Bifo – ¿Cuál es hoy el significado de la Autonomía?

¿Cuál es hoy el significado de la Autonomía?

Subjetivación, Composición social, Rechazo del Trabajo.

Por Bifo

No pretendo efectuar una recapitulación histórica del movimiento denominado autonomía, pero quiero entender sus peculiaridades mediante una revisión de algunos conceptos como el “rechazo del trabajo” y la “composición de clase”. Los periodistas utilizan a menudo el término “operaismo” [obrerismo] para definir a un movimiento filosófico que emergió en Italia durante los `60. A mí me disgusta este término porque reduce la complejidad de la realidad social al mero dato de la centralidad de los trabajadores industriales en las dinámicas sociales de la modernidad tardía.

El origen de este movimiento filosófico y político puede identificarse en los trabajos de Mario Tronti, Romano Alquati, Raniero Panzieri y Toni Negri, y su eje central puede considerarse la emancipación del concepto hegeliano de sujeto.

En el lugar del sujeto histórico heredado del legado hegeliano, debemos hablar del proceso de subjetivación. La subjetivación ocupa el lugar conceptual del sujeto. Este desplazamiento conceptual está estrechamente asociado a la modificación contemporánea del paisaje filosófico promovida por el post-estructuralismo francés. La subjetivación en el lugar del sujeto. Eso significa que no debemos mirar la identidad sino el proceso de tornarse.

Esto también significa que el concepto de clase social no debe ser visto como un concepto ontológico, sino, preferentemente, como un concepto vectorial.

En el marco del pensamiento autonómico el concepto de clase social es redefinido como una acumulación de deseo social, y eso comprende cultura, sexualidad, rechazo del trabajo.

En los `60 y `70 los pensadores que escribían en revistas como Classe operaia y Potere operaio no hablaban de acumulaciones sociales de deseo: hablaban de un modo mucho más leninista. Pero su postura filosófica produjo un cambio importante en el paisaje filosófico, desde la centralidad de la identidad del trabajador hacia la descentralización del proceso de subjetivación.

Félix Guattari, quien halló al operaismo tras 1977 y fue hallado por los pensadores autónomos tras 1977, ha enfatizado siempre la idea de que no debemos hablar de sujeto, sino de “procesos de subjetivación”. Desde esta perspectiva podemos comprender qué significa la expresión “rechazo del trabajo”.

Rechazo del trabajo no significa solamente el hecho obvio de que los trabajadores no quieren ser explotados, sino algo más. Significa que la reestructuración capitalista, el cambio tecnológico, y la transformación general de las instituciones sociales es producida por la cotidiana acción de retirada de la explotación, de rechazo de la obligación de producir plusvalor, e incrementar el capital, reduciendo el valor de la vida. A mí no me agrada el término “operaismo” por la reducción implícita a una referencia social estrecha (los trabajadores, “operai” en italiano), y prefiero utilizar la palabra “composicionismo”. El concepto de composición social, o “composición de clase” (extensamente utilizado por el grupo de pensadores de los que estamos hablando) tiene mucho más que ver con la química que con la historia de la sociedad.

Me agrada la idea de que el lugar donde ocurren los fenómenos sociales no es el sólido, rocoso territorio histórico de ascendencia hegeliana, sino un ambiente químico donde la cultura, la sexualidad, la enfermedad y el deseo pelean, se encuentra y entremezclan, y continuamente transforman el paisaje. Si utilizamos el concepto de composición podremos comprender mejor lo que sucedió en Italia en los `70, y podremos comprender mejor lo que significa autonomía: no la constitución de un sujeto, no la fuerte identificación de los seres humanos con un destino social, sino el cambio continuo de las relaciones sociales, la identificación y desidentificación sexual y el rechazo del trabajo. El rechazo del trabajo es en realidad generado por la complejidad de las acumulaciones sociales de deseo.

