Nietzsche, Friedrich – Textos sobre estilo

DE ECCE HOMO

Por qué escribo libros tan buenos

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Una cosa soy yo, otra cosa son mis escritos. Antes de hablar de ellos tocaré la cuestión de si han sido comprendidos o in­comprendidos. Lo hago con la dejadez que, de algún modo, resulta apropiada, pues no ha llegado aún el tiempo de hacer esa pregunta. Tampoco para mí mismo ha llegado aún el tiempo, algunos nacen póstumamente. Algún día se sen­tirá la necesidad de instituciones en que se viva y se enseñe como yo sé vivir y enseñar; tal vez, incluso, se creen entonces también cátedras especiales dedicadas a la interpretación del Zaratustra. Pero estaría en completa contradicción con­migo mismo si ya hoy esperase yo encontrar oídos y manos para mis verdades: que hoy no se me oiga, que hoy no se sepa tomar nada de mí, eso no sólo es comprensible, eso me pare­ce incluso lo justo. No quiero ser confundido con otros, para ello, tampoco yo debo confundirme a mí mismo con otros. Lo repito, en mi vida se puede señalar muy poco de «malvada voluntad»; tampoco de «malvada voluntad» lite­raria podría yo narrar apenas caso alguno. En cambio, de­masiado de estupidez pura. Tomar en las manos un libro mío me parece una de las más raras distinciones que alguien puede concederse, supongo incluso que para hacerlo se quitará los guantes, para no hablar de las botas. Cuando en una ocasión el doctor Heinrich von Stein se quejó honesta­mente de no entender una palabra de mi Zaratustra, le dije que me parecía natural: haber comprendido seis frases de ese libro, es decir, haberlas vivido, eleva a los mortales a un nivel superior a aquel que los hombres «modernos» podrían alcanzar. Poseyendo este sentimiento de la distancia, ¡cómo podría yo ni siquiera desear ser leído por los «modernos» que conozco! Mi triunfo es precisamente el opuesto del de Schopenhauer: yo digo non legor, non legar [no soy leído, no seré leído]. No es que yo quiera infravalorar la satisfac­ción que me ha producido muchas veces la inocencia con que se ha dicho no a mis escritos. Todavía este verano, en una época en la cual con el peso, con el excesivo peso de mi literatura, tal vez podría yo desnivelar la balanza con todo el resto de la literatura, un catedrático de la Universidad de Berlín me dio a entender benévolamente que debería servir­me de una forma distinta, pues cosas así no las lee nadie. Ultimamente no ha sido Alemania, sino Suiza, la que ha ofrecido los dos casos extremos. Un artículo del doctor V Widmann publicado en el Bund sobre Más allá del bien y del mal, con el título «El peligroso libro de Nietzsche», y una reseña global sobre mis libros, escrita por el señor Karl Spitteler asimismo en el Bund, representan un maximum en mi vida -me guardo de decir de qué. El último conside­raba, por ejemplo, mi Zaratustra como un «superior ejerci­cio de estilo» y expresaba el deseo de que en adelante me ocupase también del contenido; el doctor Widmann me ma­nifestaba su aprecio por el valor con que me esfuerzo en abo­lir todos los sentimientos decentes. Por una pequeña mali­cia del azar, en este artículo cada frase era, con una coherencia que he admirado, una verdad puesta del revés: en el fondo bastaba con «transvalorar todos los valores» para dar, incluso de un modo notable, a propósito de mí, en la ca­beza del clavo, en lugar de dar con un clavo en mi cabeza. Con tanto mayor motivo intento ofrecer una explicación. En última instancia nadie puede escuchar en las cosas, in­cluidos los libros, más de lo que ya sabe. Se carece de oídos para escuchar aquello a lo cual no se tiene acceso desde la vi­vencia. Imaginémonos el caso extremo de que un libro no hable más que de vivencias que, en su totalidad, se encuen­tran situadas más allá de la posibilidad de una experiencia frecuente o, también, poco frecuente, de que sea el primer lenguaje para expresar una serie nueva de experiencias. En este caso, sencillamente, no se oye nada, lo cual produce la ilusión acústica de creer que donde no se oye nada no hay tampoco nada. Ésta es, en definitiva, mi experiencia ordi­naria y, si se quiere, la originalidad de mi experiencia. Quien ha creído haber comprendido algo de mí, ése ha rehecho algo mío a su imagen, no raras veces le ha salido lo opuesto a mí, por ejemplo un «idealista»; quien no había entendido nada de mí negaba que yo hubiera de ser tenido siquiera en cuenta. La palabra «superhombre», que designa un tipo de óptima constitución, en contraste con los hombres «moder­nos», con los hombres «buenos», con los cristianos y demás nihilistas, una palabra que, en boca de Zaratustra, el ani­quilador de la moral, se convierte en una palabra muy digna de reflexión, ha sido entendida casi en todas partes, con total inocencia, en el sentido de aquellos valores cuya antítesis se ha manifestado en la figura de Zaratustra, es decir, ha sido entendida como tipo «idealista» de una especie superior de hombre, mitad «santo», mitad «genio». Otros doctos ani­males con cuernos me han achacado, por su parte, darwinis­mo; incluso se ha redescubierto aquí el «culto de los héroes», tan duramente rechazado por mí, de aquel gran falsario in­voluntario e inconsciente que fue Carlyle. Y a una persona a quien le soplé al oído que debería buscar un Cesare Borgia más bien que un Parsifal, no dio crédito a sus oídos. Habrá de perdonárseme el que yo no sienta curiosidad algu­na por las recensiones de mis libros, sobre todo por las de periódicos. Mis amigos, mis editores lo saben y no me hablan de ese asunto. En un caso especial tuve ocasión de ver con mis propios ojos todo lo que se había perpetrado contra un solo libro mío: era Más allá del bien y del mal; sobre esto podría escribir toda una historia. ¿Se creerá que la National­zeitung –un periódico prusiano, lo digo para mis lectores ex­tranjeros, pues yo no leo, con permiso, más que el Journal des Débats- ha sabido ver en ese libro, con absoluta seriedad, un «signo de los tiempos», la auténtica y verdadera filosofia de los Junker [hidalgos], para adoptar la cual sólo le faltaba a la Kreuzzeitung coraje?

