Foucault, Michel – Historia de la sexualidad I – cap. 2 (Método)

2. MÉTODO

Luego: analizar la formación de cierto tipo de saber sobre el

sexo en términos de poder, no de represión o ley. Pero la palabra

“poder” amenaza introducir varios malentendidos. Malentendidos

acerca de su identidad, su forma, su unidad. Por poder no quiero decir

“el Poder”, como conjunto de instituciones y aparatos que garantizan

la sujeción de los ciudadanos en un Estado determinado. Tampoco

indico un modo de sujeción que, por oposición a la violencia, tendría la

forma de la regla. Finalmente, no entiendo por poder un sistema

general de dominación ejercida por un elemento o un grupo sobre

otro, y cuyos efectos, merced a sucesivas derivaciones, atravesarían

el cuerpo social entero. El análisis en términos de poder no debe

postular, como datos iniciales, la soberanía del Estado, la forma de la

ley o la unidad global de una dominación; éstas son más bien formas

terminales. Me parece que por poder hay que comprender, primero, la

multiplicidad de las relaciones de fuerza inmanentes y propias del

dominio en que se ejercen, y que son constitutivas de su organización;

el juego que por medio de luchas y enfrentamientos incesantes las

trasforma, las refuerza, las invierte; los apoyos que dichas relaciones

de fuerza encuentran las unas en las otras, de modo que formen

cadena o sistema, o, al contrario, los corrimientos, las contradicciones

que aíslan a unas de otras; las estrategias, por último, que las tornan

efectivas, y cuyo dibujo general o cristalización institucional toma

forma en los aparatos estatales, en la formulación de la ley, en las

hegemonías sociales. La condición de posibilidad del poder, en todo

caso el punto de vista que permite volver inteligible su ejercicio (hasta

en sus efectos más “periféricos” y que también permite utilizar sus

mecanismos como cifra de inteligibilidad del campo social), no debe

ser buscado en la existencia primera de un punto central, en un foco

único de soberanía del cual irradiarían formas derivadas y

descendientes; son los pedestales móviles de las relaciones de

fuerzas los que sin cesar inducen, por su desigualdad, estados de

poder —pero siempre locales e inestables. Omnipresencia del poder:

no porque tenga el privilegio de reagruparlo todo bajo su invencible

unidad, sino porque se está produciendo a cada instante, en todos los

puntos, o más bien en toda relación de un punto con otro. El poder está en todas partes; no es que lo englobe todo, sino que viene de

todas partes. Y “el” poder, en lo que tiene de permanente, de

repetitivo, de inerte, de autorreproductor, no es más que el efecto de

conjunto que se dibuja a partir de todas esas movilidades, el

encadenamiento que se apoya en cada una de ellas y trata de fijarlas.

Hay que ser nominalista, sin duda: el poder no es una institución, y no

es una estructura, no es cierta potencia de la que algunos estarían

dotados: es el nombre que se presta a una situación estratégica

compleja en una sociedad dada.

¿Cabe, entonces, invertir la fórmula y decir que la política es la

continuación de la guerra por otros medios? Quizá, si aún se quiere

mantener una distancia entre guerra y política, se debería adelantar

más bien que esa multiplicidad de las relaciones de fuerza puede ser

cifrada —en parte y nunca totalmente— ya sea en forma de “guerra”,

ya en forma de “política”; constituirían dos estrategias diferentes (pero

prontas a caer la una en la otra) para integrar las relaciones de fuerza

desequilibradas, heterogéneas, inestables, tensas.

Siguiendo esa línea, se podrían adelantar cierto número de

proposiciones:

• que el poder no es algo que se adquiera, arranque o

comparta, algo que se conserve o se deje escapar; el poder se ejerce

a partir de innumerables puntos, y en el juego de relaciones móviles y

no igualitarias;

• que las relaciones de poder no están en posición de

exterioridad respecto de otros tipos de relaciones (procesos

económicos, relaciones de conocimiento, relaciones sexuales), sino

que son inmanentes; constituyen los efectos inmediatos de las

particiones, desigualdades y desequilibrios que se producen, y,

recíprocamente, son las condiciones internas de tales

diferenciaciones; las relaciones de poder no se hallan en posición de

superestructura, con un simple papel de prohibición o reconducción;

desempeñan, allí en donde actúan, un papel directamente productor;

