Cual seria la diferencia entre producir musica y componer?

El termino clasico para definir creacion musical siempre fue Composicion.

Ahora en la musica electronica ya no se compone mas musica sino que se produce.

Componer, dar compostura a una serie de sonidos preexistentes? en oposicion a producir sonidos ?. Por ahi es esta la diferencia: en el termino clasico uno laburaba con sonidos ya dados, practicamente inmoviles (el piano, violin, tecnica de canto etc) con su rango de posibles (tecnica extendida) y los organizaba de manera compuesta, ergida. De ahi la posibilidad de escribir musica, gracias a este pacto preexistente.

Mientras que cuando uno habla de produccion musical, se esta hablando de un laburo sobre la materia sonora. Ya el modo en el que se va a presentar el sonido (esto es, que tipo de composicion va a tener) es secundaria con respecto al sonido mismo. Probablemente por ahi venga la linea de remixar algo: me importa poco la forma que tiene esto, me importa poco crear una forma, son todas parecidas. Dame una forma que yo la voy a producir de otro modo. Misma forma, diferente contenido (?).

Va medio por arriba esto, porque SI hay un laburo sobre la forma en la produccion musical, pero funca diferente a la composicion.

Este es un video de Skrillex laburando con los restos fosiles de los Doors (mamita las caripelas!) .. la premisa de Skrillex es. “Subanse, e improvisen, yo lo voy a reacomodar”

Este segundo video son las variaciones de eno sobre el canon de Pachelbel. Esta bueno que justamente el nombre sea “variaciones” dado que este mismo termino viene del modelo compositivo, en el cual un motivo musical era reformulado. Aca el laburo de Eno ya no parece tener como centro un motivo musical sino que se dedica mas a meter mano sobre las duraciones de los sonidos … si a alguien le pinta escuchar ambas (el canon y las variaciones de Eno) y hacer un analisis mas piola estaria copado., pero parece venir x ahi la mano.

estas serian unas variaciones en terminos clasicos. Se va a escuchar una 1era cancion que va hasta el minuto 1:40 y de ahi arranca la 1era variacion. Son un par.

Palabra libre – 2012

Ser grupos es estar, necesariamente, implicados con el pensamiento. Estamos implicados con sus potencias para organizar, para construir, para problematizar. Estamos implicados incluso, y sobre todo, en tanto que nos desborda. Pero justamente, estamos implicados con el pensamiento en tanto grupos, es decir, en su existencia exterior, abierta, desplegada, casi impersonal o si se quiere pre-personal. Podríamos resumirlo: nadie piensa solo. Todos pensamos desde otros, por otros, para otros, entre otros.

Sin embargo, es extremadamente difícil pensar con otros, pensar juntos. Desde, por, para, entre, no es con otros, no es juntos. Incluso cuando charlamos, cuando preguntamos, cuando respondemos, no es seguro que estemos pensando juntos. Y si se consigue, se consigue momentáneamente, por ahora, en tanto, hasta que, ya que nuestro pensar con otros siempre está a punto de deshacerse, e incluso cuando no se deshace hay que hacerlo de nuevo, una y otra vez.

Mucho tienen que ver las palabras en esto. Nuestro pensar se anuda, se extravía, se vuelve extraño y común en su vínculo con las palabras. Si bien es claro que el pensamiento y la palabra no son lo mismo (pensar no es ordenar, jerarquizar, aclarar palabras), la relación es ineludible: el destino, los destinos de nuestro pensar juntos están totalmente emparentados con los avatares de las palabras. Y ahí nos encontramos, y de esto deberíamos hablar.

No podemos garantizar mucho, pero podemos intentar garantizar ese irreductible deseo de Spinoza: una palabra libre, un decir libre. No es posible legislar el pensamiento con leyes. El pensamiento, en su ámbito privado (o mejor, silencioso), no puede ser sometido. Un decir capaz de entrar en relación con el pensamiento, capaz de llevarlo hacia un pensar juntos, debe ser a la vez un decir que no esté sometido: la libertad de poder decir todo aquello que se piense, de poder decirlo sin cuidarse, de poder decirlo dejando que ese decir se aleje de uno hacia un pensar que es de muchos, poder decir más allá de la moral.