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Esto iba dicho para alemanes, pues en todos los demás luga­res tengo yo lectores, todos ellos inteligencias selectas, carac­teres probados, educados en altas posiciones y en elevados deberes; tengo incluso verdaderos genios entre mis lectores. En Viena, en San Petersburgo, en Estocolmo, en París y Nue­va York -en todas partes estoy descubierto; pero no en el país plano de Europa, Alemania. Y, lo confieso, me alegro aun más de mis no-lectores, de aquellos que jamás han oído ni mi nombre ni la palabra filosofía; pero a cualquier lugar que llego, aquí en Turín por ejemplo, todos los rostros se ale­gran y se ponen benévolos al verme. Lo que más me ha li­sonjeado hasta ahora es que algunas viejas vendedoras de frutas no descansan hasta haber escogido para mí los raci­mos más dulces de sus uvas. Hasta ese punto hay que ser fi­lósofo. No en vano se dice que los polacos son los franceses entre los eslavos. Una rusa encantadora no se engañará ni un instante sobre mi origen. No consigo ponerme solemne, a lo más que llego es al azoramiento. Pensar en alemán, sentir en alemán; yo puedo hacerlo todo, pero esto supera mis fuerzas. Mi viejo maestro Ritschl llegó a afirmar que aun mis trabajos filológicos yo los concebía como un romancier [novelista] parisiense, absurdamente excitantes. En el propio París están asombrados de toutes mes audaces et fi­nesses [todas mis audacias y sutilezas] -la expresión es de Monsieur Taine-; temo que hasta en las formas supremas del ditirambo se encuentre en mí un poco de aquella sal que nunca se vuelve fastidiosa -«alemana»-, que haya en ellos esprit… Soy incapaz de obrar de otro modo. ¡Dios me ayude! Amén. Todos nosotros sabemos, algunos lo saben inclu­so por experiencia propia, qué es un animal de orejas largas. Bien, me atrevo a afirmar que yo tengo las orejas más peque­ñas que existen. Esto interesa no poco a las mujercitas, me parece que se sienten comprendidas mejor por mí. Yo soy el antiasno par excellence y, por lo tanto, un monstruo en la historia del mundo; yo soy, dicho en griego, y no sólo en griego, el anticristo.