• que el poder viene de abajo; es decir, que no hay, en el

principio de las relaciones de poder, y como matriz general, una

oposición binaria y global entre dominadores y dominados,

reflejándose esa dualidad de arriba abajo y en grupos cada vez más

restringidos, hasta las profundidades del cuerpo social. Más bien hay

que suponer que las relaciones de fuerza múltiples que se forman y

actúan en los aparatos de producción, las familias, los grupos

restringidos y las instituciones, sirven de soporte a amplios efectos de

escisión que recorren el conjunto del cuerpo social. Éstos forman

entonces una línea de fuerza general que atraviesa los

enfrentamientos locales y los vincula; de rechazo, por supuesto, estos

últimos proceden sobre aquellos a redistribuciones, alineamientos,

homogeneizaciones, arreglos de serie, establecimientos de

convergencia. Las grandes dominaciones son los efectos

hegemónicos sostenidos continuamente por la intensidad de todos

esos enfrentamientos;

• que las relaciones de poder son a la vez intencionales y no

subjetivas. Si, de hecho, son inteligibles, no se debe a que sean el

efecto, en términos de causalidad, de una instancia distinta que las

“explicaría”, sino a que están atravesadas de parte a parte por un

cálculo: no hay poder que se ejerza sin una serie de miras y objetivos.

Pero ello no significa que resulte de la opción o decisión de un sujeto

individual; no busquemos el estado mayor que gobierna su

racionalidad; ni la casta que gobierna, ni los grupos que controlan los

aparatos del Estado, ni los que toman las decisiones económicas más

importantes administran el conjunto de la red de poder que funciona

en una sociedad (y que la hace funcionar); la racionalidad del poder

es la de las tácticas a menudo muy explícitas en el nivel en que se

inscriben —cinismo local del poder—, que encadenándose unas con

otras, solicitándose mutuamente y propagándose, encontrando en

otras partes sus apoyos y su condición, dibujan finalmente dispositivos

de conjunto: ahí, la lógica es aún perfectamente clara, las miras

descifrables, y, sin embargo, sucede que no hay nadie para

concebirlas y muy pocos para formularlas: carácter implícito de las

grandes estrategias anónimas, casi mudas, que coordinan tácticas

locuaces cuyos “inventores” o responsables frecuentemente carecen

de hipocresía;

• que donde hay poder hay resistencia, y no obstante (o mejor:

por lo mismo), ésta nunca está en posición de exterioridad respecto

del poder. ¿Hay que decir que se está necesariamente “en” el poder,

que no es posible “escapar” de él, que no hay, en relación con él,

exterior absoluto, puesto que se estaría infaltablemente sometido a la

ley? ¿O que, siendo la historia la astucia de la razón, el poder sería la

astucia de la historia —el que siempre gana? Eso sería desconocer el

carácter estrictamente relacional de las relaciones de poder. No

pueden existir más que en función de una multiplicidad de puntos de

resistencia: éstos desempeñan, en las relaciones de poder, el papel

de adversario, de blanco, de apoyo, de saliente para una aprehensión.

Los puntos de resistencia están presentes en todas partes dentro de

la red de poder. Respecto del poder no existe, pues, un lugar del gran

Rechazo —alma de la revuelta, foco de todas las rebeliones, ley pura del revolucionario. Pero hay varias resistencias que constituyen

excepciones, casos especiales: posibles, necesarias, improbables,

espontáneas, salvajes, solitarias, concertadas, rastreras, violentas,

irreconciliables, rápidas para la transacción, interesadas o

sacrificiales; por definición, no pueden existir sino en el campo

estratégico de las relaciones de poder. Pero ello no significa que sólo

sean su contrapartida, la marca en hueco de un vaciado del poder,

formando respecto de la esencial dominación un revés finalmente

siempre pasivo, destinado a la indefinida derrota. Las resistencias no

dependen de algunos principios heterogéneos; mas no por eso son

engaño o promesa necesariamente frustrada. Constituyen el otro

término en las relaciones de poder; en ellas se inscriben como el

irreducible elemento enfrentador. Las resistencias también, pues,

están distribuidas de manera irregular: los puntos, los nudos, los focos

de resistencia se hallan diseminados con más o menos densidad en el

tiempo y en el espacio, llevando a lo alto a veces grupos o individuos

de manera definitiva, encendiendo algunos puntos del cuerpo, ciertos

momentos de la vida, determinados tipos de comportamiento.