Desde esta perspectiva autonomía significa que la vida social no depende solamente de la regulación disciplinaria impuesta por el poder económico, sino que depende también de los desplazamientos internos, corrimientos, instalaciones y disoluciones que constituyen el proceso de la auto-composición de la sociedad viviente. La lucha, la retirada, la alineación, el sabotaje, son líneas de fuga del sistema de dominación capitalista.

La autonomía es la independencia del tiempo social de la temporalidad del capitalismo.

Este es el significado de la expresión “rechazo del trabajo”. Rechazo del trabajo significa simplemente: No quiero ir a trabajar porque prefiero dormir. Pero esta indolencia es la fuente de la inteligencia, de la tecnología, del progreso. La autonomía es la auto-regulación del cuerpo social en su independencia y en su interacción con las normas disciplinarias.

 

Autonomía y Desregulación

 

Hay otro aspecto de la autonomía que apenas ha sido reconocido.

El proceso de autonomización de los trabajadores de su rol disciplinario ha provocado un terremoto social que disparó la desregulación capitalista. La desregulación, que apareció en el escenario mundial en la era Thatcher-Reagan, puede ser considerada como la respuesta capitalista a la autonomización del orden disciplinario del trabajo. Los trabajadores demandaron libertad de la regulación capitalista, y luego el capital hizo lo mismo, pero en sentido inverso. La libertad de la regulación estatal se volvió despotismo sobre la fábrica social. Los trabajadores demandaron libertad de la prisión perpetua de la factoría industrial. La desregulación respondió con la flexibilización y la fractalización del trabajo. El movimiento autonomista disparó en los `70 un peligroso proceso, un proceso que evolucionó a partir del rechazo social a las reglas disciplinarias capitalistas a la venganza capitalista, que tomó la forma de la desregulación, la libertad de empresa frente al Estado, la destrucción de las protecciones sociales, los despidos y la externalización de la producción, los recortes del gasto social, la desgravación impositiva, y, finalmente, la flexibilización.

El movimiento de autonomización, de hecho, disparó la desestabilización de la trama social resultante de un siglo de presión por parte de los sindicatos y la regulación estatal. ¿Fue este un terrible error cometido? ¿Debemos arrepentirnos de las acciones de sabotaje y disenso, de autonomía, de rechazo del trabajo, que parecen haber provocado la desregulación capitalista? Absolutamente no. El movimiento autonomista realmente se anticipó a la movida capitalista, pero el proceso de desregulación se hallaba inscripto en el desarrollo capitalista post-industrial que se avecinaba, y estaba naturalmente implícito en la reestructuración tecnológica y la globalización de la producción.

Hay una estrecha relación entre rechazo del trabajo, informatización de las fábricas, despidos, empleos externos y flexibilización del trabajo. Pero esta relación es mucho más compleja que una cadena de causa y efecto. El proceso de desregulación se inscribió en el desarrollo de nuevas tecnologías que permitieron a las corporaciones capitalistas desatar un proceso de globalización.

Un proceso similar ocurrió durante el mismo período en el campo de los medios. Pensemos en las estaciones de radio libres de los 70`. En Italia en esa época había un monopolio estatal, y las radios independientes estaban prohibidas. En 1975-76 un grupo de activistas de medios comenzó a crear pequeñas estaciones libres de radio, como Radio Alice en Boloña. La izquierda tradicional (el Partido Comunista Italiano y demás) advirtió acerca de los riesgos de debilitar al sistema de medios público, y de abrir la puerta a los medios de propiedad privada. ¿Podemos hoy pensar que aquellas personas de la izquierda estatista tradicional tenían razón? No lo creo, creo que en aquel momento se equivocaron, porque el fin del monopolio estatal era inevitable, y la libertad de expresión es preferible a los medios centralizados. La izquierda estatista tradicional era una fuerza conservadora, condenada a la derrota por intentar desesperadamente preservar un vieja trama que no podía sobrevivir en la nueva situación tecnológica y cultural de la transición post-industrial.