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Yo conozco en cierta medida mis privilegios como escritor; en determinados casos puedo documentar incluso hasta qué punto la familiaridad con mis escritos «corrompe» el gusto. Sencillamente, no se soportan ya otros libros; y los que me­nos, los filosóficos. Es una distinción sin igual penetrar en este mundo aristocrático y delicado, para hacerlo no es lí­cito en absoluto ser alemán; es, en definitiva, una distinción que hay que haber merecido. Pero quien es afín a mí por la altura del querer experimenta aquí verdaderos éxtasis del aprender, pues yo vengo de alturas que ninguna ave ha so­brevolado jamás, yo conozco abismos en los que todavía no se ha extraviado pie ninguno. Se me ha dicho que no es posi­ble dejar de la mano un libro mío, que yo perturbo aun el reposo nocturno. No existe en absoluto una especie más orgullosa y, a la vez, más refinada de libros: acá y allá alcan­zan lo más alto que es posible alcanzar en la Tierra, el cinis­mo; hay que conquistarlos con los dedos más delicados y asi­mismo con los puños más valientes. Toda decrepitud del alma, incluso toda dispepsia excluye de ellos, de una vez por todas: hace falta no tener nervios, hace falta tener un bajo vientre jovial. No sólo la pobreza, el aire rancio de un alma excluye de ellos, y mucho más la cobardía, la suciedad, la se­creta ansia de venganza asentadas en los intestinos: una pa­labra mía saca a la luz todos los malos instintos. Entre mis conocidos tengo varias cobayas en los cuales observo la di­versa, la muy instructivamente diversa reacción a mis escri­tos. Quien no quiere tener nada que ver con su contenido, por ejemplo mis así llamados amigos, se vuelve «imperso­nal» al leerlos: me felicita por haber llegado de nuevo «tan lejos», también habría, dice, un progreso en una mayor jovialidad en el tono. Los «espíritus» completamente viciosos, las «almas bellas», los mendaces de pies a cabeza, no saben en absoluto qué hacer con estos libros, en conse­cuencia, los ven por debajo de sí, hermosa conclusión lógica de todas las «almas bellas» El animal con cuernos entre mis conocidos, todos ellos alemanes, con perdón, me da a enten­der que no siempre es de mi opinión, pero que, sin embargo, acá y allá, por ejemplo. Esto lo he oído decir incluso del Za­ratustra. De igual manera, todo «feminismo» en el ser hu­mano, también en el varón, es una barrera para llegar a mí: jamás se entrará en este laberinto de conocimientos temera­rios. Hace falta no haber sido nunca complaciente consigo mismo, hace falta contar la dureza entre los hábitos propios para encontrarse jovial y de buen humor entre verdades to­das ellas duras. Cuando me represento la imagen de un lec­tor perfecto, siempre resulta un monstruo de coraje y de cu­riosidad y, además, una cosa dúctil, astuta, cauta, un aventurero y un descubridor nato. Por fin: mejor que lo he dicho en el Zaratustra no sabría yo decir para quién única­mente hablo en el fondo; La quién únicamente quiere contar él su enigma?