¿Grandes rupturas radicales, particiones binarias y masivas? A veces.

Pero más frecuentemente nos enfrentamos a puntos de resistencia

móviles y transitorios, que introducen en una sociedad líneas

divisorias que se desplazan rompiendo unidades y suscitando

reagrupamientos, abriendo surcos en el interior de los propios

individuos, cortándolos en trozos y remodelándolos, trazando en ellos,

en su cuerpo y su alma, regiones irreducibles. Así como la red de las

relaciones de poder concluye por construir un espeso tejido que

atraviesa los aparatos y las instituciones sin localizarse exactamente

en ellos, así también la formación del enjambre de los puntos de

resistencia surca las estratificaciones sociales y las unidades

individuales. Y es sin duda la codificación estratégica de esos puntos

de resistencia lo que torna posible una revolución, un poco como el

Estado reposa en la integración institucional de las relaciones de

poder.

Dentro de ese campo de las relaciones de fuerza hay que

analizar los mecanismos del poder. Así se escapará del sistema

Soberano-Ley que tanto tiempo fascinó al pensamiento político. Y, si

es verdad que Maquiavelo fue uno de los pocos —y sin duda residía

en eso el escándalo de su “cinismo”— en pensar el poder del príncipe

en términos de relaciones de fuerza, quizá haya que dar un paso más,

dejar de lado el personaje del Príncipe y descifrar los mecanismos del

poder a partir de una estrategia inmanente en las relaciones de

fuerza.

Para volver al sexo y a los discursos verdaderos que lo tomaron

a su cargo, el problema a resolver no debe pues consistir en lo

siguiente: habida cuenta de determinada estructura estatal, ¿cómo y

por qué “el” poder necesita instituir un saber sobre el sexo? No será

tampoco: ¿a qué dominación de conjunto sirvió el cuidado puesto

(desde el siglo XVIII) en producir sobre el sexo discursos verdaderos?

Ni tampoco: ¿qué ley presidió, al mismo tiempo, a la regularidad del

comportamiento sexual y a la conformidad de lo que se decía sobre el

mismo? Sino, en cambio: en tal tipo de discurso sobre el sexo, en tal

forma de extorsión de la verdad que aparece históricamente y en

lugares determinados (en torno al cuerpo del niño, a propósito del

sexo femenino, en la oportunidad de prácticas de restricciones de

nacimientos, etc.), ¿cuáles son las relaciones de poder, las más

inmediatas, las más locales, que están actuando? ¿Cómo tornan

posibles esas especies de discursos, e, inversamente, cómo esos

discursos les sirven de soporte? ¿Cómo se ve modificado el juego de

esas relaciones de poder en virtud de su ejercicio mismo —refuerzo

de ciertos términos, debilitamiento de otros, efectos de resistencia,

contracargas (contre-investissements), de tal suerte que no ha habido,

dado de una vez por todas, un tipo estable de sujeción? ¿Cómo se

entrelazan unas con otras las relaciones de poder, según la lógica de

una estrategia global que retrospectivamente adquiere el aspecto de

una política unitaria y voluntarista del sexo? Grosso modo: en lugar de

referir a la forma única del gran Poder todas las violencias

infinitesimales que se ejercen sobre el sexo, todas las miradas turbias

que se le dirigen y todos los sellos con que se oblitera su

conocimiento posible, se trata de inmergir la abundosa producción de

discursos sobre el sexo en el campo de las relaciones de poder

múltiples y móviles.

Lo que conduce a plantear previamente cuatro reglas. Pero no

constituyen imperativos metodológicos; cuanto más, prescripciones de

prudencia.

