Bifo – Psicoquímica

Psicoquímica

Bifo, Franco Berardi.  01.11.2001

Cuando nos horrorizamos frente a las extensiones de chalets con enanos que florecen a lo largo de la costa siciliana, ¿qué derecho tenemos de pretender que nuestro gusto sea objetivamente superior al gusto de los sicilianos? ¿No hay allí quizás una contradicción incurable entre estética y democracia? ¿Y no es quizás evidente que la democracia está destinada a ganar, cagándose en la ética y la estética?

El psicoanálisis parece atravesar una crisis profunda. En el número de Newsweek que salió el día de año nuevo del 2000, se hallaba una lista de las cosas destinadas a desaparecer en el nuevo siglo. La primera sería el psicoanálisis, mientras que sobrevivirá, según el semanario,  lo psíquico, el esoterismo mágico popularizado por ejércitos de charlatanes. Durante gran parte del siglo veinte el psicoanálisis ha ejercido un predominio intelectual y terapéutico como forma de interpretación y de cura de la neurosis. En las últimas décadas se ha asistido al desarrollo de psicoterapias del tipo relacional, como aquellas que se inspiran en el pensamiento de Gregory Bateson, de psicoterapias corporales como la bioenergética, y finalmente hemos visto el retorno de la terapia organicista refinada y potenciada de la psicofarmacología, mientras que en el horizonte se delinea la posibilidad de un ingreso determinante de la genética en el campo psicoterapéutico.

La crisis del psicoanálisis no corresponde en absoluto a un redimensionamiento cuantitativo de la psicopatía, de la neurosis o del sufrimiento mental. Todo lo contrario. En tanto no se pueden tomar en serio las estadísticas y las hipótesis cuantitativas cuando se trata del bienestar psíquico de la gente, es una experiencia ampliamente difundida que el malestar mental y el sufrimiento psíquico penetran en los pliegues de la vida metropolitana de modo cada vez más difuso o, al menos, de modo siempre más evidente. Fenómenos como la depresión y el pánico parecen haber alcanzado las dimensiones de una epidemia en el mundo occidental. Según algunos observadores la crisis del psicoanálisis se puede relacionar con un cierto tipo de consumismo apremiado. La demanda de cura es cada vez más asimilable a una instancia de consulta rápida, y el consumidor espiritual tiene cada vez menos deseos de hacer frente a los tiempos larguísimos de la cura psicoanalítica. Es mejor el prozac que la anamnesis en la época del fast food y de la aceleración de la productividad.

Pero todo esto no alcanza. Quizás hace falta reconocer que el psicoanálisis está ligado a una condición de elite, por sus altos costos, por sus tiempos largos, pero también y sobretodo porque requiere una disponibilidad intelectual cada vez más rara, hoy que el tiempo mental se ha convertido en la fuente principal del valor económico. Para los miembros de la clase virtual, que producen valor invirtiendo su trabajo cognitivo, el sufrimiento mental es una suerte de enfermedad profesional que se cura con los psicofármacos, instrumentos de rápida intervención para restituir a la mente su productividad. Para la población residual excluida del circuito virtual, entonces, la psicopatía deviene la nueva condición de normalidad: una normalidad agresiva, de la cual el integrismo, el nacionalismo, el conformismo son manifestaciones comunes.

Quizás la crisis del psicoanálisis deriva precisamente de la normalización de la psicopatía, del hecho de que ésta deviene condición común. ¿Cómo es posible mantener un ámbito específico de análisis y de terapia cuando los procesos de la política, de la producción, de la comunicación parecen coincidir con una progresiva patologización de la existencia social? Naturalmente comprendo cuán peligrosa es esta posición. De esta manera existe el riesgo de aplastar las historias individuales, reduciéndolas a manifestaciones de una patología social generalizada, y en segundo lugar está el riesgo de perder de vista la especificidad del análisis social, disolviéndolo definitivamente en un cuadro del tipo psicopatológico. Por último, y más radicalmente, es preciso preguntarse ¿con qué derecho podemos juzgar como psicopática la forma de vida que está emergiendo? Este es quizás un problema que debemos considerar cada vez que ejercitamos el juicio, en el plano político, en el plano psicoanalítico, o incluso en el plano estético. ¿Qué derecho tenemos de considerar barbarie aquello que simplemente escapa a nuestro criterio de juicio? No se trata acaso de un límite intrínseco al carácter humanístico del pensamiento crítico? ¿No se trata acaso de un límite del cual no podemos ciertamente liberarnos, pero que deberíamos admitir, reconociendo simplemente nuestra incapacidad de comprender aquello que ha ya traspasado los límites de la cultura humanística?

Cuando nos horrorizamos frente a las extensiones de cabañas con enanos que florecen a lo largo de la costa siciliana, ¿qué derecho tenemos de pretender que nuestro gusto sea objetivamente superior al gusto del noventa por ciento de los sicilianos que aman construir cabañas mexicanas con enanos brianzoli entre El Valle de los templos y el mar Jonio? ¿No hay allí acaso una contradicción implacable entre estética y democracia? ¿Y no es acaso evidente que la democracia está destinada a vencer, cagándose en  la ética y la estética humanística, romántica e instituyendo una nueva estética, hecha de cabañas tejanas, enanos brianzoli y rejas de falso mármol?

