Afectos – 2012

Hay una sensibilidad que es constitutiva de los grupos (los que existen y los que existieron a lo largo de estos años). Esta sensibilidad tiene que ver con la potencia, y la potencia con la alegría. ¿Con qué otra cosa podría tener que ver lo que hacemos? El plano afectivo de los grupos es un mundo complejo. Igualmente es posible extraer de allí un principio, presente en todos los grupos -aunque siempre se efectúe de un modo diferente. A esta sensibilidad la podríamos enunciar así: la vida es más alegre cuando se la organiza activamente con otros.

 Organizar la vida con otros, pensar una organización posible de la vida con otros: eso es lo que hacemos. A veces se puede más y a veces se puede menos, pero más allá del contenido de lo que hagamos, pensemos, leamos o discutamos, esa alegría es lo que, como sensibilidad alegre, está siempre detrás de los grupos: organizar algún nivel de la vida con otros. Si en este momento nos toca pensar sobre nuestra propia experiencia, es importante partir desde esta sensibilidad para enfocar la mirada desde una perspectiva lo más fuerte, lo más potente, lo más sana posible.

Durante mucho tiempo el armado de un mapa político comenzaba casi siempre por una mirada “hacia afuera”: hacia un exterior “en sí”, hacia la descripción de ciertos dispositivos, de ciertas prácticas, de ciertas tendencias, de ciertas condiciones materiales, en fin, de un cierto “estado del mundo” en el cual estaríamos metidos y en el cual podríamos volver políticas algunas esferas de la vida y otras no. Es posible que recién después de todos estos años estemos en condiciones de reorientar esta mirada desde el propio “proceso de producción” de los grupos, ubicando ahí el comienzo de trazado de un mapa político.

Ya no se trata, entonces, de una mirada sobre un mundo en el cual podríamos organizarnos, sino más bien de hacernos cargo de cómo efectivamente nos organizamos, de cómo efectivamente venimos construyendo cuerpos y del modo en cómo los experimentamos. Poder pensar lo político desde nuestra propia experiencia es una novedad, es una gran novedad, y no podemos más que estar a la altura de esta novedad.

Hoy más que nunca hay que desconfiar de cualquier lugar seguro o formal preexistente y confiar únicamente en la capacidad de construir algo nuevo con otros. Se requiere fuerza, por supuesto, para vivir en un mundo que debe ser permanentemente inventado y reinventado. Pero es el único camino: ante una subsunción que ha envuelto todas las abstracciones, todos los aprioris; ante los sentidos maníacos y huecos que se construyen mecánicamente desde las nuevas formas de dominación; ante el bajón de fuerzas y la disputa de la atención, sólo es posible desviar la mirada, descubrir, inventar las nuevas coordenadas.

Habitar el goce de la construcción infinita: la verdadera nave de Argos. En ese avanzar, lo más importante consiste en preservar siempre la potencia (o el deseo o las ganas) de volver a construir. Eso es lo alegre. Esa es la sensibilidad básica de los grupos. Y si se pierde eso, se pierde todo.

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Pensamos en la política como construcción infinita, como alegría del construir. Y en ese construir hay que gestionar, organizar, el nivel de la vida en que se puede existir colectivamente. Y en ese nivel es una pifiada valorar desde una perspectiva individual, o incluso, interindividual. A la propuesta de pensar y hacer entre muchos de nada le sirve el cada uno.

A la alegría de lo colectivo se llega. O sea, hace falta producir y organizar el mundo donde lo colectivo puede existir. Y para eso, hay que estar atento a volver imposibles, a minimizar, a despreciar, las líneas reactivas que siempre -inevitablemente, lamentablemente- aparecen, van a aparecer. Así que hace falta, también, gestionar el espacio. Y eso requiere, entre otras cosas, tiempo: tiempo del cual se debe ser dueño, tiempo para valorar los afectos, para asimilar las diferencias, para olfatear tendencias, para digerir, para reorientar, para imaginar, para ensayar, para inventar uno y muchos mundos donde puedan existir y encontrarse todas las perspectivas que llegan y que nos integran. Porque estamos hechos, el espacio está hecho, de diferencias. Esta tarea es permanente: construir, siempre volver a construir (incluso sobre lo que se está construyendo, incluso sobre y a partir de lo que ya está en marcha –que nunca se detiene). Esa es, para nosotros, la base de lo político, la práctica alegre en sí misma.

Amistad y política están vinculadas e, incluso, en nuestro caso, se dan mezcladas, entrelazadas. Pero no son lo mismo. Sí: somos amigos, en un plano y de muchos modos. Pero también somos un cuerpo colectivo, y eso sucede en un plano y de un modo totalmente distintos. La mirada política los distingue. ¿Para qué? Para encontrar el plano donde se puede construir, para seleccionar el nivel donde se pueden modificar o inventar las reglas de juego.