1] Regla de inmanencia

No considerar que existe determinado dominio de la sexualidad

que depende por derecho de un conocimiento científico desinteresado

y libre, pero sobre el cual las exigencias del poder —económicas o

ideológicas— hicieron pesar mecanismos de prohibición. Si la

sexualidad se constituyó como dominio por conocer, tal cosa sucedió

a partir de relaciones de poder que la instituyeron como objeto

posible; y si el poder pudo considerarla un blanco, eso ocurrió porque técnicas de saber y procedimientos discursivos fueron capaces de

sitiarla e inmovilizarla. Entre técnicas de saber y estrategias de poder

no existe exterioridad alguna, incluso si poseen su propio papel

específico y se articulan una con otra, a partir de su diferencia. Se

partirá pues de lo que podría denominarse “focos locales” de podersaber:

por ejemplo, las relaciones que se anudan entre penitente y

confesor o fiel y director de conciencia: en ellas, y bajo el signo de la

“carne” que se debe dominar, diferentes formas de discursos —

examen de sí mismo, interrogatorios, confesiones, interpretaciones,

conversaciones— portan en una especie de vaivén incesante formas

de sujeción y esquemas de conocimiento. Asimismo, el cuerpo del

niño vigilado, rodeado en su cuna, lecho o cuarto por toda una ronda

de padres, nodrizas, domésticos, pedagogos, médicos, todos atentos

a las menores manifestaciones de su sexo, constituyó, sobre todo a

partir del siglo XVIII, otro “foco local” de poder-saber.

2] Reglas de las variaciones continuas

No buscar quién posee el poder en el orden de la sexualidad (los

hombres, los adultos, los padres, los médicos) y a quién le falta (las

mujeres, los adolescentes, los niños, los enfermos…); ni quién tiene el

derecho de saber y quién está mantenido por la fuerza en la

ignorancia. Sino buscar, más bien, el esquema de las modificaciones

que las relaciones de fuerza, por su propio juego, implican. Las

“distribuciones de poder” o las “apropiaciones de saber” nunca

representan otra cosa que cortes instantáneos de ciertos procesos, ya

de refuerzo acumulado del elemento más fuerte, ya de inversión de la

relación, ya de crecimiento simultáneo de ambos términos. Las

relaciones de poder-saber no son formas establecidas de repartición

sino “matrices de trasformaciones”. El conjunto constituido en el siglo

XIX alrededor del niño y su sexo por el padre, la madre, el educador y

el médico, atravesó modificaciones incesantes, desplazamientos

continuos, uno de cuyos resultados más espectaculares fue una

extraña inversión: mientras que, al principio, la sexualidad del niño fue

problematizada en una relación directamente establecida entre el

médico y los padres (en forma de consejos, de opinión sobre

vigilancia, de amenazas para el futuro), finalmente fue en la relación

del psiquiatra con el niño como la sexualidad de los adultos se vio

puesta en entredicho.

3] Regla del doble condicionamiento

Ningún “foco local”, ningún “esquema de trasformación” podría

funcionar sin inscribirse al fin y al cabo, por una serie de

encadenamientos sucesivos, en una estrategia de conjunto.

Inversamente, ninguna estrategia podría asegurar efectos globales si no se apoyara en relaciones precisas y tenues que le sirven, si no de

aplicación y consecuencia, sí de soporte y punto de anclaje. De unas

a otras, ninguna discontinuidad como en dos niveles diferentes (uno

microscópico y el otro macroscópico) , pero tampoco homogeneidad

(como si uno fuese la proyección aumentada o la miniaturización del

otro); más bien hay que pensar en el doble condicionamiento de una

estrategia por la especificidad de las tácticas posibles y de las tácticas

por la envoltura estratégica que las hace funcionar. Así, en la

familia el padre no es el “representante” del soberano o del Estado; y

éstos no son proyecciones del padre en otra escala. La familia no

reproduce a la sociedad; y ésta, a su vez, no la imita. Pero el

dispositivo familiar, precisamente en lo que tenía de insular y de

heteromorfo respecto de los demás mecanismos de poder, sirvió de

soporte a las grandes “maniobras” para el control malthusiano de la

natalidad, para las incitaciones poblacionistas, para la medicalización

del sexo y la psiquiatrización de sus formas no genitales.