Lo mismo podríamos decir sobre el final del Imperio Soviético y del llamado “socialismo real”. Todos sabemos que el pueblo ruso seguramente vivía mejor hace veinte años que en la actualidad, y que la pretendida democratización de la sociedad rusa ha sido fundamentalmente la destrucción de las protecciones sociales y el desencadenamiento de una pesadilla social de competencia agresiva, violencia y corrupción económica. Pero la disolución del régimen socialista era inevitable, porque ese orden estaba bloqueando la dinámica de la acumulación social de deseos, y porque el régimen totalitario obstruía la innovación cultural. La disolución de los regímenes comunistas se inscribió en la composición social de la inteligencia colectiva, en la imaginación creada por los nuevos medios globales, y en la acumulación colectiva de deseos. Por esto la inteligencia democrática y las fuerzas culturales disidentes tomaron parte de la lucha contra el régimen socialista, aunque sabían que el capitalismo no era el paraíso. Ahora la desregulación hace estragos en la antigua sociedad soviética, y el pueblo experimenta la explotación, la miseria y la humillación en una medida desconocida anteriormente, pero la transición era inevitable, y, en cierto sentido, debe ser vista como un cambio progresista. La desregulación no significa solamente la emancipación de las empresas privadas de la regulación estatal y una reducción del gasto público y de la protección social. También significa una creciente flexibilización del trabajo.

La realidad de la flexibilización laboral es la otra cara de este tipo de emancipación de la regulación capitalista. No debemos subestimar la conexión entre el rechazo al trabajo y la flexibilización resultante.

Recuerdo que una de las ideas más fuertes del movimiento de proletarios autonomistas durante los `70 era que la “precariedad es buena”. La precarización del trabajo es una forma de autonomía del trabajo regular, que duraba toda la vida. En los `70 mucha gente se acostumbró a trabajar unos pocos meses, luego salir por una temporada, y luego volver a trabajar por un tiempo. Esto fue posible en una época de pleno empleo, y en tiempo de una cultura igualitaria. Esta situación permitió a la gente trabajar en lo que le interesaba, y no en el interés de los capitalistas, pero obviamente, esto no podía durar para siempre, y la ofensiva neoliberal de los `80 estuvo dirigida a revertir la relación de fuerzas.

La desregulación y la flexibilización laboral han sido el efecto y el reverso de la autonomía de los trabajadores. Y debemos saber que no sólo por razones históricas. Si queremos comprender qué debemos hacer hoy, en la era del trabajo totalmente flexibilizado, tenemos que entender cómo pudo ocurrir el triunfo de los capitalistas sobre el deseo social.

 

Alza y Caída de la Alianza del Trabajo Cognitivo y el Capital Recombinante

 

Durante las últimas décadas la informatización de las maquinarias ha jugado un papel central en la flexibilización del trabajo, conjuntamente con la intelectualización y la inmaterialización de los más importantes ciclos de producción. La introducción de nuevas tecnologías electrónicas y la informatización del ciclo de producción, abrieron el camino a la creación de una red global de info-producción, de-territorializada, des-localizada y des-personalizada. El sujeto del trabajo puede ser cada vez más identificado con la red global de info-producción.

Los trabajadores industriales han estado rechazando su papel en la fábrica y ganando libertad de la dominación capitalista. Sin embargo, esta situación condujo a las capitalistas a invertir en tecnologías ahorradoras de trabajo, e incluso a modificar la composición técnica del proceso laboral, a fin de expulsar a los bien organizados trabajadores industriales y de crear una nueva organización laboral que podría ser más flexible.

La intelectualización e inmaterialización del trabajo es un aspecto del cambio social en las formas de producción. La globalización planetaria es la otra cara. La inmaterialización y la globalización son subsidiarias y complementarias. La globalización posee, incluso, un lado material, porque el trabajo industrial no desaparece en la era post-industrial, sino que migra hacia zonas geográficas donde es posible pagar bajos sueldos y las regulaciones se hallan pobremente implementadas.

