Voloshinov/Bajtin – El marxismo y la filosofía del lenguaje – Cap1

EL MARXISMO Y LA FILOSOFÍA DEL LENGUAJE

Valentín Voloshinov / Mijail Bajtín

Capítulo 1

EL ESTUDIO DE LAS IDEOLOGÍAS Y LA FILOSOFÍA DEL LENGUAJE

El problema del signo ideológico. – El signo ideológico y la conciencia.- La palabra como signo ideológico por excelencia.-La neutralidad ideológica de la palabra.-La capacidad de la palabra de ser signo interno.-Recapitulación­.


Actualmente, los problemas de la filosofía del lenguaje adquieren para el marxismo una importancia excepcional. En los sectores de combate más importantes para la labor científica el método marxista converge justamente con estos problemas y no puede avanzar productivamente sin someterlos a un análisis y una solución autónomos.

Ante todo, las mismas bases de la doctrina marxista acerca de la creatividad ideológica -los fundamentos de la epistemología, de les estudios literarios, de los estudios de la religión y de la moral- se entretejen muy estrechamente con los problemas de la filosofía del lenguaje.

Cualquier producto ideológico es parte de una realidad natural o social no sólo como un cuerpo físico, un instrumento de producción o un producto de consumo, sino que además, a diferencia de los fenómenos enumerados, refleja y refracta otra realidad, la que está más allá de su materialidad. Todo producto ideológico posee una significación: representa, reproduce, sustituye —algo qué se encuentra fuera de él, esto es, aparece como signo. Donde no hay signo no hay ideología. Un cuerpo físico es, por así decirlo, igual a si mismo: no significa nada coincidiendo por completo con su carácter natural único y dado. Aquí no cabe hablar de la ideología.

Pero cualquier cuerpo físico puede ser percibido como imagen de algo, digamos, corno imagen del carácter inerte, rutinario y necesa­rio del mundo natural reflejado en un objeto singular. Una semejante imagen simbólica y artística de una cosa física determinada represen­ta ya un producto ideológico. La cosa física se convierte en signo. Sin dejar de ser parte ele lo realidad material, esta cosa muerta en cierta forma refleja y refracta la realidad.

Sería justo decir lo mismo respecto de cualquier instrumento de producción. Por sí mismo, un instrumento de producción carece de significación, le corresponde sólo un destino determinado, el de ser­vir a algún propósito de la producción. El instrumento sirve a tal propósito como un objeto singular dado sin reflejar ni sustituir nada. Pero también una herramienta de trabajo puede ser convertida en un signo ideológico. Así son la hoz y el martillo de nuestro escudo de Estado, en el cual ellos tienen una significación ya netamente ideoló­gica. Las herramientas del hombre primitivo aparecen cubiertas de dibujos y ornamentos, es decir, llenas de signos. En este caso, el mis­mo instrumento no llega a ser, desde luego, un signo.

Luego, a un instrumento de trabajo se le puede dar una perfección artística formal, y además de un modo tal que la decoración artística armonice con la asignación práctica productiva del instru­mento. En este caso tiene lugar una especie de acercamiento, casi una función entre el signo y un instrumento de trabajo. Sin embargo, en este caso también nos damos cuenta de que existe una marcada frontera de sentido: el instrumento en cuanto tal no llega a ser sig­no, así como el signo como tal no se convierte en un instrumento de trabajo.

Un producto de consumo también puede llegar a ser un signo ideológico. Por ejemplo, el pan y el vino se convierten en símbolos religiosos en el sacramento cristiano de la eucaristía. Pero un produc­to de consumo en cuanto tal no aparece como signo. Igual que los instrumentos, los productos de consumo pueden asociarse con los signos ideológicos, pero no por eso se borra la definida frontera de sentido entre ellos. Así, al pan se le da una forma determinada, que no se justifica en absoluto por el propósito de consumo, sino que tie­ne un valor de un signo ideológico, aunque signo primitivo (por ejemplo, el pan en forma de ocho o de roseta).

De esta manera, al lado de los fenómenos de la naturaleza, los objetos técnicos y los productos de consumo existe un mundo especial, el mundo de los signos.

Los signos son también cosas materiales y singulares y, según hemos visto, cualquier objeto de la naturaleza, de la técnica o del consumo puede convertirse en un signo, pero con ello adquiere una significación que rebasa los límites de su dación singular. El signo no sólo existe como parte de la naturaleza sino que refleja y refracta esta otra realidad y por lo mismo puede distorsionarla o serle fiel, percibirla bajo un determinado ángulo de visión, etc. A todo signo pueden aplicársele criterios de una valoración ideológica (mentira, verdad, corrección, justicia, bien, etc.). El área de la ideología coincide con la de los signos. Entre ellos se puede poner un signo de igual­dad. Donde hay un signo, hay ideología. Todo lo ideológico posee una significación sígnica.