A vosotros, los audaces buscadores e indagadores, y a quienquiera que alguna vez se haya lanzado con astutas velas a mares terribles, – a vosotros los ebrios de enigmas, que gozáis con la luz del cre­púsculo, cuyas almas son atraídas con flautas a todos los abismos laberínticos: pues no queréis, con mano cobarde, seguir a tientas un hilo; y allí donde podéis adivinar, odiáis el deducir.

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Voy a añadir ahora algunas palabras generales sobre mi arte del estilo. Comunicar un estado, una tensión interna de pa­thos, por medio de signos, incluido el tempo [ritmo] de esos signos, tal es el sentido de todo estilo; y teniendo en cuenta que la multiplicidad de los estados interiores es en mí ex­traordinaria, hay en mí muchas posibilidades del estilo, el más diverso arte del estilo de que un hombre ha dispuesto nunca. Es bueno todo estilo que comunica realmente un es­tado interno, que no yerra en los signos, en el tempo de los signos, en los gestos -todas las leyes del período son arte del gesto. Mi instinto es aquí infalible. Buen estilo en sí; una pura estupidez, mero «idealismo», algo parecido a lo «bello en sí», a lo «bueno en sí», a la «cosa en sí». Dando siempre por supuesto que haya oídos, que haya hombres capaces y dignos de tal pathos, que no falten aquellos hombres con los que es lícito comunicarse. Por ejemplo, mi Zaratustra bus­ca todavía ahora esos hombres -¡ay!, ¡tendrá que buscarlos aún por mucho tiempo! Es necesario ser digno de oírlo. Y hasta entonces no habrá nadie que comprenda el arte que aquí se ha prodigado: jamás nadie ha podido derrochar tan­tos medios artísticos nuevos, inauditos, creados en realidad por vez primera para esta circunstancia. Quedaba por de­mostrar que era posible tal cosa precisamente en lengua ale­mana: yo mismo, antes, lo habría rechazado con la mayor dureza. Antes de mí no se sabe lo que es posible hacer con la lengua alemana lo que, en absoluto, es posible hacer con la lengua. El arte del gran ritmo, el gran estilo de los perío­dos para expresar un inmenso arriba y abajo de pasión su­blime, de pasión sobrehumana, yo he sido el primero en des­cubrirlo; con un ditirambo como el último del tercer Zaratustra, titulado «Los siete sellos», he volado miles de millas más allá de todo lo que hasta ahora se llamaba poesía.