Hay una amistad impolítica. Son las relaciones que se arman a partir de vínculos cerrados, inmodificables, dados: líneas de repetición de lo mismo. Vínculo o plan a partir de lo que nos domina, vínculo sometido a las pasiones. La relación se da aquí a partir de lo dado: lo que nos gusta o no nos gusta, lo que nos molesta o nos atrae, de aquello con lo que estamos en desacuerdo o con lo que estamos de acuerdo, etc. ¿Por qué es impolítico? Porque la causa del vínculo permanece exterior, fija, inalterable y en ese sentido contiene el principio mismo de su destrucción. Si desaparece la causa exterior, desaparece la relación. Esto no es en sí ni bueno ni malo. De hecho, hacemos funcionar vínculos así por todas partes todo el tiempo. El tema es que no sirve (por su propia constitución) para construir (nada). Lo único que podemos hacer en este plano es conservar, reproducir, subsistir.

La amistad política, por su parte, supone un vínculo o plan en base a lo activo (o libre) que hay en cada perspectiva. Es el vínculo que logra expresar diferencias. La amistad política no parte de un común previo, sino que ese común se inventa a partir de las diferencias o singularidades en juego, para crear una nueva diferencia. La amistad política nace de aquellas líneas que son modificables en la vida, de ahí donde hay un plus de fuerza, de ahí donde se puede tolerar alguna experimentación.

Todo esto no tiene nada que ver con un individuo u otro, son líneas que pueden coexistir, que coexisten, en diversos niveles de una misma individuación. De hecho, en un espacio como los grupos no se está obligado a ser uno mismo ni se está obligado a considerar al otro como una persona completa, total, identificada, de punta a punta, de principio a fin. A los grupos se llevan algunas líneas, pedazos de vida, fragmentos de individuación que pertenecen a diversos niveles de la existencia. Solamente sobre esa base múltiple y dividual se puede construir lo colectivo. Pero, incluso ante lo reactivo siempre podemos encontrar un nivel, una perspectiva, donde su valoración se invierte, un nivel donde comenzar una construcción hacia otro lado, para pasar de la amistad impolítica a la amistad política. Esto es todo lo que importa.

El plan de crear comunidad sólo puede apoyarse sobre las líneas abiertas y modificables de la vida. Debe seleccionar una y otra vez esos afectos con los cuales se puede construir una amistad política.

Si la tarea política del presente es la gestión de lo colectivo, el primer paso es asegurar las condiciones afectivas que permitan sostener esa sensibilidad alegre del construir con otros. Esta gestión también buscará afirmar líneas activas en la mayor cantidad posible de perspectivas, por intentar que más perspectivas estén mirando, sintiendo, interviniendo, existiendo, expresándose en lo colectivo. Esa sería la mirada de la amistad política, de lo que arma comunidad: encontrar permanentemente el nivel donde es posible el funcionamiento de lo colectivo.

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Hay un requisito esencial para todo registro o intervención sobre lo afectivo, para toda distinción entre político o impolítico, para toda apropiación de lo colectivo. Toda acción se sostiene sobre un poder y nunca sobre un querer: organizar, gestionar, intervenir, apropiar un espacio exigen ante todo fuerza suficiente para poder hacer, y secundariamente habilitan un querer hacer. Lo contrario resulta siempre de una lectura inadecuada.

“Es indiferente que ese hombre quiera, lo esencial es que pueda” decía Nietzsche.

En tanto grupo partimos de un principio ineludible: sólo la potencia es organizable. Otras cosas pueden ser ordenables, representables, espectacularizables, pero sólo lo que se puede es un criterio válido para la organización.

Lo que se puede no está determinado, recortado ni claramente distribuido, por el contrario, debe ser experimentado, buscado donde no se lo espera, empujado más allá de sus límites. En este sentido, la organización de la potencia es un proceso dinámico, repleto de apuestas y pasos al vacío: es la organización de una fuerza viva.

Viva, pero no posible, sino potente. Lo que se puede no es equivalente a lo que se podría, a esas posibilidades que se supone que las cosas tienen. Todo lo contrario: la potencia es lo que se está pudiendo. No importa su enunciación: es un hacer. Lo hace quien puede, no quien dice que puede. Lo hace quien puede, no quien quiere.  Y quien puede, puede tanto como lo que efectivamente hace.

No estamos acá porque todos podemos lo mismo, sino porque todos podemos de modo distinto, y esa diferencia es irreductible. Todo intento de igualación sostiene un principio miserable. Nunca suspender o contener la potencia (lo que efectivamente puede) va a ayudar a que se pueda algo que actualmente no se puede, algo que supuestamente se podría (este “se podría”, no es más expresión del resentimiento de lo que efectivamente no puede).  La piedad, el supuesto cuidado de lo más débil, no es más que una venganza sobre lo que puede. Subordinar lo que puede a lo que no puede es un principio destructivo.

Una máxima se desprende necesariamente de todo esto: es preciso hacer todo lo que se puede. Si se quiere otra dinámica, hacerla; si se quiere otra participación, hacerla. Si se quiere proponer otro camino: hacerlo; si se quiere trazar otro mapa, hacerlo. Hacer, y la relación entre fuerzas activas irá encontrando un recorrido común, irá encontrando el nivel adecuado para el funcionamiento colectivo.