Dentro del territorio de los signos, esto es, dentro de la esfera ideológica, existen diferencias profundas: la constituyen así la imagen artística como el símbolo religioso, así la fórmula científica corto la norma del derecho, etc. Cada zona de la creatividad ideológica se encuentra orientada a su modo particular dentro de la realidad y la refracta a su modo. Cada zona se apropia de una función particular en la totalidad de la vida social. Pero el carácter sígnico es la determinación general de todos los fenómenos ideológicos. ­

Todo signo ideológico no sólo aparece como un reflejo una sombra de la realidad, sino también como parte material de esta realidad. Todo fenómeno sígnico e ideológico se da en base a algún material: en el sonido, en la masa física, en el color, en el movimiento corpo­ral, etc. En esta relación, la realidad del signo es totalmente objetiva y se presta para un método de estudio único, objetivo y monista. El signo es fenómeno del mundo exterior. Tanto el signo mismo como todos los efectos que produce, esto es, aquellas reacciones, actos y signos nuevos que genera el signo en el entorno social, transcurren en la experiencia externa.

Este postulado es de suma importancia. Por más elemental y de sentido común que parezca este hecho, en los estudios de las ideologías hasta ahora no se ha llegado en este punto a conclusiones perti­nentes.

La filosofía idealista de la cultura y la filosofía psicologista de la cultura sitúan la ideología en la conciencia. Afirman que la ideolo­gía es un hecho de la conciencia. El cuerpo exterior del signo es tan sólo la envoltura o un recurso técnico para conseguir un efecto inte­rior: la comprensión.

Tanto el idealismo como el psicologismo no toman en consideración el hecho de que la comprensión misma sólo puede llevarse a cabo mediante algún material sígnico (por ejemplo, en el discurso interior). No se tiene en cuenta que al signo se le opone otro signo, y que la propia conciencia sólo puede realizarse y convertirse en un hecho real después de plasmarse en algún material sígnico. La comprensión del signo es el proceso de relacionar un signo dado que tiene que ser com­prendido con otros signos ya conocidos; en otras palabras, la com­prensión responde al signo mediante otros signos. Esta cadena de la creatividad ideológica y de la comprensión, que conduce de un signo al otro y después a un nuevo signo, es unificada y continua: de un eslabón sígnico y, por tanto, material, pasamos ininterrumpidamente a otro eslabón asimismo sígnico. No existen rupturas, la cadena jamás se sumerge en una existencia interior no material, que no se plasme en un signo.

Esta cadena ideológica se tiende entre las conciencias individuales y las une. Los signos surgen, pues, tan sólo en el proceso de inter­acción entre conciencias individuales. La misma conciencia indivi­dual está repleta de signos. La conciencia sólo deviene conciencia al llenarse de un contenido ideológico, es decir sígnico y, por ende, sólo en el proceso de interacción social.

La filosofía idealista de la cultura y la psicología de la cultura, a pesar de las profundas diferencias metodológicas que entre ellas existen, cometen el mismo error radical. Al situar la ideología en la con­ciencia, convierten la ciencia de las ideologías en el estudio de la conciencia y de sus leyes, sean éstas las trascendentales o las empirico-psicológicas.

En consecuencia, aparecen a la vez una radical distorsión de la propia realidad estudiada y un enredo metodológico en las relaciones recíprocas entre las distintas áreas del conocimiento. La creatividad ideológica -hecho material y social- está delimitada por el estrecho marco de la conciencia individual. Por otro lado, la propia conciencia individual pierde todo afianzamiento en la realidad. Se convierte en el todo o en la nada.

En el idealismo la conciencia se convierte en el todo, se sitúa por encima del ser, determinándolo. En realidad, la conciencia que es para el idealismo la dominante del universo no es sino una hipostatización de un vínculo abstracto entre las formas más generales y las categorías de la creatividad ideológica.

Para el positivismo psicologista la conciencia, por el contrario, se convierte en la nada, a saber: en un conjunto de reacciones psicofisiológicas individuales, que dan por resultado, como por obra de magia, una creación ideológica singular y plena de sentido.

El carácter regular, objetivo y social de la creatividad ideológica, interpretado erróneamente como una ley de la conciencia individual, debe inevitablemente perder su lugar real en el ser, al retirarse o bien a las alturas supraexistenciales del trascendentalismo, o bien a las honduras presociales del sujeto biológico y psicofísico.

Pero no se puede explicarlo ideológico en cuanto tal desde las raíces suprahumanas, infrahumánas o animales. Su lugar auténtico se encuentra en el ser: en el específico material sígnico y social creado por el hombre. Su especificidad consiste justamente en el hecho de situarse entre los individuos organizados, de aparecer como su ambiente, como un medio de comunicación.