El decir nunca es sólo un decir, es también un escuchar, y en tanto escuchar, requiere también ser libre, lograr separa lo dicho de quien lo dice, aunque sea importante pensar quien lo dice. Quién habla no es el responsable de sus palabras, no tiene por qué responder por ellas. Sus palabras se volverán públicas, impersonales, pre-personales. Pero también, en cada uno, es necesario volverlas propias, propias para discutirlas (y así, entonces, discutir con uno mismo… y quizás, si no hay nada que discutir con uno mismo, no hay nada que discutir).

Nuestro intento de decir libre, un escuchar libre, tiene también aquello que lo asedia. Desde arriba y desde el pasado, desde eso que va desapareciendo pero insiste, la libertad de palabra es asediada por los dogmas, por los criterios de verdad, por todos los saberes que se legitiman trascendentemente, como las verdades académicas, religiosas, militantes, las verdades ligadas a autores (porque lo dice x es verdad), a especialistas, a revelaciones.

También desde el pasado, pero desde abajo, lo asedian subjetivaciones tristes, amistades impolíticas: el chisme, el cuchicheo, todo aquello que no se puede decir de frente y entonces se dice de espaldas, todo aquello que no se atreve a alzar la voz y entonces habla por lo bajo, se pliega, agrupa lo débil.

La palabra del dogma y la palabra del cuchicheo comparten una propiedad: ambas ocultan su producción, la restringen, ya sea porque sólo unos pocos son validados para producir la verdad del dogma, ya sea porque los juicios débiles del cuchicheo carecen de potencia para decirse abiertamente.

El otro asedio viene desde el presente, también desde arriba y abajo. El asedio del presente tiene a su favor la sorpresa de la novedad, la flexibilidad de lo que  aún se encuentra en desarrollo. Desde arriba, el asedio se desarrolla desde los medios, desde la infósfera de Bifo, que satura con imágenes nuestras capacidades cognitivas y afectivas. Desde abajo, la amenaza de la locura que se presenta bajo la forma de pequeñas opiniones que se constituyen sólo a partir de la búsqueda de visibilidad, que existen solo en las miradas de otros, que existen solo por las miradas de otros.

Finalmente, otra vez desde arriba y abajo, el asedio desde el futuro, o quizás desde una eternidad, una atemporalidad que se repite. La libertad de la palabra se ve asediada por la voz indeterminada (siempre a punto de determinarse, siempre prometida) de los derechos humanos, de las abstracciones genéricas, de la paz mundial, la ecología, la niñez o cualquier comodín que permita construir nuevos trascendentales. Desde abajo, estos nuevos trascendentales se actualizan en nuevas posiciones argumentales: victimizaciones tan extremas que llegan a no reconocer ninguna capacidad, ninguna afirmación en la victima; nuevas morales que se encuentran al acecho, esperando la oportunidad de encontrar su enunciación, su juicio. Nuevos modos de escandalizarse, de hacer callar al otro, de volverse juez.

Los asedios llegan desde todos los espacios y los tiempos. Pero el decir libre debe insistir: producir sus valoraciones a la vista de todos, entre todos; permitir que un argumento se imponga por su propia potencia (su capacidad de afectarnos, su capacidad de abrirnos caminos). Todo debe ser barajado de nuevo, una y otra vez. En esta repetición sólo quedará lo que puede volver, aquello que efectivamente existe, insiste.

Afectos – 2012

Hay una sensibilidad que es constitutiva de los grupos (los que existen y los que existieron a lo largo de estos años). Esta sensibilidad tiene que ver con la potencia, y la potencia con la alegría. ¿Con qué otra cosa podría tener que ver lo que hacemos? El plano afectivo de los grupos es un mundo complejo. Igualmente es posible extraer de allí un principio, presente en todos los grupos -aunque siempre se efectúe de un modo diferente. A esta sensibilidad la podríamos enunciar así: la vida es más alegre cuando se la organiza activamente con otros.

 Organizar la vida con otros, pensar una organización posible de la vida con otros: eso es lo que hacemos. A veces se puede más y a veces se puede menos, pero más allá del contenido de lo que hagamos, pensemos, leamos o discutamos, esa alegría es lo que, como sensibilidad alegre, está siempre detrás de los grupos: organizar algún nivel de la vida con otros. Si en este momento nos toca pensar sobre nuestra propia experiencia, es importante partir desde esta sensibilidad para enfocar la mirada desde una perspectiva lo más fuerte, lo más potente, lo más sana posible.