4] Regla de la polivalencia táctica de los discursos

Lo que se dice sobre el sexo no debe ser analizado como simple

superficie de proyección de los mecanismos de poder. Poder y saber

se articulan por cierto en el discurso. Y por esa misma razón, es

preciso concebir el discurso como una serie de segmentos

discontinuos cuya función táctica no es uniforme ni estable. Más

precisamente, no hay que imaginar un universo del discurso dividido

entre el discurso aceptado y el discurso excluido o entre el discurso

dominante y el dominado, sino como una multiplicidad de elementos

discursivos que pueden actuar en estrategias diferentes. Tal

distribución es lo que hay que restituir, con lo que acarrea de cosas

dichas y cosas ocultas, de enunciaciones requeridas y prohibidas; con

lo que supone de variantes y efectos diferentes según quién hable, su

posición de poder, el contexto institucional en que se halle colocado;

con lo que trae, también, de desplazamientos y reutilizaciones de

fórmulas idénticas para objetivos opuestos. Los discursos, al igual que

los silencios, no están de una vez por todas sometidos al poder o

levantados contra él. Hay que admitir un juego complejo e inestable

donde el discurso puede, a la vez, ser instrumento y efecto de poder,

pero también obstáculo, tope, punto de resistencia y de partida para

una estrategia opuesta. El discurso trasporta y produce poder; lo

refuerza pero también lo mina, lo expone, lo torna frágil y permite

detenerlo. Del mismo modo, el silencio y el secreto abrigan el poder,

anclan sus prohibiciones; pero también aflojan sus apresamientos y

negocian tolerancias más o menos oscuras. Piénsese por ejemplo en

la historia de lo que fue, por excelencia, “el” gran pecado contra

natura. La extrema discreción de los textos sobre la sodomía —esa

categoría tan confusa—, la reticencia casi general al hablar de ella

permitió durante mucho tiempo un doble funcionamiento: por una

parte, una extrema severidad (condena a la hoguera aplicada aún en

el siglo XVIII sin que ninguna protesta importante fuera expresada

antes de la mitad del siglo), y, por otra, una tolerancia seguramente

muy amplia (que se deduce indirectamente de la rareza de las

condenas judiciales, y que se advierte más directamente a través de

ciertos testimonios sobre las sociedades masculinas que podían

existir en los ejércitos o las cortes). Ahora bien, en el siglo XIX, la

aparición en la psiquiatría, la jurisprudencia y también la literatura de

toda una serie de discursos sobre las especies y subespecies de

homosexualidad, inversión, pederastia y “hermafroditismo psíquico”,

con seguridad permitió un empuje muy pronunciado de los controles

sociales en esta región de la “perversidad”, pero permitió también la

constitución de un discurso “de rechazo”: la homosexualidad se puso

a hablar de sí misma, a reivindicar su legitimidad o su “naturalidad”

incorporando frecuentemente al vocabulario las categorías con que

era médicamente descalificada. No existe el discurso del poder por un

lado y, enfrente, otro que se le oponga. Los discursos son elementos

o bloques tácticos en el campo de las relaciones de fuerza; puede

haberlos diferentes e incluso contradictorios en el interior de la misma

estrategia; pueden por el contrario circular sin cambiar de forma entre

estrategias opuestas. A los discursos sobre el sexo no hay que

preguntarles ante todo de cuál teoría implícita derivan o qué divisiones

morales acompañan o qué ideología —dominante o dominada—

representan, sino que hay que interrogarlos en dos niveles: su

productividad táctica (qué efectos recíprocos de poder y saber

aseguran) y su integración estratégica (cuál coyuntura y cuál relación

de fuerzas vuelve necesaria su utilización en tal o cual episodio de los

diversos enfrentamientos que se producen).

Se trata, en suma, de orientarse hacia una concepción del poder

que remplaza el privilegio de la ley por el punto de vista del objetivo, el

privilegio de lo prohibido por el punto de vista de la eficacia táctica, el

privilegio de la soberanía por el análisis de un campo múltiple y móvil

de relaciones de fuerza donde se producen efectos globales, pero

nunca totalmente estables, de dominación. El modelo estratégico y no

el modelo del derecho. Y ello no por opción especulativa o preferencia

teórica, sino porque uno de los rasgos fundamentales de las

sociedades occidentales consiste, en efecto, en que las relaciones

de fuerza —que durante mucho tiempo habían encontrado en la

guerra, en todas las formas de guerra, su expresión principal— se

habilitaron poco a poco en el orden del poder político.

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