En el último ejemplar de la revista Classe operaia, en 1967, Mario Tronti escribió: “El más importante fenómeno de las próximas décadas será el desarrollo de la clase trabajadora a escala planetaria global”. Esta intuición no se basaba en un análisis del proceso de producción del capital, sino en una comprensión de la transformación de la composición social del trabajo. La globalización y la informatización pueden ser predichas como efecto del rechazo del trabajo en los países capitalistas occidentales.

Durante las dos últimas décadas del siglo veinte hemos sido testigos de una forma de alianza entre el capital recombinante y el trabajo cognitivo. Denomino recombinante a aquellas secciones del capitalismo que no están estrechamente conectadas a una aplicación industrial particular, pero que pueden ser fácilmente transferidas de un lugar a otro, de una aplicación industrial a otra, de un sector de actividad económica a otro, y así en más. El capital financiero que ocupó el papel central en las políticas y la cultura de los `90 puede ser denominado recombinante.

La alianza del trabajo cognitivo y el capital financiero ha producido importantes efectos culturales, principalmente la identificación ideológica entre trabajo y empresa. Los trabajadores han sido inducidos a verse a sí mismos como auto-empresarios, y esto no fue totalmente falso en el período de los puntocom, cuando el trabajador cognitivo pudo crear su propia empresa, simplemente invirtiendo su fuerza intelectual (una idea, un proyecto, una fórmula) como un activo. Este fue el período que Geert Lovink definió como puntocom-manía (en su memorable libro Fibra Oscura) ¿Qué era la puntocom-manía? Debido a la masiva participación en el ciclo de inversión financiera de los `90, se desarrolló un vasto proceso de auto-organización de productores cognitivos. Los trabajadores cognitivos invirtieron su experiencia, su conocimiento y su creatividad, y hallaron en el mercado accionario los medios para crear empresas. Por muchos años la forma empresarial fue el punto de encuentro del capital financiero y el trabajo cognitivo altamente productivo.

La ideología liberal y libertaria que dominó la cibercultura (norteamericana) de los `90 idealizó al mercado, presentándolo como un ambiente puro. En este medio ambiente, tan natural como la lucha por la supervivencia del más apto que hacía posible la evolución, el trabajo debía hallar los medios necesarios para valorizarse a sí mismo y volverse empresa. Una vez librado a su propia dinámica, el sistema económico reticular fue destinado a optimizar las ganancias económicas para todos, patrones y trabajadores, incluso porque la distinción entre patrones y trabajadores debería volverse cada vez más imperceptible al entrar en el ciclo productivo virtual. Este modelo, teorizado por autores como Kevin Kelly y transformado por la revista Wired en una especie de liberal-digital, despectivo y triunfalista Weltanschauung, entró en bancarrota en el primer par de años del nuevo milenio, junto con la nueva economía y una gran parte del ejército de empresarios cognitivos auto-empleados que habitaron el mundo puntocom. Entro en quiebra porque el modelo de un perfecto libre mercado en una mentira práctica y teórica. Lo que el neoliberalismo apoyó a largo plazo no fue el libre mercado sino el monopolio. Mientras el mercado fue idealizado como un espacio libre donde los conocimientos, la experiencia y la creatividad se encontraban, la realidad mostró que los grandes grupos de comando operaron de un modo que nada tiene de libertario, introduciendo automatizaciones tecnológicas e imponiéndose con el poder de los medios o el dinero, y, finalmente, robando desvergonzadamente a la masa de tenedores de acciones y de trabajo cognitivo.

En la segunda mitad de los `90 sucedió una auténtica lucha de clases dentro del circuito productivo de las altas tecnologías. El advenimiento de la Red se ha caracterizado por esta lucha. El resultado de esta lucha es, hasta el presente, incierto. Seguramente, la ideología de un mercado libre y natural se ha vuelto un disparate. La idea de que el mercado funciona como un ambiente puro de confrontación igualitaria de ideas, proyectos, calidad productiva y utilidad de servicios ha sido borrada por la amarga verdad de una guerra que los monopolios han desatado contra la multitud de trabajadores cognitivos auto-empleados y contra la levemente patética masa de microcomerciantes.