El signo sólo puede surgir en un territorio interindividual, territorio que no es «natural» en el sentido directo de esta palabra: el sig­no tampoco puede surgir entre dos homo sapiens. Es necesario que ambos individuos estén socialmente organizados, que representen un colectivo: sólo entonces puede surgir entre ellos un medio sígnico (semiótico). La conciencia individual no sólo es incapaz de explicar nada en este caso, sino que, por el contrario; ella misma necesita ser explicada a partir del medio ideológico social.

La conciencia individual es un hecho ideológico y social. Hasta que este postulado se reconozca con todas sus implicaciones, no podrá construirse una psicología objetiva ni una ciencia objetiva de las ideologías.

El problema de la conciencia es justamente aquel que crea las principales dificultades y genera la confusión más profunda en todas las cuestiones relacionadas tanto con la psicología como con el estudio de las ideologías. A fin de cuentas, la conciencia ha llegado a ser un asylum ignorantiae para todos los sistemas filosóficos. La concien­cia se convierte en el depósito de todos los problemas irresolubles, de todos los remanentes no disgregables objetivamente. En vez de buscar una definición objetiva de la conciencia, la empezaron a utili­zar para subjetivizar y refundir entre sí todas las definiciones objeti­vas equilibradas.

Una definición objetiva de la conciencia sólo puede ser sociológi­ca. No es posible deducir la conciencia inmediatamente de la natura­leza, corno trataba de hacer el ingenuo materialismo mecanicista, y como sigue intentando hacerlo la psicología objetiva contemporánea (la biológica, la conductista y la reflexológica). No se puede derivar la ideología de la conciencia, como lo hacen el idealismo y el positivis­mo psicologista. La conciencia se construye y se realiza mediante el material sígnico, creado en el proceso de la comunicación social de un colectivo organizado. La conciencia individual se alimenta de sig­nos, crece en basé a ellos, refleja en sí su lógica y sus leyes. La lógica de la conciencia es la de la comunicación ideológica, la de la interacción sígnica en una colectividad. Si privamos la conciencia de su contenido sígnico ideológico, en la conciencia nada quedará. La concíencia sólo puede manifestarse en una imagen, en una palabra, en un gesto significativo, etc. Fuera de este material queda un desnudo acto fisiológico, no iluminado por la conciencia, es decir, no iluminado, no interpretado por los signos.

De todo lo dicho se deduce el siguiente postulado metodológico: el estudio de las ideologías en ningún grado depende de la psicología ni se apoya en ésta. Por el contrario, como veremos más detalladamente en uno de los capítulos siguientes, es la psicología objetiva la que debe fun­darse en la ciencia de las ideologías. La realidad de los fenómenos ideo­lógicos es la realidad objetiva de los signos sociales. Las leyes de ésta realidad son leyes de la comunicación semiótica determinadas direc­tamente por todo el conjunto de las leyes económicas y sociales. La realidad ideológica es una superestructura inmediata que surge sobre la base económica. La conciencia individual no es el arquitecto de la superestructura ideológica, sino tan sólo un inquilino alojado en el edificio social de los signos ideológicos.

Al disociar previamente los fenómenos ideológicos y sus leyes de la conciencia individual, los hemos relacionado más sólidamente con las condiciones y formas de la comunicación social. La realidad del signo se define completamente por esta comunicación. La existencia del signo no es sino la materialización de esta comunicación. Así son todos los signos ideológicos.

Pero el carácter sígnico y el condicionamiento global y multilate­ral mediante la comunicación no se expresa en ninguna forma tan descollante y plena como en el lenguaje. La palabra es el fenómeno ideológico por excelencia. Toda la realidad de la palabra se disuelve por completo en su función de ser signo. En la palabra no hay nada que sea indiferente a tal función y que no fuese generado por ella. La palabra es el medio más puro y genuino de la comunicación social.

Ya la misma representatividad de la palabra en cuanto fenómeno ideológico, su poder demostrativo, la claridad excepcional de su estructura sígnica bastarían para colocar la palabra en el primer plano del estudio de las ideologías. Las principales formas ideológicas de la comunicación semiótica podrían ponerse de manifiesto de la mejor manera posible justamente gracias al apoyo del material verbal.

Pero esto aún no es todo. La palabra no sólo representa un signo puro y ejemplar, sino que aparece además como un sino neutral. Todo el material sígnico restante se especializa de acuerdo con las áreas de la creación ideológica. Cada una de ellas posee su propio material ideológico, forma sus signos y símbolos específicos, que resultan inaplicables en otras áreas, en las que el signo se crea por su función ideológica particular y es inseparable de ella. Por el contra­rio, la palabra es neutral con respecto a una función ideológica, sea ésta la científica, la estética, la moral o la religiosa.