En el comportamiento de la mayoría de la humanidad contemporánea no debemos ver un efecto de superficie como eran las ideologías políticas o los movimientos de opinión. Debemos ver el signo de una mutación irreversible que embiste el psiquismo social y las formas mismas de la cognición. Debemos ver el efecto de automatismos psíquicos, lingüísticos, cognitivos que de ningún modo pueden ser obstaculizados o corregidos por la acción política, o  por la educación cívica, o por los buenos sentimientos humanitarios o humanísticos. La mutación del humano vuelve sencillamente obsoleto el universalismo humanístico.

Los conflictos interétnicos generados por el desplazamiento de masas de población, las crisis políticas consecuencia de estos, el emerger de formas de agresividad racial, religiosa, nacional parecen hoy recorrer de nuevo el trazado de los acontecimientos que en la primera parte del siglo veinte llevaron a la emergencia del totalitarismo nazi, al exterminio de pueblos enteros, a la guerra. Pero eso que está sucediendo hoy tiene una extensión mucho mayor que aquello que sucedió en los años veinte y treinta, porque el fenómeno implica a la mayoría de la población terrestre. Y a diferencia de entonces no se trata de un fenómeno provocado por la voluntad política de grupos fanáticos. El fanatismo ha devenido automatismo psíquico para la gran mayoría. La psicopatía ha devenido sentido común.

He aquí entonces que la crisis del psicoanálisis debe ser comprendida como un pasaje  decisivo. Para ir más allá de este pasaje yo veo la necesidad de repensar el psicoanálisis como esquizoanálisis, esto es el análisis que asume el punto de vista singular y proliferante de los innumerables agentes del lenguaje. En un cierto sentido la cura del sufrimiento mental y la interpretación de la psico-semiosis se convierten en la forma nueva de la política, la política finalmente adecuada al universo productivo post-industrial, en el cual la mente es directamente puesta a trabajar, y por consiguiente subordinada a los regímenes y a los ritmos patógenos. De la crisis del psicoanálisis emerge ahora la esquizopolítica, una política entendida como la terapia del funcionamiento colectivo del lenguaje y como irradiación de flujos terapéuticos en el circuito de la comunicación social.

En la época moderna la política fue el gobierno de la voluntad racional sobre el conjunto de los fenómenos imaginarios, proyectivos, comunicativos. La racionalidad, – esto es, la capacidad de elegir entre alternativas determinables según un criterio universal- guiaba la voluntad – esto es, la capacidad de seguir un proyecto y de imponerlo al curso de los acontecimientos mentales, comunicativos y materiales. Nada de todo esto existe ya. Los signos que constituyen el mundo compartido de la Infosfera son demasiado numerosos y demasiado veloces, para poder ser analizados y comprendidos críticamente, y en consecuencia no existen más las condiciones para una decisión racional en un orden  global y todavía menos existen las condiciones para una orientación voluntaria del curso de los acontecimientos del mundo.

El curso de los acontecimientos del mundo se presenta entonces como un caos psicopático en el cual la mente individual y aún la colectiva pierden toda capacidad de dirigir el propio destino y el destino de la colectividad. El sufrimiento psíquico deriva del sentimiento de una inadecuación estridente entre la pretensión de una finalidad voluntaria y racional del actuar y la realidad de un actuar azaroso, inconsciente, la realidad de un imaginario falto de orden, falto de jerarquía. Son las herencias del racionalismo moderno que producen la sensación de inadecuación de la mente colectiva.

El esquizoanálisis sugiere otro modo de relación con la política. No existe ninguna ya posibilidad de selección racional, ni de finalidad voluntaria. El esquizoanalisis propone suprimir toda referencia normativa a la racionalidad del juicio. El esquizoanálisis instituye el criterio de una singularidad del juicio que es paralela a la singularidad de los flujos comunicativos y de las relaciones existenciales. No existe ya ninguna coherencia social, existen procesos de socialización singular, y éstos pueden asumir el gobierno sobre sí mismos solamente si somos capaces de desligar definitivamente la referencia normativa y organizativa en las relaciones sociales. Es preciso declarar descompuesta la sociedad humana porque la humanidad ya no tiene ninguna para permanecer relacionada, ninguna razón para existir juntos.

El menoscabo de toda universalidad en el juicio, en la política, en la normatividad no indica la crisis provisoria de una racionalidad a la cual una nueva racionalidad universal debería suceder (como pretende el historicismo dialéctico, y el pensamiento político progresista). No existirá ya ninguna universalidad humana. El esquizoanálisis parte de aquí. La Esquizopolítica significa capacidad de constituir socialidad a partir de la recombinación singular de elementos imaginativos, mnésicos (mnémicos), deseantes. Autoconstitución de singularidad posthumana.

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