Durante mucho tiempo el armado de un mapa político comenzaba casi siempre por una mirada “hacia afuera”: hacia un exterior “en sí”, hacia la descripción de ciertos dispositivos, de ciertas prácticas, de ciertas tendencias, de ciertas condiciones materiales, en fin, de un cierto “estado del mundo” en el cual estaríamos metidos y en el cual podríamos volver políticas algunas esferas de la vida y otras no. Es posible que recién después de todos estos años estemos en condiciones de reorientar esta mirada desde el propio “proceso de producción” de los grupos, ubicando ahí el comienzo de trazado de un mapa político.

Ya no se trata, entonces, de una mirada sobre un mundo en el cual podríamos organizarnos, sino más bien de hacernos cargo de cómo efectivamente nos organizamos, de cómo efectivamente venimos construyendo cuerpos y del modo en cómo los experimentamos. Poder pensar lo político desde nuestra propia experiencia es una novedad, es una gran novedad, y no podemos más que estar a la altura de esta novedad.

Hoy más que nunca hay que desconfiar de cualquier lugar seguro o formal preexistente y confiar únicamente en la capacidad de construir algo nuevo con otros. Se requiere fuerza, por supuesto, para vivir en un mundo que debe ser permanentemente inventado y reinventado. Pero es el único camino: ante una subsunción que ha envuelto todas las abstracciones, todos los aprioris; ante los sentidos maníacos y huecos que se construyen mecánicamente desde las nuevas formas de dominación; ante el bajón de fuerzas y la disputa de la atención, sólo es posible desviar la mirada, descubrir, inventar las nuevas coordenadas.

Habitar el goce de la construcción infinita: la verdadera nave de Argos. En ese avanzar, lo más importante consiste en preservar siempre la potencia (o el deseo o las ganas) de volver a construir. Eso es lo alegre. Esa es la sensibilidad básica de los grupos. Y si se pierde eso, se pierde todo.

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Pensamos en la política como construcción infinita, como alegría del construir. Y en ese construir hay que gestionar, organizar, el nivel de la vida en que se puede existir colectivamente. Y en ese nivel es una pifiada valorar desde una perspectiva individual, o incluso, interindividual. A la propuesta de pensar y hacer entre muchos de nada le sirve el cada uno.

A la alegría de lo colectivo se llega. O sea, hace falta producir y organizar el mundo donde lo colectivo puede existir. Y para eso, hay que estar atento a volver imposibles, a minimizar, a despreciar, las líneas reactivas que siempre -inevitablemente, lamentablemente- aparecen, van a aparecer. Así que hace falta, también, gestionar el espacio. Y eso requiere, entre otras cosas, tiempo: tiempo del cual se debe ser dueño, tiempo para valorar los afectos, para asimilar las diferencias, para olfatear tendencias, para digerir, para reorientar, para imaginar, para ensayar, para inventar uno y muchos mundos donde puedan existir y encontrarse todas las perspectivas que llegan y que nos integran. Porque estamos hechos, el espacio está hecho, de diferencias. Esta tarea es permanente: construir, siempre volver a construir (incluso sobre lo que se está construyendo, incluso sobre y a partir de lo que ya está en marcha –que nunca se detiene). Esa es, para nosotros, la base de lo político, la práctica alegre en sí misma.

Amistad y política están vinculadas e, incluso, en nuestro caso, se dan mezcladas, entrelazadas. Pero no son lo mismo. Sí: somos amigos, en un plano y de muchos modos. Pero también somos un cuerpo colectivo, y eso sucede en un plano y de un modo totalmente distintos. La mirada política los distingue. ¿Para qué? Para encontrar el plano donde se puede construir, para seleccionar el nivel donde se pueden modificar o inventar las reglas de juego.

Hay una amistad impolítica. Son las relaciones que se arman a partir de vínculos cerrados, inmodificables, dados: líneas de repetición de lo mismo. Vínculo o plan a partir de lo que nos domina, vínculo sometido a las pasiones. La relación se da aquí a partir de lo dado: lo que nos gusta o no nos gusta, lo que nos molesta o nos atrae, de aquello con lo que estamos en desacuerdo o con lo que estamos de acuerdo, etc. ¿Por qué es impolítico? Porque la causa del vínculo permanece exterior, fija, inalterable y en ese sentido contiene el principio mismo de su destrucción. Si desaparece la causa exterior, desaparece la relación. Esto no es en sí ni bueno ni malo. De hecho, hacemos funcionar vínculos así por todas partes todo el tiempo. El tema es que no sirve (por su propia constitución) para construir (nada). Lo único que podemos hacer en este plano es conservar, reproducir, subsistir.