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Que en mis escritos habla un psicólogo sin igual, tal vez sea ésta la primera conclusión a que llega un buen lector, un lector como yo lo merezco, que me lea como los buenos filó­logos de otros tiempos leían a su Horacio. Las tesis sobre las cuales está de acuerdo en el fondo todo el mundo, para no hablar de los filósofos de todo el mundo, los moralistas y otras cazuelas vacías, cabezas de repollo, aparecen en mí como ingenuidades del desacierto; por ejemplo, aquella creencia de que «no egoísta» y «egoísta» son términos opuestos, cuando en realidad el ego [yo] mismo no es más que una «patraña superior», un «ideal». No hay ni acciones egoístas ni acciones no-egoístas: ambos conceptos son un contrasentido psicológico. O la tesis «el hombre aspira a la felicidad». O la tesis «la felicidad es la recompensa de la vir­tud». O la tesis «placer y displacer son términos contra­puestos». La Circe de la humanidad, la moral, ha falseado moralizado- de pies a cabeza todos los asuntos psicológi­cos hasta llegar a aquel horrible contrasentido de que el amor debe ser algo «no-egoísta». Es necesario estar firmemen­te asentado en sí mismo, es necesario apoyarse valerosamente sobre las propias piernas, pues de otro modo no es posible amar. Esto lo saben demasiado bien, en definitiva, las mujer­citas: no saben qué diablos hacer con hombres desinteresa­dos, con hombres meramente objetivos. ¿Me es lícito atre­verme a expresar de paso la sospecha de que yo conozco a las mujercitas? Esto forma parte de mi dote dionisiaca. ¿Quién sabe? Tal vez sea yo el primer psicólogo de lo eterno femeni­no. Todas ellas me aman -una vieja historia- descontando las mujercitas lisiadas, las «emancipadas», a quienes les falta la herramienta para tener hijos. Por fortuna, yo no tengo ningún deseo de dejarme desgarrar: la mujer perfecta des­garra cuando ama. Conozco a esas amables ménades. ¡Ay, qué peligrosos, insinuantes, subterráneos animalillos de presa!, ¡y tan agradables además! Una mujercita que persi­gue su venganza sería capaz de atropellar al destino mismo. La mujer es indeciblemente más malvada que el hombre, también más lista; la bondad en la mujer es ya una forma de degeneración. Hay en el fondo de todas las denominadas «almas bellas» un defecto fisiológico, no lo digo todo, pues de otro modo me volvería medio cínico. La lucha por la igual­dad de derechos es incluso un síntoma de enfermedad: todo médico lo sabe. Cuanto más mujer es la mujer, tanto más se defiende con manos y pies contra los derechos en general: el estado natural, la guerra eterna entre los sexos, le otorga con mucho el primer puesto. ¿Se ha tenido oídos para es­cuchar mi definición del amor? Es la única digna de un filó­sofo. Amor, en sus medios la guerra, en su fondo el odio mortal de los sexos. ¿Se ha oído mi respuesta a la pregun­ta sobre cómo se cura a una mujer, sobre cómo se la «redi­me»? Se le hace un hijo. La mujer necesita hijos, el varón no es nunca nada más que un medio, así habló Zaratustra. «Emancipación de la mujer», esto representa el odio ins­tintivo de la mujer mal constituida, es decir, incapaz de pro­crear, contra la mujer bien constituida; la lucha contra el «varón» no es nunca más que un medio, un pretexto, una táctica. Al elevarse a sí misma como «mujer en sí», como «mujer superior», como «mujer idealista», quiere rebajar el nivel general de la mujer; ningún medio más seguro para esto que estudiar bachillerato, llevar pantalones y tener los dere­chos políticos del animal electoral. En el fondo las mujeres emancipadas son las anarquistas en el mundo de lo «eterno fe­menino», las fracasadas, cuyo instinto más radical es la ven­ganza. Todo un género del más maligno «idealismo» -que, por lo demás, también se da entre varones, por ejemplo en Henrik Ibsen, esa típica soltera vieja- tiene como meta enve­nenar la buena conciencia, lo que en el amor sexual es natura­leza. Y para no dejar ninguna duda sobre mi mentalidad, tan honnéte [honesta] como rigurosa a este propósito, voy a expo­ner otra proposición de mi código moral contra el vicio; bajo el nombre de vicio yo combato toda clase de contranaturaleza o, si se aman las bellas palabras, de idealismo. El principio dice así: «La predicación de la castidad es una incitación pú­blica a la contranaturaleza. Todo desprecio de la vida sexual, toda impurificación de esa vida con el concepto de “impuro”, es el auténtico pecado contra el espíritu santo de la vida».