La lucha por la supervivencia no fue ganada por los mejores y más exitosos, sino por aquel que extrajo su arma –el arma de la violencia, el robo, el asalto sistemático, la violación de todas las normas éticas y legales. La alianza Bush-Gates sancionó la liquidación del mercado, y en ese punto finalizó la fase de la lucha interna de la clase virtual. Una parte de la clase virtual ingresó en el complejo tecno-militar; otra parte (la mayoría) fue expulsada de las empresas y empujada a los márgenes de la proletarización explícita. En el plano cultural, las condiciones para la formación de una conciencia social del cognitariado están emergiendo, y este puede llegar a ser uno de los fenómenos más importantes de los años venideros, la única clave que ofrezca soluciones al desastre.

Los puntocom fueron el laboratorio de entrenamiento para un modelo productivo y un mercado.

Al final, el mercado fue conquistado y sofocado por las corporaciones, y el ejército de empresarios auto-empleados y empresarios micro-capitalistas fue asaltado y disuelto. Así comenzó una nueva fase: los grupos que se tornaron predominantes en el ciclo de la economía de red forjaron una alianza con el grupo dominante de la vieja economía (el clan Bush, representante de la industria militar y del petróleo), y esta fase señala un bloqueo del proyecto de globalización.

El neoliberalismo produce su propia negación, y aquellos que fueron sus apoyos más entusiastas se vuelven sus víctimas marginalizadas.

Con el quiebre de las puntocom, el trabajo cognitivo se ha separado del capital. Los artesanos digitales, que se sintieron empresarios de su propio trabajo durante los `90, están comprendiendo lentamente que han sido engañados y expropiados, y esto creará las condiciones para una nueva conciencia de trabajadores cognitivos. Estos comprenderán que pese a poseer el poder productivo, han sido expropiados de sus frutos por una minoría de especuladores ignorantes, que sólo son buenos para manipular los aspectos legales y financieros del proceso productivo. La sección improductiva de la clase virtual, los abogados y contadores, se apropió del plusvalor cognitivo de los físicos e ingenieros, de los químicos, escritores y operadores mediáticos. Pero pueden llegar a desprenderse de los castillos jurídicos y financieros del semio-capitalismo y construir una relación directa con la sociedad, con los usuarios: entonces, tal vez, el proceso de auto-organización autónoma del trabajo cognitivo comenzará. Este proceso ya está en movimiento, como muestran las experiencias de activismo mediático y creación de redes de solidaridad con el trabajo migrante.

Debemos atravesar el purgatorio de los puntocom, hacia la ilusión de una fusión entre el trabajo y la empresa capitalista, y luego hacia el infierno de la recesión y una guerra interminable, a fin de poder ver emerger el problema en términos claros.

Por un lado, el inútil y obsesivo sistema de acumulación financiera y privatización del conocimiento público, la herencia de la vieja economía industrial. Por otro, el trabajo productivo crecientemente inscripto en las funciones cognitivas de la sociedad: el trabajo cognitivo está comenzando a verse a sí mismo como un cognitariado, construyendo instituciones de conocimiento, de creación, de cuidado, de invención y de educación que son autónomas del capital.

 

Fractalización, desesperación y suicidio

 

En la economía de red, la flexibilidad ha evolucionado en una forma de fractalización del trabajo. Fractalización significa fragmentación de la actividad-temporal. El trabajador no existe más como persona. Es apenas el productor intercambiable de micro-fragmentos de semiosis recombinantes que entran en el flujo continuo de la red. El capital ya no está pagando por lograr que el trabajador sea explotado durante un largo período de tiempo, ya no está pagando un salario que cubra todo el rango de necesidades económicas de la persona trabajadora. El trabajador (una mera máquina poseedora de un cerebro que puede ser utilizado durante un fragmento de tiempo) es pagado por su desempeño puntual. El tiempo laboral es fractalizado y celularizado. Hay células de tiempo en venta en la red, y la corporación puede comprar tantas como necesite. El teléfono celular es la herramienta que mejor define la relación entre el trabajador fractal y el capital recombinante.