Además, existe una enorme zona de la comunicación ideológica que no se deja relacionar con esfera ideológica alguna. Es la zona de la comunicación en la vida cotidiana. Ésta es sumamente rica en contenido e importante. Por un lado, se conecta directamente con los pro­cesos de la producción, por el otro toca las esferas de las diversas ideologías ya formadas y especializadas. Hablaremos de esta área específica de la ideología cotidiana en el capítulo siguiente. Aquí tan sólo anotaremos el hecho de que el material privilegiado de la comunicación cotidiana es la palabra. El llamado lenguaje coloquial con sus formas se localiza precisamente ahí, en el área de la ideología de la vida cotidiana.

La palabra posee otra particularidad de suma importancia, que la convierte en el medio predominante de la conciencia individual. A pesar de que la realidad de la palabra, como la de cualquier otro signo, se ubica entre los individuos, la palabra al mismo tiempo se produce mediante los recursos de un organismo individual sin intervención alguna de cualesquiera instrumentos o materiales extracorporales. Debido a ello, la palabra llegó a convertirse en el mate­rial sígnico de la vida interior, esto es, de la conciencia (el discurso interno). La conciencia sólo pudo desarrollarse al disponer de un recurso elás­tico y corporalmente expresivo. La palabra llegó a ser tal recurso. La palabra puede utilizarse como signo de uso interno, por así decirlo; puede realizarse como signo sin tener que expresarse plenamente hacia el exterior. Por eso el problema de la conciencia individual en cuanto discurso interno (en general, el problema del signo interno) viene a ser uno de los más importantes en la filosofía del lenguaje.

Ya desde un principio está claro que es imposible enfocar este problema por medio del concepto común del discurso y de la lengua tal como éstos fueron elaborados por la lingüística no sociológica y por la filosofía del lenguaje. Para comprender la función de la pala­bra como el medio de la conciencia, se requiere un análisis profundo y detallado de la palabra como signo social.

Este exclusivo papel de la palabra, el de servir corno medio ambiente para la conciencia, determina el hecho de que la palabra acompaña, como un ingrediente necesario, a toda la creación ideológica en general. La palabra acompaña y comenta todo acto ideológico. Los procesos de comprensión de cualquier fenómeno ideológico (la pin­tura, la música, el ritual, el acto ético) no se llevan a cabo sin la par­ticipación del discurso interno. Todas las manifestaciones de la creatividad ideológica, todos los demás signos no verbales aparecen sumergidos en el elemento verbal y no se dejan aislar y separar de éste por completo.

Esto no quiere decir, desde luego, que la palabra pueda sustituir cualquier otro signo ideológico. No: todos los principales signos ideológicos específicos son sustituibles plenamente por la palabra. Por principio, una obra musical o una imagen pictórica no pueden tradu­cirse adecuadamente a la palabra. Un ritual religioso no puede susti­tuirse del todo por la palabra; no existe un sustituto verbal idóneo ni siquiera para un gesto cotidiano más simple. Negarlo sólo llevaría a un racionalismo más vulgar y a una simplificación. Pero al mismo tiempo todos estos signos ideológicos que no son reemplazables por la palabra, en ésta se apoyan y por ésta se hacen acompañar, como el canto es acompañado por la música.

No existe un solo signo cultural que, al ser comprendido y conceptualizado, quede aislado, sino que al contrarío, todos ellos forman parte de la unidad de una conciencia estructurada verbalmente. La con­ciencia siempre sabe encontrar una aproximación verbal hacia el sig­no. Por eso alrededor de cada signo cultural se forma una especie de círculos concéntricos hechos de reflejos y ecos verbales. Toda refracción ideológica del ser en devenir, no importa en qué material signi­ficante se realice, es acompañada por una refracción ideológica en la pala­bra, como fenómeno satélite obligatorio. La palabra está presente en todo acto de comprensión y en todo acto de interpretación.

Todas las particularidades de la palabra que analizamos -su pureza sígnica, su neutralidad ideológica, su capacidad de convertirse en discurso interno y, finalmente, su ubicuidad en cuanto fenómeno colateral de todo acto consciente-, todos estos rasgos convierten la palabra en el objetivo básico del estudio de las ideologías. Las leyes de la refrac­ción ideológica de la existencia en los signos y en la conciencia, las formas y la mecánica de esta refracción deben ante todo estudiarse con base en el material de la palabra. La introducción del método sociológico marxista en todas las profundidades y sutilezas de las estructuras ideológicas «inmanentes» sólo es posible sobre la base de una filosofía del lenguaje elaborada por el propio marxismo, de una filosofía del lenguaje comprendida como filosofía del signo ideológico.

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