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Para dar una idea de mí como psicólogo recojo aquí un cu­rioso fragmento de sicología que aparece en Más allá del bien y del mal. Prohíbo, por lo demás, toda conjetura acerca de quién es el descrito por mí en este pasaje. «El genio del corazón, tal como lo posee aquel gran oculto, el dios-ten­tador y cazarratas nato de las conciencias, cuya voz sabe des­cender hasta el inframundo de toda alma, que no dice una palabra, no lanza una mirada en las que no haya un propósi­to y un guiño de seducción, de cuya maestría forma parte el saber parecer  y no aquello que él es, sino aquello que cons­tituye, para quienes lo siguen, una compulsión más para acercarse cada vez más a él, para seguirle de un modo cada vez más íntimo y radical: el genio del corazón, que a todo lo que es ruidoso y se complace en sí mismo lo hace enmu­decer y le enseña a escuchar, que pule las almas rudas y les da a gustar un nuevo deseo, el de estar quietas como un espe­jo, para que el cielo profundo se refleje en ellas; el genio del corazón, que a la mano torpe y apresurada le enseña a vaci­lar y a coger las cosas con mayor delicadeza, que adivina el tesoro oculto y olvidado, la gota de bondad y de dulce espiri­tualidad escondida bajo el hielo grueso y opaco y es una va­rita mágica para todo grano de oro que yació largo tiempo sepultado en la prisión del mucho cieno y arena; el genio del corazón, de cuyo contacto todo el mundo sale más rico, no agraciado y sorprendido, no beneficiado y oprimido como por un bien ajeno, sino más rico de sí mismo, más nuevo que antes, removido, oreado y sonsacado por un viento tibio, tal vez más inseguro, más delicado, más frágil, más quebradizo, pero lleno de esperanzas que aún no tienen nombre, lleno de nueva voluntad y nuevo fluir, lleno de nueva contravoluntad y nuevo refluir…»

DE LA GAYA CIENCIA

CCXC

SÓLO UNA COSA ES NECESARIA. – “Imprimir estilo a su carácter”, representa un arte con que rara vez tropeza­mos. Lo practica aquel que percibe en conjunto la suma de fuerzas y de debilidades que ofrece su índole para adaptarlas luego a un plan artístico, de modo que cada cosa resulte con su arte y su razón de ser y hasta las debi­lidades hechicen a los ojos. Aquí se añade una gran porción de segunda naturaleza, allá se suprime una gran porción de la condición primera, y en ambos casos, la obra se ha llevado a cabo con lenta preparación y trabajo cuotidiano. Aquí lo feo que no podía ser eliminado se disfraza, allá se transforma en sublime. Muchas cosas bajas que se resistían a tomar formas han sido reservadas y utilizadas para las perspectivas lejanas; deben producir efecto a distancia, en la lejanía, en lo inconmensurable. Y cuando, al fin, la obra está terminada se advertirá cómo lo que ha domina­do y moldeado lo grande y lo pequeño ha sido la presión de un mismo gusto. La calidad del gusto, el que haya sido bueno o malo, importa mucho menos de lo que se cree; lo esencial es la unidad’ del gusto. Los espíritus fuertes y dominadores son los que encuentran deleite más sútil en esa presión, en esa sujeción y ese perfeccionamiento bajo una ley propia. La pasión de su voluntad potente se calma Pude el espectáculo de lo natural sometido a estilo, de toda naturaleza vencida y domada; hasta cuando tienen que construir palacios o plantar jardines repugnan dejar en libertad a la naturaleza.

Por el contrario, los caracteres débiles, incapaces de dominarse a sí mismos, aborrecen la sujeción al estilo; barruntan que, si se les impusiera esa amarga sujeción, se volverían necesariamente vulgares bajo su peso; se true­can en esclavos en cuanto sirven y odian la servidumbre. Semejantes espíritus, que pueden ser de primer orden, se consagran siempre a darse a sí mismos y a prestar a cuan­to les rodea la forma de un natural libre, salvaje, arbi­trario, caprichoso, mal ordenado, sorprendente, y a inter­pretarse en tal sentido. Y tienen razón, pues así es como se hacen bien a sí mismos. Porque sólo es necesaria una cosa: que el hombre adquiera la satisfacción de sí mismo, sea cualquiera el poema o la obra de arte de que se valga, pues sólo así es tolerable el espectáculo del hombre.

El descontento de sí mismo siempre está dispuesto a la venganza, y nosotros seremos sus víctimas, aunque sólo sea por el mero hecho de que tendremos que soportar su aspecto repugnante. Pues el espectáculo de la fealdad nos vuelve malos y sombríos.