La amistad política, por su parte, supone un vínculo o plan en base a lo activo (o libre) que hay en cada perspectiva. Es el vínculo que logra expresar diferencias. La amistad política no parte de un común previo, sino que ese común se inventa a partir de las diferencias o singularidades en juego, para crear una nueva diferencia. La amistad política nace de aquellas líneas que son modificables en la vida, de ahí donde hay un plus de fuerza, de ahí donde se puede tolerar alguna experimentación.

Todo esto no tiene nada que ver con un individuo u otro, son líneas que pueden coexistir, que coexisten, en diversos niveles de una misma individuación. De hecho, en un espacio como los grupos no se está obligado a ser uno mismo ni se está obligado a considerar al otro como una persona completa, total, identificada, de punta a punta, de principio a fin. A los grupos se llevan algunas líneas, pedazos de vida, fragmentos de individuación que pertenecen a diversos niveles de la existencia. Solamente sobre esa base múltiple y dividual se puede construir lo colectivo. Pero, incluso ante lo reactivo siempre podemos encontrar un nivel, una perspectiva, donde su valoración se invierte, un nivel donde comenzar una construcción hacia otro lado, para pasar de la amistad impolítica a la amistad política. Esto es todo lo que importa.

El plan de crear comunidad sólo puede apoyarse sobre las líneas abiertas y modificables de la vida. Debe seleccionar una y otra vez esos afectos con los cuales se puede construir una amistad política.

Si la tarea política del presente es la gestión de lo colectivo, el primer paso es asegurar las condiciones afectivas que permitan sostener esa sensibilidad alegre del construir con otros. Esta gestión también buscará afirmar líneas activas en la mayor cantidad posible de perspectivas, por intentar que más perspectivas estén mirando, sintiendo, interviniendo, existiendo, expresándose en lo colectivo. Esa sería la mirada de la amistad política, de lo que arma comunidad: encontrar permanentemente el nivel donde es posible el funcionamiento de lo colectivo.

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Hay un requisito esencial para todo registro o intervención sobre lo afectivo, para toda distinción entre político o impolítico, para toda apropiación de lo colectivo. Toda acción se sostiene sobre un poder y nunca sobre un querer: organizar, gestionar, intervenir, apropiar un espacio exigen ante todo fuerza suficiente para poder hacer, y secundariamente habilitan un querer hacer. Lo contrario resulta siempre de una lectura inadecuada.

“Es indiferente que ese hombre quiera, lo esencial es que pueda” decía Nietzsche.

En tanto grupo partimos de un principio ineludible: sólo la potencia es organizable. Otras cosas pueden ser ordenables, representables, espectacularizables, pero sólo lo que se puede es un criterio válido para la organización.

Lo que se puede no está determinado, recortado ni claramente distribuido, por el contrario, debe ser experimentado, buscado donde no se lo espera, empujado más allá de sus límites. En este sentido, la organización de la potencia es un proceso dinámico, repleto de apuestas y pasos al vacío: es la organización de una fuerza viva.

Viva, pero no posible, sino potente. Lo que se puede no es equivalente a lo que se podría, a esas posibilidades que se supone que las cosas tienen. Todo lo contrario: la potencia es lo que se está pudiendo. No importa su enunciación: es un hacer. Lo hace quien puede, no quien dice que puede. Lo hace quien puede, no quien quiere.  Y quien puede, puede tanto como lo que efectivamente hace.

No estamos acá porque todos podemos lo mismo, sino porque todos podemos de modo distinto, y esa diferencia es irreductible. Todo intento de igualación sostiene un principio miserable. Nunca suspender o contener la potencia (lo que efectivamente puede) va a ayudar a que se pueda algo que actualmente no se puede, algo que supuestamente se podría (este “se podría”, no es más expresión del resentimiento de lo que efectivamente no puede).  La piedad, el supuesto cuidado de lo más débil, no es más que una venganza sobre lo que puede. Subordinar lo que puede a lo que no puede es un principio destructivo.

Una máxima se desprende necesariamente de todo esto: es preciso hacer todo lo que se puede. Si se quiere otra dinámica, hacerla; si se quiere otra participación, hacerla. Si se quiere proponer otro camino: hacerlo; si se quiere trazar otro mapa, hacerlo. Hacer, y la relación entre fuerzas activas irá encontrando un recorrido común, irá encontrando el nivel adecuado para el funcionamiento colectivo.