El trabajo cognitivo es un océano de microscópicos fragmentos de tiempo, y la celularización es la habilidad para recombinar fragmentos de tiempo en el entramado de un semi-producto singular. El teléfono celular puede ser visto como la línea de ensamblaje del trabajo cognitivo. Este es el efecto de la flexibilización y la fractalización del trabajo: lo que solía ser la autonomía y el poder político de la fuerza de trabajo se ha transformado en la dependencia total del trabajo cognitivo en la organización capitalista de la red global. Este es el núcleo central de la creación del semiocapitalismo. Lo que solía ser el rechazo del trabajo se ha vuelto una dependencia total de las emociones y el pensamiento en el flujo de la información. Y el efecto de esto es una especie de quiebre que golpea la mente global y provoca lo que solemos denominar el quiebre de las puntocom.

El quiebre de las puntocom y la crisis del capitalismo financiero masivo pueden ser vistos como un efecto del colapso de la acumulación económica del deseo social. Utilizo la palabra colapso en un sentido no metafórico, sino como una descripción clínica de lo que está sucediendo en la mente occidental. Utilizo la palabra colapso a fin de expresar un verdadero quiebre patológico del organismo psico-social. Lo que hemos visto en el período consecutivo a los primeros signos de quiebre económico, en los primeros meses del nuevo siglo, es un fenómeno psicopatológico, el colapso de la mente global. Considero que la actual depresión económica es un efecto colateral de la depresión síquica. La intensa y prolongada acumulación de deseos y energías mentales y libidinales en el trabajo ha creado el ambiente síquico para el colapso, que se está manifestando ahora en el campo de la recesión económica, en el campo de la agresión militar y en el de la tendencia suicida.

La economía de la atención se ha convertido en un sujeto importante durante los primeros años del nuevo siglo. Los trabajadores virtuales tienen cada vez menos tiempo para la atención: están involucrados en un creciente número de tareas intelectuales, y no tienen más tiempo para dedicar a sus propias vidas, al amor, la ternura y los afectos. Toman Viagra porque no tienen tiempo para prolegómenos sexuales. La celularización ha producido un modo de ocuparse de la vida. El efecto es una psicopatologización de las relaciones sociales. Sus síntomas son evidentes: millones de cajas de Prozac vendidas mensualmente, la epidemia de trastornos de la atención entre los jóvenes, la difusión de drogas como la Ritalin entre los niños en las escuelas, y la expansiva epidemia de pánico…

El escenario de los primeros años del nuevo milenio parece dominado por una verdadera ola de comportamiento psicopático. El fenómeno suicida se está expandiendo mucho más allá de los límites de los fanáticos mártires islámicos. Desde el suceso de las Torres Gemelas del 11/9 el suicidio se ha tornado el acto político más crucial de la escena política global. El suicidio agresivo no debe ser visto como un mero fenómeno de desesperación y agresión, sino como una declaración del fin. La ola suicida parece sugerir que la humanidad ha salido de pista, y la desesperación se ha vuelto el modo prevalente de pensar sobre el futuro.

¿Entonces? No tengo respuesta. Todo lo que podemos hacer es lo que ya hacemos: la auto-organización del trabajo cognitivo es el único modo de avanzar más allá del presente psicopático. No creo que el mundo pueda ser gobernado por la Razón. La Utopía del Iluminismo ha fracasado. Pero pienso que la diseminación de conocimiento auto-organizado puede crear un entramado social que contenga infinitos mundos autónomos y auto-confiados.

El proceso de crear la red es tan complejo que no puede ser dirigido por la razón humana. La mente global es demasiado compleja como para ser conocida y dirigida por mentes localizadas sub-segmentarias. No podemos conocer, no podemos controlar, no podemos gobernar toda la fuerza de la mente global.

Pero podemos hacernos cargo del singular proceso de producir un mundo singular de socialidad. Esta es, hoy, la autonomía.

 

 

 

Traducción: Eduardo Sadier

Buenos Aires, febrero 2004.

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