El organismo consciente y sensitivo está envuelto en flujos de signos que no simplemente transportan información, sino que son factores de estimulación perceptiva y de exitación. En el pasado, la experiencia artística se basaba en la centralidad sensorial de la catarsis. El trabajo del arte creó una ola de envolvimiento y excitación que se precipitaba directamente hacia un climax, un estado catártico de agitación comparable a la liberación orgásmica. En su concepción clásica, al igual que en la romántica y la moderna, la belleza se podía identificar con el momento de completitud, con un sobreponerse a la tensión implícita en la relación entre el organismo sensitivo y el mundo: catarsis, armonía, desprendimiento sublime. Alcanzar la armonía es un acontecimiento que puede ser comparado con la liberación orgásmica que sigue a la excitación del contacto entre cuerpos. La tensión muscular se relaja en la llenitud del placer. En la feliz percepción del propio cuerpo y del ambiente que lo rodea, lo que está en juego es una pregunta esencial sobre el ritmo, el tiempo y las temporalidades vivas. Pero si, dentro del círculo de excitación, introducimos un elemento inorgánico como la electrónica, e imponemos una aceleración de los estímulos y una contracción de los tiempos psicológicos de reacción, algo termina cambiando en el organismo y sus formas de reacción erótica. El orgasmo es reemplazado por una serie de excitaciones sin relajación final. El orgasmo no es más el preludio a cualquier logro. La excitación inconclusiva ha tomado el lugar de la liberación orgásmica. Esto es algo similar al sentimiento que nos es traído por el arte digital, la frialdad del arte en video, la inconclusiva y cíclica naturaleza del trabajo de Tinguely o de la música de Phillip Glass. No sólo la estética, sino el erotismo parecen estar implicados en esta aceleración inorgánica de la relación entre cuerpos. La instalación de video The Wind (2002), por Eija Liisa Ahtila, que consiste en tres pantallas en las cuales se revelan escenas de destrucción, intentos de conectarse con el cuerpo del otro y crisis devastadoras de soledad, es el cuestionamiento más directo que conozco sobre una forma de psicopatología que, en el comienzo del nuevo milenio, tiende a ser epidémica.

Viajando por los circuitos de comunicación social, el objeto erótico se multiplica al punto de volverse omnipresente. Pero la excitación ya no es el preludio de ninguna conclusión y multiplica el deseo al punto de despedazarlo. La naturaleza ilimitada del ciberpespacio dota a la experiencia de una cierta inconclusividad. La agresividad y el agotamiento se siguen de esta apertura ilimitada de los circuitos de excitación ¿No es esto tal vez una explicación de la ansiedad erótica que lleva a la deserotización y a esa mezcla de hipersexualidad y asexualidad que caracteriza a la vida post-urbana? La ciudad era el lugar donde el cuerpo humano se encontraba con el cuerpo humano, el sitio para la mirada, el contacto, la emoción lenta y el placer. En la dimensión post-urbana del despliegue ciberespacial, el contacto parece volverse imposible, reemplazado por formas precipitadas de la experiencia que se superponen con la comercialización y la violencia. La lentitud emocional es rara e improbable. Y la extrema lentitud de la emoción se transforma poco a poco en una mercancía, una condición artificial que puede ser intercambiada por dinero. El tiempo es escaso, el tiempo puede ser intercambiado por dinero. El tiempo, una dimensión indispensable del placer, es cortado en fragmentos que ya no pueden ser gozados. La excitación sin relajación reemplaza al placer.

En la fenomenología cultural de la modernidad tardía, la mutación de la que hablamos puede vincularse al período de transición que tiene lugar entre los años sesenta y setenta hasta los ochenta y noventa. Los años de la cultura hippie estuvieron centrados en un projecto de erotización de lo social, del contacto universal entre los cuerpos. En el período de transición que coincide con la introducción de las tecnologías electrónicas de comunicación en el circuito social, el fenómeno del punk explota. El punk emerge desesperadamente contra la rarefacción del contacto, contra el desierto post-urbano, y reacciona con una especie de autodestrucción histérica. La transición hacia la dimensión hipertecnológica y posmoderna fue registrada por la New Wave de los tempranos ochenta, la cual en su forma más extrema se definió a sí misma como No Wave. No Wave no significa inmobilidad o flujo constante sin ondulaciones; por el contrario, significa fragmentación infinita de la corriente, significa nano-wave, agitación infinitesimal de la musculatura, subliminal, micro-excitación incontrolable. Colapso nervioso. Entre los setenta y los ochenta, la irrupción de la heroína en la experiencia existencial de la transición post-urbana fue parte de este proceso de adaptación a una condición de excitación constante, sin relajación final. La heroína permite un apagado, una desconexión del circuito de sobreexcitación ininterrumpida, una especie de atenuación de la tensión. El organismo colectivo de la sociedad occidental buscó un freno en el consumo masivo de heroína, o bien, de modo complementario, buscó en la cocaína un modo de mantener el paso. Lo que estaba ocurriendo allí era el salto a la velocidad infosférica que hizo posible someter el tiempo humano al régimen de la explotación absoluta e ininterrumpida de la red neurotelemática – la flexibilización del trabajo.

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