CCCLXXXI

EL PROBLEMA DE LA COMPRENSIÓN. – No se quiere siem­pre ser comprendido cuando se escribe, a veces se quiere ato ser comprendido. Y no hace desmerecer a un libro el que haya alguno a quien parezca incomprensible; quizás entre las intenciones del autor figuró la de no ser compren­dido por alguien. Todo ingenio distinguido y dotado de gustos distinguidos elige sus oyentes cuando quiere comunicarse, y al elegirlos se guarda de los demás. Todas las reglas sutiles del estilo tienen ahí su origen: alejan, crean distancias, prohíben la entrada o sea la comprensión, al par que abren losoídos de aquellos con quienes tenemos pa­rentesco de oído. Hablando en confianza y por lo que toca a mi caso particular, no quiero yo que mi ignorancia o la vehemencia de mi temperamento me impida ser compren­sible para vosotros, amigos míos; ni siquiera esa vehemen­cia que cuando me acerco a una cosa, hace que me acerque con excesiva rapidez. Pues yo me comporto con los proble­mas hondos como con un baño frío: entrar y salir. Creer que de este modo no se llega al fondo, no se penetra en las honduras, es el error de los que tienen miedo al agua, de los enemigos del agua fría; hablan sin tener experiencia. ¡Ah! el frío intenso da rapidez. Y dicho sea de paso, ¿es que no se puede comprender ni conocer una cosa tocándola al vuelo, abarcándola de una ojeada, como en un relámpago? ¿Es preciso empezar por sentarse reposadamente y empo­llarla como un huevo, Diu noctuque incubando, como de sí mismo decía Newton? Por lo menos hay algunas verda­des de un pudor y una susceptibilidad tan particulares que sólo por sorpresa podemos apoderarnos de ellas, hay que sorprenderlas o dejarlas. Mi brevedad obedece además a otra razón: entre las cuestiones que me preocupan hay muchas que tengo que explicar en pocas palabras para que se me entienda por embozadas expresiones. El inmoralista tiene que evitar el pervertir a la inocencia, es decir, a los asnos y a los viejos de ambos sexos que no sacan de la vida otro provecho que su inocencia; mejor !todavía, mis obras deben entusiasmarles, elevarles y conducirles a la virtud No hay sobre la faz de la tierra más divertido espectáculo que el de los asnos viejos y las viejas solteronas a quienes agita el dulce sentimiento de la virtud; «yo lo he visto”, que decía Zaratustra. Dicho esto, por lo que respecto a la brevedad, el asunto se torna más serio al pautar a mi Ignorancia, que no se me oculta a mí minino. Hay momentos en que me avergüenzo de ella, pero hay otros en que me aver­güenzo de esa vergüenza. Tal vez los filósofos estamos to­dos en una posición poco airosa respecto del saber humano; la ciencia crece y hasta los más sabios entre nosotros ad­vierten que conocen muy pocas cosas. Verdad es que sería peor todavía lo contrario: que supiesen demasiadas cosas. Nuestro deber es no confundirnos con lo que no somos. Nosotros somos diferentes de los sabios, aunque entre otras cosas podamos ser sabios. Tenemos otras necesida­des, otro desarrollo, otra digestión, necesitamos más y ne­cesitamos menos. No hay fórmula capaz de determinar la cantidad de alimentos que necesita una inteligencia; si por sus aficiones se inclina a una independencia, a una llegada repentina, a una partida rápida, a los viajes, acaso a las aventuras para las cuales sólo tienen aptitud los más velo­ces, preferirá sustentarse con frugal alimento a vivir harta y sujeta. Lo que el buen bailarín pide a su alimentación no es grasa, sino una gran agilidad y un gran vigor, y nada puede apetecer mejor el ingenio de un filósofo que ser un buen bailarín. La danza es su ideal, su arte particular y, por último, su única piedad, su «culto»…

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